La iglesia primitiva no tenía un libro de doctrina. ¡Pero era la iglesia verdadera! Estaba sujeta a la cabeza, cada uno reconocía a Cristo como el Señor de su vida y tenía la vida del cuerpo.
Vida y sujeción son las dos características que indican que alguien pertenece a la iglesia.
¿Quiénes forman la iglesia?
Cada uno de los hijos de Dios. Si la iglesia no funciona es porque tú y yo no funcionamos.
La verdadera iglesia es aquella en la que cada uno de los miembros respalda, de palabra y de hecho las siguientes cuatro expresiones de vida que se hallaban en la iglesia primitiva:
1. JESUCRISTO ES EL SEÑOR DE MI VOLUNTAD
La iglesia verdadera es aquella en la cual cada uno de los miembros demuestra con sus hechos que Jesucristo es el Señor de su voluntad.
“Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hechos 2:36).
En Pentecostés, Pedro presentó a una persona a quien ellos conocían: Jesús de Nazaret. Y los miles, compungidos de corazón, dijeron: “Varones hermanos, ¿qué haremos?” (v. 37). ¡Tres mil personas que siempre habían hecho lo que querían ahora tenían una nueva actitud!
“Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo”.
“Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas”.
Allí nació la iglesia verdadera. ¡3.000 voluntades rendidas, arrepentidas y con un cambio total de actitud!
Sería imposible que nuestro cuerpo funcionara adecuadamente si tuviéramos más de una voluntad. No podríamos hacer nada bien.
En el bautismo morimos a nuestra vieja vida, y ya no mandamos nosotros sino él. A partir de ese momento existe una sola manera de vivir: hacer la voluntad de Dios.
Si alguna vez nos encontramos en un aprieto no podemos dilucidar si mentir o decir la verdad. No existen dos caminos. Hay solo uno.
No podemos dudar si pagar todos los impuestos o sólo parte (Romanos 13). Una vez que declaramos con juramento y firmamos debemos pagar lo que corresponde.
Nadie nos obliga a ser cristianos. Si queremos, podemos irnos al reino de las tinieblas, pero no podemos pertenecer al reino de Dios y vivir conforme a nuestra voluntad. Hay una sola voluntad que gobierna. Si no te atreves a andar como el Señor manda no hay lugar para ti en el reino de Dios.
Si vas a una tienda y te dan vuelto demás, ¿qué haces? ¿Lo devuelves o te lo quedas? No tienes esa alternativa. Si no es tuyo, lo tienes que devolver. ¡Hiciste justo lo que debías hacer!
Lo importante es que nuestra voluntad esté rendida.
Cuando Cristo es el Señor hay una sola manera de vivir: a plena luz, y haciendo su voluntad. Su reino es reino de luz, y nada se puede esconder de su presencia.
Un creyente puede equivocarse únicamente cuando ignora si lo que hace es o no voluntad de Dios. Pero hacer algo reprobable a sabiendas de que desagrada al Señor es ajeno a la naturaleza de un hijo de Dios.
Si quieres ser parte de la iglesia de Cristo tu voluntad debe estar completamente rendida a él.
2. JESUCRISTO ES EL SEÑOR DE MI TIEMPO
“Y perserveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones… Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón…” (Hechos 2:42, 46-47).
Perseveraban en estar juntos. Nadie faltaba a ninguna reunión ni actividad. Se produjo una revolución en sus vidas. Experimentaron algo completamente diferente y se reunían todos los días.
Cuando alguien reconoce a Cristo como su Señor el programa de su vida diaria cambia.
La iglesia verdadera es aquella en la cual cada miembro proclama y demuestra con su vida que Jesucristo es el Señor de su tiempo.
“Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”.
El mundo solo se preocupa por lo material. Pero en los días de los apóstoles surgió una comunidad en la que se invirtieron los valores de la vida. Primero, el reino de Dios; luego, las demás cosas.
Debemos poner nuestro tiempo a disposición del Señor y participar de todas las actividades de la iglesia; transformar nuestro programa de acuerdo con lo que el Señor manda.
Todos tenemos tiempo. El tema es que lo ocupamos en otras cosas. No podemos ir a la reunión si nos sobra tiempo. Las sobras se arrojan en el tacho de basura. El culto a Dios se hace con las primicias. ¡Él es Dios y merece lo mejor!
Busquemos en primer lugar su reino y él nos ayudará con las demás cosas.
Muchas veces el tiempo no nos alcanza porque somos desordenados. Perdemos muchísimos ratos libres. Para ordenar tu tiempo necesitas tener un orden de prioridades. ¿Es Cristo lo primero en tu vida? Entonces, le debes dedicar las primicias. A partir de allí debes ordenar el resto, de acuerdo con la importancia de cada cosa.
