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Curso: EL ENGAÑO DEL OCULTISMO
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Testimonio de Natalia

Cómo llegué desde la oscuridad a la luz de Cristo

 

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Natalia Capria de Vatteone

 

 

Sólo por la gracia de Dios es que estoy aquí y ahora escribiendo este mí testimonio  y sé que él me ama aun sin merecerlo, porque su misericordia y amor me sostuvieron en muchas situaciones que he vivido a lo largo de la vida. Doy gracias por tener la oportunidad de testificar del amor del Señor relatando algunas experiencias de vida.

Nací en Buenos Aires en el barrio de Flores un 4 de agosto con algunas complicaciones: casi sin aire, asfixiada, con el cordón umbilical enroscado en el cuello; a mamá la partera le decía que “aguante” porque el médico estaba demorado. Ella sabía que algo no estaba bien y papá, con unas cuantas y severas advertencias, se puso firme para que la asistieran a mamá lo más rápido posible.

Aprendí de Dios básicamente en la escuela, de enseñanza católica y siempre me sentí atraída por su palabra, por la vida de Jesús y por todo lo que era “espiritual”. Mi familia es católica aunque más por tradición que por convicción y participé de los sacramentos correspondientes al culto católico. Transcurrí una infancia no fácil, si bien las necesidades básicas estaban cubiertas en mi familia y he sido no sólo la primogénita de cuatro hermanas sino la primera nieta y sobrina y aunque sobraron los mimos y el afecto de mis tíos y abuelos, he vivido situaciones de maltrato físico y emocional por parte de mi mamá y una niñez y adolescencia bastante retraída.

Mamá descargaba toda la frustración de su matrimonio en mí y en mi hermana. Me acuerdo que de chiquita me ponía en medio de mi hermana para que mi mamá no le pegue y terminaba recibiendo el castigo yo; el cuerpo me dolía pero más me dolía el alma. No comprendía exactamente por qué mamá nos pegaba, maldecía y despreciaba de esa manera, porque por otro lado nos cuidaba mucho; por ejemplo en la higiene, vestimenta, alimentación, actividades como música e ingles, patín artístico a las que ella nos llevaba siempre. Esa sería la puerta principal con la que el enemigo tendría autoridad sobre mi vida por mucho tiempo y a la cual sólo con la ayuda de Jesucristo pude renunciar y cerrar.

Me refugiaba mucho en el estudio pero mucho más en la música y ayudando en la iglesia. A partir del secundario comencé a servir en las misas del colegio, leía la Palabra, participaba en el coro tocando la guitarra, asistía a retiros, leía muchísimo el Nuevo Testamento, la vida de Jesús. Me acuerdo que me dormía abrazada a ese libro y le pedía a Dios que haga desaparecer el dolor que sentía justo en medio del pecho; también le pedía para que mis papás estuvieran  bien y se reconciliaran. En los recreos prefería estar en la capilla “hablando” con Jesús. Me sentaba y le contaba mis problemas y le pedía que me ayudara… lo miraba en la cruz, no entendía por qué estaba ahí si había resucitado, se suponía que ese no era el lugar donde debía estar. No comprendía por qué tenía que verlo sufrir. Tuve alrededor muchas personas, entre ellos curas y monjas, que me transmitieron el amor de Jesús como así también otras con quienes por supuesto me desencanté. También participé en la iglesia de mi barrio de las misas de los sábados y en el coro también.

Desde chiquita cuando algo en mi cuerpo me dolía, colocaba mis manos en la zona afectada, respiraba profundo calmándome y el dolor se pasaba. También lo hacía con mis hermanas y ellas sentían alivio. Esto no lo aprendí de nadie en mi familia, sólo “vino conmigo”.

La relación entre mis padres no era buena por no decir mala; entre peleas, discusiones y una profunda depresión de mi mamá que fue desencadenada por haber fallecido mi abuela un año antes de su casamiento; con mis hermanas nos refugiábamos jugando a la maestra, cantábamos, patinábamos, andábamos en bici con los amiguitos del barrio y con mis dos mejores amigas hasta hoy, y armábamos castillos con unos ladrillos que mi abuelo tenía en la terraza.

