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Curso: El Señorío de Cristo
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El evangelio del Reino

En el desarrollo de la obra evangélica en América Latina, hubo dos corrientes predominantes: el “evangelio anticatólico” y el “evangelio de las ofertas”.

 

EL EVANGELIO ANTICATÓLICO

Por ser América Latina predominantemente católica, para muchos predicar el evangelio significaba atacar al catolicismo romano. Los primeros misioneros evangélicos predicaban un evangelio anticatólico. Ese estilo de predicación formó en el pueblo evangélico un espíritu marcadamente anticatólico.

 

EL EVANGELIO DE LAS OFERTAS

Luego surgió otra corriente a la que llamo el “evangelio de las ofertas”, o sea, el evangelio de la gracia mal entendida. Presenta al pecador todas las promesas del evangelio, ignorando sus demandas: “Cristo te perdona, te salva, te da paz, felicidad e irás al cielo”. Muestra sólo los beneficios de la salvación sin las exigencias de la conversión.

Sin embargo, ese no es el tipo de mensaje que predicaban los apóstoles. En Pentecostés, Pedro predicó un mensaje que puso a los pecadores frente a Cristo; y sus oyentes cayeron a sus pies diciendo: “¿Qué haremos?”

Presentar el evangelio de las ofertas trajo como consecuencia una generación de convertidos que recibió a Cristo, ¡pero no se rindió a su autoridad! Son dueños y señores de su vida. La única diferencia con los incrédulos es que tienen a Cristo. Y creen que por eso tienen vida eterna y paz. Sin embargo, nunca tuvieron una conversión total, radical, como en los días del Nuevo Testamento.

 

EL EVANGELIO DE JESUCRISTO

“Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”  (Mateo 4:17).

Cristo predicaba y enseñaba.

Enseñaba con parábolas: ilustraciones sencillas por medio de las cuales transmitía verdades eternas.

La mayoría de las que encontramos en Mateo hablan del mismo tema: el reino de Dios (Mateo 13:19, 24; 13:31, 33, 44, 45, 47, 52; 18:23; 20:1; 22:2; 25:1,14).

La enseñanza de Cristo tenía un tema sobre el cual se explayaba: el reino de los cielos. Lucas así lo hace constar:

“Es necesario que también a otras ciudades anuncie el evangelio del reino de Dios; porque para esto he sido enviado” (Lucas 4:43).

“Aconteció después que Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él” (Lucas 8:1).

Nuestro mensaje al mundo debe ser el evangelio (las buenas nuevas) de salvación acerca del reino de Dios. No podemos separar el evangelio del reino de Dios (Lucas 9:2, 11, 60; 10:9; 16:16).

A partir de Juan el Bautista se comenzó a anunciar el reino de Dios.

 

EL EVANGELIO DE LOS APÓSTOLES

“Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hechos 2:36).

En Pentecostés Pedro terminó diciendo que Dios había hecho a Jesús Señor y Cristo; el que gobierna en el reino de Dios.

Cristo anunciaba y enseñaba acerca del reino de Dios, y luego se presentaba a sí mismo delante de los pecadores y les exigía una definición: que lo reconocieran como Señor o que lo rechazaran. El que lo aceptaba formaba parte de ese reino por fe.

Pedro predicaba de lo mismo. Confrontaba a los pecadores con Cristo. Los que se entregaban a él lo reconocían como Señor de sus vidas. Los que no lo aceptaban quedaban excluidos del reino de Dios.

Felipe también anunciaba el reino de Dios y el nombre de Jesucristo  (Hechos 8:12).

“Y entrando Pablo en la sinagoga, habló con denuedo por espacio de tres meses, discutiendo y persuadiendo acerca del reino de Dios” (Hechos 19:8).

En Éfeso Pablo no habló de otro tema. Reunió a los ancianos en Mileto, y les dijo: “Y ahora, he aquí, yo sé que ninguno de todos vosotros, entre quienes he pasado predicando el reino de Dios, verá más mi rostro” (Hechos 20:25).

Y estuvo predicando del mismo tema durante 3 años: “Y habiéndole señalado un día, vinieron a él muchos a la posada, a los cuales les declaraba y les testificaba el reino de Dios desde la mañana hasta la tarde…” (Hechos 28:23).

Notemos cómo termina el libro de Los Hechos:

“Y Pablo permaneció dos años enteros en una casa alquilada, y recibía a todos los que a él venían, predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento” (Hechos 28:30,31).

En conclusión, su tema era el reino y el nombre del Señor Jesucristo, el Kyrios.

 

EL EVANGELIO DEL ESPIRITU SANTO

Este evangelio fue predicado por Cristo, por Pedro, por Felipe y por Pablo. Y es el que nosotros debemos predicar.

Cuando Pedro dijo que Jesús era el Señor y el Cristo, el Espíritu Santo descendió y tres mil personas quedaron compungidas.

No rebajemos el mensaje ofertando el evangelio. Prediquemos el evangelio del reino de Dios y proclamemos a Jesucristo como Señor y Rey, anunciando que su autoridad y gobierno deben establecerse en las vidas.

No predicamos a Jesucristo como Salvador —aunque él salva— sino “como Señor”, dijo Pablo.

Muchos creen que con una demanda tan radical habrá menos convertidos. Sin embargo, por 2 razones sucede todo lo contrario:

1.      Cuando se presenta una vaguedad la gente pierde interés. Si queremos que la gente se defina prediquémosle algo concreto. Que nuestro mensaje sea sobre la persona de Cristo. Eso pone al hombre frente a una disyuntiva: o lo reconoce como Señor o sigue viviendo como quiere.

2.      Dios tiene interés en que Cristo sea reconocido como Señor. Cuando el mensaje se da de acuerdo con su voluntad, el Espíritu Santo comienza a manifestarse respaldando esa exposición. Algunos tienen la tentación de hacer la invitación un poco más fácil, y con esto, tal vez algunos más levanten su mano, pero ¿cuántos de ellos quedarán? Lo importante es que reconozcan a Cristo como Señor.

Esta manera de presentar el evangelio hará surgir una generación de discípulos que vivan plenamente el reino de Dios. Pero primero debemos volver a evangelizar a los creyentes con el evangelio del reino de Dios.

La Biblia dice que la condición indispensable para ser salvos es reconocer a Jesucristo como Señor.

A la luz de esta verdad, cambiará toda nuestra manera de predicar.

 

“… si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Romanos 10:9).