Hoy en día la mayoría de las personas (al menos en occidente) confiesan ser creyentes. Afirman creer en la existencia de Dios y de Jesús. Muchos oran y asisten a diferentes iglesias. Pero la fe que profesan no tiene ninguna injerencia concreta en su vida de todos los días. Muchas personas van al culto, cantan canciones de alabanza, aplauden, oran, levantan sus manos, se arrodillan, ofrendan, escuchan el sermón y se muestran muy conmovidas en medio de la liturgia. Pero sus vidas nunca terminan de cambiar. Están estancadas en la monotonía fría o el emocionalismo infértil de la religión. Las palabras del profeta Isaías describen de manera nítida esta realidad: “Este pueblo me alaba con la boca y me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Su adoración no es más que un mandato enseñado por hombres” (Isaías 29.13 NVI).
Ya señalamos que en tiempos de Isaías el templo se llenaba. La gente participaba activamente de las reuniones y hacían todo lo esperado dentro del sistema cúltico: cantar, ofrendar, leer, orar, etc. Sin embargo, su verdadera religión era el ateísmo práctico. Creían en Dios, pero vivían en el día a día como si él no existiera. No había adoración genuina. Solo realizaban rituales vacíos, de manera mecánica, tal como les habían enseñado. Con sus labios adoraban a Dios, pero su estilo de vida reflejaba otras prioridades: dinero, afán por el éxito, bienestar personal, confort, reconocimiento público. Allí estaba su corazón, y allí estaba su verdadera adoración.
Por eso, no basta con creer en Dios. Adorarlo significa creerle y obedecerlo. Implica someterse a él. La palabra sumisión se define de la siguiente forma: “ceder ante la autoridad de manera habitual”. No nos gusta esa palabra. Es fácil obedecer cuando estamos de acuerdo con lo que la persona en autoridad nos pide. El problema surge cuando no estamos de acuerdo. Allí es probada nuestra sumisión. En ese momento deberíamos decir: “aunque no entiendo por qué Dios me pide esto, aunque no tengo ganas de hacer lo que me manda, aunque todo adentro mío grita que no lo haga, sin embargo lo voy a hacer. Dios es mi Rey y yo su súbdito, Dios es mi Papá y yo su hijo. ¡Él sabe lo que es mejor para mí! Punto”.
Watchman Nee (1903-1972, China, Secretos del poder espiritual y otros) entendía bien que adoración es sinónimo de sumisión. Él escribió: “Si deseamos ser auténticos adoradores de Dios, ha de llegar un día en nuestra vida en que tomemos conciencia de que conocerle únicamente como a nuestro Padre y a nosotros como sus hijos, resulta totalmente inadecuado. Necesitamos conocer a Dios como Dios, y a nosotros mismos como sus siervos sumisos. Hasta que esta revelación no entre en nuestro interior, no podremos adorar a Dios en verdad. Hasta que no encontremos a Dios como Dios, no podremos inclinarnos ante él. No, hasta que no advirtamos que somos sus súbditos. Este es el conocimiento que engendra la adoración.”
En la Biblia leemos que Abraham pudo acceder a la categoría de amigo de Dios por su disposición absoluta a creerle y obedecerlo. Él creyó en su promesa de que lo llevaría a una tierra mejor, y obedeció: dejó su lugar de residencia y emprendió un viaje arriesgado. Creyó en su promesa de que le daría una gran descendencia, y obedeció disponiéndose a sacrificar a su hijo Isaac, aún en contra de toda lógica humana. ¡Se sometió!

Dice la Biblia que “Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios” (Santiago 2.23). La fe verdadera siempre nos mueve a la sumisión. Y someterse es confiar. Cuando una persona se sienta en una silla, confía en que la silla es lo suficientemente fuerte para sostener su peso corporal. Del mismo modo, debemos creerle en Dios y obedecerlo, no solo porque él lo pide, sino como una muestra de nuestra absoluta confianza en quién es él. Él es bueno, perfecto en amor. Jamás nos va a pedir algo que traiga consecuencias negativas a nuestra vida. ¡Todo lo contrario! Abraham confió en el carácter de Dios, y obedeció cuando le ordenó que sacrificara a su hijo. Aunque Abraham no entendía a dónde lo quería llevar Dios con ese pedido ilógico, él estaba absolutamente convencido de que Dios era bueno, y que jamás lo llevaría a un lugar de tristeza y maldición. Y simplemente obedeció.