A mis diecisiete años fallece mi abuelo materno, el abuelo tan querido, era el que nos llevaba a la plaza y llegaba con su picadita para almorzar en esos domingos tristes y cambiaba la onda del día. No entendía por qué se había ido; cayó desvanecido en los brazos de mi papá, su yerno, antes de hacerse un chequeo de rutina. Sumado a esta situación con la cual no encontraba consuelo, el maltrato verbal de mi mamá era cada vez peor. Y yo de bastante sumisa y obediente comencé a revelarme saliendo mucho y llegando muy tarde en las noches. Una mañana de  mis 19 años en la que ya no encontraba sentido a nada crucé la calle sin importar la consecuencia y un colectivo me atropelló y me despidió cayendo a medio metro del cordón de la vereda. Estuve inconsciente sólo unos minutos, y fue en ese estado que vi una intensa luz y sintiéndome totalmente en paz y atraída para irme hacia allí, una voz de hombre clara y muy serena pero firme, me dijo: “Todavía no es el momento”. Y sentí cómo que volvía otra vez al cuerpo. Regresé a la conciencia y recién ahí escuché que los enfermeros de la ambulancia me hacían preguntas de rutina. El Señor me había guardado y protegido bajo sus alas porque era verdad: aun no era el momento y era necesario cumplir con su propósito aquí… aún no lo conocía.

Después del accidente me sentí fuertemente inclinada a saber más sobre espiritualidad. A esta altura ya estaba trabajando efectiva en una empresa, luego de varios trabajos de promotora y cubriendo licencias, es que comienzo el CBC en la UBA para luego estudiar la carrera de Psicología en esa universidad. Fue bastante duro el paso de la escuela a la facultad porque en este ámbito ya no se hablaba de Dios; es más, se consideraba al ser humano sólo con cuerpo y alma… pero del espíritu, nada… me enfrentaba a un gran vacío de Dios. Me sentía atraída por comprender la espiritualidad, por saber más de Dios, por ayudarme y ayudar a otros y de esa manera comencé a insertarme en el ámbito de la metafísica, angeología, el reiki, yoga los cuales estudié, practiqué y hasta hice la maestría. Sentía que no terminaba de hallarme en estos ámbitos, era como si algo en lo profundo me inquietaba y no me permitía echar raíces, pero no sabía que era. Estaba segura que había algo mal conmigo porque “no sentía” o vivenciaba lo que otros sentían (por ejemplo, nunca podía “ver” en meditación a ciertos maestros o ángeles).

Con respecto al reiki cuento siempre esta anécdota: en el momento de la práctica es necesario invocar a la energía universal reiki de sanación y también a quien fue su descubridor o “canalizador”, el Dr. Usui. Fue un japonés cuya historia se resume brevemente en que era un estudioso maestro que le intrigaba averiguar y hallar la “fórmula” de cómo sanaba Jesús, qué hacía cuando imponía sus manos o qué decía al sanar. Estudió en un templo con un monje quien le dijo que esas verdades sólo se descubren en el interior de uno mismo y le ordenó hacer un ayuno de 21 días. Al final de ese ayuno en la montaña, Usui “recibe” como una proyección en forma de hologramas, unos códigos o símbolos que son los que luego se utilizarían por imposición de manos sobre el cuerpo sutil o chacras (según la medicina oriental, son ruedas invisibles al ojo humano, ubicadas a lo largo de la columna vertebral, que reciben, procesan-almacenan y emiten “energía” en la forma de emociones y sensaciones a los órganos y glándulas del cuerpo humano). La cuestión es que lo que me preguntaba a la hora de invocar a esta “energía universal” es quién o qué era esta energía capaz de sanar física o emocionalmente a una persona y lo que se venía a mi mente era que esa energía debería ser Dios. Me sentía impedida a invocar a Usui para pedirle a él; en ese momento sólo le pedía a Dios. Más tarde me explicaron en la consejería cristiana y comprendí que lo que hubiera hecho es invocación de muertos, puesto que al llamar a alguien que partió de este mundo estaría trayendo en su lugar la presencia de un demonio. El Señor ha sido fiel una vez más conmigo, aún sin merecerlo y continuaba advirtiéndome y guardándome. Con mi abuelo tuve experiencias en sueños donde me decía que había llegado el momento de dejarlo descansar en paz y me indicó guardar una foto que yo tenía en mi mesa de luz en la cual me sostenía en brazos cuando era chiquita.

