Cuando pensamos, en espacio o espacios, quizá vienen a nuestra mente un montón de lugares en los que estuvimos, en los que estamos y en los que a lo mejor quisiéramos estar. Los espacios remiten a lugares que pueden tener diferentes características: amplios, pequeños, luminosos, oscuros, alegres, aburridos,…. Y cuando por algún motivo cotidiano tenemos que preparar un espacio tratamos de hacerlo con mucho cuidado: cuándo nos casamos y armamos nuestro departamento, cuándo vienen los hijos, cuándo nos vamos de vacaciones, etc. Pero ¿cuál es la relación entre espacio y Jesús? ¿Qué relación hay entre la clase y estos espacios?
Una clase debiera ser un espacio especial, un espacio preparado especialmente para que ocurra un encuentro entre los niños y Jesús. Veamos algunos espacios en los que estuvo el Señor y qué fines tuvieron esos espacios.
El pesebre. Lucas 2.7. Todos conocemos la historia. Por más que buscaron, María y José no encontraban ningún lugar para que ocurra el nacimiento.
Entonces aparece el primer espacio: un lugar que comúnmente es habitado por animales, se transforma en un espacio especial: el espacio en el cual iba a nacer Jesús, el Salvador del mundo. Un lugar rústico, sin demasiadas pretensiones, pensado para otros fines. Pero, ese lugar que no tenía atractivo alguno, se transformó en uno de los lugares más maravillosos de la historia: Dios mostró su amor y misericordia en ese espacio. Fue un lugar donde se manifestó el poder de Dios.

Relacionemos: cuántas veces nos quejamos de los espacios con los que contamos, estamos más preocupados por pensar en lo que no tenemos que usar el tiempo en pensar cómo podemos transformar ese espacio que se nos presenta inservible, en un espacio para que Dios pueda mostrar su poder. Si María y José se hubieran quedado en la queja, Jesús hubiera nacido fuera del pesebre, el tiempo apremiaba. De la misma manera la vida de los niños que tenemos en las clases, también urge, porque ellos crecen, y lo hacen muy rápido. No hay tiempo que perder. Por eso decía más arriba que una clase debe ser un espacio cuidadosamente pensado para que allí ocurra un encuentro entre los niños y Jesús, en el cual puedan disfrutar de la presencia del Señor, donde puedan escuchar su voz y entender lo que Dios tiene para decirles.
El desierto de la tentación. Lucas 4.1 El versículo dice que el Espíritu lo guió al desierto y allí estuvo durante 40 días. Ese lugar vacío, silencioso, amplio, casi infinito, se convirtió en un espacio para un encuentro especial. Se iban a encontrar Jesús y Satanás. Otro espacio preparado para que Jesús demostrara su poder. Las argucias de Satanás no pudieron contra la omnipotencia del Señor. Cada clase debiera ser un espacio para que los chicos palpen, conozcan e internalicen en sus vidas, que Satanás no puede hacer nada frente al poder infinito de Dios. En la clase es donde deben tratarse estos temas que son de tanta importancia para la vida de los niños que se están formando. Conocer cómo trabaja Satanás y cuáles son nuestras armas para vencer las tentaciones con las que Satanás los provoca. Analizar cuáles son las formas que adoptan hoy el maligno y cuáles son sus trampas. Cuánto más conozcan, más herramientas tendrán para defenderse. El desierto, se convierte entonces, en un espacio para que Jesús otra vez, pueda mostrar su poder.
El sermón del monte. Mateo 5.1. En el lenguaje actual la Biblia dice que: “Jesús vio a tanta gente, subió a una montaña y se sentó.” Fijémonos que lo primero que hace Jesús es observar: hay mucha gente. Qué maravilla, Jesús vio a la gente, no pensó primero en el lugar. No les dijo a sus discípulos que fueran a alquilar un micro estadio, o un anfiteatro. Jesús primero vio a la multitud, la vio necesitada de que le hablaran, de que le dijeran cómo es la manera de vivir una vida plena, una vida abundante. Entonces crea un espacio, un espacio muy simple: una montaña, un lugar alto para que todos lo pudiesen ver, y comenzó a enseñarles. Qué clase tan rara pero que efectiva. Jesús muestra su sabiduría sentado sobre un cerro y su palabra de poder que comienza a derramarse como un río de agua viva sobre aquella multitud que se había congregado para escuchar al Maestro. No importó la acústica, ni el sonido, ni el micrófono, sólo vio a la multitud y les enseñó.

