Pablo se refiere al don de enseñar en su lista de Romanos 12.7: “el de servicio, en servir; el que enseña, en la enseñanza;…” Cuando señala el imperativo de utilizar los dones diferentes que se reciben, Pedro aparentemente menciona este don en 1 Pedro 4.11, cuando se refiere al que habla, hágalo como quien expresa las palabras mismas de Dios.
La enseñanza es la instrucción dinámica en la Palabra de Dios, y las promesas y principios de una vida cristiana conforme a los valores del reino. Ésta consiste en guiar, orientar y estimular a los educandos en el proceso del aprendizaje. Enseñanza es toda acción orientada a procurar que el alumno o discípulo adquiera por sí mismo ideas, conocimientos y experiencias, que desarrollen en él o ella las potencias creadoras del espíritu. La enseñanza es uno de los ministerios básicos de la iglesia. (Ver: Mateo 28.20; Romanos 12.7; Colosenses 3.16; 1 Timoteo 5.17).
El don de enseñar se aplica a varios ministerios como.
No todo el que posee el talento de enseñar tiene el don espiritual de la enseñanza. “Por lo tanto, es posible que un cristiano tenga el talento para enseñar,…, pero que no tenga el don espiritual de la enseñanza. Si éste fuese el caso y se le preguntase para que fuese a enseñar en la Escuela Dominical,…, él podría dar mucha información y conocimiento de hechos sobre la lección a su clase, pero a su enseñanza le faltaría el poder de bendecir, de hacer avanzar espiritualmente a sus estudiantes. Este hecho nos ayuda a explicar el porqué muchos maestros seculares bien calificados no sirven como maestros de Escuela Dominical. Y, por otra parte, cómo muchos maestros de escuela poseen, como cristianos, el don espiritual de la enseñanza y están siendo usados por Dios en clases bíblicas o incluso en la misma Escuela Dominical.” (Stedman, R.C. 1975, La iglesia resucita. CLIE, Barcelona. Pág. 66).
Se refiere al don de liderazgo, de conducir, pilotear y dirigir en la iglesia. Los que presiden son hombres y mujeres que pueden motivar, inspirar, organizar y dirigir en la tarea del reino, y lo hacen con la autoridad espiritual que le ha sido dado por Dios y que es reconocida por la iglesia. No obstante, el concepto bíblico de liderazgo es equivalente al de servidumbre. El liderazgo bíblico se caracteriza porque busca el bienestar de otros y no el propio (ver Mateo 20.27). Paul G. Hiebert indica “Las designaciones de liderazgo dentro de la iglesia no están basadas en la cultura, raza o el poder económico. Se hacen de acuerdo con los dones y habilidades dadas por Dios. Si es que la iglesia va a funcionar debe haber liderazgo en ella, tal como en cualquier institución humana”.

“El ejercicio del liderazgo en la vida de las iglesias locales deberá estar marcado por el modelo del siervo sufriente y mostrar un contraste con el caudillismo y otras deformaciones causadas por el abuso del poder”. (CLADE III, 1992, Tercer Congreso Latinoamericano de Evangelización: “Declaración de Quito”, Fraternidad Teológica Latinoamericana, Quito. Pág. 859.)
Las características de la persona con don de presidir son:
Quien tiene el don de liderazgo es alguien colocado por el Señor como conductor de la iglesia y es responsable de hacerlo con autoridad, responsabilidad, firmeza, y convicción plena de la dirección que ésta debe seguir, según la voluntad de Dios. El capitán de la nave no es el dueño de la nave, pero sí es responsable de llevarla al destino y de la manera en que el dueño de la nave determine. Un pastor puede ir delante de la congregación cuando se mueve con visión de Dios.
“El don de liderazgo es la habilidad especial que Dios da a ciertos miembros del cuerpo de Cristo para establecer metas en conformidad con el propósito de Dios para el futuro y para comunicar éstas a otros de tal manera que ellos voluntaria y armoniosamente trabajarán juntos para lograr esas metas para la gloria de Dios.” ([1] Wagner, C.P. 1994, Sus dones espirituales pueden ayudar a crecer a su iglesia, Editorial CLIE. pág. 149.)
En 1 Corintios 12.28 se lee: “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas.” Allí el apóstol Pablo menciona el don de administración. Lo cual supone que se trata de un conjunto de capacidades sobrenaturales otorgadas por el Señor como parte de una habilidad gerencial básica. El vocablo original en griego, describe a alguien con capacidades para guiar a la iglesia a través de las circunstancias y vicisitudes de la vida diaria, manteniendo el orden y ayudando a la congregación a cumplir con su misión. El fin de la administración es: desarrollar, definir y evaluar los objetivos para la iglesia.
Quien posee este don sobresale por estas capacidades:
Muchos administradores son personas con habilidades aprendidas y talentos naturales, que vuelcan en la iglesia estas pericias santificadas. Pero quienes ejercen el don de administración lo hacen de manera sobrenatural y no necesariamente con conocimientos o experiencia profesional. La iglesia en crecimiento en América Latina necesita de estos hombres y mujeres dotados por el Espíritu Santo, para administrar con sabiduría de Dios los negocios del reino y liberar los recursos que hoy hacen falta para completar la misión que ha sido encomendada.
El Nuevo Testamento enseña que la intercesión es responsabilidad de todo creyente: 1 Timoteo 2.1-2, Hechos 15.2, Romanos 15.30. Pero al igual que lo que ocurre con la evangelización y la sanidad, por ejemplo, hay hermanos que reciben este don para orar de manera sobrenatural. El don de intercesión lleva a ciertos creyentes a dedicar al Señor no sólo calidad de tiempo en oración, sino también cantidad de tiempo. Jesús se presenta en los Evangelios como el ejemplo supremo de intercesión: Lucas 22.23-34, Juan 17.9-26. El usó este don de intercesión como herramienta eficaz en el cumplimiento de su ministerio terrenal (ver Mateo 19.13) y también lo prescribió a sus discípulos, según Mateo 5.44: “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad por los que os ultrajan y os persiguen,…”
Hay hermanos que son llamados por Dios para cumplir este ministerio y que reciben del Señor la capacidad sobrenatural para perseverar en él. Son hermanos que encuentran gran satisfacción en entrar a la presencia del Señor en oración, y permanecer allí hasta adquirir convicción sobre lo que él se propone hacer en determinadas circunstancias.

Características de una persona con don de interceder:
“El don de intercesión es la habilidad especial que Dios da a ciertos miembros del cuerpo de Cristo para orar por largos períodos de tiempo sobre una base regular y ver respuestas frecuentes y específicas a sus oraciones, en un grado mucho mayor que la que se espera del cristiano promedio.” (Wagner, C.P. 1994, Sus dones espirituales pueden ayudar a crecer a su iglesia, Editorial CLIE. pág. 68).
La intercesión es ese aspecto de la oración de petición en el que creyentes dotados por el Espíritu Santo hacen súplicas específicas a Dios a favor de ellos mismos, y especialmente por otras personas o grupos. Generalmente el don tiene que ver con la oración ofrecida en beneficio de otros por parte del creyente, especialmente por quienes están en necesidad en la congregación (ver Santiago 5.14). El ejercicio de este don es fundamental para la buena marcha de la iglesia. Los hermanos con este don deberían reunirse para orar sistemáticamente por los líderes y la congregación, su programa de trabajo y sus necesidades.