La voluntad de Dios es siempre lo mejor para nuestra vida. Desobedecer a Dios significa descreer de su carácter bondadoso. Por eso, Pablo afirma que “…todo lo que no proviene de fe, es pecado” (Romanos 14.23). Tener fe es confiar. Y si esa confianza no se transforma en obediencia, entonces nunca existió verdadera fe. En el mismo párrafo en el que se refiere a Abraham como amigo de Dios, el apóstol Santiago dice: “…la fe sin obras es fe muerta” (Santiago 2.26). Temer a Dios significa confiar en él y tomar bien en serio su Palabra, es decir, creerle y obedecerlo.
Nuestra sumisión no debería nacer del miedo al castigo divino. El juicio de Dios es una realidad, y haríamos bien en obedecerlo al menos por temor. Pero Dios quiere que nos sometamos a él movidos por el amor. Él no es un dictador autoritario, sino un Padre perfecto en amor, en quién podemos confiar. Podemos tener completa seguridad de que su voluntad es siempre lo mejor para nuestra vida. El verdadero motor de la sumisión no es el miedo al castigo, sino la fe, la confianza absoluta en el amor de Dios.
Las palabras de Jesús a sus discípulos resumen a la perfección este principio: “vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Juan 15.14). Cristopher Shaw cuanta acerca de Jorge Muller, el fundador de incontables orfanatos, y lo pone como un ejemplo contemporáneo de alguién que confió en Dios y obedienció radicalmente sus órdenes:
La gente que lo escuchaba se maravillaba del gran compromiso que tenía este hombre. Muller les enseñaba, sin embargo, que él no había hecho nada extraordinario. Simplemente escogió creer las promesas del Señor cada día de su larga vida. Había hecho lo que se le pide a todo el que cree en Cristo, y eso no tiene ningún mértito en el Reino. Fue, en última instancia, nada más que un siervo inútil (Lucas 17.9-10).
Ya nos referimos al encuentro personal que el apóstol Pablo tuvo con Jesús, camino a Damasco. Fue un encuentro muy fuerte, al que le siguieron experiencias espirituales envidiables, como por ejemplo ¡ser arrebatado hasta el tercer cielo! (2 Corintios 12.2). Sin embargo, en sus últimos días, ya anciano, Pablo seguía procurando conocer a Dios: “no que lo haya alcanzado ya… a fin de conocerle… olvido lo que queda atrás y me extiendo a lo que está adelante… prosigo a la meta” (Filipenses 3.7-16). Son expresiones de un hombre que entendía que Dios es infinito, inagotable; un hombre que anhelaba fervientemente conocerlo cada día más.
Nuestro conocimiento de Dios no es puntual ni estático, sino continuo, dinámico. Oseas 6.3 dice “Y conoceremos, y proseguiremos en conocer a Jehová”. Hace ya 15 años que conozco a mi esposa Valeria, pero sigo conociéndola todos los días. Siempre hay nuevas y hermosas facetas de Valeria por descubrir. Lo mismo ocurre en nuestra relación con Dios. Muchas personas dicen “yo conocí a Dios hace veinte años… en aquella reunión en la que le entregué mi vida…”. Y allí se han quedado. Olvidan que Dios es alguien, no algo. Él es una persona. Una persona infinita, inagotable, cuya hermosura y profundidad no tienen límites.
Los verdaderos adoradores se esfuerzan por explorar las fuentes profundas que hay en Dios. Jonathan Edwards decía que “las personas no necesitan y no se les debería establecer ninguna limitación a sus apetitos espirituales… No existe la virtud de la moderación en un banquete espiritual”. John Piper se refiere a la adoración como “nuestra jubilosa fiesta en el banquete de la gloria de Dios”, y sugiere que deberíamos desarrollar un sano hedonismo cristiano (dando a entender que Dios debería ser lo más deseable y placentero de nuestra vida).
A éste deseo por conocer cada día más a Dios, comunmente se lo denomina sed espiritual o hambre espiritual. David decía “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, Así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo…” (Salmo 42.1-2).
Uno de los términos que se utiliza en el Antiguo Testamento para referirse a la adoración, es la palabra hebrea Bakash. Bakash significa “buscar el rostro del Señor”, “anhelar fervientemente”. Dice el Salmo 24.6: “Tal es la generación de los que le buscan, de los que buscan tu rostro, oh Dios”. Es interesante notar que la raíz de este verbo aparece la mayoría de las veces en su forma intensiva pi´el. El verbo hebreo no expresa el tiempo en que la acción fue realizada (ej: pasado, pasado imperfecto, presente, futuro, etc.), sino la forma en que la acción se desarrolla. La forma pi´el es la forma intensiva. Es decir, la acción se lleva a cabo con intensidad, con alevosía. Bakash significa buscar a Dios desesperadamente. No es una búsqueda liviana y superficial, sino intensa, profunda. Es un anhelo ferviente por estar con Dios y conocerlo más.