Así debe ocurrir en nuestras clases: primero ver, ver a los niños que están a nuestro cargo, ellos están allí porque quieren aprender. Quieren aprender cosas hermosas sobre Jesús, quieren que les ayudemos a descubrir cuál es el plan maravilloso para sus vidas. Necesitan aprender y están deseosos de hacerlo. Por eso creemos espacios en los que todos puedan ser vistos y escuchados, que se puedan identificar claramente sus voces: “esa es la voz de mi maestro/a”. y comiéncenles a contar las maravillas del Señor.
Las parábolas. Mateo 13.1-2. Acá Jesús usa dos espacios: la orilla del lago y la barca. Jesús se sentó a la orilla pero enseguida se dio cuenta de que eran demasiados y que desde allí no lo escuchaban. Entonces, no empezó a quejarse, qué hizo, se subió a la barca y se alejó lo suficiente como para que todos lo pudieran ver y oír. Es impresionante el respeto de la gente: se quedó de pie, escuchándolo. Si un espacio nos parece inadecuado por algún motivo, pues deberemos pensar cómo poder solucionarlo. Jesús una vez más piensa en la gente, no hace que la multitud se corra hacia algún lugar, sino que es él quien se las ingenia para pensar en otro espacio posible. Y aparece una clase de tipo veneciana: comienza a hablar desde una barca. Pero en este caso además de los espacios, hay un plus especial: Jesús los sorprende con las parábolas o comparaciones. Me imagino la cara de los que estaban escuchando.

Todo lo Jesús decía tenía que ver con sus vidas cotidianas: un sembrador que sale a sembrar, la mala hierba y el trigo, la semilla de mostaza, la levadura, un tesoro escondido, la perla de gran precio, la red, tesoros nuevos y viejos. La gente lo entiende porque Jesús no habla “en difícil”, no habla de cosas que ocurren en la estratosfera sino que ocurren aquí en la tierra y les explica el por qué del uso de las parábolas. Así tienen que ser nuestras clases: tienen que sorprender por lo novedoso del relato, por la creatividad de la propuesta y por la relación de la palabra de Dios con la vida cotidiana de los chicos. De nada hubiera servido el espacio creado por Jesús si sus palabras no las entendía nadie. Jesús puso en su boca palabras simples pero que servirían para pensar, para reflexionar, para que aquellos que las escuchaban pudieran cambiar sus vidas para mejor. Una combinación perfecta: un buen espacio y buenas y adecuadas palabras. ¡Qué clase!
Jesús en casa de María y de Marta. Lucas 10.38-42 Estas dos hermanas crearon un espacio para que Jesús se quede a pasar un tiempo en su casa. Pobre Marta: no para de moverse de aquí para allá, preparando la comida, armando la mesa, poniendo la mesa, etc., mientras María se queda sentada a los pies de Jesús para escucharlo. En este espacio ¿quiénes somos nosotros: María o Marta? ¿Perdemos más el tiempo en cosas que pueden esperar o que no son tan necesarias y desperdiciamos el espacio para encontrarnos con Jesús? ¿Qué es lo más importante que hacen nuestros alumnos en la clase: cosas sin demasiada trascendencia o se sientan a escuchar lo que Jesús quiere decirles? A veces nuestras lecciones se convierten en una serie repetitiva de acciones que los chicos repiten una y otra vez como autómatas todos los domingos.
Eso es tener la actitud de Marta: hay que hacer, hacer y hacer, porque si no, no llego a dar todo el libro, porque así está en el libro, etc. etc. Entonces, por más que nuestro espacio sea cómodo como la casa de Marta y María, si no hacemos algo trascendente con Jesús, el hermoso espacio o los grandes recursos, no sirven de nada. Jesús le dice que lo importante es lo que eligió María y que esto no se lo iban a quitar. Y aquí está el punto importante, nuestros alumnos deben escuchar y experimentar en las clases cosas tan maravillosas que nadie se las podrá quitar nunca. No me refiero a grandes libros ni didácticas súper, sino simplemente y casi nada LA PALABRA DE DIOS, LA BIBLIA. Siempre lo más importante es lo que los chicos van a llevarse de Dios en la clase, lo que luego les pueda servir para sus vidas diarias. Hagamos como María que eligió la mejor parte.
