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Curso: El Señorío de Cristo
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Un varón conforme al corazón de Dios

Mientras aún vive Saúl, Dios le dice a Samuel: “Levántate, toma el cuerno y llénalo de aceite. Hoy vas a ungir a un varón conforme a mi corazón como rey de Israel. Ve a la casa de Isaí”.

Y Samuel va a Belén, a la aldea en donde vive Isaí, un humilde campesino.

—¡Bienvenido seas, profeta Samuel! ¿Qué te trae por aquí?

—Un mandato de Dios. Quiero que hagas pasar tus hijos delante de mí, porque Dios me ordenó que unja a uno de ellos por rey sobre Israel.

—¿Cómo? ¿Uno de mis hijos ungido rey?

Y enseguida va a buscar al primogénito.

Cuando Samuel lo ve, Dios le dice: No es él (porque el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.)

Así que va a buscar al segundo. Pero Dios vuelve a decir: “No”.

Pasan el tercero… el cuarto… el séptimo, y tras cada uno Dios repite: “No”.

Finalmente, Samuel le pregunta si tiene otro hijo. Isaí dice que queda uno muy sencillo, criado en el campo entre animales. Lo va a buscar.

Al verlo, el Señor le habla a Samuel: “Levántate y úngelo; éste es”.

El profeta se pone de pie y toma el cuerno. David se arrodilla delante de él, y es ungido como rey de Israel en el nombre de Jehová, por ser un varón conforme al corazón Dios.

 

DAVID EXALTA AL VERDADERO REY DE ISRAEL

En el campo, David aprende a conocer a Dios y a proclamarlo Señor de su vida. Sus salmos y alabanzas lo reconocen como rey de Israel y como rey de las naciones. Así que cuando ocupa el trono enseña al pueblo a reconocer al auténtico rey de Israel.

Para David cada culto es una fiesta de gloria; es el momento en que el pueblo se reúne para celebrar al Señor.

Si en la historia hubo un hombre que enseñó a toda su generación a alabar a Dios fue David. Y no sólo a esta, sino a todas las siguientes.

 

DIOS JURA A DAVID

Siendo rey, Dios afirmó su trono para siempre mediante juramento:

“Hice pacto con mi escogido; juré a David mi siervo, diciendo: para siempre confirmaré tu descendencia, y edificaré tu trono por todas las generaciones” (Salmos 89:3-4).

“Levantaré descendencia después de ti, a uno de entre tus hijos, y afirmaré su reino… y yo confirmaré su trono eternamente” (1 Crónicas 17:11-12).

Dios jura, por lo cual interpone inmutabilidad. Y su juramento es doble: su reinado sería confirmado, y de su descendencia Dios levantaría a alguien que se sentaría en su trono para siempre.

A David lo sucede en el trono su hijo Salomón. Éste tiene un hijo llamado Roboam quien, cuando Salomón muere, ocupa el trono. Se produce una sublevación. Como resultado, el reino de Israel se divide en dos. Roboam se sienta en el trono de David, en Jerusalén, sobre la casa de Judá, y reina sobre las tribus de Judá y Benjamín. Y Jeroboam gobierna sobre la casa de Israel (las diez tribus del norte). Pero el trono corresponde a Roboam, por ser descendiente de David.

Pasan los años, los reyes se suceden. Llega el cautiverio, luego la restauración, y diez siglos después nace un descendiente de David llamado JESÚS, en la ciudad de Belén, de una mujer llamada María.

 

JESUCRISTO: HIJO DE DAVID, HIJO DE ABRAHAM

David y Abraham son los dos personajes que reciben juramento de Dios sobre su descendencia.

Este que ahora nace es descendiente directo de David, de quien Dios dijo: “Levantaré a alguien de tu descendencia que se siente en tu trono y reinará eternamente y para siempre”. Pero también es hijo de Abraham, a quien Dios le prometió: “En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra”.

Él nace y los ángeles cantan. Vienen magos de oriente para adorarlo.