Grandes hombres de fe han registrado, a lo largo de la historia, las plegarias apasionadas con las que elevaban sus corazones ardientes a la presencia de Dios. Son oraciones que muestran un desesperado hambre espiritual. Algunas de estas súplicas fervientes las escribió el notable misionero entre los indios americanos David Breinard. En una de ellas, Breinard clama: “¡Oh, si mi alma estuviera envuelta en el amor divino, y mis anhelos y deseos de Dios aumentaran! ¡Oh, bendito Dios mío!, déjame subir hasta cerca de ti, y amar, y desear e implorar, y luchar y extenderme hacia ti… Pasé mucho tiempo en oración esta mañana y gocé de mucha dulzura. Sentí insaciables anhelos de Dios durante gran parte del día…Tuve los anhelos más ardientes de Dios que he sentido nunca en la vida. Al mediodía, en mi retiro secreto, no pude hacer nada más que decirle a mi querido Señor, en una dulce calma, que no tenía ningún deseo excepto Él; nada, sino la santidad.”
¡Este es el clamor de un verdadero adorador! Un nuevo apetito
En el Salmo 63 hallamos la plegaria por más de Dios de otro gran adorador, David: “Oh Dios, tú eres mi Dios; yo te busco intensamente. Mi alma tiene sed de ti; todo mi ser te anhela, cual tierra seca, extenuada y sedienta” (vs. 1).
Aquí encontramos a David buscando a Dios intensamente. Y es interesante notar que David no busca a Dios porque no lo conoce, sino todo lo contrario. Lo busca justamente porque lo conoce. El salmo comienza diciendo “Oh Dios, tú eres mi Dios…”. No se refiere a un Dios en general, un Dios abstracto y lejano, sino a “mi Dios”. Habla de un Dios cercano y personal, a quien conocía íntimamente. ¿A cuantas personas cercanas podemos dirigirnos utilizando el pronombre posesivo mi? Únicamente a los más cercanos: nuestra esposa, nuestros hijos o nuestros amigos más íntimos.
Todos los seres humanos buscan a Dios de alguna forma, sean conscientes o no de esa búsqueda. Pero no todos lo buscan de la forma que está expresada en este salmo. En tiempos del apóstol Pablo los griegos buscaban a Dios, y levantaron un altar en honor “al Dios no conocido” (Hechos 17.23). Ellos buscaban a Dios en lo general, pero no tenían un conocimiento de Dios en lo particular (como sí lo tenía Pablo). Percibían su vago apetito espiritual, pero no era el tipo de hambre que provoca haber probado el verdadero pan de vida: Jesús. David no dice “Dios que existe en alguna parte… te busco intensamente”. Él clama: “Dios, mi Dios, el Dios que conozco, el que ya he encontrado, el que ya he experimentado… te busco intensamente”.
En ninguna parte de la Biblia se enseña que encontrar a Dios sea el resultado de haberlo buscado . Todo lo contrario: ¡lo buscamos porque primero lo hemos encontrado! (en realidad él nos encontró a nosotros). La manera de saber si realmente hemos sido encontrados por Dios, es observar nuestro nivel de apetito espiritual. El “sentido de necesidad divina” es una evidencia de que hemos tenido un encuentro genuino con Dios, que hemos gustado de él. Nadie puede exclamar “¡cómo deseo comer carne asada!” a menos que haya probado un delicioso bife asado en el pasado. Al conocer a Dios en lo particular, es decir, al tener un encuentro personal con él, se activa en nosotros un nuevo apetito espiritual, totalmente distinto al deseo vago que puede manifestar alguien que jamás lo experimentó.
No podemos adorar “en espíritu y en verdad” a menos que este apetito esté activo dentro nuestro. Las personas tratan de escapar del Dios particular. Prefieren al Dios general. De esa forma dejan medianamente satisfecha su conciencia religiosa. El hombre inventó la religión para mantener a Dios a una distancia prudencial, controlable. Deseamos que Dios se acerque, pero no tanto, ya que resultaría comprometedor, peligroso. Hoy en día muchas personas buscan una espiritualidad a su medida: bien amplia, que no los confronte con su verdadera condición, y mucho menos con la necesidad de un cambio radical en su estilo de vida. Buscan un dios, pero no a Dios en lo particular. Cuando ese Dios general se hace particular, y entonces podemos afirmar “oh Dios, tú eres mi Dios”, comienza nuestro caminar como verdaderos adoradores.