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Curso: Una Adoración Transformadora
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Cuando Dios nos encuentra

 

 

El profeta Isaías vivió una experiencia que ejemplifica el poder transformador de la adoración. Algunos autores se refieren a la vivencia de este profeta como el drama de la adoración. En el templo, Isaías tuvo una revelación de la gloria de Dios: “En el año que murió el rey Uzias vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria. Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos. Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado. Después de oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quien irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí” (Isaías 6.1-8).

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Este pasaje enseña algunas verdades importantes:

A. La adoración se origina en Dios

Dios tomó la iniciativa y salió al encuentro de Isaías. Mediante una revelación de su santidad majestuosa, Dios despertó la admiración del profeta. Esta admiración no puede fabricarse. No es resultado de la mera imaginación. Es fruto de la revelación de Dios. La palabra revelación significa “quitar un velo”. Y eso es lo que le sucedió a Isaías: el velo que le impedía contemplar la gloria de Dios fue quitado de sus ojos. Pudo ver lo que antes no veía. Qué bueno es saber que Dios no se esconde. Él es el primer interesado en darse a conocer. Él desea revelarse. Nuestra adoración es una respuesta a esa revelación. Dios es el que toma la iniciativa en el acto adorativo. Jesús enseñó: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere…” (Juan 6:44). Juan afirma que “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4.19).

Los filósofos griegos plantearon la posibilidad de llegar a Dios por medio del razonamiento y del ocio contemplativo. Y si bien es posible arribar a un concepto vago del ser supremo apelando al intelecto, resulta imposible conocer personalmente a dicho ser a menos que él se revele primero. Por eso, el apóstol Pablo sostenía que su sabiduría no era “de este siglo, ni de los príncipes de este siglo, que perecen… Antes bien, como está escrito: cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu…” (1 Corintios 2.6-10).

B. La santidad y la gloria de Dios

Al hablar de revelación, es importante que entendamos el significado de dos palabras: Santo y Gloria.  Dios se revela a sí mismo como un Dios “Santo, Santo, Santo”. Que Dios sea Santo no significa solo que él es moralmente perfecto, que jamás peca. Claro que eso está implícito en la palabra. Pero el término,  conlleva una idea mucho más profunda y completa. Santo significa:

  • Separado
  • Distinto a todo lo conocido
  • Perteneciente a una categoría de perfección, grandeza y dignidad inimaginable, imposible de concebir o describir
  • Infinito, Incomprensible, Incontenible, Incomparable
  • Lo que solo Dios pude ser
  • “Totalmente otro”
  • Cualidad intrínseca de Dios
  • Sagrado, Trascendente

La lista podría seguir, sin llegar a abarcar completamente la semántica del término Santo. Su significado es tan amplio que la adoración celestial se caracteriza por el uso reiterado de esta sola palabra: “¡Santo, Santo, Santo!”. Ella resume toda la virtud divina, destaca la unicidad y el valor infinito de Dios. John Piper dice: “La santidad de Dios es sinónimo de su infinito valor. Los diamantes son valiosos porque son raros y difíciles de hacer. Dios es infinitamente valioso porque Él es el más raro de todos los seres y no puede hacerse ni fue hecho nunca. Si yo fuera coleccionista de tesoros raros y pudiera de alguna manera tener a Dios, el Santo, en mi colección, sería más rico que todos los coleccionistas de los más raros tesoros que existen fuera de Dios.”

 

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En el texto de Isaías 6, encontramos que los serafines se dicen el uno al otro:

 

“Santo, Santo, Santo es Señor Todopoderoso; toda la tierra está llena de su gloria”

 

Uno esperaría que el texto dijera: “Santo, Santo, Santo es el Señor… toda la tierra está llena de su santidad”. Pero no dice santidad, sino gloria. ¿Qué es la gloria de Dios? Esta es otra palabra difícil de definir. No alude a algo tangible, como una mesa o un bolígrafo. La palabra Gloria se asemeja más a palabras como hermosura, belleza, esplendor. ¿Cómo definir lo que es la belleza? No es un objeto que pueda describirse con precisión. Es más bien una virtud que debe reconocerse, vivenciarse. Se podría decir que la Gloria de Dios es su santidad manifiesta, su santidad revelada. Es la belleza de su santidad expresada públicamente, revelada de una manera que los seres humanos podamos conocerla. Es aquello que conocemos del carácter de Dios. Es lo que podemos percibir de su ser eterno y trascendente en nuestra finitud, solo porque nos fue revelado. Si la santidad de Dios estuviera representada por el sol (es decir lo que Dios es intrínsecamente), se podría decir que la gloria de Dios son los rayos, la luz, el calor que dicho sol emana.

