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Curso: Una Adoración Transformadora
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¿Qué es la adoración?

 

Consideremos tres aproximaciones al significado de la adoración:

 

A. Adoración como APRECIO MÁXIMO

Apreciar algo o a alguien significa reconocer su gran valor. Adoramos a Dios cuando lo apreciamos como lo más valioso, lo más caro de nuestra vida.

El diccionario enciclopédico Espasa Calpe define la palabra adoración como amor extremado, y el verbo adorar como “reverenciar con sumo honor o respeto a un ser … gustar de algo extremadamente”.

Keith Miller (The Taste of the New Wine. Waco: Words Books, 1965) sugiere que la adoración es “el objeto de atención más intensa en la vida de una persona”. La palabra que en español se indica como adoración, es el vocablo anglosajón worship, que significa “atribuir valor a un objeto o persona”.

Basándonos en estas definiciones, nuevamente inferimos que todo ser humano necesariamente adora algo o a alguien. Todo lo que hacemos incluye un acto de adoración, aún las tareas más triviales de la vida cotidiana. Cuando Dios es el valor supremo en nuestra vida, recibe nuestra mayor atención, rige nuestras decisiones y define nuestro estilo de vida, entonces nos convertimos en sus adoradores. Cuando otras cosas o personas constituyen nuestro valor máximo, al punto de merecer nuestra mayor atención, regir nuestras decisiones y definir nuestro estilo de vida, entonces nos transformamos en adoradores de esas cosas o personas (seamos conscientes de ello o no). [pullquote style=”left”]La idolatría consiste en hacer girar nuestra vida alrededor de cosas o personas que no son Dios. Es adoración mal orientada. [/pullquote]Rebecca Pippert  describe con claridad la naturaleza de la adoración, bien o mal dirigida: La persona que busca poder es controlada por el poder. La persona que busca aceptación es controlada por las personas a las que quiere agradar. Nosotros no nos controlamos a nosotros mismos. Somos controlados por el Señor de nuestras vidas.

  • Santificar el nombre de Dios

Jesús enseñó a orar de la siguiente forma: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre” (Mateo 6.9). Santificar el nombre de Dios significa atribuirle a él, y solo a él, el valor último en nuestra vida (y por consiguiente el poder para controlarla). Santificar algo, o a alguien, significa considerarlo lo más sagrado, lo absoluto, lo supremo.

Dice Isaías 8.13: “Sólo al Señor Todopoderoso tendrán ustedes por Santo, sólo a él deben honrarlo, sólo a él han de temerlo” (NVI). Cuando Isaías exhortó al pueblo judío con estas palabras, ellos temían una inminente invasión de sus enemigos. No valoraban a Dios como el Todopoderoso, sino a sus enemigos como los todopoderosos. Los tenían en altísima estima, e inconcientemente los adoraban (aunque no les prendieran velas, ni les cantaran canciones de alabanza). Se sentían intimidados por sus enemigos, y de esa forma permitían que ellos controlaran sus vidas: su estado de ánimo, su conducta, sus decisiones. El valor más sagrado para los judíos en aquel entonces no era Dios, sino sus enemigos y el temor que ellos les infundían. Por eso Dios les dice: “¡Santifíquenme!, considérenme a mí y solo a mí Santo y Todopoderoso… Ténganme a mí en altísima estima… ¿Acaso no soy más grande y más fuerte que sus enemigos?”

Lo curioso es que a Dios no lo podemos sobrestimar. El pensamiento más noble y elevado que tengamos acerca de él, jamás estará a la altura de su grandeza. ¡Él es infinitamente grande! El Rey David, a diferencia de los judíos en tiempos de Isaías, sí santificaba a Dios: “Muchos son, Señor, mis enemigos; muchos son los que se me oponen, y muchos los que de mí aseguran: ´Dios no lo salvará´. Pero tú, Señor, me rodeas cual escudo; tú eres mi gloria; ¡tú mantienes en alto mi cabeza! Clamo al Señor a voz en cuello, y desde su monte santo él me responde. Yo me acuesto, me duermo y vuelvo a despertar, porque el Señor me sostiene. No me asustan los numerosos escuadrones que me acosan por doquier” (Salmo 3.1-5).

¿Cómo sabemos que lo más caro para David era Dios? ¿Cómo sabemos que realmente lo santificaba? Sencillo: podía dormir tranquilo a la noche, ¡aún cuando una multitud de enemigos lo rodeara! David valoraba a Dios de verdad. Para él Dios era tan grande, que cualquier enemigo humano parecía pequeño y débil comparado con su grandeza y poder.

