Al carecer de un “modelo ideal” de ser humano, resulta difícil precisar qué es lo que se quiere significar con los términos “normal” y “anormal.”
La persona sana acentúa la aceptación de sí, la adecuada identidad propia, la valorización realista de las cualidades y los defectos propios.
Tiene una visión realista de sí mismo y del mundo que forman la gente y las cosas que lo rodean.
Tiene una personalidad uniforme, ausencia de conflictos internos perturbadores, aceptable tolerancia al stress.
Desarrolla las cualidades básicas somáticas, intelectuales, emocionales y sociales para superar los problemas de la vida.
Tiene una adecuada confianza en sí mismo, responsabilidad y auto dirección, así como también suficiente independencia de influencias sociales.
Es una desviación de la norma estadística: la anormalidad como lo infrecuente, lo atípico, literalmente, lo que está “apartado de la norma.”
También es considerada como una desviación de las normas sociales: la anormalidad como la falta de conformismo. Todo lo común es normal. De acuerdo con esta norma, los cazadores de cabezas o los crímenes de guerra y todas las atrocidades que se cometen serían normales si la sociedad las aceptara y anormales en caso contrario.
Otra forma de verla es considerar la anormalidad como la ineficiencia del individuo en ajustarse a las demandas que el medio físico y social, a la vez que sus propias necesidades, le imponen.
Otra acepción es tomar la anormalidad como un grave sentimiento de ansiedad, depresión y culpa. Las angustias crónicas pueden ser una señal de que algo anda mal, pero una angustia personal podría también ser la respuesta normal a una situación de dolor, de frustración o de injusticia.
También se considera como anormal al comportamiento impropio para el nivel de edad e inadecuado para la importancia de la situación en relación con los recursos de que se dispone. No es fácil precisar cuáles son los rasgos relacionados con la madurez: todo depende del “modelo de ser humano ideal” que se tenga.
El número de personas afligidas por enfermedades mentales es mayor de lo que nosotros imaginamos y está creciendo bajo las condiciones estresantes de la vida moderna, particularmente en los contextos urbanos. Se estima que en el mundo desarrollado una de cada cuatro familias tiene a un familiar cercano que está afectado severamente por algún tipo de enfermedad mental. Una de cada 25 familias está directamente afectada por una enfermedad mental seria o crónica.
La crisis de enfermedades mentales severas sobre el individuo y su familia es generalmente devastadora. Los problemas son como un agujero negro dentro de las personas, que absorbe todo lo demás en sus vidas. Es muy difícil vivir con un miembro de la familia que tiene una enfermedad mental severa. Esto puede constituirse en un trauma serio, que impacta a todos los miembros de la familia.
La enfermedad mental afecta a la familia. La mayor parte de los problemas mentales pueden ser serios y dolorosos, pero muchas veces son temporarios, y pueden tener solución, con el debido tratamiento. Sin embargo, algunas formas más serias de perturbación mental pueden tomarse crónicas y resultar en brotes críticos, que no solo afectan a la persona involucrada sino a todo el contexto familiar.
La enfermedad mental perturba a la familia. La familia cree que su situación es única, y la toma como una desgracia terminal. La experiencia de la familia es sumamente dolorosa: la familia experimenta pena, frustración, impotencia y ansiedad. La familia del enfermo se aisla y reduce su vida social. La reacción de la iglesia hace difícil creer que Dios se preocupa o tiene interés. Generalmente, emergen emociones ocultas y se desarrolla desconfianza espiritual. Los sentimientos son por momentos confusos y atemorizantes. Hay profundos sentimientos de soledad, rechazo, abandono, culpa, frustración, vergüenza y crisis de fe.
La enfermedad mental enferma a la familia. Es difícil vivir con un familiar que padece una enfermedad mental severa. Esto puede transformarse en un trauma que impacte a toda la familia. Otros no entienden, la sociedad no ayuda, y la iglesia a veces complica más las cosas. El problema mayor es cuando no se acepta la realidad de la enfermedad mental, tanto por parte de la iglesia como de la familia. Entonces nos encontramos frente al síndrome de la negación.
Necesitamos encontrar maneras de estar presentes y junto a estas personas afligidas y sus familias sin darles falsas esperanzas de que automáticamente o pronto las cosas se van a poner mejor.