¡Toda la tierra está llena de la gloria de Dios! Esto significa que todos los seres humanos tenemos acceso a su gloria. Todos podemos conocerlo. Existe una revelación general y universal de Dios, accesible a toda la humanidad. Dios se revela en su creación. Los cielos cuentan acerca de su gloria (Salmo 19.1). Romanos 1.19-21 dice: “… lo que se puede conocer acerca de Dios es evidente para ellos, pues él mismo se lo ha revelado. Porque desde la creación del mundo las cualidades invisibles de Dios, es decir, su eterno poder y su naturaleza divina, se perciben claramente a través de lo que él creó, de modo que nadie tiene excusa. A pesar de haber conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias…”

La revelación de la gloria de Dios tiene como propósito generar en nosotros una respuesta: ¡adoración! Adorar es responder con todo lo que somos a todo lo que Dios es, todo lo que Dios hace, y todo lo que Dios dice. Solo que algunos responden y otros no.

Cuando la adoración funciona en reversa. El versículo 21 de Romanos 1 afirma que muchas personas, a pesar de conocer a Dios, a pesar de vivir expuestos a su revelación general, no lo adoran ni le dan gracias. Por el contrario, deciden adorar a otros dioses (con minúscula), creados a su propia imagen y semejanza: “Aunque afirmaban ser sabios, se volvieron necios y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes que eran réplicas del hombre mortal…” (vs. 22-23).

De esta forma, la adoración que debería ser una respuesta natural a la revelación de la gloria de Dios, y que está destinada a transformarnos a su imagen, se desvía hacia otros receptores (ídolos tangibles o intangibles). Sigue así un camino directamente inverso: en vez de cambiarnos a nosotros a imagen de Dios, adapta a Dios a los moldes de nuestras réplicas humanas. Y una vez construidas la réplicas, nos mimetizamos con ellas (Salmo 135.15-18). Conclusión: lejos de parecernos cada vez más a Dios, nos tornamos semejantes a nuestros propios dioses con pies de barro.

C. La perfección de Dios pone al descubierto nuestra imperfección

Al vislumbrar la perfecta santidad de Dios, Isaías reconoció inmediatamente su condición de pecador. Se produjo una confrontación por contraste. Pablo afirma que “…mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen…” (2 Corintios 3.18).

 

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No importa lo elevada que sea nuestra ética personal, delante del Dios Santo, Santo, Santo, esa moral humana resulta rudimentaria, insuficiente. Más adelante Isaías dirá que nuestra justicia es como un trapo asqueroso en comparación a la justicia de Dios (Isaías 64.6). Pablo afirma que “lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres” (1 Corintios 1.25). Es imposible definir la santidad según criterios humanos. John White lo expresa con suma claridad: “… no nos percibimos a nosotros mismos tal como somos; lo hacemos más bien, en uno de dos espejos. Uno de estos espejos es el que nosotros tenemos, y Dios tiene el otro. O bien nos contemplamos en el espejo de la vanidad personal o, con más acierto, en el espejo del amor divino. Mirarnos en este segundo espejo puede ser una experiencia chocante. Pero nos transforma para siempre… si lo permitimos.”

Como dice White, exponernos al espejo revelador de la gloria de Dios puede resultar una experiencia chocante. Provoca que nos replanteemos muchos argumentos a los que nos aferrábamos. El sociólogo y filósofo canadiense Marshall McLuhan afirmaba que el único que no percibe el agua ni recapacita sobre ella, porque vive inmerso en ese elemento, es el pez. Para el pez, el agua es parte de su naturaleza, y sólo cuando es extraído de ella registra que hay algo además del líquido, otro ámbito, en el que otros seres viven y respiran. Podríamos decir que lo que le sucede al pez al salir del agua se asemeja mucho a lo que ocurre con el adorador, cuando la atmósfera del cielo desciende sobre la tierra y la gloria de Dios le es revelada. Sólo allí es capaz de registrar y reconocer sus errores, carencias e imperfecciones.

