El nombre Kyrios marca la tremenda diferencia entre las primeras congregaciones y las nuestras. Sin embargo, Dios hoy está restaurando ese nombre, volviendo a ponerlo en su debido lugar.
Jesucristo nunca utilizó nuestros métodos, ni nuestro enfoque para evangelizar. Jamás predicó a nuestra manera. Él no hacía ofertas. Su proclama era: “Arrepentíos… el reino de Dios se ha acercado”.
Se trataba de un reino que venía a la gente en la misma persona del Rey.
Cuando Cristo se acercaba a alguien lo ponía frente a una obligada disyuntiva: entrar en el reino o quedar fuera de él. ¿Cómo entrar? Sujetándose a la autoridad del Rey, reconociéndolo como el Kyrios.
Daremos algunos ejemplos:
SIMÓN Y ANDRÉS
Cristo anda por las calles de Capernaum, Galilea. Se acerca a la orilla del mar. Ve a dos hombres pescando; se ganan así la vida. Cristo se detiene, los mira. Uno es Pedro; el otro, Andrés. Ellos levantan los ojos y ven a Jesús. Cuando las dos miradas se cruzan, Cristo lanza una orden, con toda autoridad:
“Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres”.
No entra en detalles ni explicaciones. Pedro y Andrés quedan frente a una orden. ¿Qué se hace frente a una orden? Se la obedece o no. No existe otra alternativa.
Todo lo que ellos entienden es que deben dejar lo que están haciendo y seguir a Jesús. Él los pone frente a la disyuntiva. Pretende convertirse en el dueño y Señor de su vida. Y sus palabras resuenan con autoridad.
Se produce un forcejeo en el interior de ambos, y finalmente algo se rompe: su voluntad propia. Dejan sus redes y siguen a Jesús.
¿Qué significa para ellos? Que ahora se sujetarían a Jesús. Él mandaría en sus vidas.
MATEO
Sobre la vereda, en una rústica oficina improvisada, un cartelito reza: “Se cobran impuestos para el Imperio Romano”. Hay un hombre sentado, cobrando, haciendo cálculos y listas. Es Mateo. Cristo, rodeado de gente, se detiene ante él. Mateo se sorprende. Y Cristo le dice una sola palabra: “¡Sígueme!”
Mateo quiere responder, y piensa: “¿Quién es éste? ¿Por qué debo seguirlo?” Sin embargo, no se pueden poner condiciones, ni cuestionar. Una orden se obedece o no.
Se produce una lucha en su interior; su personalidad no sujeta a Dios se resiste a obedecer. Pero algo comienza a ceder y finalmente se rompe. Mateo se pone de pie, y comienza a andar en pos de Jesús.
Podría sintetizar su experiencia diciendo: “Hasta hoy yo mandaba en mi vida. Ahora manda Cristo”. Todo su ser estaba a disposición de Cristo. Es la esencia de la conversión. Para el mundo es locura, pero para los que creen, poder de Dios.
ZAQUEO
En Jericó vive un hombre llamado Zaqueo. Tiene muchos deseos de ver a Jesús, pero no puede a causa de su baja estatura. Un día se propone lograrlo. Se sube a un árbol y espera el gran momento.
Allí viene Cristo, rodeado de gente. Zaqueo está expectante… Ya lo puede oír… Toda la caravana, con Cristo en el medio, pasa justo debajo de su árbol. De pronto, Cristo se detiene en ese preciso lugar. Mira hacia arriba. Ve a Zaqueo y le dice: “Zaqueo…”
Él, maravillado, se pregunta: “¿Cómo sabe mi nombre?” Aumenta la expectativa en su corazón. “Date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa”.
Su mandato pone a Zaqueo frente a la disyuntiva. Está frente a la puerta del reino de Dios. Queda turbado. No atina a reaccionar; pero en su interior aquella personalidad no sujeta a Dios comienza a resquebrajarse… ¡hasta que, al fin se rompe! Baja del árbol y va corriendo a su casa.
Luego llega Cristo. Se sienta a la mesa. En cierto momento Zaqueo no puede más, se pone de pie y le dice: “La mitad de mis bienes doy a los pobres, y al que le robé se lo voy a devolver cuatro veces”.
¿Quién le enseñó todo eso? ¿Cómo se produce ese cambio en su vida? Ahora hay otro que manda y él lo reconoce.
“Hoy ha venido la salvación a esta casa… porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”, concluye Cristo.
Cuando el hombre perdido y rebelde cambia su actitud y se sujeta a él, encuentra la salvación. Sin embargo, Cristo no obliga. La respuesta depende del hombre.
EL JOVEN RICO
Cierta vez se acerca a Jesús un joven muy rico.
—Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para obtener la vida eterna?
—Guarda los mandamientos.
—¿Cuáles?
Cristo enumera algunos, y con cierta satisfacción el joven responde:
—Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Hay algo más?
—Una cosa te falta. Vende lo que tienes, y dalo a los pobres… y ven, sígueme.
El muchacho se entristece. Es muy rico. Se encuentra frente a la puerta del reino, casi entra, pero… no. Toma una actitud que parece decir: “Yo soy el dueño y señor de mi vida y de mis posesiones”. Luego da media vuelta, y se aleja para hundirse en las tinieblas.
No se trata de vender nuestras posesiones, sino de reconocer a Cristo como Señor de la vida. Si él es mi Señor, es Señor de todo lo que soy y tengo. Pero si no es Señor de todo, sencillamente no es mi Señor.
Cristo le dice a otro:
—Sígueme.
—Señor, ayer falleció mi padre. Deja que lo entierre y después te seguiré.
—Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú, sígueme.
¡Qué exagerada parece la demanda de Cristo a este joven! Sin embargo, le está predicando el evangelio del reino. La conversión significa rendición total a su autoridad. Él exige todo o nada.
“Ninguno que, poniendo su mano en el arado mira atrás, es apto para el reino de Dios”.
Jesucristo busca hombres que se rindan enteramente a él, porque con ellos edificará su iglesia. Seguirlo significa reconocerlo como Señor y Rey de la vida, como autoridad suprema e incuestionable.