3. JESUCRISTO ES EL SEÑOR DE MIS BIENES
“Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno” (Hechos 2:44-45).
“Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común” (Hechos 4:32).
¿Cuál es la iglesia verdadera?Aquella que vive este principio: “Jesucristo es el Señor de mis bienes y de mi dinero”.
Si Cristo es el Señor de tu vida también es Señor de todo lo que posees.
Cristo dijo: “Cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:33).
Si quieres ser discípulo de Cristo debes renunciar a todo lo que posees. ¡Y si no quieres renunciar a todo no puedes ser su discípulo!
Debemos entregarle todas nuestras posesiones al Señor. Y eso comienza en nuestro corazón. Rompamos toda ligadura de amor a nuestras posesiones. Extirpemos todo espíritu que desea adquirir cosas y poseer cada vez más.
Luego, agradezcámosle porque él nos presta el auto, la casa, el trabajo y los hijos.
Pidámosle que nos dé sabiduría para administrar el dinero. Lo que es de él debe ser usado para su causa. Debe contribuir a su reino y a bendecir a la comunidad de sus hijos.
El amor al dinero es raíz de todos los males.
La Biblia nos enseña que debemos poner el diezmo, que representa el 10% de toda ganancia que obtengamos. Es un principio de Dios, por el cual reconocemos que todo lo que existe y tenemos es de él y para él. Es la manera concreta de expresar que él es el único dueño de todas las cosas.
Sabemos que Dios es el dueño de la totalidad de nuestro sueldo, pero hay un 10% que es exclusivamente de él. Y él nos constituyó en mayordomos del 90% restante.
Hay algo ilógico para las matemáticas, pero cierto para la fe: ¡Ese 90% rinde más que el 100%, porque lleva la bendición de Dios! Si nos quedamos con el diezmo que le pertenece a Dios estamos robando.
Bíblicamente, el diezmo siempre fue para el sostén de los siervos de Dios. De ese modo, los levitas en vez de dedicarse a trabajos seculares se dedicaban a la obra espiritual (ver Números 18:21).
¿Para qué quiere Dios hoy nuestros diezmos?
Para el sostén de sus obreros (1 Corintios 9:11-14). Él ha llamado a algunos a dejar su propia ocupación para ser pastores, evangelistas y maestros. Y si él los llamó a su obra, él les debe dar el sostén.
Cuando no ponemos nuestros diezmos estamos robando a Dios y evidenciando que Jesucristo no es el Señor del dinero que ganamos.
4. JESUCRISTO ES EL SEÑOR DE MI HOGAR
“Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón” (Hechos 2:46).
La iglesia verdadera es aquella en la cual cada miembro puede decir: “Jesucristo es el Señor de mi hogar”.
Los cristianos de la iglesia primitiva adoraban a Dios, comían, se alegraban y estaban juntos en el templo. Luego, se dispersaban, y seguían la misma vida por las casas.
Nosotros tenemos el concepto equivocado de que somos iglesia cuando estamos todos juntos en el culto. La iglesia primitiva era iglesia siempre, en el templo y en las casas. No había diferencia en su conducta.
¿Y nosotros? ¿Somos tan espirituales en nuestra casa como lo somos en las reuniones?
Uno de los aspectos más importantes de nuestra vida es el hogar. Al pedirle al Señor que venga su reino, lo estamos invitando a que gobierne en nuestro hogar.
La base de la sociedad es la familia. Y si el reino de Dios no penetra hondamente en nuestros hogares, nuestra vida espiritual será superficial.
La verdadera manera de ser es la que se muestra en casa. Muchas veces somos amables y simpáticos en el trabajo, y en casa tratamos con aspereza y gritos a nuestra familia.
El Señor quiere transformar radicalmente nuestra vida en el hogar, para que no caigamos en la religiosidad y la hipocresía. A veces resulta más fácil darle un tratado a un desconocido que a nuestro vecino, porque nuestras vidas no dan un testimonio digno.
¿Qué clima reina en tu hogar? ¿Se respira la presencia del Señor?
El mismo clima de amor, de alabanza y comunión que tenemos en las reuniones debería reinar en nuestra casa.
¡Por cuánto tiempo hemos vivido una doble vida! En las reuniones, gloria; y en casa, discusiones, rencor, chismes, murmuraciones, enemistades, críticas, ofensas, quejas, desobediencia.
¡Que venga su reino! ¡Y que cambie nuestros hogares!
Nuestro hogar cambiará cuando cada uno de sus miembros reconozca a Jesús como su Señor.