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Curso: Una Adoración Transformadora
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¿Qué es el culto? (b)

 

B. ELEMENTOS DEL CULTO

El culto cristiano puede desarrollarse de diferentes formas, según el propósito principal que se persiga, y acorde a la tradición teología y litúrgica propia de la congregación. Richard Foster (La Oración. Miami: Editorial Betania, 1994) sostiene que: “…Todos usamos formas materiales y humanas para expresar nuestra adoración a Dios. Sencillamente, no hay iglesias no litúrgicas. Los monjes que se levantan para recitar los oficios nocturnos, y los cuáqueros que esperan en silenciosa certeza al Espíritu, o los católicos que rezan el rosario y los revivalistas que cantan himnos de devoción al nombre de Jesús, o los ritualistas de la ortodoxia rusa que se inclinan ante el incienso y un ícono, y los evangelistas del Ejército de Salvación que marchan al son de tamobores y panderetas… todos, absolutamente todos, usan la liturgia. Podemos escoger qué tipo de liturgia usar, pero no podemos elegir si la usaremos o no. En tanto seamos seres humanos, y nuestra condición sea finita, tenemos que usar la liturgia, porque necesitamos expresar nuestra adoración de alguna forma.”

Consideremos algunos elementos que son comunes a la mayoría de las tradiciones litúrgicas:

  • La oración

Cuando Jesús echó a los mercaderes del templo, les recordó el pasaje de Isaías 56.7: “…yo los llevaré a mi santo monte, y los recrearé en mi casa de oración; sus holocaustos y sus sacrificios serán aceptos sobre mi altar; porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos.”

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La oración debería ser la actividad principal en un culto a Dios. Su casa no es “casa de encuentro entre hermanos”, ni “casa de consumo litúrgico”. Tampoco es “casa de predicación”. La Biblia afirma que la casa de Dios será llamada “casa de oración”. La adoración es oración (ad-oración, es decir oración hacia). En muchas iglesias suele haber un culto especial de oración, dentro del programa semanal regular. Por lo general es un culto pequeño, que se celebra entresemana, y al que asiste un grupo reducido de ancianitas piadosas. Pero toda reunión de la iglesia debería ser culto de oración. Sea domingo, miércoles o cualquier otro día. El propósito primordial del culto es comunicarnos con Dios comunitariamente, intimar con él juntos. Y la oración es el medio a través del cual podemos entablar ese diálogo con Dios. Aunque no sea una reunión especial de intercesión (en la que habitualmente no hay predicación, y se dedica más tiempo a la oración grupal), un espíritu de oración debería guiar el desarrollo del culto en su totalidad. Hay muchas formas de orar dentro del culto:

 

Propiciar momentos de silencio, para la oración personal
Propiciar momentos de oración espontánea y participativa, en voz alta
Oraciones guiadas por el pastor, el líder de alabanza u otro hermano
Oraciones de a dos o en grupo
Oración por los enfermos y necesitados
Oración congregacional de los salmos u otra porción de la Biblia, en silencio o en voz alta
Oración antifonal (el líder ora, lee o recita una frase y la congregación responde con otra frase al unísono)
Oración como respuesta al sermón. etc.

  • El canto y la música

A lo largo de los siglos, el canto y la música han sido los vehículos por excelencia para expresar adoración a Dios. Ya sea con acompañamiento instrumental o a capela, el canto comunitario es una de las maneras más efectiva de decirle juntos a Dios que lo amamos y honramos. Por eso, al oír la palabra adoración, mucha gente inmediatamente piensa en canto y en música. Sin embargo, esto no significa que no podamos adorar a Dios si falta la música. Ya dijimos que la adoración trasciende las expresiones y los medios. Las congregaciones primitivas no contaban con instrumentos, ¡pero adoraban a Dios en espíritu y en verdad!

