Los tipos de materiales en el que se escribieron los libros de la Biblia que ya se ha considerado, más el trabajo de los copistas y la moderna arqueología, enseñan la importancia de la historia de la escritura para entender mejor la Biblia. Hay que recordar que además de los originales que salieron de la mano de los escritores, dados los elementos con que se contaba, se realizaron copias manuscritas diferentes.
Es claro que, a esta altura de la historia del cristianismo, no existen los textos bíblicos autógrafos (escritos por la propia mano del autor del libro), dado que se perdieron, fueron destruidos intencionalmente o por el paso del tiempo y el uso. Hay que tener en cuenta que, en general, eran materiales frágiles. Por lo tanto, cuando se menciona que hay traducciones, por ejemplo, al castellano, desde los originales, se refiere a que fueron traducidos directamente desde los idiomas originales y de los manuscritos más antiguos de los que se disponen.
El papel, tal como se tiene disponible hoy, data de pocos siglos atrás, como así también la imprenta, que permitió que se eliminaran errores que se podían deslizar en las copias realizadas a mano.

Primeros ejemplares de la Septuaginta. Traducción del hebreo al latín. Septuaginta significa setenta, que era el número de personas que participaron de la traducción, según la tradición judía.
Los manuscritos (MSS) hebreos más antiguos, disponibles hasta hace un siglo, eran del siglo X d.C. En 1896 se descubre, en una cámara de la sinagoga de El Cairo –llamada genizah, donde se almacenaban los manuscritos bíblicos que ya no servían para el uso litúrgico–, unos 200.000 fragmentos, entre los cuales destaca por su importancia un texto manuscrito hebreo del libro del Sirácida (Eclesiástico) del que, hasta entonces, solo se conocía la traducción griega. Estos manuscritos son de los siglos VI y VII d.C.
Las primeras traducciones del AT de que se tiene conocimiento son del hebreo al griego. Esto ocurrió en el siglo III a. C. y es lo que se conoce como la Septuaginta. Esta es una palabra griega que quiere decir 70. La tradición dice que unos 70 eruditos judíos la tradujeron en Alejandría, Egipto, en 70 días.
El motivo de esta traducción fue la dispersión del pueblo judío por todo el mundo. Aun los que vivían en Palestina habían olvidado el hebreo (esto refiere al pueblo común) y hablaban los idiomas del lugar donde se encontraban viviendo. Hay que recordar, además, las diversas invasiones de que fueron objeto por distintos pueblos y los exilios a los que fueron sometidos.
Por lo tanto, el hebreo seguía siendo el idioma de lo religioso, lengua en que se escribió el AT. El arameo era la forma en que se comunicaban en lo cotidiano. En cambio, el griego era el idioma de los documentos de intercambio comercial y cultural, aun antes de los tiempos de Jesucristo. Hay que destacar lo interesante de todos estos movimientos, para que la Palabra de Dios estuviera al alcance de una mayor cantidad de personas.
Otra traducción importante fue la Vulgata. En el año 382 de la presente era, Jerónimo, uno de los llamados padres de la iglesia (c. 342-420 d.C.), se empeñó en traducir la Biblia al latín. Era el idioma de Roma, la ciudad más importante de aquel entonces. Vulgata significa común o corriente. Otra vez, el propósito era traducir la Biblia al idioma que usaba la mayoría de la gente.

Prólogo del Evangelio de Juan. Clementine Vulgate, 1922 edición.
La primera versión en español, llamada Biblia Alfonsina, fue traducida de la Vulgata Latina, realizada bajo los auspicios de don Alfonso X, rey de Castilla y Aragón, en el año 1280. Por supuesto, las copias se realizaban a mano.

Casiodoro de Reina primer traductor y luego Cipriano Valera revisor, primera traducción al castellano.
En 1569, Casiodoro de Reina realiza su publicación en Basilea, Suiza. Su traducción al español es desde los idiomas originales. En una época en que la Inquisición castigaba con pena de muerte la traducción de los libros sagrados a las lenguas vernáculas, la mayor parte de las tres primeras ediciones fueron quemadas. Fue revisada por Cipriano de Valera en 1602.