“La realización del encuentro entre Jesús y el alumno es por el poder del Espíritu Santo. El maestro puede preparar y guiar una situación para que se estudien las Escrituras, pero sólo el Espíritu Santo puede efectuar el aprendizaje. Por el Espíritu Santo llega a evaluar y cambiar su pensamiento, sus actitudes, valores y motivaciones.” (Roberto Boelke)
Según una de las definiciones más interesantes de la palabra didáctica es la que dice que es el “arte de enseñar”, y cuando se habla de arte se reconoce la existencia de una artista que pone en práctica su talento creador para sacar la luz su obra.
La didáctica comprende todos los procedimientos, técnicas, recursos y estrategias necesarias para que el proceso de enseñanza-aprendizaje, sea factible. Recordemos los elementos de todo acto de enseñanza: maestro-alumno-contenidos- Espíritu Santo.
Los contenidos que el maestro debe dar a sus alumnos, en nuestro caso la Palabra de Dios, requieren de ciertos recursos didácticos para que lleguen a ser comprendidos y aplicados por los niños. Es imprescindible tener en cuenta el conocimiento por parte del maestro de las características psicológicas de los alumnos en cada etapa para poder seleccionar adecuadamente tanto los contenidos como los recursos, y también la manera en que cada miembro participará en el grupo.

La manera más clásica de trabajar con los niños es a través de la lección o clase bíblica. Por clase no debe entenderse “aburrida” ni “antigua”, sino un buen método para enseñar las verdades bíblicas. No debemos dejar de lado aquellos recursos que nos da la modernidad para utilizarlos con los niños, siempre y cuando sirvan para beneficiar a la clase y no para “entretener” a los niños. El momento de la lección es la más importante de la clase ya que es en ese preciso momento cuando vamos a ser voceros de Dios poniendo en contacto con nuestros alumnos la Palabra de Dios. Debemos hacer siempre una oración como introducción para que nuestro espíritu y el de los niños esté preparado para escuchar y aprehender las verdades divinas. Los niños tienen que sentir la presencia de Dios, tiene que experimentar el gozo de conocer más sobre la vida de Jesús o sobre las magníficas historias de los héroes de la Biblia. Siempre con el mayor de los respetos, pero sin perder la espontaneidad y el buen humor.
• Elección del pasaje bíblico a estudiar
• Consideración de la edad y desarrollo de la clase.
–Los niños pequeños no entienden simbolismos.
–El desarrollo espiritual de la clase primará en la elección de la Escritura a estudiar.
–La necesidad de repetir la misma verdad pero con base en diferentes pasajes bíblicos (ya sea para formar una serie de lecciones relacionadas o para aclarar una verdad difícil de comprender, o para satisfacer la necesidad de repetición para los preescolares, etc.)
• Consideración de las necesidades del alumno
–¿Cuáles son sus luchas espirituales?
–¿Cuáles son las brechas en el conocimiento bíblico?
–Por su comportamiento y propia expresión verbal, ¿cuáles son las
enseñanzas bíblicas que todavía le hacen falta aplicar a su vida diaria?
• Tengamos presente siempre que “Toda Escritura es inspirada por Dios y útil…”
Es importante entender que debemos enseñar Biblia para ayudar a nuestros alumnos a que la vida abundante que Dios nos promete se haga carne en ellos; para entender que la Biblia es un libro para ser vivido; para cumplir el propósito de Dios cuando nos puso en este ministerio y para buscar permanentemente la ayuda del Espíritu Santo.
Es necesario también preguntarse si nuestros alumnos están cambiando. Para que ese cambio se produzca, es imprescindible que el aprendizaje acontezca. El aprendizaje es la actividad, el proceso que permite el cambio o reestructuración de la persona. Dicho aprendizaje necesita de la intervención de un docente con el propósito de favorecer, orientar y guiar el aprendizaje de sus alumnos: la ENSEÑANZA.
Durante el proceso de la enseñanza, debemos preguntarnos si vamos por el camino apropiado. Para ello tenemos que tener una buena hoja de ruta formada por objetivos de aprendizaje que son los orientadores o indicadores del camino a seguir en los procesos de enseñanza – aprendizaje. Los objetivos direccionan, orientan, muestran resultados y ayudan a la evaluación tanto de maestros como de alumnos.
Cuando enseñamos debemos respetar todas las áreas de la vida de nuestros alumnos. Esas áreas son la cognitiva: conocimientos, habilidades y hábitos; afectivo-volitiva: emotividad, actitudes y valores, acciones: actos, habilidades y hábitos.
Antes de cada lección es importante atreverse a plantear objetivos que expresen con claridad lo que el maestro desea lograr de manera clara y precisa. Deben ser realistas, es decir, alcanzables. No hay que pensar en una gran cantidad de objetivos para cada clase, sino pensar en uno o dos, depende de lo que se quiera enseñar.
Analizar el mismo pasaje y otros versículos que se refieran al mismo hecho, doctrina o enseñanza y el contexto. ¡No nos olvidemos que el maestro debe tener más conocimiento que el alumno!

Estudiar todo el libro donde se encuentra la lección, averiguar quién es el autor, cuándo y en qué circunstancias lo escribió, para quién fue escrito y cuál es el propósito del autor.
Buscar la definición de palabras que no comprendemos en diccionarios comunes y en diccionarios bíblicos. Consultar mapas para tener idea de la geografía del lugar en que se desarrolla la historia.
Clasificar la porción de la Escritura: ¿es profética, histórica, biográfica, poética, doctrinal, devocional, etc.? ¿Es de fácil interpretación o presenta dificultades?
Recordar que no estamos dando opiniones personales sino debemos ser fieles a lo que Dios quiere decirnos.