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El Apostol Pablo animaba a los Colosenses a cantar con gracia al Señor, con “salmos, e himnos y cánticos espirituales” (Colosenses 3.16). Por salmos se entiende el uso del libro de los Salmos, el himnario al que estaban habituados los judíos devenidos en discípulos de Jesús. Se especula que los himnos eran nuevas canciones cristianas, compuestas en honor a Jesús, que fueron popularizándose en las diferentes congregaciones primitivas. Los cánticos espirituales eran canciones espontáneas, cánticos nuevos o proféticos, aclamaciones extáticas que surgían de los adoradores reunidos, a medida que fluían en oración y adoración. El término griego que se traduce como cánticos espirituales es odas pneumáticas, es decir, “sonidos o melodías sobre el aliento”. Algunos comentaristas sugieren que eran cantos sin palabras o en lenguas, melodías de júbilo espiritual, como una vocalización, o la repetición de una palabra (como por ejemplo aleluya). San Agustín los asocia al jubilus de la misa latina: “Es un cierto sonido de gozo sin palabras… es la mente, expresando su alegría…Es una persona regocijándose en exultación, después de ciertas palabras que no pueden ser comprendidas, estalla en sonidos de exultación sin palabras pareciendo que… está llena de un gozo tan excesivo que no puede en palabras expresar el motivo de ese gozo.”

Todas estas expresiones espontáneas de adoración, ya sean cánticos nuevos, canciones proféticas, aleluyas, melodías en lenguas o aclamaciones jubilosas, entran en la categoría de cánticos espirituales. Dennis F. Tupman, un destacado director coral y músico canadiense, investigó los beneficios del canto para la salud. Entre las conclusiones a las que arribó en su investigación, se destacan las siguientes: el canto incrementa la dopamina y las endorfinas (hormonas del bienestar), y reduce la percepción del dolor. Quizás esta sea una de las razones por las que Pablo y Silas, doloridos por los azotes recibidos, cantaban himnos a Dios en la cárcel de Filipos. El canto nos protege contra la enfermedad de Alzheimer y permite envejecer de forma saludable. La gente que canta se enferma menos y se cura más rápido. Los cantantes, incluso los fumadores y los asmáticos, tienen sistemas cardiovasculares más estables y una mejor función pulmonar. El canto reduce la ansiedad y puede ayudar a superar la depresión; a los niños con dificultades de aprendizaje les sirve de apoyo cuando aprenden a leer y aumenta el coeficiente intelectual de los niños pequeños. Además, al cantar, los tartamudos no vacilan. Un estudio realizado en los Estados Unidos mostró que cantar fortalece el sistema inmunológico. En la Universidad de California, en Irvine, los investigadores Robert Beck y el doctor Thomas Cesario, tomaron muestras de saliva de algunos coristas antes y después de dos ensayos y de una función en la que interpretaron la Misa solemne en Re mayor, de Beethoven. Descubrieron que los niveles de proteínas en el sistema inmunitario de los cantantes se incrementaron (sobre todo el de inmunoglobulina A, que aumentó del 50 % durante los ensayos al 240 % en la presentación), mientras disminuyó la hormona del estrés, el cortisol. Los científicos concluyeron que cantar, especialmente si se acompaña de sentimientos de euforia, puede prevenir y combatir las enfermedades. ¡Con razón Pablo dice que no nos embriagarnos con vino, sino que seamos llenos del Espíritu Santo, cantando con alegría salmos, himnos y canciones espirituales!

  • Las expresiones físicas

Cantar es un ejercicio que trasciende lo vocal. Cuando cantamos desde el corazón, se involucra la totalidad de nuestro ser, no solo nuestras cuerdas vocales. Por eso, en un culto genuino se observan diversas expresiones físicas, tanto individuales como grupales. En los Salmos abundan las exhortaciones a postrarse de manera colectiva, a gritar, a aclamar, a aplaudir, a danzar, a cantar unánimes con alegría, a alzar las manos, etc. Philip Yencey sugiere que: “… los salmistas alababan a Dios con desenfado inducidos por el deleite de los sentidos. En la imaginación del salmista, el mundo no puede contener el deleite que Dios inspira… La alabanza toma la respuesta instintiva del placer compartido y lo eleva a otro nivel.”

El culto cristiano debería ser una fiesta, en la que se siente la presencia viva de Jesús. El fundamento teológico del culto cristiano es la resurrección de Jesús. Los primeros discípulos comenzaron a reunirse los domingos por la mañana, en vez del sábado, para recordar y celebrar a su Señor resucitado. ¡Una convocatoria en torno a la presencia viva de Jesús jamás puede ser apagada o fría! A la luz del libro de los Salmos, podemos enumerar distintos usos del cuerpo que acompañaban la adoración davídica:

 

Aplaudir (Salmo 98.4)
Alzar las manos (Salmo 63.4)
Arrodillarse o postrarse (Salmo 95.6)
Gritar de alegría (Salmo 47.1)
Aclamar (Salmo 66.1, 8)
Danzar (Salmo 150.4)
Batir las manos (Salmo 47.1)

 

Estas expresiones físicas corresponden a diversos sentimientos que el adorador experimenta en la presencia de Dios. Queda claro que la mayoría de estos gestos es difícil realizarlos estando sentados. Estar de pie es una señal de respeto. Al mismo tiempo, nos permite cantar mejor, movernos con libertad, y fluir en adoración.