La crucifixión. Juan 19.17. El Gólgota. Jesús camina hacia allí cargando su cruz. Se dirige a un espacio preparado para la muerte. Preparado para los reos que han desobedecido la ley. Para aquellos que fueron condenados y merecen el castigo por sus hechos. Pero hacia ese espacio se encamina el Señor para transformarlo una vez más, en un espacio para que Dios pueda manifestar su poder. En ese espacio se iba a consumar todo el plan divino para la salvación del hombre. En ese espacio, Jesús iba a cargar con nuestros pecados. En ese espacio, el Señor se convirtió en el Cordero de Dios, símbolo del único y último sacrificio en beneficio de nuestra libertad. Jesús sintió el abandono del Padre: ¡Dios mío!, ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? Y en uno de los momentos más solemnes y sagrados de la historia de humanidad, sucede la muerte. El tiempo se conmueve ante la muerte del Hijo de Dios. ¡Qué espacio lleno de dolor y de tristeza! Parecía el fin de todo aquello tan maravilloso que Jesús les había contado a sus discípulos. Fue, en cierto sentido el espacio de la contradicción. ¿Cómo entender la muerte de Jesús como una victoria? ¿Qué hacer cuando las clases son espacios para las contradicciones: la muerte, la enfermedad, el desempleo de los padres, catástrofes, guerras, etc.? Los discípulos no entendieron lo que pasaba en el Gólgota porque no llegaron a comprender del todo las palabras de Jesús. El les había prometido que iba a resucitar, pero ellos no fueron capaces de leer entrelíneas.
Nosotros tenemos la Biblia completa. Sabemos que Dios, no es un Dios de contradicciones, por eso debemos escrudiñar la Palabra, escuchar la voz de Dios, pedir sabiduría y discernimiento especialmente cuando se presentan planteos que llevan en sí mismos contradicciones. Debemos ayudar a los chicos a que se sientan tranquilos, hacerles comprender que Dios es un Dios amoroso y que siempre quiere lo mejor para nosotros. Esa seguridad es la que deben encontrar en este espacio: un lugar para poder expresar angustias y sentir el consuelo y el abrazo de Dios.
La tumba vacía. El Señor ha resucitado. Juan 20.1-10. Cuando las mujeres se acercaron a la tumba, pensaron, según el sentido común, encontrarse con un cadáver al que iban a tratar de acuerdo con las costumbres de la época. Pero, otra vez, un espacio preparado para un fin, se convierte en un espacio para el ilimitado poder de Dios. La muerte había sido vencida de una vez y para siempre. Las mujeres primero, Pedro y Juan después, y finalmente el resto de los discípulos, comprenderían las palabras de Jesús cuando les dijo que en tres días se iba a levantar el templo.
Un espacio de muerte, de lo acabado, de lo que no tiene ya más sentido, se convierte en un espacio de vida, de alegría, de poder, de esperanza. La tumba y el sepulcro, la muerte y el fin, se transformaron en la muestra más clara de la Omnipotencia de Dios.
Nuestra obligación como maestros, es transmitir a los chicos el gozo de su presencia que es tan viva y tan poderosa como en aquel encuentro con sus discípulos después de la resurrección. ¡Jesús vive! Y vive entre nosotros, y camina con nosotros, y nos conoce y sabe lo que nos pasa, y quiere escucharnos, y quiere que cada niño le entregue su vida para que puedan vivir vidas llenas de abundancia, tal cual Dios lo planeó para cada uno de ellos.

Cada uno de los anteriores espacios nos ha mostrado que cuando estamos enseñando, cuando estamos hablando de Dios en nuestras clases, los espacios en los que nos encontramos, se transforman, se vuelven espacios maravillosos, se vuelven espacios para la creatividad. Qué Dios nos ayude a entender la trascendencia que tienen los espacios en los que nos movemos y especialmente aquellos que compartimos con los chicos.
¡Transformemos lugares en espacios para Dios!