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Curso: Una Adoración Transformadora
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Creados para adorar

 

Algún día, después de que hayamos dominado los vientos y las olas, las mareas y la gravedad,

emplearemos en Dios las energías del amor y entonces,

por segunda vez en la historia del mundo, el hombre habrá descubierto el fuego”.

Teilhard de Chardin

Para un gran número de personas, adoración es solo el tiempo de las canciones en una reunión eclesial de día domingo, pero el concepto es más abarcativo y profundo. En esta sección estudiaremos la esencia de la adoración.

¿Qué significa adorar a Dios?

Los antropólogos afirman que adorar es un anhelo universal. La adoración es inherente a la naturaleza humana. Es la respuesta a un deseo innato del hombre. Por eso, encontramos elementos cúlticos en todas las sociedades y culturas a lo largo de la historia. El pensador Mircea Eliade (1907 – 1986, fue un filósofo, historiador de las religiones y novelista rumano) sostenía que la sed de lo sagrado “no es otra cosa que la manifestación de la nostalgia del ser que padece el hombre”. El aborigen de la selva africana, que junto a su tribu animista rinde culto a las estrellas y al sol, lo hace en respuesta a esta “nostalgia del ser”. La empresaria occidental que se cansa de la superficialidad de su cultura materialista, y decide involucrarse en una secta new age, es movida por la misma melancolía existencial. Según Myles Munroe, la religión “es el intento del hombre por responder a su deseo de hallar algún tipo de relación significativa, y posiblemente íntima, con un Ser Supremo, mientras intenta encontrarle algún sentido razonable a la vida”. (Redescubra el Reino, Ed. Peniel, 2008).

Aún aquellas personas que se declaran ateas, inconscientemente adoran algo o a alguien: a sí mismos, a otra persona, su razón, su vocación, su familia, un valor, el dinero, un hábito adictivo, un temor que lo condiciona. La adoración es la dimensión espiritual de nuestra entrega, sumisión o apego a diferentes cosas. La pregunta correcta no es si adoramos o no. Todos adoramos. [pullquote style=”right”]Absolutamente todos los seres humanos somos adoradores. La pregunta es: ¿a quién adoramos?[/pullquote]

¿Qué adoramos?

Existen millones de formas de expresar adoración, y hay un sinfín de posibles destinatarios de la misma. El filósofo e historiador alemán Rudolph Otto (1869 – 1937) utilizó el término lo numinoso, del sustantivo latino numen, que significa “una inclinación de la cabeza”, para referirse a aquello que origina la adoración en el ser humano. Lo numinoso es lo trascendente, lo totalmente otro, aquello que pertenece a una categoría superior. Según Otto, lo numinoso se encuentra en todas las expresiones religiosas. Los politeístas, por ejemplo, dirigen su adoración a una multiplicidad de figuras a las que atribuyen niveles ontológicos superiores. En otras religiones como el budismo, lo numinoso se expresa a través de la ausencia de una representación de lo divino. El dios budista es “el dios que no es”. Para un budista la idea de Dios es tan inasible, que cualquier concepto o representación mental de la deidad necesariamente implicaría una limitación de su ser.

Ador-I51

En religiones monoteístas y proféticas, como el cristianismo, lo numinoso adquiere la forma de un Dios personal y moral. A diferencia del dios budista, imposible de ser pensado, o los semidioses griegos que poseían debilidades, el Dios único y verdadero se da a conocer como Cercano y Santo. Él se revela, se muestra. El verdadero Dios es una persona (no una idea filosófica), y nos invita a entablar una relación personal con él.

Sin embargo, Dios no deja de ser Santo, Santo, Santo, infinito, incomprensible, extra-racional. En Jeremías 23.23, Dios se presenta como cercano y lejano al mismo tiempo: “¿Soy yo Dios de cerca solamente, dice Jehová, y no Dios desde muy lejos?”. En la Biblia encontramos una tensión entre el Dios inmanente (cercano), y el Dios trascendente (lejano). Dios se acerca a nosotros, pero lo hace para transformarnos a su imagen. En Jesús él tomó nuestra naturaleza humana para que podamos participar de su naturaleza divina (2 Pedro 1.3-4). Esta gran verdad se resume en la siguiente afirmación: Dios nos ama tal como somos, pero nos ama demasiado como para dejar que sigamos siendo lo que somos.