El don más grande que el Espíritu Santo puede dar a cada creyente y a la iglesia es el amor.
Es interesante que Pablo introduzca el don del amor entre el capítulo 12 y el 14 de su primera carta a los corintios. Sin esta virtud, todos los demás carecen de valor: 1 Corintios 13.1-3.
Muchos han caído en la disyuntiva de pensar si lo más importante en la vida cristiana es el amor o son los dones. Pablo dice claramente: “empéñense en seguir el amor y ambicionen los dones espirituales” (1 Corintios 14.1, NVI). No es necesario contraponer lo uno a lo otro, o pensar que se trata de lo uno o lo otro.
El amor es lo más importante, pero lleva al cristiano a abrirse y procurar los mejores dones espirituales para la edificación del cuerpo de Cristo y la bendición de sus vidas. Es imposible experimentar amor sin recibir carismas, si bien es muy posible (como probablemente ocurría en Corinto) ejercitar los dones sin experimentar un amor adecuado. Se necesita amar más para ejercer mejor los dones que el Señor ha dado, porque sólo cuando los dones se practican como expresión de un amor auténtico, estos van a beneficiar mejor al individuo y a procurar los mejores dones a la comunidad. El amor debe ser la raíz que nutra las ramas múltiples de los dones espirituales. Querer desarrollar las ramas sin tonificar las raíces no resulta. Es imposible procurar los mejores dones si primero no se sigue el amor.
Los dones de Espíritu pueden ser agrupados de varias maneras. En la siguiente clasificación se ha de seguir ciertos criterios guiadores, según la manera en que los principales estudiosos de la cuestión los han agrupado.
Hay quien sostiene la posición pentecostal/carismática que afirma los nueves dones de 1 Corintios 12.8-10 y los agrupa en tres áreas de tres dones cada una. Es así que se habla de dones de decir: profecía, lenguas e interpretaciones de lenguas; dones de hacer: sanidades, milagros y fe; y dones de saber: discernimiento de espíritus, palabra de sabiduría y palabra de ciencia. Michael Green sigue esta clasificación si bien no limitan los dones a los nueve de 1 Corintios 12. Green habla de dones de expresión: lenguas, interpretación y profecía; dones de acción: sanidad, milagros y fe; y dones de conocimiento: conocimiento, sabiduría y discernimiento. Y así hay varias otras, bajo otros criterios.
Pablo A. Deiros realiza su propia agrupación. Él clasifica los dones como: residentes, de servicio, de revelación, de poder, de sanidades, de inspiración, de lenguas y dones de renunciamiento. Este es el agrupamiento que se va a seguir en este curso, a partir del próximo Módulo.
En este sentido hay dones espirituales
—que autentican el mensaje de Dios: apostolado, hacer milagros, sanidades, lenguas e interpretación de lenguas, una fe que puede mover montañas.
—que articulan la voluntad de Dios: proclamación y profecía, enseñanza y exposición, exhortación y admonición, expresión de la sabiduría divina, expresión del conocimiento divino, evangelismo personal y colectivo.
—que administran al pueblo de Dios: dirección y administración, pastoreo y cuidado pastoral, probar y discernir los espíritus.
—que activan la obra de Dios: ayuda y asistencia cristiana, servicio y diaconía cristiana, reparto y liberalidad cristiana, misericordia y compasión cristiana, hospitalidad e interés cristiano.
El Nuevo Testamento indica que el don espiritual por excelencia y que expresa el amor de Dios en toda su plenitud es el don de los dones: Cristo, el Señor que actúa en el Espíritu. Él es el carisma originario, que ha sido dado por el Padre (Romanos 6.23) como el don más grande de todos.
Los dones espirituales pueden ser agrupados en relación con el don más excelente del amor, tal como se lo conoce en Cristo, que es la esencia de todos los dones. En este sentido, se puede hablar del:
–don para la presencia del amor: los apóstoles (1 Corintios 12.28a).
–dones para la acogida del amor: los profetas y los maestros.
–dones para la comunicación del amor: los evangelistas, los pastores, los que ayudan, los que administran, el servicio, la exhortación, la liberalidad, los que presiden, la misericordia, y la hospitalidad.
–dones para la señalización del amor: palabra de sabiduría, palabra de ciencia, fe, sanidades, lenguas e interpretación de lenguas, hacer milagros, y discernimiento de espíritus.
Hay otras maneras de agrupar a los dones del Espíritu Santo.
—dones de revelación: palabra de sabiduría, palabra de conocimiento, y discernimiento de espíritus
—dones de poder: fe, hacer milagros y sanidades.
—dones de inspiración: profecía, lenguas e interpretación de lenguas.
¿Cuál es el mínimo común denominador de todos estos dones, que permiten clasificaciones tan variadas? El Espíritu de Dios en acción y él es quien reparte todos los dones (1 Corintios 12.4, 6,11). Con esto, Pablo enfatiza la unidad esencial de la iglesia: el cuerpo de Cristo. Pero unidad no significa uniformidad. Por eso hay diferentes dones y diferentes funciones. Los dones tienen que ver con la totalidad de nuestra naturaleza humana.
En Colosenses 3.16-17 el apóstol Pablo presenta una exhortación importante. Aquí presenta los principios guiadores para el adecuado ejercicio de los dones del Espíritu Santo. Básicamente, cualquier sea el don, se lo debe usar en el nombre del Señor Jesús con gratitud y para su gloria. A partir del momento que una persona recibe a Cristo como Salvador y le reconoce como el Señor de su vida, el Espíritu Santo entra a morar plenamente en él.
