¿Es éste el evangelio que predicamos? ¿Nos convertimos con este mensaje? ¿De dónde surge, entonces, la debilidad de nuestras vidas? ¿Y qué de la frialdad de nuestras congregaciones?
Creemos muchas verdades referentes a Jesucristo: que murió por nuestros pecados, que es el Salvador, que resucitó, que contesta nuestras oraciones, y que viene otra vez. Pero no todos le rendimos nuestras vidas, ni lo reconocimos como Señor, como amo y dueño de todo lo que somos y tenemos.
En la iglesia primitiva la gente no se convertía aceptando a Cristo como Salvador, sino reconociéndolo como el Señor de sus vidas. Y todo lo que tenían era verdaderamente de él.
¡Qué diferencia con nuestras congregaciones! En nuestra predicación enfatizamos solo que Cristo es el Salvador.
Pablo en sus epístolas menciona sólo tres veces a Cristo como Salvador, y 300 veces como Kyrios (Señor). ¡Qué proporción! Nosotros hacemos al revés.
La salvación opera de la siguiente manera: “… si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Romanos 10:8-9).
EL MAYOR PECADO
¿Cuál es el mayor pecado? ¿Por qué cayeron Adán y Eva?
Vivían sujetos a la autoridad de Dios; y luego tuvieron la infeliz idea de hacer su propia voluntad.
Ese deseo de hacer lo que a cada uno le parece es la misma esencia del pecado: rebelión contra Dios. Y es lo que domina el mundo de hoy.
La Biblia señala que en los últimos tiempos el pecado se multiplicará. La gente cada vez tiene menos vergüenza de hacer lo que desea en todos los órdenes de la vida.
Y ese espíritu se introdujo también en la iglesia. Muchos leen la Biblia, oran, testifican, ganan almas, predican, hablan en lenguas y hacen muchas buenas obras, pero siguen haciendo lo que se les da la gana.
Y Jesús un día les dirá: “Apartaos de mí, obradores de iniquidad. Nunca os conocí… No todo el que me dice, ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos… Cualquiera que oye mis palabras y las hace, le compararé a un hombre que edificó su casa sobre la roca, y vino el río y la inundación, y la casa permaneció”.
Edificar sobre la roca es reconocer a Cristo como Señor de la vida, y vivir cada día evidenciando ese reconocimiento.
UN PUEBLO DIFERENTE
¡Hay una buena noticia! Dios prometió que en los postreros días restauraría a su iglesia, volvería todo a su debido lugar y exaltaría a Cristo ante los ojos de las naciones.
Mientras el mundo va de mal en peor, Dios levantará un pueblo que haga su voluntad por haber reconocido a Jesucristo como su Señor.
VENGA TU REINO
Cristo nos enseñó a orar: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino… Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”.
Hasta ahora sólo hemos pensado en el aspecto escatológico del reino, en su futuro. Entre tanto, vivimos como nos parece.
Sin embargo, hay dos aspectos que debemos tener en cuenta:
1. La extensión del reino es para nosotros hoy, porque el reino de Dios viene a nuestra vida cuando Cristo comienza a reinar (gobernar) en nosotros.
2. La consumación del reino se producirá cuando el Rey en persona descienda y establezca su trono aquí sobre la tierra.
Que nuestra oración sea: “Señor, venga tu reino. Gobierna en mi vida. Sea hecha tu voluntad en mi hogar, en mi trabajo, en mi lugar de estudio y por donde quiera que vaya. Tú eres mi Señor”.