Tomaremos aquí un trabajo de Justo González (La Fe cristiana y Latinoamérica Hoy– Encarnación e Historia), para reflexionar acerca del cómo nuestra concepción de la obra de Jesucristo y su figura aquí en la tierra puede determinar nuestro concepto de ministerio social cristiano y aun de la historia misma.
Según este autor, la historia del pensamiento cristiano antes del dogma cristológico de Calcedonia (451 d.C.) se debatía entre dos extremos:
Una vez definido el hecho de que en Cristo están presentes tanto la divinidad, como la humanidad, queda todavía la cuestión de cómo estas dos se unen en él.
Esta pregunta también recibe dos respuestas extremas, rechazadas en pro del concepto de Calcedonia:
La introducción de estos conceptos nos permitirá ahora desarrollar un breve análisis de cómo esto influye en nuestro concepto de historia y de acción social.
| Tipología | Concepto | Cristo | Historia | Acción Social |
| Docetismo | Dios en Cristo
Pero niega su humanidad |
“apariencia” de hombre | Niega todo sentido de la historia, excepto que nos separa de la eternidad | Niega toda pertinencia de nuestra relación con el “mundo físico”
“solo salvar almas” |
| Ebionismo | Afirmaban la humanidad de Cristo, negaban su divinidad | Cristo hombre ejemplar/ Profeta | Tiene sentido en sí misma. Cristo como hombre se encarnó en la historia | Establecer justicia en el mundo de los hombres equivale a la acción de Dios. |
| Nestorianismo | Constante y clara división entre la humanidad y la divinidad. Unidas pero sin mezclarse | Entre lo humano y lo divino. Los milagros eran divinos, cuando lloraba era humano | División entre historia secular e historia de la salvación. | Atención por separado de las necesidades materiales en relación con las espirituales. |
| Monofisismo | Humanidad y divinidad a la vez pero unida de tal manera que prevalece su divinidad. | Cristo hombre, pero prevalece su divinidad | La historia que construye el hombre (cristiano) es la historia de Dios (El Papa toma ese poder) | La historia nos absuelve. Todo lo que hagamos es historia de Dios |
| Calcedonia | Dos naturalezas en una persona | Totalmente Dios y totalmente hombre | Existe una relación entre la eternidad y la historia. La eternidad de Dios se nos da en un momento de la historia. | Dios se nos da en la particularidad histórica. Nuestro ministerio es parte y a su vez construye la historia |
Resulta interesante notar que nuestra forma de llevar adelante la misión revela en el fondo cuál es nuestra cristología.
Dicho de otra manera, reconocer la forma en que Jesús llevó adelante su misión en la tierra nos ayuda a actuar de la misma forma en nuestro propio contexto; ser imitadores de él, ser sus discípulos.
“Porque no faltarán menesterosos de en medio de la tierra;
por eso yo te mando, diciendo:
Abrirás tu mano a tu hermano, al pobre,
y al menesteroso en tu tierra” Deuteronomio 15:11.
Es importante definir qué significan las necesidades humanas en relación a nuestra misión de extender el reino de Dios.
Para algunos pueden ser un obstáculo en tanto obstruyen la libre llegada del evangelio al espíritu mismo de las personas. Para otros pueden significar la única razón de la lucha por establecer el reino de Dios en la tierra. En tanto que para otros las necesidades humanas son una oportunidad, una puerta de acceso a la vida misma de las personas, las familias y las comunidades o incluso países y sociedades. Según nuestro concepto de necesidad será nuestra respuesta frente a las mismas.
Otro punto a tener en cuenta es que muchas veces confundimos necesidades con satisfactores. Por ejemplo (y en forma simplificada) alimentación y abrigo no pueden considerarse necesidades, sino satisfactores de la necesidad de subsistencia.
Según Max Neef (“Desarrollo a Escala Humana”, 1986): podemos desagregar las necesidades humanas conforme a dos categorías básicas:
Según Neef: “…las necesidades fundamentales son finitas y clasificables… Y las necesidades humanas fundamentales son las mismas en todas las culturas y en todos los períodos históricos.” Lo que cambia a través del tiempo y de las culturas es la manera o medios utilizados para la satisfacción de dichas necesidades.”
El concepto de desarrollo ha sido y es ampliamente utilizado en el mundo entero, pero particularmente en América Latina: Desarrollismo, “desarrollo humano” (PNUD) “sustentable” “con equidad” (CEPAL) y “social” (BID), entre otros. (Estas definiciones entre paréntesis han sido definidas por los diversos organismos internacionales creados para “fomentar el desarrollo”.

