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Curso: Sanidad Integral -II
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La iglesia como una comunidad que hace terapia

La condición de la iglesia como una comunidad que hace terapia representa una enorme responsabilidad frente a Dios y frente al prójimo en necesidad. La iglesia debe ser sumamente cuidadosa en el desempeño de su ministerio de sanidad y en el uso y ejercicio de los dones de sanidades.

 

¿Cómo ejercer los dones de sanidades?

 

1) El ejercicio de los dones de sanidades en la iglesia debe ser integral: debe tomar en cuen­ta todas las necesidades de las personas.

Hace falta sanidad individual.

a) Sanidad física: tiene que ver con el funcionamiento total del cuerpo.

b) Sanidad interior: tiene que ver con la sanidad de las emociones y la memoria.

c) Sanidad mental: tiene que ver con las psicopatías y desórdenes de la personalidad.

d) Sanidad relacional: tiene que ver con la relación armónica del individuo con otras personas.

e) Sanidad espiritual: tiene que ver con la relación correcta con Dios, libre de toda demonización o compromiso demoníaco.

Hace falta sanidad social.

La sanidad de la comunidad eclesial y la sanidad de la comunidad social.

El ejercicio de los dones de sanidades en la iglesia debe ser liberado de malos entendi­dos. Los carismas son distribuidos por el Es a toda la congregación.

El ministerio de sanidad de la iglesia debe ser periódico y no esporádico. Debemos tener un culto mensual de sanidad o un tiempo especial en cada culto.

El ministerio de sanidad de la iglesia debe ser hecho con humildad, sin exigir nada de Dios ni prometer nada a los enfermos.

La expectativa de sanidad debe ser motivada al pensar en el amor y la compasión de Dios, al leer de las sanidades narradas en la Biblia, y al recibir el testimonio probado de aquellos que hoy han sido sanados.

El ministerio de sanidad de la iglesia debe complementarse con el ministerio de sani­dad de la ciencia médica.

 

2) El ejercicio de los dones de sanidades demanda de una práctica adecuada.                                                      .

Es necesario creer que la voluntad original y final de Dios para los seres humanos es la sanidad plena. Dios quiere lo mejor para nosotros.

Es necesario apropiarse de la Palabra de Dios (Pr. 4.20-23).

Es necesario usar los dones del Espíritu Santo.

Discernimiento de espíritus: para saber la índole del problema (si es físico, emocio­nal, mental, relacional o espiritual).

Palabra de ciencia: para saber por quién y por qué orar.

Diversos géneros de lenguas: para orar” en el Espíritu” lo que conviene.

Es necesario amar profundamente a los enfermos.

Jesús sentía compasión por los que sufrían, y por eso los sanaba. El amor tiene un enorme poder terapéutico (Mt. 14.14).

Hace falta un diálogo pastoral terapéutico: Jesús dialogaba con los enfermos (Mt. 9.27-31; 20.29-34).

Es necesario orar a Dios pidiendo la sanidad del enfermo (Mr. 11.23-24).

Cree que Dios te escucha. Rechaza, resiste y reprende la duda que te asalte. Espera recibir lo que estás pidiendo. Sé claro en lo que pides: es mejor orar por los síntomas y no pretender utilizar un lenguaje técnico. Reprende todo espíritu de enfermedad, si fuere necesario (Le. 4.39). Orá sintiendo en tu corazón que el enfermo va a ser sano. Recordá la sanidad de Jesús al paralítico por la fe de sus amigos.

Es necesario estimular la fe del enfermo.

1) Impón tus manos sobre el enfermo: “terapia del toque” (Le. 4.40).

2) Unge con aceite al enfermo: “terapia de la unción” (Stg. 5.14).

3) Mira a los ojos al enfermo: “terapia de la mirada” (Mt. 9.22; Hch. 3.4-6).

Es necesario ejercer autoridad sobre la enfermedad (Le. 5.24). Para esto es imprescindible que el creyente que ministra sea obediente y sea santo frente a Dios

Es necesario predicar el evangelio al enfermo para su salvación integral. La sanidad del cuerpo es muy importante; pero hay que recordar que se trata de una sanidad para esta vida. Una persona puede recibir sanidad de Dios sobre sus dolencias muchas veces, pero en definitiva va a morir como todos los mortales. En cambio, la sanidad espiritual, produce vida eterna y sus resultados van más allá de la muerte y tienen que ver con el destino eterno de la persona.

Es necesario guiar al enfermo a la confesión de sus pecados.

En términos bíblicos, no hay una relación directa y necesaria entre enfermedad y pe­cado: muchos justos se enferman (caso de Job). Pero sí es cierto que el pecado puede, en ciertos casos, producir no sólo la enfermedad sino también la muerte (1 Co. 11.29-30).

Es necesario aceptar la fe imperfecta del enfermo. El enfermo puede tener un concepto fetichista de la sanidad. Es decir, en su confusión e ignorancia puede creer que hace falta aplicar un mecanismo o un objeto sagrado (palabra mágica, talismán, fetiche) para que haya sanidad (Marcos 5:25-28; Hechos 19:11-12).

El enfermo puede también tener un concepto mágico de la sanidad y pensar que hace falta aplicar una técnica particular (unción de aceite; imposición de manos; o ciertos ritos) para que se produzca el efecto deseado (Hechos 5:14-15). El ocultismo está muy popularizado y ofrece múltiples caminos engañosos que prometen sanidad para el cuerpo, y que terminan haciendo que el “remedio sea peor que la enfermedad”. No obstante, a pesar del engaño en el que pueda estar sumido el enfermo, es posible que haya en la persona sufriente alguna medida de fe, que debe ser orientada al Señor, de modo que haya sanidad efectiva y duradera.

Es necesario proceder con humildad. Reconoce que es Dios quien sana. Nosotros, sus hijos, no somos más que instrumentos de barro en sus manos, a través de los cuales él ha escogido magnificar su nombre. Nuestro privilegio y honor está en ser usados por él como canales de bendición y sanidad. Además, reconoce el misterio de la obra sanadora de Dios.

Es probable que al orar por sanidad sean más las personas que no se sanen que las que se sanen. Si no estás dispuesto a aceptar este hecho, entonces no eres apto para llevar a cabo este ministerio. Cuando puedas ministrar con la convicción de que no todas las personas a quienes ministres se van a sanar, entonces comenzarás a ver muchas más sanidades que las que te habías imaginado.

Otra expresión de esto es creer que todo es responsabilidad de Dios, es decir, una distorsión de la fe de que todas las cosas obran para bien de aquellos que viven conforme a la voluntad de Dios (Romanos 8:28). Según esta distorsión, se espera que Dios haga todo por nosotros.

Simplemente no podemos sentarnos cómodamente y esperar que alguien nos rescate de nuestros problemas, ni siquiera Dios. Debemos ser parte responsable del plan y de la acción. De otro modo, no habrá salida saludable.