El tema de la predicación de Jesucristo (el reino de Dios) estaba en el corazón del Padre muchos siglos antes de que viniera a la tierra.
Consideraremos su trasfondo histórico, su trayectoria en todo el A.T. hasta los días del N.T.
Cuando cada miembro de la iglesia reconoce a Jesús como Señor de sus vidas, él es también el Señor de la iglesia.
EL DIOS DE ABRAHAM, DE ISAAC Y DE JACOB
La historia del pueblo de Dios comienza en Génesis 12. Dios llama a Abram, de Ur de los Caldeos, y le ordena:
“Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré”.
Abram es confrontado por la disyuntiva del reino. Y decide obedecer. Deja todo y se va, sin saber a dónde.
Por eso, Dios lo bendice y le promete: “Haré de ti una nación grande, y te bendeciré… Y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Génesis 12:2-3).
Luego Dios le cambia el nombre por Abraham. Ya es de edad avanzada y aún no tiene hijos, pero le cree a Jehová (Génesis 15:6).
Años después, Dios confirma su promesa dándole un hijo, Isaac. Luego viene la prueba; Dios le pide su hijo, y Abraham es hallado fiel. Entonces Dios jura por sí mismo diciendo:
“De cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar… En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz” (Génesis 22:17-18).
Dios jura que formará un pueblo para sí de la descendencia de Abraham.
Más adelante, Isaac tiene dos hijos: Esaú y Jacob. Y le transmite la bendición de Dios a Jacob. Este tiene doce hijos, que se convierten en cabezas de las doce tribus de Israel.
Luego llegan días de hambre, y deben irse a Egipto en busca de alimentos. Allí se establecen. Pasan 400 años. Israel es una gran nación de dos millones de personas. Viven en condiciones muy lamentables, oprimidos y esclavizados, sirviendo a Faraón.
Dios decide intervenir. No puede tolerar que su pueblo continúe sirviendo a otro señor por más tiempo.
MOISÉS Y JOSUÉ
Dios levanta a un hombre llamado Moisés, quien libra a su pueblo de la esclavitud de Egipto. El Mar Rojo se abre ante el pueblo para darle paso hacia el desierto. Allí Dios les da los Diez Mandamientos y otras leyes ordenanzas, y la promesa de que poseerán la tierra de Canaán. Sin embargo, por la dureza de sus corazones vagan cuarenta años en el desierto, y esa generación no hereda la tierra prometida.
Josué se convierte en el sucesor de Moisés y en el instrumento elegido por Dios para conducirlos hacia la tierra prometida. Finalmente, Dios da al pueblo por mano de Josué la tierra prometida.
CADA UNO HACIA LO QUE BIEN LE PARECIA
Cuando Josué muere, Dios levanta a Otoniel. Y luego a una sucesión de catorce hombres más, a quienes llaman jueces o libertadores.
Israel tiene una marcada y progresiva decadencia espiritual, moral y política, hasta que la nación queda hundida en una situación calamitosa.
“En aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía” (Jueces 17:6).
Cada uno hacía “lo que se le daba la gana”. En eso consiste, precisamente, la raíz del pecado.
Para describir la condición actual del mundo se podría usar la misma frase. Hoy cada uno vive como le parece. No se respetan las leyes ni las normas. Es la médula del pecado del corazón humano.
NO HABIA REY EN ISRAEL
Lo que más llama la atención es la primera parte de la frase: “En aquellos días no había rey en Israel”.
Hasta aquí, podemos notar dos etapas en la historia de Israel:
1. La de los patriarcas, desde Abraham hasta el éxodo. El padre de familia es la autoridad, estableciendo un sistema de sucesión patriarcal en cuanto al gobierno.
2. Con Moisés comienza el período de los jueces. Ahora Dios es quien llama a los líderes de la nación desde diferentes trasfondos.
Este pueblo, distinto de todos los demás, había tenido un rey: Jehová.
Abraham no hacía lo que le parecía. Dios le dijo: “Sal de tu tierra…”, y él salió; “Entrégame tu único hijo”, y él se lo ofreció.
Moisés no condujo a la nación como un dictador. Cada vez que abría su boca era para decir: “Así ha dicho Jehová”. Lo reconocía como rey de Israel, y se sometía a la autoridad que este rey ejercía sobre la nación.
LA TEOCRACIA
Es el sistema de gobierno en el cual Dios se constituye como soberano. Proviene de la unión de dos palabras griegas: theos (Dios) y cratos (dominio). Es decir, “el gobierno, o dominio de Dios”.
Dios gobierna de esa manera hasta que el pueblo se rebela. No hay profeta, ministros ungidos, ni nadie que oiga la voz de Dios. El pueblo vive como le parece.
El último de los jueces es Samuel. La voz profética comienza a oírse de nuevo por su intermedio, porque Dios le habla.
Y Samuel se convierte en el profeta de Dios. Quiere que el pueblo retorne a la teocracia: “Así dice Jehová…”, les dice, procurando que vuelvan a vivir otra vez bajo el reino de Dios.
DIOS ES DESECHADO COMO REY
Luego de algunos años, Israel quiere librarse nuevamente de la teocracia. Los ancianos se juntan y convienen que deben hacer algo. Desean volver al tiempo sus padres, en que cada uno hacía lo que quería.
Van a Ramá y llaman a Samuel. Allí le agradecen sus servicios, y le informan que debía cesar en sus funciones, pero le piden un último favor:
“He aquí, tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones” (1 Samuel 8:5).
Al oír esto, el profeta se disgusta. No puede creer que el pueblo de Dios quiera un rey, como tenían los demás pueblos paganos.
“Pero no agradó a Samuel esta palabra… Y oró a Jehová. Y dijo Jehová a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos” (1 Samuel 8:6-7).
UN REY CONFORME AL CORAZÓN DEL PUEBLO
Saúl es ungido como primer rey de Israel. Dios les da un rey conforme al corazón de ellos (hermoso, joven, de buen físico, con muchas virtudes y de excelentes condiciones).
Pero ya en el segundo año de su reinado comienza a demostrar que quiere la gloria para sí. Su problema fundamental radica en que al convertirse en rey quiere hacer lo que a él le parece.
Cuando el profeta le dice: “No ofrezcas tú el sacrificio”, como este se demora, Saúl desobedece y lo ofrece igual. Entonces Samuel le dice: “Locamente has hecho; no guardaste el mandamiento de Jehová tu Dios que él te había ordenado… Mas ahora tu reino no será duradero. Jehová se ha buscado un varón conforme a su corazón, al cual Jehová ha designado para que sea príncipe sobre su pueblo, por cuanto tú no has guardado lo que Jehová te mandó” (1 Samuel 13:13-14).
En otra ocasión, Saúl nuevamente desobedece a Dios.
El pecado mayor consiste en hacer lo que a uno le parece.
SAÚL ES DESECHADO
Dios desecha a Saúl como rey sobre Israel, y también a su descendencia, por querer hacer su voluntad.
¡Triste historia la de Saúl! Ungido y luego desechado. Finalmente acaba atormentado por demonios y, lleno de celos homicidas hacia David, se suicida.
Así termina la vida de un hombre que quiso vivir como mejor le parecía, no reconociendo al Señor como la autoridad suprema de su vida.