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Curso: El Señorío de Cristo
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Los dos reinos

Introducción

Vivimos en un mundo materialista, que ignora la vida espiritual. Como cristianos no debemos ignorar que existen realidades en el mundo espiritual que influyen en nuestra vida y conducta. Existen dos reinos, el de las tinieblas y el de la luz. Nuestra conducta y forma de hablar indican en cuál nos encontramos.

 

LOS DOS REINOS

Según el apóstol Pablo, existen dos reinos: el de las tinieblas y el de la luz.

“… el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo” (Colosenses 1:13).

¿Qué es un reino? Una comunidad compuesta por dos clases de personas:

1.      El rey, que gobierna.

2.      Los súbditos, que obedecen y se sujetan a la autoridad del rey.

No puede haber reino sin rey o sin súbditos.

En el reino de las tinieblas el rey es Satanás. Y en el de la luz, Jesucristo.

Al desobedecer, Adán dejó de pertenecer al reino de la luz y pasó al de las tinieblas. Desde entonces, todos los hombres nacemos en el reino de las tinieblas. “Entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo” (Efesios 2:3).

La verdadera conversión tiene dos aspectos:

1.      Ser librados de la potestad de las tinieblas. Todos estábamos allí, pero Dios nos sacó. Ahora somos libres, pero no para dar ocasión a la carne, ni para hacer lo que queremos.

2.      Ser trasladados al reino de Dios. Se trata de la verdadera conversión: Dios nos libra del reino de las tinieblas y nos traslada al reino de su amado Hijo.

 

Pablo lo señala como un hecho ya consumado: NOS HA TRASLADADO al reino de su amado Hijo”.

La idea de que algún día entraremos en el reino o de que vendría el reino nos ha creado una concepción errónea de Cristo. Vemos al Señor como nuestro salvador, sanador o ayudador, y creemos que recién cuando él llegue será nuestro rey.

Sin embargo, Cristo reina hoy. La verdadera conversión es ser trasladados a su reino aquí y ahora.

¿Cómo se llega a pertenecer a un reino? Haciéndose súbdito del rey. ¿Cómo entrar al reino de Jesucristo? Permitiendo que Cristo llegue a ser el Señor y Rey de la vida.

Detallaremos las características de ambos reinos a fin de determinar en cuál está cada uno.

 

UN REY DECORATIVO

La iglesia contemporánea es como “la Inglaterra espiritual”. Quedan pocos países gobernados por un régimen monárquico, y Gran Bretaña es uno de ellos. Tiene un reinado y una reina. Sin embargo, los mismos súbditos dicen: “El rey reina, pero no gobierna”.

Hoy un rey es un personaje tradicional, una figura decorativa. Todos honran su figura, pero no gobierna. No es la autoridad suprema.

En la iglesia de hoy sucede algo similar. Se declara que Cristo es el rey, pero la triste realidad es que reina pero no gobierna.

Dios quiere traer su reino primero a la iglesia, y luego a todos los demás.

Él prometió que salvaría a multitudes en distintas naciones. Dijo que derramaría su Espíritu sobre toda carne, y que todo aquel que invocara el nombre del Señor sería salvo.

Sin embargo, si entre los que ya formamos parte de esa iglesia Cristo no gobierna, tampoco gobernará en ellos.

Cristo debe ser el rey de la iglesia, el que la gobierne en la práctica (el Señor en todas las áreas de nuestra vida).

 

LA LEY DEL REINO DE LAS TINIEBLAS

Cada nación tiene una constitución que rige la vida de sus ciudadanos.

En la esfera espiritual ocurre lo mismo. Sé a qué reino pertenece una persona por la ley que rige su vida. El reino de las tinieblas tiene una ley, y el reino de la luz otra.

¿Cuál es la ley del reino de las tinieblas?

“… entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (Efesios 2:3).

La Biblia dice que la carne es nuestra naturaleza humana no regenerada que heredamos de Adán; nuestros impulsos, deseos, pensamientos y voluntad propia, que, luego de la caída, se enemistaron contra la voluntad de Dios.

Hacer los deseos de la carne es hacer nuestra propia voluntad.

En conclusión, la ley del reino de las tinieblas es: Vive como quieras, haz lo que te parezca, lo que te convenga”.

 

LA LEY DEL REINO DE LA LUZ

El reino de Dios tiene una ley muy diferente: Vive como él quiere”, como él manda, y no como te parece.

¿A qué reino perteneces? ¿Vives como tú quieres o como él enseña? No basta hacer su voluntad en algunos aspectos de la vida, sino en todos. No sirve obedecerlo cuando estamos de acuerdo con lo que dice. No podemos regir nuestra propia conducta. Nuestra voluntad debe estar definitivamente rendida a la de él.

Y si en algún momento obramos en contra de su ley debemos corregirnos y pedir perdón al Señor.

“No os engeñéis; Dios no puede ser burlado” (Galatas 6:7).

“¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿A dónde huiré de tu presencia?” (Salmos 139:7).

Debemos vivir la vida cristiana en transparencia y luz delante de él.

¿Qué ley se cumple en nuestras vidas? Tal vez en muchas cosas lo obedecemos, pero en otras hacemos lo que queremos. Entonces, ¿a qué reino pertenecemos? No podemos estar con un pie en cada lado. Dios quiere que definamos nuestra situación.

 

EL IDIOMA DEL REINO DE LAS TINIEBLAS

De acuerdo con el idioma que alguien habla se puede identificar su procedencia.

El idioma que hablamos evidencia a qué reino pertenecemos, pues tanto el reino de las tinieblas como el de la luz tienen su propio lenguaje.