Las personas mentalmente enfermas y sus familiares necesitan saber que nos preocupamos por ellos y que haremos lo mejor que podamos en el nombre de Jesús para traer integración a sus vidas.
La necesidad de una evaluación cristiana. La siquiatría, la sicología y la fe no siempre se han llevado bien, a pesar de que es posible encontrar elementos comunes. Hace falta construir un puente entre fe y salud mental, que ayude a una comprensión más profunda y que permita un ministerio más efectivo para el desarrollo de su condición humana.
Las posibilidades de una evaluación cristiana. Hay una perspectiva médica clínica, un acercamiento sicológico, social, e incluso una visión económica de una evaluación cristiana. La mayor parte de los métodos se han enfocado en el carácter patológico de la discapacidad y han dado lugar a un proceso de etiquetamiento que muchas veces no ayuda y que generalmente es destructivo o muy limitado.
El gran desafío para la iglesia hoy es elaborar una teología y una pastoral bíblica, que responda más efectivamente a las necesidades de un mundo cada vez más neurótico y psicótico, y donde las personas ven hecha pedazos su salud mental.
El alcance de una evaluación cristiana. La evaluación del enfermo mental desde el punto de vista cristiano tiene que ver esencialmente con la posibilidad del enfermo de relacionarse con Dios, y para ello debemos tener en cuenta los siguientes puntos.
1) La conciencia de lo sagrado.
2) la conciencia de la providencia.
3) Una experiencia de fe.
4) Un sentido de gracia y gratitud.
5) Una experiencia de arrepentimiento.
6) Un sentido de comunión.
7) Un sentido de vocación.
Algo muy importante a tener en cuenta es que Dios ama al enfermo mental, porque él ama a todas sus criaturas (Juan 3:16; 1 Timoteo 2:4). Dios sufre por el enfermo mental, porque él cargó sobre sí nuestras enfermedades (Isaías 53:4-5; Salmo 103:3-4). Dios sana al enfermo mental, porque para Dios todo es posible (Marcos 10:27; 14:36).
Al pensar que podemos hacer como creyentes para sanar la enfermedad mental, hay cuatro cuestiones que debemos tomar en cuenta.
Una advertencia: no demonicemos la enfermedad mental. Al igual que con cualquier otra enfermedad, los desórdenes mentales pueden o no ser debidos a influencias demoníacas.
Una actitud: imitemos a Jesús en su amor al enfermo mental. Hay tres elementos del ministerio de Jesús que debemos imitar:
1) Debemos sentir compasión. (Juan 4:10-11; Mateo 9:35-36)
2) Debemos experimentar comprensión. Jesús entendió bien las limitaciones y factores condicionantes en las vidas de aquellos que sufrían diversos tipos de enfermedades, pero también mostró comprensión de la voluntad y el poder sanadores de Dios para todos los que estaban afligidos.
3) Debemos ministrar consolación. Dios es el actor de toda consolación. Él es el “Dios de toda consolación” (2 Corintios 1:3).
Una acción: desarrollemos un ministerio de integración. El ministerio de integración es la acción sacramental de la iglesia orientado a la integración de la personalidad del individuo de tal manera que la persona sea capaz de tener un control consciente de su personalidad, y ejercitar una responsabilidad personal por sus acciones.
Una estrategia: integremos al enfermo mental a la comunidad de fe. Para ello, hay cuatro niveles de acción, para que la iglesia comience a asumir sus debidas responsabilidades por los enfermos mentales:
1) Debemos familiarizarnos con los hechos.
2) Debemos encontrarnos y conocer a personas enfermas mentalmente.
3) Debemos experimentar con la adoración y la enseñanza a las personas mentalmente enfermas.
4) Debemos trabajar para el mejoramiento de las condiciones de vida de los enfermos mentales en la sociedad.
Dios y la salud mental. Su voluntad para todo ser humano es la integridad y plenitud mental, y esto en razón de su amor. Definitivamente, Dios no es la causa de los desórdenes mentales ni estos son el resultado de su voluntad. Dios ama a su creación y particularmente a lo que él mismo declaró como la corona de Su creación, el ser humano.