Pero a pesar de sus bondades deberíamos reconocer que no es un término político o ideológicamente neutro, lo cual precisamente ha determinado los distintos enfoques mencionados precedentemente.
¿Cuál debería ser entonces el enfoque del desarrollo desde nuestra perspectiva bíblica? y ¿cuál el aporte que desde allí podemos hacer a la sociedad?
Probablemente frente a todos los desgastes e ineficacias de las anteriores consideraciones esta puede ser una excelente oportunidad para que los seguidores de Cristo podamos esgrimir un concepto de desarrollo ético, asociado a las personas y no a los sistemas. Un concepto vinculado a valores claves tales como la misericordia y la justicia. Un enfoque que parta de:
“Cosmovisión”, literalmente, significa “la manera de ver el mundo“. La cosmovisión es el conjunto de presuposiciones y conceptos básicos que tenemos acerca del mundo. Es la forma en que miramos y por ende interpretamos el mundo. La Biblia es clara en cuanto esto: señala que Dios es el Señor de toda la creación (Salmos 24:1).
[pullquote style=”left”]Por ello “el mundo” es considerado el sistema de cosas y valores que apartan a las personas de la voluntad de Dios.[/pullquote]
Los creyentes entendemos además que esto se aplica a todos los aspectos de nuestra vida y de la sociedad. Por ello “el mundo” es considerado el sistema de cosas y valores que apartan a las personas de la voluntad de Dios.
Los cristianos somos enviados al mundo; no para vivir según sus criterios (es decir este sistema de valores y cosas), sino para diferenciarnos e influenciar con el evangelio sobre él (Juan 17:15-18). Siendo sal y luz de tal manera que las personas se conviertan “que ellos se conviertan a nosotros, y no nosotros a ellos”.
Nosotros mismos debemos primeramente corregir nuestras convicciones más profundas, para que estén de acuerdo con la voluntad de Dios. Después debemos actuar de manera consistente con estas convicciones. A menudo, esto requiere pagar un precio alto, porque en muchas oportunidades nos lleva a ir en contra de lo que la sociedad espera de nosotros.
“Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno.
¿Y qué es lo que demanda el SEÑOR de ti,
sino sólo practicar la justicia, amar la misericordia,
y andar humildemente con tu Dios?” Miqueas 6:8
Seguramente alguna vez te preguntaste o te preguntaron: ¿Por qué tantos niños mueren de hambre? ¿Por qué las guerras destruyen pueblos enteros? ¿Por qué existen los odios raciales? ¿Por qué desaparecen las especies animales y cada vez hay mayor contaminación ambiental? Estos y tantos otros cuestionamientos dirigidos habitualmente a Dios, son en realidad la consecuencia de nuestra propia forma de ser y vivir.
Evidentemente ninguno de estos flagelos estaban dentro de los propósitos de la creación divina. La justicia divina es perfecta. No hace acepción de personas. Para la justicia de Dios no hay diferencias de status social, ni económicas, ni de poder.
En nuestro mundo, los valores originales han sido totalmente pervertidos, quebrando la armonía de la justicia perfecta, dejando “al margen” de su organización social a millones de personas que son privadas de la satisfacción de sus necesidades básicas.
En este sentido, las necesidades de los marginados se convierten en “derechos” a la luz de la justicia divina. Actuar a favor de los más necesitados y en defensa de sus derechos, es tratar de equilibrar las pesas para volver a la verdadera justicia, la justicia divina.
Dentro de las responsabilidades que Dios nos ha encomendado se encuentra la de ser mayordomos (administradores) de su creación toda, no sólo de la naturaleza, sino del hombre mismo, es decir, debemos ser cuidadores de las relaciones humanas. Esto implica un compromiso a dos niveles:

La solidaridad es mucho más que la convivencia respetable. “Por lo tanto todo lo que quieran que los demás hagan por ustedes, háganlo ustedes con los demás” Muchos conocen estas palabras pronunciadas por el Señor Jesucristo como la “regla de oro”.
No es difícil encontrar muchos paralelos de este dicho, en su forma negativa, es decir: “lo que no te gustaría que te hicieran, no se lo hagas a nadie”. Enunciado de esta forma no es un principio solidario, sino más bien un principio de derecho o sentido común esencial para la convivencia civilizada.
Sin embargo, cuando este principio se formula en forma positiva, nos mueve a actuar activamente con los demás como querríamos que ellos actuaran con nosotros. “Una cosa es decir no debo hacer daño a nadie” y otra “Debo ayudar a otras personas como quisiera que me ayudaran a mí”.