Currículum
Curso: El Señorío de Cristo
Acceso
Text lesson

La bandera de cada reino

Cada país tiene su bandera propia que lo identifica.

También el reino de las tinieblas y el reino de Dios tienen la suya.

¿Cuál es la bandera del reino de Dios? ¿Qué pueden ver los demás en nosotros que les muestre que somos discípulos de Jesús?

Luego de haber lavado los pies a los doce, Cristo les dijo:

“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:34-35).

La bandera que caracteriza a los súbditos de este reino es el amor. El mundo nos identificará por el amor que tenemos hacia los demás.

“Me llevó a la casa del banquete, y su bandera sobre mí fue amor” (Cantares 2:4).

Para los cristianos de la iglesia primitiva el amor era, sin duda, la nota dominante. Así lo habían aprendido de Jesús.

Por otro lado, la bandera del reino de las tinieblas es el egoísmo. Vivo para mí, me esfuerzo para mí, me preocupo por mí. Todo converge en mí.

Cuando quieras saber si alguien pertenece al reino de las tinieblas, mira la bandera que flamea sobre su vida. Si ves en ella los colores del egoísmo, seguramente pertenece al reino de las tinieblas.

 

EL QUE NO AMA A SU HERMANO

Para un hijo de Dios amar a su hermano es un mandamiento.

Para saber si estás en el reino de la luz debes pasar este examen: “El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas” (1 Juan 2:9).

¿Hay algún hermano a quien aborreces o a quien no amas?

Aborrecer es tener en menos, no apreciar, poner en segundo plano. ¿Hay alguno a quien menosprecias o no soportas?

“El que ama a su hermano, permanece en la luz, y en él no hay tropiezo. Pero el que aborrece a su hermano está en tinieblas…” (1 Juan 2:10-11).

Para el que ama no hay tropiezo, dice la Biblia. De modo que aunque el otro venga enfurecido, tú puedes evitar el encontronazo.

“En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios” (1 Juan 3:10).

Muchos dicen que no aborrecen a nadie, que no tienen nada con nadie. ¡Justamente ese es el problema! Debemos sentir amor por los demás. Aquí Juan señala que el que no ama no es de Dios.

“Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos…” (1 Juan 3:14).

¿Has pasado de muerte a vida? ¿Cómo lo sabes? No por el compromiso que tomaste una vez con Cristo, sino si amas a tus hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte. Y si no es tu hermano, es tu prójimo, y Cristo dijo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. O tal vez sea tu enemigo, y Cristo dijo: “Amarás a tus enemigos”. De modo que no tenemos escapatoria.

“Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida, [me asusta leer este texto] y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él” (1 Juan 3:15).

El amor a los hermanos no es un mero afecto emocional, un amor teórico o “espiritual”. Se trata de un amor práctico, real, tangible.

“En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos” (1 Juan 3:16).

Debemos tener el mismo amor que tuvo Cristo, que lo llevó a dar su vida. Amar hasta ofrecer la vida por nuestros hermanos.

Y si tu hermano tiene necesidad o te pide algo, dáselo.

“Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:17-18).

Esta es la clase de amor que Cristo demanda de nosotros.

 

ESTE ES SU MANDAMIENTO

“Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado” (1 Juan 3:23).

Este es el mandamiento de Dios. Debemos obedecerlo.

Hace unos años, había un hermano a quien yo no podía amar. Había dicho tantas cosas de mí que me costaba mucho tratarlo. Así que oraba: “Señor, te ruego que me cambies. Lléname de amor hacia ese hermano”. Lo hacía una y otra vez, pero el amor no venía. Hasta que descubrí que el amor no viene por orar, sino por obedecer.

Si Cristo me dio el mandamiento de amar debo actuar con fe obedeciendo su palabra. En la obediencia se desata la bendición de Dios.

Si hay un hermano a quien no puedes tratar con amor, debes amarlo aunque no sientas nada. No se trata de sentimientos. Debes actuar en obediencia al mandamiento.

La próxima vez que te encuentres con ese hermano (aunque sigas sin sentir nada), salúdalo como si lo amaras. Aún no terminarás de abrazarlo cuando algo sucederá en tu interior. ¡Descubrirás que lo amas! ¿Qué sucedió? En la obediencia se desata el poder de Dios.

El amor es como la llama de un calefón. Al principio es pequeñita, pero en el momento en que actuamos en fe y obediencia, se transformará en llamarada y empezará a fluir un afecto cálido hacia la persona que no podíamos amar.

El amar a los hermanos es un mandato, no una opción. Los amo en obediencia al Señor, o hago lo que a mí me parece y quedo fuera de su reino.

Tengo la esperanza de que en un tiempo no muy lejano el mundo diga: “¡Cómo se aman los del reino de Dios! Siempre están atentos a las necesidades de los demás. ¡Son tan generosos y serviciales!” Habrá verdadero amor y el mundo lo sabrá.

¿Qué se dice hoy en día de los evangélicos? “Buena gente los evangelistas. No hacen mal a nadie; no fuman, no tienen vicios”. Esa es la imagen que damos. Un simple cuadro de restricciones. Hoy el mundo no tiene de nosotros la imagen de una comunidad dinámica, positiva, que se ama, que se brinda, de tal manera que puedan decir: “Yo también quiero pertenecer a esa comunidad”

Pero Dios está restaurando su iglesia y las palabras de Cristo serán una realidad:

 

“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”.