Pongamos otro ejemplo: muchas personas en América Latina viven cerca de grandes basurales. El olor en dichas zonas es nauseabundo, a causa de los desechos. Sin embargo, la gente que ha vivido allí durante mucho tiempo ya no percibe el mal olor. Se han acostumbrado. Su olfato fue perdiendo lentamente la sensibilidad. Si les preguntaran a estas personas cómo logran permanecer en ese entorno maloliente, su respuesta sería “no nos damos cuenta”. Imaginemos que repentinamente estas personas pudieran recuperar la sensibilidad de su olfato. Inmediatamente se taparían la nariz y exclamarían “¡ay, como pudimos vivir todos estos años rodeados de semejante olor putrefacto!”. Precisamente eso fue lo que le ocurrió a Isaías en el templo. Al contemplar la santidad de Dios, el profeta se dio cuenta que era un hombre inmundo de labios, y que su entorno también estaba contaminado. Su respuesta fue “¡Ay de mí! que soy muerto”.

John White afirma que cuando Dios se acerca, uno descubre cosas de sí mismo que nunca había sabido. Este acercamiento de Dios no tiene como fin abrumarnos, sino transformarnos. Dios jamás nos revela más de lo que somos capaces de asimilar. Como buen docente, no nos enseña a multiplicar hasta que primero no hayamos aprendido a sumar. Su revelación es progresiva, y tiene como objetivo perfeccionarnos a su imagen. El apóstol Pablo decía que aquellos que estamos en Cristo nos hemos despojado del viejo hombre con sus hechos (nuestra antigua naturaleza pecaminosa), y revestido del nuevo, “el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno” (Colosenses 3.10).

D. La adoración nos expone al fuego antiséptico de la presencia de Dios

Dice el pasaje que de Isaías que hicimos referencia, en respuesta a la confesión del profeta, un serafín voló hacia él con un carbón encendido del altar, y tocando con él sobre su boca le dijo “He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado”. Al adorar en espíritu y en verdad, nos abrimos al toque purificador de Dios. Como afirmaba el obispo Willam Temple: nuestra conciencia es avivada mediante su santidad, nuestra mente alimentada con su verdad, y nuestra imaginación purgada con su belleza. Somos limpios en profundidad, más allá de las impurezas superficiales que reconocíamos tener antes del encuentro con Dios. Este calibre de purificación trasciende la cosmética farisaica, que limpiaba solo lo externo y visible. No la produce nuestra determinación o celo religioso por hacer lo bueno, sino la gracia de Dios derramada. Se recibe como un don. Es la consecuencia natural de exponernos al fuego antiséptico de su presencia, que consume toda escoria en nuestra vida. Hebreos 12.28-29 dice: “… adoremos a Dios como a él le agrada, con temor reverente, porque nuestro Dios es fuego consumidor”.

¿Qué es lo que consume el fuego consumidor de Dios? Consume a sus competidores. Consume aquello que compite con él por el gobierno de nuestro corazón. Consume las diferentes alternativas que se nos presentan en materia de adoración, los muchos ídolos que quieren capturar nuestro corazón y que inclinemos nuestras rodillas ante ellos. Consume aquellas cosas, materiales e inmateriales, que aparentan ser más atractivas y placenteras que Dios mismo: dinero, poder, bienestar, sexo, gloria humana, prestigio, etc. Dios desea una adoración exclusiva. Él no comparte su gloria con nadie. Su amor es celoso, no porque tenga una personalidad enfermiza o posesiva (como solemos entender los celos humanos), sino porque sabe que solo en él y solo por él podemos ser verdaderamente felices. El celo de Dios nace de su amor por nosotros, no de una actitud egocéntrica e insegura.

E. En la adoración nuestro corazón se alinea con el de Dios

La purificación que experimentamos al adorar en espíritu y en verdad no se limita solo a pecados o conductas que Dios nos ordena dejar. También incluye acciones que él nos impulsa a emprender. Al adorar, nuestro corazón comienza a palpitar al ritmo del corazón de Dios. Comenzamos a aborrecer lo que él aborrece. Y comenzamos a desear lo que él desea. Nuestros anhelos e intereses se amoldan a los suyos. Una vez limpio de su pecado, Isaías escuchó la voz de Dios preguntando “¿A quién enviaré, y quien irá por nosotros?” Su respuesta fue “¡Heme aquí!”.

