En 1 Pedro 4.10-11 el apóstol ofrece algunas indicaciones prácticas en cuanto a los dones espirituales. Enfatiza tres grandes verdades en cuanto al tema:
–un ministerio oral: predicación, enseñanza, o testimonio
–un ministerio de servicio: atender a las necesidades del prójimo, expresando el poder de Dios.
A diferencia de Pablo, Pedro enfatiza la realidad de los dones y la responsabilidad que le cabe a cada creyente en su uso. Pero Pedro no hace una lista como las que encontramos en los textos paulinos. La ambigüedad de Pedro permite suponer una infinidad de dones disponibles, incluso muchos más de los que se mencionan en los textos bíblicos. Hay en el reino y para el cumplimiento de la misión que tenemos entre manos, herramientas de servicio especializadas y que sólo se utilizan bajo condiciones específicas y en momentos determinados. Nos enfocaremos ahora en un tipo particular de dones: los de renunciamiento.
“No hay un límite arbitrario el número de los dones del Espíritu. Dios es soberano y creativo, por lo tanto, él puede impartir a su pueblo con aquellos dones que son necesarios para el ministerio de cualquier edad y circunstancias dadas”. (Dominy, Bert. Paul and Spirit Gift: “Reflections on 1 Corinthians 12–14.” 1958, Southwestern Journal of Theology. Pág. 68.)
Existen algunos dones, aparentemente mencionados en el Nuevo Testamento, que no gozan de gran popularidad, en buena medida debido a su carácter particular. Son dones que involucran renunciamiento o el abandono de algo querido. Al igual que cualquier otro don del Espíritu, son gracias que se reciben de parte de Dios, pero involucran una decisión de la voluntad de quien las recibe de dejar algo a cambio.
El vocablo viene del latín caelebs, que significa soltero, un individuo no casado. Se refiere a la condición de no estar casa; a la abstinencia de relaciones sexuales; al renunciamiento a los votos religiosos del matrimonio y la responsabilidad por desarrollar una familia. El término es usado comúnmente para referirse a la aceptación del estado de soltero como un deber religioso, ya sea por un voto o bajo alguna obligación de carácter general. Quizás en razón de su expectativa del inminente retorno de Cristo, la iglesia primitiva no alentaba el matrimonio de adultos convertidos (1 Corintios 7.20-27).
Habría datos históricos de cómo se fue configurando esto en las iglesias históricas, que exceden a este trabajo. Tal vez para baste indicar de lo que en América Latina es más común, lo que la Iglesia Católica Romana sostiene. Para esta el celibato es obligatorio para ejercer el sacerdocio. Esto fue impuesto por el papa Gregorio el Grande (d.C.540-604), y desde entonces ha estado en vigencia para todo hombre que desee ejercer el sacerdocio en esa iglesia.
Este es un ejemplo de un don del Espíritu que es absolutizado e impuesto a otros cristianos como condición para cumplir un ministerio dentro de la iglesia. Siempre que se eleva un don por encima de los demás, se lo coloca como absoluto, y se lo impone como necesario más allá de la singularidad de cada individuo, se viola el principio bíblico que indica Pedro cuando dice: “Cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido…”(1 Pedro 4:10)-
Probablemente por tratarse de un don que ha sufrido este tipo de abuso y mal entendido, en medios evangélicos latinoamericanos ha sido despreciado y no tomado en cuenta como una herramienta legítima y útil para el ministerio.
Hay dos referencias bíblicas:
Sin embargo, para poder comprender, aceptar y vivir este renunciamiento a la vida matrimonial, es necesaria una fuerza especial de parte de Dios, un don de su gracia. Como dice Jesús: “No todos pueden comprender este asunto…, sino sólo aquellos a quienes se les ha concedido entenderlo… El que pueda aceptar esto, que lo acepte.” Es decir, el celibato es algo que se da y que se recibe, que se concede y se acepta, como cualquier otro don del Espíritu.
Es misionológicamente mas ventajoso. El argumento del apóstol Pablo no es ético ni religioso, sino estrictamente misionológico.
Definición: “El don de celibato es la habilidad especial que Dios da a ciertos miembros del Cuerpo de Cristo para permanecer soltero/a y disfrutar de ello; para no estar casado/a y no sufrir tentaciones sexuales insoportables.” (Wagner, C.P., pág. 57)
La pobreza ocupa un lugar importante en las enseñanzas de la Biblia en general y en las enseñanzas de Jesús en particular. Muchos pasajes exaltan la pobreza y denigran la riqueza.
Las razones de la maldición de los ricos y la alabanza de la pobreza se aclaran en la parábola del rico necio (Lucas 12.15-21). El rico cuida de su cuerpo y descuida su alma. El deseo de dinero, vinculado a los fariseos en Lucas 16.14-15, es abominable para Dios. La exigencia de Jesús de abandonar la riqueza parece ser muy rigurosa y radical, como se pone en evidencia en Mateo 10.25; 19.24; y otros pasajes. Según Lucas 18.25, Jesús afirma: “En realidad, le resulta más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.” Este dicho vincula la relación de las riquezas con el estar ligado al mundo, y en consecuencia, estar inhabilitado para entrar en el reino.
La palabra martirio viene del griego martures, que significa testigo. El sufrimiento por causa de la fe y el martirio fueron tenidos en muy alta estima, en la iglesia primitiva. Desde el principio, aquellos cristianos que sufrieron por confesar su fe en Cristo o dieron sus vidas antes que traicionar a su Señor, fueron considerados con gran honor por la iglesia.
El don de martirio es un don único y singular. Este don presupone la disposición de sufrir por la fe, sin temor al dolor y con total desapego por la vida. No se trata de la expresión de rasgos neuróticos, psicóticos, ideas de suicidio, masoquismo, baja auto-estima, o depresión profunda. La disposición al sufrimiento y a la muerte no es el resultado de una determinada manera de sentir respecto a la vida, o de las frustraciones y desengaños experimentados, o una vía de escape a problemas que no se pueden resolver.
Este don permite a quien lo ha recibido sufrir por causa de la fe y al mismo tiempo mantener un espíritu victorioso y gozoso, sin perder la calma ni llenarse de temor. Quien tiene este don, ama la vida y es buen mayordomo de ella, pero recibe una gracia especial que lo habilita para enfrentar la muerte con la misma responsabilidad cristiana y sentido del deber en el reino.