La queja es el idioma del reino de las tinieblas. Es el lenguaje del infierno. Allí todo es gemido, lamento y queja.

¿Qué idioma hablamos en nuestra vida diaria?

Nuestra manera de hablar delata quién reina en nuestro corazón.

La queja es el idioma de un pueblo derrotado, que vive en las tinieblas, en la desorientación.

¿Qué idioma hablan los que viven en el reino de las tinieblas?

Un día, al salir de casa, me encuentro con una vecina, que me saluda y enseguida se queja de lo mal que limpió la empleada doméstica su casa. Camino dos o tres cuadras y saludo a otro vecino, quien se queja de lo sucia que dejan la vereda los de la recolección de residuos. Llego a la parada de ómnibus, y una persona se queja de que el colectivo tarda demasiado. Finalmente, llega el colectivo, y justo se pone la luz roja, así que el conductor se queja de que estén descoordinadas. Reanudamos el viaje, una mujer toca el timbre para bajar, pero el chofer sigue de largo; la mujer le dice de todo menos lindo.

¿Qué idioma hablan? El de la queja.

Muchas veces el clima es el blanco de nuestras quejas: “¡Qué feo está el tiempo!, ¡Qué calor!… ¡Qué frío!… ¡Se nubló de nuevo! ¡Otra vez empezó a llover! ¿Cuándo saldrá el sol?”

El problema no es lo que sucede afuera, sino lo que reina adentro.

Si pudieras entrar a una casa, sin que nadie notara tu presencia, ¿qué verías? ¿Qué idioma se habla? El hijo se queja contra la madre; la madre contra los hijos. La esposa se queja contra su marido, y él contra la mujer.

De la abundancia del corazón habla la boca.

 

EL IDIOMA DEL REINO DE LA LUZ

¿Cuál es el idioma del reino de Dios? La alabanza. En el cielo todos alaban. Mientras que en el infierno no hay ninguno que alabe, en el cielo no hay ninguno que se queje. Abajo, todo es queja; arriba, solo alabanza.

Tu lenguaje delata quién reina en tu corazón. La alabanza es el idioma de un pueblo triunfante, victorioso.

¿Con qué pueblo te identificas? ¿Cuál es el lenguaje que hablas?

A veces nuestra conducta lleva a confusión. Nos sentamos a la mesa y agradecemos por los alimentos, pero luego nos quejamos porque la comida nos resulta desabrida. ¿Cómo? ¿Recién estábamos alabando y ahora nos estamos quejando? ¿Qué idioma hablamos? Ambos. Entonces, ¿a qué reino pertenecemos?

Durante el culto todos cantamos y alabamos al Señor. Pero cuando nos vamos nos quejamos porque el colectivo no llega, por el clima o por el tránsito. Creemos que al Dios que gobierna el universo se le escapan algunas circunstancias de nuestra vida.

Naturalmente, podemos hacer comentarios sobre el tiempo, el costo de vida, o la situación social; también es necesario que disciplinemos a nuestros hijos, llamemos la atención a nuestro empleado, o que reclamemos a nuestro jefe, sin embargo debe ser con un tono amable. La queja es un espíritu del reino de las tinieblas que va tiñendo todo lo que decimos.

 

LA “QUEJABANZA”

Nos ocurre como a aquellos que viven en el norte argentino, en el límite con Brasil. Hablan un español mezclado con portugués, al que se llama  “portuñol” (mitad portugués y mitad español).

¿Cuál es el idioma que hablamos nosotros? ¡La “quejabanza”! Queja y alabanza. Un poco de cada una. ¿A qué reino pertenecemos, entonces? Parecería que vivimos en los dos a la vez. Estamos con un pie en cada lado.

Sin embargo, Dios está definiendo a su pueblo para que cada uno viva y hable como debe.

“Dando siempre gracias por todo al Dios y Padre…” (Efesios 5:20).

“Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:18).

La voluntad de Dios es que demos gracias siempre y por todo, porque el Señor reina sobre toda circunstancia y nuestra vida está bajo su control.

“Todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios”.

La única expresión digna de un hijo de Dios frente a todo lo que le ocurre es alabar al Señor, quien gobierna sobre todo. De otro modo seguiremos con la “quejabanza”. Aún el ateo da gracias y está contento cuando todo le va bien.

Los hijos de Dios deben diferenciarse del mundo. Si algo nos sale mal, aunque nos cueste, debemos aprender a dar gracias. La queja no soluciona nada. Perdemos el gozo, la presencia de Dios, la fe, y todo sigue igual.

Una vez un joven me contó que su novia lo había dejado. Sin embargo, aceptó la voluntad de Dios con gozo. Aprendió el lenguaje del reino y que Cristo reinaba sobre toda circunstancia.

Si damos gracias a Dios siempre y por todo el mundo se maravillará.

Esta expresión de gratitud está inspirada en el reconocimiento íntimo de que Cristo reina sobre toda situación.

Tal vez al tratar este tema notarás la cantidad de veces que te quejas en el día. Sin embargo, con la ayuda del Espíritu Santo y con disciplina podrás corregir este mal hábito, y aprender a dar gracias siempre y por todo.

Además, hay un espíritu detrás de las palabras que pronunciamos. Al hablar, nuestro tono deja traslucir el espíritu que predomina en nosotros (queja, alegría, frustración, paz).

¡Que Dios nos limpie desde lo más íntimo de nuestro ser, quitando toda amargura que pueda estar oprimiéndonos, para que podamos hablar el lenguaje del reino de los cielos!