Solo el amor perfecto de Dios nos capacita para amar plenamente a aquellos que nos rodean. Dice Juan que el perfecto amor de Dios echa fuera el temor de nuestra vida (Juan 4.18). El temor produce que vivamos centrados en nuestras propias necesidades. Pero al adorar, y al recibir el amor perfecto de Dios, ese temor desaparece, se desvanece. Y entonces percibimos a nuestro prójimo. Ya no vivimos centrados en nosotros. Ahora podemos ver las necesidades de aquellos que nos rodean, creyendo que en Dios tenemos los recursos para satisfacerlas.Fue esta experiencia de adoración en el templo la que activó el ministerio profético de Isaías. A partir de ese día, Isaías ya no vivió más centrado en sí mismo, sino en Dios y en la misión que le fue encomendada en su presencia.

El principio es el siguiente: la verdadera adoración siempre nos impulsa a la misión. Juan decía que no podemos sostener que amamos a Dios si aborrecemos a nuestro hermano (Juan 4.20). Amar a Dios y amar al prójimo son dos caras de la misma moneda. Estar con Dios nos moviliza a servir más y mejor a nuestro mundo necesitado. La adoración no es un escapismo pasivo. Es estar en la presencia Dios, aprendiendo a amar a aquellos que nos rodean.

En Amos 5.21-24, Dios declara que él abomina la adoración divorciada del servicio al prójimo: “Aborrecí, abominé vuestras solemnidades, y no me complaceré en vuestras asambleas. Y si me ofreciereis vuestros holocaustos y vuestras ofrendas, no los recibiré, ni miraré a las ofrendas de paz de vuestros animales engordados. Quita de mi la multitud de tus cantares, pues no escucharé las salmodias de tus instrumentos. Pero corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo”.

Este pasaje es muy fuerte. Enseña que Dios repudia la adoración que no produce justicia social. No dice que el culto comunitario a Dios (vuestras asambleas) sea esencialmente malo. Lo que afirma es que la adoración que no se materializa en actos concretos de amor, servicio y justicia hacia los más necesitados, la adoración que no nos mueve a servir más y mejor a nuestro prójimo, la adoración que no nos impulsa a predicar el evangelio, ¡para Dios es solo un ruido molesto! En tiempos de Amós los cultos eran maravillosos (acorde a los estándares litúrgicos de aquella época). Abundaban los sacrificios, la música y las canciones alegres. Lo que escaseaba era la justicia. Los trabajadores eran explotados y había corrupción e injusticia en todos los órdenes sociales.

Tan cierto como que la adoración cristiana (a diferencia de los cultos paganos), no intenta alimentar a Dios con acciones piadosas, es el hecho de que nuestras buenas obras son siempre una expresión de verdadera adoración. Jesús enseñó que en el día final, su criterio de juicio será “Heredad el reino… porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber… Apartaos de mí… porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber” (Mateo 25.34-42). ¿Cuál es el hambre y la sed de Dios? Es el hambre y la sed que padecen los marginados, los heridos, los más carenciados. Es su amor por un mundo perdido.

 

Cuando los discípulos regresaron de una gira misionera, en la que sanaron a muchos enfermos y liberaron a muchos endemoniados, le contaron a Jesús todo lo ocurrido. Y él se gozó en el Espíritu al escuchar ese informe (Lucas 10.21). Si pensamos en la adoración como aquello que hacemos para provocar alegría en el corazón de Dios, entonces la mejor ofrenda de adoración que podemos ofrecerle es el cumplimiento fiel de la comisión que nos encomendó: ir y predicar el evangelio, sanando enfermos y echando fuera demonios. Dijo Jesús que hay fiesta en los cielos por un pecador que se arrepiente. La verdadera adoración no procura fabricar una fiesta terrenal, para nuestro agrado o entretenimiento, sino que provoca una fiesta en el cielo, que luego se traslada aquí a la tierra.