Herodes se preocupa: “Yo soy el único rey”. Quiere matar a Jesús, pero no puede.

A la edad de treinta años, Jesús comienza su ministerio público. El mensaje que predica es: Arrepentíos, porque el reino de Dios se ha acercado.

¿Qué es el arrepentimiento? Un cambio de actitud. Los antepasados dijeron: “No queremos que éste reine sobre nosotros”. Y Jesús anuncia: “¡Cambien, arrepiéntanse, que el reino de Dios viene!”

Nada trunca los planes de Dios. Su propósito final es establecerse en el trono, y esto lo lograría a través de su Hijo.

 

LA ACTITUD REBELDE

Jesús anuncia el reino de Dios. Israel como nación lo rechaza. Mantiene su actitud rebelde. Crucifica a Jesús, lo desecha, lo desprecia. No acepta su reinado.

Jesús se lamenta: “¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida…!  Y tú, Capernaum… hasta el Hades serás abatida”.

Y así concluye su ministerio dirigido a Israel, y abre las puertas del reino para todas las naciones.

 

EL VERDADERO ISRAEL

Jesús lanza su proclama universal: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros…” (Mateo 11:28).

Desde el comienzo de su ministerio, Israel lo resiste. Sin embargo, hay individuos que responden a su llamado. Llegan a ser setenta discípulos. Se está formando el verdadero pueblo de Dios, el reino de Dios sobre la tierra.

En Pentecostés son solo 120, pero tienen a Cristo como Señor y Rey de sus vidas.

Cristo muere en la cruz para que los que se arrepientan y lo confiesen como el Señor de sus vidas puedan ser participantes de este reino. Y así forma el verdadero Israel, un Israel espiritual, un pueblo que le responde y lo reconoce como rey, los hijos de Abraham según la fe, los hijos de la promesa.

Este reino tiene un fundamento firme. Y la condición para pertenecer a él es haber nacido del agua y del Espíritu.

Pablo declara que la pared intermedia de separación entre gentiles y judíos fue derribada por la muerte de Cristo. De ambos hizo un solo pueblo que es su cuerpo, la iglesia.

También señala que los verdaderos judíos son aquellos que están circuncidados en su corazón: “… no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos… Los hijos de Dios… son hijos según la promesa” (Romanos 9:6-8).

Todos los que descienden de Jesucristo forman el verdadero pueblo de Dios.

 

EL REINO DE DIOS SE EXTIENDE

Cuarenta días después de su resurrección, Cristo asciende a los cielos. Deja un grupo de 120 personas que constituyen el reino de Dios sobre la tierra.

Cuando llega el día de Pentecostés, desciende el poder del Espíritu Santo y los 120 son llenos. Ahora la iglesia tiene poder. Y comienza a extenderse y a crecer. ¡Y cómo crece! Ese día se convierten 3.000 personas. Luego 5.000 varones más.

El reino avanza de forma arrolladora. Llega a otras naciones, porque creen y obedecen lo que su Señor les dijo: “Por tanto, id y haced discípulos a TODAS LAS NACIONES”.  

¡Y cambian la historia del mundo! Naciones enteras se convierten a Jesucristo, porque creen que es el Señor. De esta convicción surge la dinámica de expansión de la iglesia primitiva. Tienen conciencia de una tremenda verdad: “Nosotros somos ahora el reino de Dios aquí en la tierra. Y este reino ha de extenderse por su poder”. ¡Y cómo se extiende!

A muchos les costó la vida, sin embargo, al morir dejaron el reino en la tierra para ser trasladados al mismo reino en los cielos.

Dios está llevando a su iglesia a que viva en la tierra como reino de Dios. Tenemos la tremenda responsabilidad de permitir que el reino venga a nuestras vidas, a nuestro hogar y a todas nuestras relaciones.

 

¡Que surja sobre la tierra un pueblo que honre, corone y obedezca a Jesucristo como Señor y Rey!