¿Quiénes pueden ejercer los dones de sanidades? El interrogante presupone que hay ciertas condiciones que se debe satisfacer, para poder llevar a cabo el servicio de sanidad con efectividad a partir del uso de los dones correspondientes. Es así que se descubre que para que la iglesia sea una auténtica comunidad de terapeutas es necesario cumplir con ciertos requisitos espirituales y ministeriales.
La iglesia debe cumplir ciertas condiciones para poder ser considerada una comunidad de terapeutas.
1) Un total rendimiento a Dios y sujeción al señorío de Cristo
2) Se requiere de una amplia apertura al Espíritu Santo, es necesario reconocer su poder y ser llenos de él
3) Debe existir la disposición a ministrar bajo la sujeción a la iglesia
4) Un profundo amor por el que sufre, una actitud de compasión (Mateo 14.14)
5) La fe en el poder de Dios para sanar (Mateo 17.19-20).
1) Puede ministrar cualquier creyente que dé evidencias de haber recibido estos dones o cualquier otro creyente frente a una necesidad específica. Todos los que creen en Jesús como Señor están habilitados para ministrar sanidades, porque según Marcos 16.17-18 las sanidades son señales que siguen a todos los que creen. En esto, se debe evitar el sacerdotalismo institucional y el clericalismo, y enfatizar el sacerdocio universal de los creyentes.
Para ello, es necesario distinguir entre dones y roles. Si bien solo ciertas personas tienen un don espiritual particular, todos los creyentes tienen una variedad de roles y la responsabilidad de ministrar en casi todas las áreas. Solo algunos tienen el don de evangelistas, pero todos los creyentes tienen el rol de ser testigos de Jesús. No todos los creyentes tienen dones espirituales en el área de sanidad, pero todos son llamados a orar por los enfermos cuando sea necesaria.
2) Puede ministrar todo líder de la iglesia (pastores, ministros, ancianos, diáconos), en virtud de su responsabilidad y autoridad. Esto era lo normal en la iglesia primitiva (Santiago 5.14). El énfasis aquí está en la unción y no en los dones de sanidades, los ancianos (líderes) de la iglesia tienen autoridad para orar por los enfermos en virtud de su oficio y responsabilidad.
3) Puede ministrar cualquier profesional de la salud que sea creyente y los hermanos ocupados en la consejería pastoral. Se debe dejar de lado la idea de que los profesionales de la salud que son cristianos y la medicina como ciencia y técnica están en oposición con la sanidad cristiana. Este concepto no es bueno y carece de fundamento bíblico. Un médico, un enfermero, un paramédico, un terapeuta, un quinesiólogo o cualquier otra persona que profesionalmente está relacionada con el cuidado de la salud y que es creyente, debe orar por sanidad junto con la práctica de su profesión. Deben hacerlo por causa de su fe y no a pesar de su fe.
Si bien Dios obra milagrosamente, él puede usar el orden natural y los recursos que proveen la medicina, la psiquiatría, la psicología, la psicoterapia, el aconsejamiento y otros procedimientos terapéuticos. La medicina, la psicoterapia y otros recursos terapéuticos naturales son también un don de Dios y medios que él usa para sanar. Jesús nunca desestimó la medicina, ni tampoco lo hicieron los apóstoles. El Señor aceptó el rol médico del sacerdote, según lo establecía la ley mosaica (Marcos 1.40-44, Levítico 14.1-32). El apóstol Pablo contaba con los servicios de su compañero Lucas, que era su médico personal (Colosenses 4.14).
En su equipo de sanidad, el Señor quiere tener a mucha gente, cada uno con sus muchos dones y habilidades puestos a su servicio y para el bien de las personas enfermas. Si se desea de veras ser guiados por el Espíritu Santo y guardar el balance bíblico, se debe estar dispuestos a utilizar a todos para el bien de muchos. Una iglesia en la que todos se preocupan por el bienestar y armonía general de los demás (éste es el significado del vocablo hebreo shalom) es una comunidad terapéutica y sana. Las iglesias que conocen como los mejores modelos en cuanto a su ministerio de sanidad, son aquellas caracterizadas por un trabajo interdisciplinario y en equipo. Los milagros de sanidad más grandes son llevados a cabo por médicos y profesionales de la salud física, y las liberaciones más sorprendentes son llevadas a cabo por psiquiatras y psicoterapeutas.