Así de a poco empecé a ingresar en el mundo de lo que se conoce como Nueva Era, un movimiento espiritual que incluye el adoctrinamiento en diferentes filosofías y prácticas orientales y americanas como el chamanismo. Es una fusión de prácticas donde se toma un poco de cada una; y esto verdaderamente para quien es neófito o no tiene discernimiento espiritual genera más confusión y hace que las personas se extravíen y se demoren o hasta quizá nunca encuentren el verdadero camino. Pero sabemos que para Dios no hay nada imposible.

Comencé a tomar clases de yoga y aplicaba la meditación y el uso de gemas (cristales de cuarzo) en mis terapias. He visto algunas mejorías pero también más confusión en las personas sobre todo en cuanto a que no había un verdadero fundamento en el que sostenerse porque todo es relativo e incluso cada técnica generaba más hambre de consumir otras nuevas herramientas donde cambiaba la presentación o el diseño pero en esencia era más de lo mismo. Recuerdo que una persona se “manifestó” (esto pude comprenderlo recién ahora) al entregarle un cristal en sus manos. Fue una de las primeras veces que veía esa mirada, no era la persona, era algo demoníaco; comenzó a gritar y a inquietarse mucho. Irreproducible lo que decía. El Señor volvió a guardarme en ese momento porque comencé a hablarle a la mujer de manera tranquila, y se calmó. Pero lamentablemente lo que la poseía continuó allí.

En el año 2006 realicé un viaje grupal a México cuyo propósito era conocer más acerca de la cultura maya. En ese entonces estaba en auge el tan conocido en los ámbitos esotéricos como Sincronario Maya, a través del cual se pretendía que toda la humanidad esté “en sintonía” con un “tiempo fuera del tiempo” (lo que en verdad y tergiversado sería el tiempo kairos de Dios), una vida basada en lo natural y simple, lo cual involucra la alimentación, vestimenta y lugar de residencia.  Con esta herramienta en forma de disco con varias ruedas se meditaba diariamente a través del armado de un grupo de sellos o glifos mayas los cuales en su combinación hacían referencia al “propósito” que el “universo” tiene preparado para el día a día. Es aquí donde conozco a una persona que comenzó a hablarme de Dios, ese Dios padre con el que tanta afinidad había tenido de chica en el colegio y comencé a dejarme “instruir” en el manejo de la obsidiana, una piedra volcánica utilizada para sanar enfermedades físicas y psíquicas y en distintas prácticas chamánicas ancestrales; pero siempre en el engaño de que a quien me dirigía era a Dios creador. Muchos creen, como en mi caso, que se dirigen a Dios, que le piden a él, yo estaba convencida de que así era. Y a medida que rememoro todo lo vivido me doy cuenta del inmenso amor y misericordia que tuvo el Señor por mí, la manera en la que me cuidó; sufrí mucho pues había depositado mi confianza en un falso maestro el cual al tiempo descubro y me dice que su dios no es Dios sino lúcifer. Una cosa es contar esto y otra es vivirlo, realmente creía que me volvía loca, ya no encontraba el sentido a nada, me sentía desgarrada emocionalmente, en mi espíritu estafada y lo más triste en ese momento es que no sabía a quién o a qué recurrir. Pensaba en cómo ayudar a esta persona a salir de esa creencia pero no pude con mis fuerzas.

En una ceremonia chamánica con ingesta de hongos alucinógenos, abro mis ojos y veo a Jesús delante de mí y me decía: “No te muevas de ahí, yo soy el camino”. En esta ceremonia había dos fuerzas “espirituales” representadas por dos personas a cada lado de mí, y hacían que me sintiera “tironeada” espiritualmente. Yo podía sentir ese “tironeo” en mi cuerpo sin que nadie me tocara, era como un imán que intentaba llevarme hacia un lado y hacia el otro. Entonces, ante mi asombro de que Jesucristo estaba conmigo, me di cuenta de lo que pasaba y me quedé quieta y con los ojos cerrados intentaba calmar mi respiración y le pedía a Dios que me ayudara a no ser atraída por ninguno de los dos bandos. La ceremonia terminó y por mucho tiempo no pude comprender lo que había sucedido, pero el Espíritu Santo nos revela todo en el momento justo y cuando le entregué mi vida a Jesús lo pude comprender. Viví muchísima confusión y hasta llegué a dudar de todo lo que conocía, pero el amor de Papá Dios siempre estuvo conmigo. Y eso es algo sobrenatural que recién ahora puedo comprender.