Dones tales como los de administración, enseñanza, hospitalidad o celibato pueden ser el resultado de la operación del Espíritu sobre aptitudes, habilidades o talentos naturales del creyente. Solo que a partir de la conversión, estas cualidades naturales pueden transformarse en carismita, es decir, dones del Espíritu Santo. No obstante, estos talentos serán dones espirituales si y en tanto estén dedicados al servicio del Señor y a la edificación espiritual de su pueblo mediante el fortalecimiento que él concede. Si son utilizados de manera egoísta pueden resultar desastrosos, o por lo menos, inútiles para la edificación del cuerpo.
Lo mismo se aplica a los dones que están más allá de las posibilidades naturales del creyente, es decir, los que el Espíritu implanta en la vida de quien no tiene un talento natural que los sustente. Tal es el caso de dones como profecía, lenguas, discernimiento de espíritus, sanidad y liberación. Es necesario prestar atención a la seria responsabilidad que implica el ejercicio de los dones espirituales.
“Es importante ejercer nuestros dones bajo el poder y control del Espíritu Santo, nunca por nuestros propios esfuerzos carnales. Para un cristiano digamos, con el don de la enseñanza, es posible ejercer ese don cuando se encuentre en un estado no espiritual o carnal. Cuando eso sucede, los defectos de nuestra vieja naturaleza impiden la eficiencia del don de tal manera que Cristo es desacreditado y los creyentes son divididos en su testimonio por él.” (Bright, Bill. 1985, El Espíritu Santo: la clave para una vida sobrenatural. Cruzada Estudiantil y Profesional para Cristo, México. Pág. 185.)
Los dones espirituales terminan siendo una maldición cuando no se ejercen conforme al Espíritu y el propósito con el cual Dios los otorgó. Como muchas otras cosas buenas y maravillosas que Dios da, los dones pueden también ser distorsionados en su propósito y uso. Hay dos preguntas que se deben formular a fin de desarrollar un profundo sentido de responsabilidad en relación con lo que Dios pone en las manos para que se lo sirva.
—Cuando se los considera como un adorno para la persona o para la iglesia siendo que los dones son operaciones esenciales, sin las cuales el creyente y la iglesia no pueden funcionar apropiadamente.
–-Cuando se los considera como una simple extensión o refinamiento de los talentos naturales. Los dones espirituales no son capacidades naturales a las que se les suma el poder de Dios. Los dones no son el poder de la carne más el poder del Espíritu, sino el poder del Espíritu obrando en y a través de la carne redimida y sujeta al señorío de Cristo.
—Cuando se los considera como inalcanzables y alejados de las funciones ordinarias del ministerio cristiano. Esto ocurre cuando sólo se toma como dones espirituales a los dones más espectaculares: lenguas, milagros, sanidad, hacer milagros. Hay una tendencia a exaltar los dones como algo alejado de nuestra experiencia.
—Es por no ejercerlos bajo el control y guía del Espíritu. El Espíritu no reparte dones para que cada uno haga lo que quiera o le parezca con ellos. El Espíritu da dones con fines determinados, con una meta clara y definida, que es la edificación de la iglesia. Es importante ejercer los dones bajo el poder y el control del Espíritu Santo y no por los propios esfuerzos carnales.
—Querer obtener con el uso de los dones algún beneficio personal. El egoísmo nos inhabilita para el ejercicio de los dones espirituales. Cuando el egoísmo controla la vida, los defectos de la vieja naturaleza impiden la eficacia del don, de manera que Cristo es desacreditado y su cuerpo se debilita.
—En no pocos casos, la maldición es el fruto de no actuar con responsabilidad y amor para con los demás. En realidad éste fue el eje de la exhortación de Pablo a los corintios, tal como él la presenta en 1 Corintios 13.1-3: El amor es el verdadero motivo de los dones espirituales y es el medio por excelencia para la expresión de los mismos.
—Porque el creyente no ejerce los dones en el momento adecuado o cuando se presenta la oportunidad. No todos los dones son de igual importancia en todas las etapas de la edificación de la iglesia.
—Por querer ejercer los dones sin pagar el precio de la preparación y el esfuerzo personal. Mateo 25.20: los dones deben ser trabajados y desarrollados. Para ello hace falta esfuerzo, dedicación, empeño e inversión de tiempo y energía.
—Por creer que son el resultado del merecimiento personal o que se los puede comprar de algún modo. Ver Hechos 8.8-24.
—Por ejercerlos con actitudes carnales. Estas personas sienten orgullo y jactancia por los dones que han recibido, envidia por los dones que tienen otros, desdén hacia los que no tienen sus dones o vanagloria por los dones que tienen. Ver Filipenses 2.3-4.
Cuando se ejercen conforme al espíritu y el propósito por el cual Dios los otorgó. Es necesario que se preste atención a ciertas cuestiones que enseña la Palabra de Dios.
“Sólo cuando dejamos de despreciarnos y de menospreciar a otros, reconociendo los dones de Dios, cesará la división o discordia en el cuerpo… (1 Corintios 12.25). Dios odia la discordia. Su voluntad es que los miembros tengan el mismo cuidado unos por otros, compartiendo en los sufrimientos y los goces unos de otros”. (Stott, Sed llenos del Espíritu Santo, pág. 103-104).