“Una vez que vemos al Dios viviente operando incesantemente a través de los procesos de la historia y la naturaleza, empezaremos a darnos cuenta (por ejemplo) que toda sanidad es sanidad divina sea con el uso de medios psicológicos, físicos o quirúrgicos, o sin ellos. A este último bien se le puede denominar ‘sanidad milagrosa’ en tanto que lo anterior no es milagroso, pero ambos son sanidad divina por igual”. (Stott, Sed llenos del Espíritu Santo. Pág. 91).
Habitualmente Jesús cuando oraba, enviaba a los enfermos al sacerdote, quien era el abogado y medico en aquella sociedad. El sacerdote comprobaba la sanidad y reinsertaba a la persona a su sociedad, según la costumbre de ese lugar y tiempo. Hoy, para comprobar una sanidad, se debe derivar a la persona al médico. No se debe aconsejar a las personas que abandone medicación ni tratamientos médicos.

Como ocurre en todos los órdenes de la vida, la puesta en práctica de algo es el aspecto más candente. En el caso del ejercicio de los dones de sanidades es necesario que se haga algunas precisiones, a partir del concepto de la iglesia como una comunidad que hace terapia. Estas consideraciones van a ayudar a asegurar la efectividad del ministerio terapéutico de la comunidad de fe.
a) El ejercicio de los dones de sanidades demanda un marco adecuado, en la iglesia debe ser integral. Esto significa que hace falta sanidad individual para cada persona en sus múltiples necesidades.
b) El ejercicio de los dones de sanidades en la iglesia debe ser liberado de los malos entendidos.
“Mientras que el Nuevo Testamento insta a todos los creyentes a orar por los enfermos (Marcos 16.18), Dios ha dado a algunos el don especial de la sanidad. Siempre es Dios el que cura, el hombre solo puede orar para que esto suceda. El don de sanidad puede aparecer de maneras distintas”. (Schwarz, Christian A. Los tres colores del ministerio. Editorial CLIE. Pág. 128).
c) El ejercicio de los dones de sanidades demanda una práctica adecuada
Es necesario creer que la voluntad original y final de Dios para los seres humanos es la sanidad plena. Por eso, conviene orar diciendo: ‘Conforme a tu voluntad, sana a…” sabiendo que Dios quiere y puede sanar. Dios está del lado de la salud y no de la enfermedad. Además es necesario apropiarse de la Palabra de Dios (Proverbios 4.20-23).
Es necesario también usar los dones del Espíritu Santo. Hay ciertos dones cuya aplicación es de gran utilidad cuando ministramos sanidad. Discernimiento de espíritus ayuda a saber la índole del problema; la palabra de ciencia a saber por quién y por qué orar. Diversos géneros de lenguas permiten orar en el Espíritu lo que conviene.
Es necesario amar profundamente a los enfermos. Jesús sentía compasión por los que sufrían y por eso los sanaba. El amor tiene un enorme poder terapéutico (Mateo 14.14). Junto con esto, es necesario hablar con el enfermo. Hace falta un diálogo pastoral terapéutico con el que sufre (Mateo 9.27-31, 20.29-34).
Es necesario orar a Dios pidiendo la sanidad del enfermo. Al hacerlo se debe tener presente lo siguiente:
Es necesario estimular la fe del enfermo. Conviene:
“La imposición de las manos o el ungimiento con aceite tienen una significación tanto espiritual como psicológica. Ni el enfermo ni quienes lo ungen deben suponer que la curación se deba a la imposición de las manos, al ungimiento con aceite, a su propia fe personal o aun a sus oraciones. La curación proviene de Dios y es de Dios. “El Señor lo levantará” (Santiago 5.15, Graham, B. El Espíritu Santo, págs.179-180.)

Es necesario ejercer autoridad sobre la enfermedad. Para tener autoridad hace falta obediencia y santidad (Lucas 5.24, 9.1-2).
Es necesario predicar el evangelio al enfermo para su salvación integral. Es necesario guiar al enfermo a la confesión de sus pecados.
Es necesario proceder con humildad. Para ello, reconocer que es Dios quien sana y reconoce el misterio de la obra sanadora de Dios.