Después de casi dos años en México regresé a Buenos Aires y continué prácticas de meditación con cristales en un centro donde se contactan con “maestros ascendidos” quienes dicen ser guías espirituales de la humanidad. No podía “ver” a ninguno en mis meditaciones, no lograba “sintonizar” con ellos. Una vez en una meditación comencé a temblar y vi una figura altísima que irradiaba una luz blanca muy brillante, estaba sobre el final de una larga escalinata y yo debajo, chiquitito y él inmenso, me inspiraba mucho miedo y con una voz potente me dijo que si quería seguir subiendo tenía que pasar por él. Yo me mostraba firme pero temblaba por dentro. Lo único que sentí fue miedo y ahora sé que no había nada de Dios ahí y después de unos años lo comprobé en su Palabra que dice que el perfecto amor de Dios echa fuera todo temor. El Señor golpea la puerta de nuestro corazón y espera que nosotros le abramos respetando nuestra voluntad; nosotros tenemos la llave y nos dice que está dispuesto a cenar con nosotros si esa es nuestra decisión.

Siempre me apasionó el conocimiento de la vida espiritual y el enemigo aprovechó circunstancias íntimas y de mi entorno para meterse y causar más desorientación que guía y más trabas que sanidad sobre todo en el área de mis relaciones sentimentales. Nada me satisfacía en lo que hacía, me la pasaba buscando o practicando o estudiando o participando de algún retiro espiritual. Pero me sentía vacía. Ninguna de esas prácticas podía llenar el hambre y sed espiritual, que en la base no sólo era para comprender y crecer yo misma sino que también con ese propósito lo utilizaba con las demás personas: ser de ayuda. El diablo en ese engaño de la luz promete asistencia y muchas veces se materializa en la forma de una sanidad, por ejemplo se incrementan tus ingresos, tenés más trabajo, pero el vacío interior continúa, no existe un verdadero vínculo entre Dios y uno mismo porque es considerado como una “energía impersonal, etérea” y nadie puede establecer un lazo de intimidad y cercanía con algo que no conoce o es abstracto y mucho menos si el mediador que es Cristo está velado. Además me era muy difícil comprender y explicar a las personas la procedencia de esos maestros o de esas técnicas. Llegué a sentir que estaba estafando porque en verdad me sentía estafada. El mundo de las tinieblas predica, disfrazado de nueva era, que prosperás cuando tus ingresos aumentan y tu vida es abundante en todas las áreas pero esa es sólo una parte, puesto que aquello que oculta es que esa prosperidad, que no sólo es económica sino que es un estado de vivir en la presencia de Dios, viene sí y sólo si vivimos haciendo la voluntad de Dios, poniéndonos bajo su cobertura y cuidado.

Luego después de casi cinco años en Buenos Aires, tomé conciencia que en el área de pareja había tocado fondo y en lo físico había aumentado muchísimo de peso; me sentía abatida y muy triste. En ese momento es que vuelve a aparecer Jesús. Le pedí que limpiara mi corazón, que necesitaba soltar y perdonar a mi mamá. Fue un proceso de tres días en los que estuve literalmente descompuesta y debilitada. Al cabo de tres meses me reencuentro en el cumpleaños del papá de un amigo, con otro amigo en común de quien hoy es mi esposo. Hacía muchos años que no nos veíamos, pero todas las veces que nos encontramos siempre nos cruzábamos sólo con un saludo, él simplemente recorría su camino y yo el mío: el Señor tenía un propósito en sus tiempos que son perfectos.