En el culto también debería haber momentos de recogimiento y silencio, en los que se anime a al congregación a escuchar a Dios, a esperar quietos en su presencia. Recordemos que la adoración no es un monólogo sino un diálogo con Dios. Muchas veces Dios querrá hablar a la congregación, sea por medio del pastor, el líder de adoración u otro hermano, o directamente al espíritu de las personas presentes, durante ese tiempo de recogimiento. En ocasiones el silencio basta. No siempre Dios susurrará algo. No siempre nos recordará un versículo bíblico o nos mostrará una visión. A veces su intención es que simplemente nos deleitemos en el silencio reverencial, contemplándolo desde nuestro espíritu, o recibiendo una impartición de parte de él. Es la voz de Dios en el silbo apacible.

  • La ofrenda

Desde los comienzos de la Iglesia, las ofrendas ocuparon un lugar sumamente importante en el culto. Si bien es posible recoger ofrendas fuera de la liturgia comunitaria, por una cuestión práctica, y sobre todo para respetar su esencia espiritual como acto de adoración, lo más adecuado es ofrendar en el culto. Los diezmos y ofrendas no son donativos para sostener una institución o programa eclesial. Son acciones espirituales. Forman parte de la adoración integral que debemos ofrecerle a Dios.

En algunas iglesias se levanta la ofrenda con frases como: “Hermanos… ustedes saben que como iglesia no recibimos ninguna ayuda del estado… lamentablemente debemos sostener esta institución con el aporte de todos… vamos a ofrendar…” o “Hermanos… muy linda la adoración, pero ahora vamos a levantar una colecta… ponga solo si lo siente… Dios mira su corazón”. Estas arengas lastimosas reflejan un concepto incorrecta de los diezmos y ofrendas. ¡La ofrenda es tan espiritual como las oraciones o el sermón! En la congregación de Corinto levantaban una ofrenda especial para ayudar a las iglesias de Macedonia, pero Pablo les recuerda que el verdadero destinatario de dicha ofrenda no son los macedonios, sino Dios: “Porque la ministración de este servicio no solamente suple lo que a los santos falta, sino que también abunda en muchas acciones de gracias a Dios; pues por la experiencia de esta ministración glorifican a Dios por la obediencia que profesáis al evangelio de Cristo…” (2 Corintios 9.12-13).

La ofrenda es una expresión de obediencia y de gratitud. En Malaquías 3.7, Dios exhorta al pueblo de Israel a volverse a él. Les reprocha haberle robado. Y ellos preguntaban “¿en qué te hemos robado?” (vs. 8) Dios les responde “en vuestros diezmos y ofrendas”. Malaquías es un libro profético, que se denuncia la falsa adoración. En tiempos de Malaquías, Israel había caído en un lamentable relajamiento espiritual. El culto se desarrollaba, pero de manera rutinaria, mediocre. Y una de las evidencias de este relajamiento era el desinterés por los diezmos y las ofrendas. Este descuido les acarreaba maldición (vs. 9).

Dado que la verdadera adoración supone el reconocimiento de Dios como dueño de todo lo que somos y tenemos, los diezmos y las ofrendas son muy importantes en el culto. La entrega voluntaria de bienes materiales (dinero, valores, ofrenda en especias, etc.) es la manera tangible de expresarle a Dios nuestra gratitud y de asumirnos simples administradores de lo que en realidad le pertenece a él. Varios principios espirituales se expresan en la entrega de diezmos y ofrendas:

** Pacto

En el Antiguo Testamento, el diezmo fue un elemento clave para que Israel sostuviera su relación de pacto con Dios. Deuteronomio 14.22 afirma: “Indefectiblemente diezmarás todo el producto del grano que rindiere tu campo cada año”. El diezmo no es un precepto legal que haya caducado bajo el Nuevo Pacto. De hecho, es un principio espiritual anterior a la Ley (Génesis 14.20, 28.22). Por medio del diezmo es probado nuestro corazón. Al mismo tiempo, somos desafiados a probar a Dios (Malaquías 3.10). El diezmo no es opcional. Es la devolución a Dios de aquello que le pertenece.

