Lo que sigue es parte de una reflexión del pastor Salvador Dellutri en un programa radial.
(Sitio: Tierra firme, mensaje: El justo por los injustos. Copiado en marzo del 2014, disponible en: http://tierrafirmertm.org/2013/03/el-justo-por-los-injustos/):

Francisco de Zurbarán, artista del barroco español, pintó una obra singular por su belleza y dramatismo a la que tituló “Agnus Dei” (Cordero de Dios). Sobre un fondo oscuro se destaca la figura de un cordero con sus cuatro patas atadas, colocadas en primer plano, cerca del observador para destacar su importancia. No tiene ningún símbolo que pueda identificarlo como una imagen religiosa, es solo un cordero evidentemente preparado para el sacrificio. No es difícil imaginar que la muerte está presente y es inminente el derramamiento de sangre. La sensibilidad de Zurbarán logró sintetizar el punto de encuentro entre la Pascua judía y la cristiana, y en el título de su obra apeló a la declaración que hizo Juan Bautista cuando señalando a Jesús dijo “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. (Juan 1.29).
“Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; No quieres holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”. (Salmo 51.16-17)
El rey David tiene una fina percepción espiritual y parece sospechar que sobre el tema del pecado y la expiación no está todo dicho, que todavía falta algo que se revelará en el futuro. Pero todos los sacrificios con que los hebreos se acercaban a Dios preparaban el camino para que en el momento en que Juan el Bautista señalara a Jesús como el “cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, lo que era figura se hiciera realidad y sustancia.
Era necesario que Dios se encarnara, penetrara en el mundo como hombre, hiciera el proceso natural de la vida humana –nacimiento, crecimiento, muerte – pero ajeno al pecado. Por lo tanto, la muerte de Jesucristo no es la consecuencia, como en el hombre, de la condición de pecador. Él fue sin pecado y por lo tanto no debía morir. Muere porque tomando el lugar de los hombres carga con el pecado. Como lo dijera poéticamente el profeta Isaías: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; más Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros”. (Isaías 53.6). El apóstol Pedro, testigo presencial de la entrega y sufrimiento de Cristo, con toda claridad nos dice que el Señor “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados”. (1 Pedro 2.24)

Nos unimos al apóstol Juan para decir: “Al que nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén. (Apocalipsis 1.5-6)
En el sitio Pensamiento Cristiano aparece una reflexión del pastor José M. Martínez acerca de la resurrección de Cristo. El mensaje lleva el título La gloria de la resurrección y citamos algunos párrafos. Para su lectura completa puede consultarse en Martínez, José M. La Gloria de la resurrección, copiado en marzo del 2014, disponible en: http://www.pensamientocristiano.com/Mes/201204.shtml#.Uz044fl5Oo.

En el Credo Apostólico aparecen dos impresionantes frases relativas a Jesucristo: «Padeció bajo el poder de Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado». Así se expresa, condensadamente, toda la crudeza de la humillación de Cristo. Si tales frases fuesen las últimas del credo, la confesión de fe cristiana sería un enigma nebuloso. El final del ministerio de Jesús podría interpretarse como una tragedia desconsoladora, como el derrumbe de un cúmulo de esperanzas gloriosas. Y como un misterio torturador. La carrera del Maestro admirado, santo, obrador de milagros, compasivo, revelador del Padre, dominador de las fuerzas demoníacas, anunciador y promotor del Reino de Dios ¿había de morir como un vulgar malhechor? Su grandeza indiscutible ¿había de concluir en la oscuridad fría de un sepulcro? El que había salvado a otros de la muerte ¿no podía salvarse a sí mismo? Las fuerzas del Reino ¿no podían acabar con todos los poderes enemigos? La fe y las esperanzas de los discípulos ¿habían de concluir en el más cruel de los desengaños? ¡Cuánta amargura rezuman las palabras de los discípulos de Emaús cuando regresaban de Jerusalén a su aldea: «Nosotros esperábamos que él sería el que redimiera a Israel» (Lucas 24.21)! Pero después de lo acontecido ¿qué podían esperar?
De igual modo, ¿qué esperanza podría tener hoy un cristiano si hubiese de creer en un Cristo «muerto y sepultado»? ¿Quién ensalzaría su gloria? Solo podría pensarse en lo patético de su tragedia. Y quienes todavía mantuviesen su adhesión al Crucificado serían, en palabras del apóstol Pablo, «los más dignos de conmiseración de todos los hombres» (1 Corintios 15.19). Pero el Credo no se cierra con la palabra «sepultado». Añade: «Resucitó de entre los muertos, ascendió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios…». Con estas frases destaca lo más trascendental en la historia de la salvación. Inseparable del mensaje de la cruz, y juntamente con él, la proclamación de la exaltación de Jesús constituye el eje del Evangelio. En esa proclamación sobresalen cuatro puntos esplendorosos: la resurrección de Jesús, su ascensión a los cielos, su sesión a la diestra de Dios y su futura venida en gloria. De estas cuatro realidades gloriosas nos centraremos en la primera: la resurrección de Cristo.
Es así que luego desarrolla el siguiente bosquejo:
–La resurrección de Cristo, el milagro de mayor trascendencia
–La resurrección de Cristo, fundamento de la iglesia y de la fe
–La resurrección de Cristo, garantía de nuestra esperanza
Concluimos el presente curso recordando lo que se menciona en 1 Pedro 1.2-4:
“Bendito el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe”.