Esa noche de junio de 2015 sucedió algo maravilloso: los dos sentados y conversando en esa reunión familiar y de amigos, dos niñitas comenzaron a jugar con nosotros y yo sentí una fuerte CONVICCIÓN de FAMILIA que me envolvió por completo. Recuerdo que dije: “Gracias, Dios, si es que con este sentir querés mostrarme lo hermoso que es tener y ser parte de una familia.” Al finalizar el cumpleaños él comenzó a hablarme de Jesús, a predicarme. Volví a escuchar de Jesús, del verdadero Dios una vez más y eso llenó mi alma. Casi un mes después, me invitó y acompañó a un culto del día domingo a las 19hs. en la Iglesia del Centro. Ese mismo día entregué mi vida a Jesús y el pastor Carlos Mraida oró por mí, comenzó a decirme algunas cosas de mi vida, muy profundas, sin conocerme y mientras me oraba el Espíritu de Dios comenzó a limpiar ese dolor a tal punto que al finalizar la oración quedé en un estado de calma que no recordaba ni siquiera mi nombre: el Señor había comenzado el reseteo de todos mis sistemas, sentía que flotaba y hasta mi vista comenzó a percibir las cosas con más nitidez y brillo. Unas semanas después el amigo de mi amigo me contó que algo había sentido esa noche en el cumpleaños y que en su mente veía la palabra FAMILIA. Lloré de alegría porque estábamos seguros que esto venía de Dios.

Transcurrieron casi dos meses cuando me bauticé tras una revelación que puso el Señor en mí en una reunión un domingo, donde me veía sumergida en agua y salía de allí resplandeciente. Tan misericordioso y sobrenatural es el Señor que trasciende toda lógica y comprensión humana, que la única persona de mi familia que asistió a la ceremonia de bautismo fue mi mamá; al finalizar nos abrazamos fuertemente y lloramos juntas. El Señor estaba comenzando un proceso de sanidad y perdón con ella, fue muy liberador. Después del bautismo comencé con un proceso de sanidad interior y liberación de todo lo que he relatado hasta recién.

Después de un año celebramos nuestra boda y puedo vivenciar en el transcurso de estos casi dos años el poder y el amor de Jesús en nuestras vidas. Él es real y continúa tratando conmigo y puedo dar testimonio de su obrar no sólo en nosotros sino también en nuestros padres. Él es mi maestro, me enseña a amar, es mi fuente de vida y de amor, mi todo, y cuando impongo mis manos y oro sé que es él fluyendo en mí como ríos de agua viva. Y en esto también el Señor se glorificó porque ninguno de los dos pensaba a estas alturas conocer a alguien, formar pareja y unirse en matrimonio, si bien era un anhelo de nuestro corazón. También vivenciamos un milagro con sanidad total de un ACV en mi suegro, luego de orar con mi esposo en el hospital. Oramos cada día para que el Señor traiga a nuestras familias a sus pies y también le sirvan. A mi mamá le diagnosticaron hace unos meses cáncer de mama y el Señor la sanó completamente hace tres semanas, luego de clamar e interceder con un grupo de hermanas fieles servidoras de Dios. Aun así las luchas continúan, porque como Jesús nos dice: en el mundo tendrán aflicción, mas ahora estoy tomada de su mano y ya no hay confusión, ahora su palabra es lumbrera a mi camino y con sus alas me cubre y guarda de todo mal. Cuán grande es tu amor Señor, Cuan maravillosas tus obras, te amo, te doy gracias por rescatarme de ese foso y por coronarme de favores y misericordias, aun sin merecerlo tuviste piedad de mí. Estaba perdida y Jesús me buscó y me tomó en sus brazos, me rescató del lodo y me salvó. ¡Bendito sos Dios mío! ¡Amén!

Pido al Señor que todo lo que he vivido sea de ayuda y guía a otros para salir de la confusión y engaño que el enemigo siembra a través de heridas profundas en el alma y en el cuerpo, maldiciones generacionales y situaciones donde a través de nuestra decisión, erramos el camino. Que tengamos a bien procurar un tiempo de sanidad interior para abrir el corazón y permitir que el Espíritu de Dios restaure y restituya aquello que parecía roto, perdido o simplemente muerto porque el Señor vino a traer vida y vida en abundancia.