** Gratitud y Sacrificio

La Biblia también enseña acerca de las “acciones de gracias” (Salmo 100.4). No habla de simples “dicciones de gracias”, ya que la gratitud transciende la expresión oral. Dice acciones. La gratitud debe materializarse en acciones concretas, en gestos que demuestren de manera tangible nuestro agradecimiento a Dios. Lo mismo se aplica al concepto bíblico de “sacrificios de alabanza”. David decía: “…no ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada…” (2 Samuel 24.24). El diezmo es obligatorio, es un tributo que pagamos a Dios, que prueba nuestra obediencia a él. La ofrenda es voluntaria, es una dádiva que entregamos (sin estar obligados a hacerlo), y que manifiesta nuestra generosidad. Puede ser entregada a Dios en la iglesia local, o a una persona o institución, para suplir una necesidad puntual. Al ofrendar expresamos gratitud y entrega sacrificial a Dios. Y debemos velar para que ésta sea nuestra motivación al dar. Lamentablemente, en muchas iglesias se induce a los creyentes a dar para que Dios les dé. Se presenta a Dios como un negociante o mercader, al que solo acudimos para que nos bendiga económicamente (siempre y cuando hagamos mérito, ofrendando cierta suma de dinero). Y muchas personas, por creer en esta “caricatura” de Dios, ofrendan con motivaciones incorrectas. Lo que les importa no es adorar a Dios con su ofrenda, sino recibir ciertas bendiciones materiales a cambio. Es verdad que si damos recibiremos, ya que lo dijo Jesús (Lucas 6.38). Pero, como afirma Daniel Gonzalez, “no debemos dar para recibir sino simplemente sabiendo que recibiremos”.

** Amor

Los primeros discípulos se movieron por encima de las demandas de la Ley. Ellos no daban por culpa, temor, vanagloria, costumbre religiosa o ambición. Solo los motivaba su amor genuino hacia Dios y hacia sus hermanos. Jesús reivindicó el diezmo cuando les dijo a los fariseos que debían practicar lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe, pero sin dejar de diezmar (Mateo 23.23). El problema de los fariseos no era el diezmo. En eso eran dignos de imitar, según Jesús. Su problema era que diezmaban por vanagloria, para ganar reputación de “generosos e intachables”. Y cegados por un código legal, olvidaban lo más importante: la motivación detrás de sus acciones piadosas. Colaban el mosquito y tragaban el camello (vs. 24).

Hechos 4.32-35 nos cuenta que los discípulos: “… eran de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común… Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad”.

Cada vez que en la Biblia se narra un despertar espiritual, se destaca la acción del Espíritu Santo, que encendía el amor del pueblo y lo movía a dar generosamente. Ocurrió cuando Moisés erguió el tabernáculo (Éxodo 36.1-7). También cuando David hizo preparativos para edificar el templo (1 Crónicas 29). Sucedió en la iglesia primitiva, tras el derramamiento del Espíritu Santo. La adoración inspirada por el Espíritu sensibiliza nuestros corazones, los alínea con los intereses de Dios, y los impulsa a dar.

  • La Cena del Señor

La Cena del Señor es otro elemento central del culto cristiano. Fue el primer rito cristiano distintivo, en la liturgia de la Iglesia primitiva. Los primeros cristianos, al tiempo que seguían reuniéndose los sábados en la sinagoga, comenzaron también a congregarse en casas los días domingos, para recordar a su Señor por medio de la observación de la cena. En el aposento alto Jesús instituyó la cena diciendo a sus discípulos “…haced esto en memoria de mí” (Lucas 22.19, 1 Corintios 11.24).

