Cuando pienso en solidaridad en términos de amor en acción, es porque entiendo que significa mucho más que acciones esporádicas o espasmódicas, es un estilo de vida una forma de conducirse.
En una oportunidad le preguntaron a Jesús: ¿Cuál es el mandamiento más importante? A lo cual respondió:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma,
y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente;
y a tu prójimo como a ti mismo”. (Lucas 10:27)
Me gustaría que podamos analizar juntos estas palabras y descubrir en ellas una modalidad y secuencia que le da sentido y sustento a la solidaridad (o al amor) como un hábito, más que como una acción.
Porque Dios es la fuente del amor, Él “es amor”. El amor de Dios no es un enunciado filosófico sino una iniciativa divina clara y contundente, de tal manera que ha enviado a su único hijo a morir por nosotros. El acto de amor hacia los demás no demanda un análisis previo de su situación espiritual, de su condición social o de sus oportunidades en la vida.
Si mi vasija está rota, por más que vaya una y otra vez a la fuente, nunca alcanzaré a almacenar la cantidad de amor suficiente para saciar a quienes están sedientos.
Aunque resulte contradictorio, muchas veces el primer prójimo a quien debemos prestar especial atención es a nosotros mismos.
¿Cómo anda nuestro amor propio? ¿Está en el punto exacto?
Muchas veces nuestra autoestima está tan empobrecida que sufrimos, considerándonos siempre inferiores a los demás, en estas condiciones resulta casi imposible poder ser instrumento de solidaridad hacia los demás.
Otras veces está tan enaltecida que nos sentimos superiores a todos, y creemos que nadie puede hacer las cosas como nosotros. En este caso la motivación de nuestras acciones solidarias está teñida por un sentimiento de superioridad que provoca reacciones adversas en nuestro entorno, que difícilmente se pueden sostener en el tiempo.
El concepto antiguo sobre prójimo era el de un amigo íntimo, compañero, alguien de su mismo pueblo. Teniendo en cuenta esta comprensión del término y siguiendo un criterio de proximidad e intimidad en la relación, el segundo prójimo a quien debemos considerar como sujeto del amor de Dios por nuestro intermedio son nuestros seres queridos y cercanos, familiares, amigos, vecinos, allegados.
¿Alguna vez te preguntaste cómo sobreviven las personas en poblaciones de extrema necesidad? Gracias a los lazos de solidaridad que en primer lugar se entretejen espontáneamente entre ellos. Porque quien hoy tiene un plato de comida o un paquete de yerba, lo comparte con quien no tiene, porque a su vez sabe que mañana será él quien no tendrá y que podrá recibir la ayuda de su vecino.
Nos basamos en las palabras de Jesús al decir:
“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”
(Juan 13:55).

Los primeros cristianos tenían una forma muy particular y radical de practicar este tipo de amor, según atestigua la Biblia y los historiadores de la época:
Esta forma práctica de amarse conmocionó la sociedad de aquel entonces. Las personas se veían atraídas por este estilo de vida a tal punto que alcanzó a “trastornar” al propio Imperio romano.
El Señor Jesús amplió el concepto de prójimo dejándonos como enseñanza la conocida parábola del buen samaritano (Lucas 10:30-37).

Al meditar en la misma encontramos que en el camino por el cual pasaban algunas personas en aquel día había un hombre herido, lastimado, que necesitaba que alguien lo ayudase, ya que en esas circunstancias no podía valerse por sí mismo.
Según este relato, parece ser que prójimo es además todo aquel que aparece en nuestro camino diario con alguna necesidad.
El texto nos dice que el hombre que lo recogió “fue movido a misericordia”, fue sacado de su agenda, de su programa de actividades, para prestar atención a quien necesitaba de misericordia. Por otra parte, hizo todo lo que estaba a su alcance para que aquel hombre recuperase su condición normal, acompañándole en el proceso de su restauración.
Sólo resta que estemos atentos para observar cuántas personas con necesidad encontramos en nuestro camino de todos los días para hacerlos “nuestro prójimo”.
Jesús revolucionó el concepto tradicional de amor al prójimo, no sólo por sacarlo fuera del círculo íntimo y llevarlo a todo aquel que tenga una necesidad, sino por extenderlo aun a nuestros enemigos.
“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo:
Amad a vuestros enemigos…..” (Mateo 5:43-44)
Por medio de este mandato se rompe la barrera divisoria entre prójimo y enemigo. Ya no son conceptos opuestos, sino que se funden en uno sólo. También nuestro enemigo por mandato divino es nuestro prójimo.
La Palabra de Dios nos da la clave mediante algunos ejercicios tales como: bendecir, orar, poner la otra mejilla, entregarle todo lo que tenemos (Lucas 6:27-30); “si tuviere hambre, dale de comer; si tuviese sed, dale de beber”. (Romanos 12:25)
Sin embargo, todos sabemos que humanamente es imposible amar a quienes nos hacen mal. He aquí nuevamente la clave de todo el mandamiento: el amor a Dios provoca en nosotros un actuar revolucionario, destructor de los “avalores” creados por el mal en el mundo y de sus consecuencias en nuestras vidas, en la iglesia, en los que sufren y aun en nuestros enemigos.
La solidaridad es entonces la forma práctica de aplicar el amor al prójimo (en todos sus sentidos) es un estilo de vida basado en los ideales más profundos y es un modelo que, aplicado activamente y en forma multiplicadora, puede revolucionar los cimientos de una sociedad consumista e individualista.

“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
Mateo 22: 21
Para Dios lo importante son las personas. En cambio los gobiernos y las corporaciones miran la importancia de las personas a través de la lupa de los sistemas sociales en que se organiza oportunamente cada sociedad. El hombre no es capaz de crear un sistema social, cultural y económico justo que permita la inclusión de todas las personas. Por ello siempre hay un amplio sector de “marginados sociales” por distintas temáticas: económicas, capacidades físicas, condición educativa, sexo, acceso a la vivienda, etc. Por ello cuando el mundo habla de desarrollo, siempre lo hace desde una perspectiva ideológica, pensando en el crecimiento dentro de un determinado sistema socio-económico.
En el reino de Dios los valores alcanzan a todas las personas, nadie queda afuera, marginado o excluido, salvo quien lo haga por decisión propia.