Una pregunta que debiéramos hacernos una vez que entendimos la importancia que tienen los espacios para crear una clase, es qué es la Educación Cristiana. La podemos definir a partir del juego de los siguientes conceptos:
Uniendo los conceptos anteriores podemos aproximarnos a la siguiente definición:
Educación Cristiana es el arte de impartir y compartir el conocimiento de la Palabra de Dios, motivar el conocimiento de la vida cristiana e impulsar a una respuesta en acciones como prueba de que el conocimiento ha logrado encarnarse en una vivencia personal.
Me encanta pensar primero que la educación es un arte, porque nos acerca a uno de los aspectos más hermosos que tiene enseñar y es el relacionado con la creatividad. Enseñar es poner en movimiento nuestras fibras más creativas porque día a día, clase a clase, debo sorprender a mis alumnos para que ellos queden cautivados con mi arte. (Se acuerdan cuando hablábamos que no era una tarea fácil…).
Por otra parte me maravillo de saber que aquello que voy a enseñar, es decir a compartir e impartir, es nada más ni nada menos que la Palabra de Dios. Mi boca se deberá llenar de su voz para que los niños puedan escuchar lo que el Señor les quiere contar. ¡Soy un instrumento en sus manos!
Ahora bien, no alcanza con sólo impartir y compartir, hay una paso más, y es que ese conocimiento impartido, sea puesto en práctica, como una vivencia personal de modo tal de transformar plenamente sus vidas. No hay educación si la vida de aquel a quien estoy educando no es trasformada por los conocimientos que recibió. El pedagogo brasilero Paulo Freire (La educación como práctica de la libertad, Siglo Veintiuno Editores, 2009. Biblioteca Clásica. Buenos Aires) define a la educación de una manera extraordinaria, dice así: “la educación verdadera es praxis, reflexión y acción del hombre sobre el mundo para transformarlo.” y más adelante, el mismo autor expresa que “la educación debe ser liberadora, porque si no es liberadora, no es educación”.
Aquí hay dos conceptos que se relacionan y que son inseparables: acción y libertad. No hay educación si solamente en las clases el maestro enuncia una serie de palabras, oraciones, párrafos, los que son recibidos por los alumnos como si fueran alcancías. De nada sirve si los alumnos no son capaces de poner en práctica, en su cotidianidad los conceptos que aprendió en clase, de nada sirve si los niños y adolescentes no son capaces de poner en práctica el pensamiento crítico y reflexivo, dos condiciones básicas para un ser libre. No nos olvidemos que Jesús vino a la tierra a cambiar la realidad de su tiempo. Pensemos por ejemplo, en su encuentro con la mujer samaritana: sabemos lo que significaba hablar con una mujer, no sólo se planteaba un problema de género sino que además era samaritana, esta buena señora tenía en su haber dos cuestiones terribles en los tiempos bíblicos. Pero a Jesús no le importó, su misión era cambiar los modos de pensar y de vivir. Y ahí nomás creó un espacio de enseñanza, y a través de la reflexión por medio de preguntas, la mujer entendió el mensaje y recibió la salvación.

¡Eso sí que es ser un buen educador! Inteligente, sagaz, criterioso y creativo. ¡Qué Dios nos ayude a comprender en su totalidad el valor de la educación!