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Se ha discutido mucho acerca de la naturaleza precisa de la comida que Jesús compartió con sus discípulos aquella noche. Algunos sostienen que era la cena judía que acostumbraban comer en la fiesta de la pascua. Otros que se trataba de una comida diferente. Existen también argumentos encontrados y extensos en cuanto a si el pan y el vino son realmente la carne y la sangre de Jesús (la doctrina de la trasubstanciación que sostiene el catolicismo), o si son solo símbolos (la doctrina a la que adhiere gran parte del protestantismo). Pero más allá de las muchas aproximaciones teológicas al tema, existe un acuerdo general en cuanto a sus principios fundamentales:

** Es obligatoria

La celebración de la Cena del Señor no es opcional en el culto cristiano. Su práctica fue un mandato de Jesús a sus discípulos (Lucas 22.19, 1 Corintios 11.24). Sin embargo, no existe ninguna referencia en el Nuevo Testamento acerca de la periodicidad con la que los seguidores de Jesús debían celebrarla. En muchas iglesias se celebra en todos los cultos, en otras solo una vez por semana o una vez al mes. Tampoco existen muchas referencias acerca de la modalidad práctica de servirla. Según los evangelios sinópticos y las enseñanzas de Pablo en 1 Corintios 11, Jesús tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo repartió diciendo “esto es mi cuerpo que por vosotros es partido”; luego tomó la copa diciendo “esta copa es el nuevo pacto en mi sangre”. Dentro de este marco, sin quitar ni agregar nada, cada iglesia debe articular la manera más significativa y práctica de servir la cena. En ocasiones es solo un pan y una copa que se reparte a todos los presentes. En iglesias más numerosas se suele optar por bandejas con pequeñas copitas, y pedazos de pan previamente cortados. En muchas congregaciones se reemplaza el vino por un jugo de uva sin alcohól, por consideración a ex alcohólicos o alcohólicos en recuperación presentes. Como en los demás actos de adoración, el énfasis de la Cena no debe recaer en los elementos y las formas, sino en el espíritu con el que se participa de la misma.

** Es conmemorativa

Jesús enseñó que debemos celebrar la Cena en memoria de él. La cena tiene un carácter recordatorio en varios sentidos. En primer lugar, nos recuerda la muerte de Cristo en la cruz. Así como la pascua judía recordaba la liberación de Israel de Egipto, la “nueva pascua” (1 Corintios 5.7) nos recuerda la libertad que Cristo ganó en la cruz a nuestro favor. Al comer el pan y beber de la copa recordamos su cuerpo partido, y su sangre derramada para perdón de nuestros pecados. Declaramos una vez más el fundamento de nuestra fe: Dios se encarnó en la persona de Jesús para salvarnos. Ante los símbolos de su sacrificio expiatorio, recreamos la experiencia del acto redentor, y renovamos nuestro pacto con Dios. No es un recuerdo melancólico y ritual, sino una actualización transformadora, con asiento en el presente. La cena también nos recuerda que Jesús resucitó y regresará por nosotros. Porta un anuncio escatológico. Pablo afirma que cada vez que celebramos la cena “la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1 Corintios 11.26). No recordamos simplemente lo sucedido en el pasado. También hacemos memoria de las promesas del Señor, declarando la irrupción acabada del Reino de los Cielos, cuando Jesús regrese (Lucas 22.16).

** Es festiva

Pablo se refiere a la “nueva pascua” como una fiesta que debe ser celebrada (1 Corintios 5.8). ¡Es una fiesta de adoración, de gratitud! La palabra eucaristía significa “acción de gracias”, “gratitud”. La ceremonia de la eucaristía debe estar teñida de un espíritu de gratitud genuina. La gratitud explosiva que brota al sabernos salvos por el Señor y al recordar que él vive. En la eucaristía primitiva el tema central de la ceremonia no era la muerte de Jesús, sino su presencia viva en medio de ellos. Lamentablemente, en algunas iglesias la Cena del Señor se ha convertido en un ritual vacío, que se practica por costumbre, que ha perdido todo significado. En oportunidades se la convierte en un acto mágico. Pero el acercamiento al pan y a la copa no debería ser ritualista ni mágico. Debe ser devocional; lleno de gratitud, de fe, de alegría.

** Es testimonial

La Cena del Señor es también la mesa de la comunión, de la koinonía (1 Corintios 10.16). Es el principal testimonio público de nuestra unidad, de la naturaleza corpórea de la Iglesia. Al escribirle a los Corintios, Pablo dice: “Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan” (1 Corintios 10.17). Pablo exhorta a los creyentes de Corinto a que no participen de la Cena indignamente, sin discernir el cuerpo de Cristo (1 Corintios 11.29). Lo que pasaba en Corinto era que abundaban los pleitos, las peleas entre hermanos. Y la Cena del Señor, lejos de ser una fiesta de unidad, se había convertido en un motivo más de división. Pablo dice que antes de participar de la eucaristía debemos examinarnos a nosotros mismos, para verificar nuestro compromiso con la unidad del cuerpo de Cristo que es la Iglesia. La Cena siempre es una oportunidad de reconciliación. Al volver a experimentar el amor de Jesús, demostrado en la cruz, no podemos menos que seguir su ejemplo: amar incondicionalmente a nuestros hermanos, y contribuír así a la unidad del cuerpo.

  • El sermón

Ya que la adoración no es un monólogo, sino un diálogo con Dios, su Palabra debe hacerse oir en el culto. Debe ser proclamada en sus dos expresiones: kerigma (conjunto de verdades) y didaqué (conjunto de mandamientos). Como encuentro profético, el culto propicia un espíritu de revelación, en el que las verdades bíblicas cobran vida en el corazón de los presentes. Esta revelación pude ocurrir fuera de lo que comúnmente entendemos por sermón o mensaje. Se puede celebrar un culto sin que haya un sermón formal. Aunque nadie predique, cada asistente al culto debería poder decir al retirarse del encuentro “¡hoy Dios me habló!”. Las canciones y las oraciones deben estar impregnadas de las verdades de la Palabra. También se debería facilitar la reflexión personal, y la comunicación ordenada de palabras recibidas por los participantes, sea un texto bíblico relevante o una palabra profética. En su carta a los Colosenses, Pablo afirma: “La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría…” (Colosenses 3.16).

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Cuando la congregación es grande es difícil llevar a la práctica esta dinámica participativa de enseñanza. En grupos más reducidos, como una célula hogareña, es mucho más sencillo realizarlo (y mucho más adecuado también). Pero en el “culto grande” es importante que haya uno o varios comunicadores principales, con autoridad espiritual y aptos para enseñar, que traigan un mensaje de parte de Dios a la congregación. Lo más común es que ese comunicador sea el pastor de la iglesia, y que haya un solo sermón. Pero puede ocurrir que el mensajero sea otra persona, o que haya varios mensajes o enseñanzas en un mismo culto.

Hay diferentes tipos de sermón. Estos pueden ordenarse según su contenido o según su formato. Según el contenido, el mensaje puede tender al anuncio (proclamación del kerigma) o a la enseñanza (explicación y aplicación de la didaqué) La proclamación del kerigma puede tomar la forma de un mensaje evangelístico o de un mensaje profético (una palabra puntal para la congregación, cuyo objetivo es edificar, exhortar, concientizar, sanar o consolar) Por su parte, la enseñanza de la didaqué puede abarcar temáticas amplias, como las relaciones interpersonales, la familia, la administración, el desarrollo personal, la salud espiritual, la sexualidad, etc. Si tenemos en cuenta la forma del mensaje, existen dos grandes categorías de sermones: sermones expositivos y temáticos. En los sermones expositivos se parte de un texto bíblico puntual, para luego desarrollar su contenido y aplicarlo a las necesidades singulares de la congregación. En los sermones temáticos, el punto de partida no es el texto sino un tema dado (Ej: “El temor” o “La crisis mundial”). A partir de ese tema, se busca lo que Dios dice al respecto en su Palabra, sin necesidad de que haya un texto bíblico principal. Los mensajes expositivos suelen ser más apropiados cuando el objetivo del sermón es la proclamación (ya sea del evangelio, de un aspecto del kerigma, o de un mensaje profético), mientras que los mensajes temáticos suelen ser más apropiados cuando el objetivo del mensaje es la enseñanza. Sin embargo, esto no significa que no se pueda enseñar con un mensaje expositivo, ni que no se pueda predicar (proclamar) con un mensaje temático. La mayoría de las veces estos dos aspectos están entrelazados, y en un mismo sermón confluyen la enseñanza y la proclamación.

Hay muchísimos métodos de predicación. Pero más importante que las técnicas homiléticas que el comunicador utilice y los objetivos puntuales que fije para su ponencia, es que el sermón esté fuertemente ancaldo en la Escritura (que el mensaje sea Bíblico) y que su contenido resulte relevante para los oyentes. Ralph P. Martin comenta: “Un resultado deseable – ¡qué maravilloso sería! – es el del pastor que pudiera combinar en su persona esas partes diversas del privilegio y el deber del predicador: la parte kerigmática o evangelística, la parte didáctica o docente, la parte terapéutica o curativa y la parte profética o concientizante…”