  • Adoración y Alabanza

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Hay una diferencia entre la palabra adoración y la palabra alabanza. La alabanza es solo la expresión audible de nuestra adoración, la verbalización de nuestro aprecio a Dios. El verbo alabar significa elogiar, hablar positivamente de alguien, destacar las virtudes de una persona. Si un hombre afirma “mi esposa es hermosa”, la está alabando. Ese elogio es solo la expresión audible, la manifestación externa de una realidad interna: la valoración de su mujer. De esta distinción se desprenden tres verdades:

1. Podemos adorar algo, o a alguien, sin necesariamente alabarlo.

Ese fue el caso de Judá en tiempos de Isaías. Ellos no elogiaban públicamente a sus enemigos. No los aplaudían. No les cantaban canciones de alabanza. No vitoreaban su poder. Pero internamente los sobrestimaban. A tal grado que sus vidas eran controladas por el temor que sus enemigos les infundían, en vez de regirse por la paz de Dios. Lo más caro para aquellos judíos eran sus enemigos, no Dios.

2. Podemos alabar algo, o a alguien, sin necesariamente adorarlo.

En tiempos de Isaías el templo se llenaba. La gente participaba fielmente de las reuniones, y hacía todo lo “cúlticamente correcto”: cantar canciones de alabanza, elogiar a Dios, ofrendar, orar. Sin embargo, no había adoración genuina detrás de esas expresiones externas. Eran solo rituales vacíos. Con sus labios alababan a Dios, pero su estilo de vida reflejaba otras valoraciones. Sus verdaderas prioridades eran el dinero, el afán por el bienestar personal, el reconocimiento público, etc. Allí estaba su corazón, y allí estaba su adoración. Por eso, Dios vuelve a exhortarlos por medio del profeta:
Este pueblo me alaba con la boca y me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Su adoración no es más que un mandato enseñado por hombres” (Isaías 29.13 NVI).

El Nuevo Testamento narra un episodio que demuestra como es posible alabar a Dios, sin necesariamente adorarlo. Es el encuentro de Jesús con un joven rico (Lucas 18.18). Este joven se acercó a Jesús con una alabanza en sus labios: “¡maestro bueno!”. Pero Jesús rechazó ese halago. Su respuesta fue “¿por qué me llamas bueno?”. Jesús quería transformar a este mero “alabador lisonjero”, en un verdadero adorador. Quería librarlo del verdadero dios de su vida, que era el dinero. Por eso le dijo: “vende todo lo que tienes y repártelo entre los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme”. Lamentablemente, el hombre no obedeció este mandato de Jesús, ya que su valoración del dinero era altísima. Era un gran adorador de mamón (el dinero), aunque dirigiera hermosos elogios a Jesús.

3. Nuestra adoración a Dios debe expresarse en múltiples formas, incluída la alabanza.

La alabanza no es la única expresión de adoración. Dijimos que podemos adorar algo, o a alguien, sin necesariamente alabarlo. Podemos adorar sin palabras, en silencio, postrados, a través de actitudes, pensamientos, ofrendas, actos de amor, etc. De hecho, éstas son las maneras más comunes de adorar, ya que la adoración es una valoración interna que nos acompaña las 24 horas del día, aunque no estamos todo el día repitiendo “Dios es Santo”, “Dios es Bueno”, “Dios es Fiel”. Todo lo que pensemos, hagamos o digamos, en tanto refleje la supremacía de Dios en nuestra vida, constituye un acto de adoración. Por eso, nuestra adoración a Dios debe expresarse también a través de la alabanza, es decir, a través de canciones u oraciones que elogien los atributos de Dios y sus obras de amor. La alabanza es solo una de muchísimas otras formas de adoración. Es nuestra admiración por Dios verbalizada, nuestra gratitud a él y nuestro amor por él expresado en palabras.

[pullquote style=”right”]Recapitulemos: adorar algo, o a alguien, significa valorarlo y amarlo con tal intensidad, que el objeto de nuestra adoración determina completamente nuestra experiencia de vida: nuestros pensamientos, actitudes, deseos, hábitos, estados de ánimo, prioridades y decisiones.[/pullquote]

 

  • La adoración expresada integralmente

El acto apreciativo que llamamos adoración es mucho más que un simple ejercicio intelectual. Al atribuirle a Dios valor, también le otorgamos poder sobre nuestra vida. Y esto afecta de manera directa las emociones y nuestra conducta toda. La verdadera adoración es una experiencia integral, que nos transforma por completo. Este principio lo vemos expresado en el Salmo 95. Allí encontramos tres llamados a la adoración (vs.1, 6 y 8):

** “Vengan, cantemos con júbilo al Señor; aclamemos a la roca de nuestra salvación. Lleguemos ante él con acción de gracias; aclamémoslo con cánticos” (vs. 1-2). En estos primeros versículos se destaca el aspecto emocional de la adoración. Se habla de júbilo, de aclamaciones, de canciones, de música. Pero la experiencia adorativa no acaba en la órbita emocional.

** “Vengan, postrémonos reverentes, doblemos la rodilla ante el Señor nuestro Hacedor” (vs. 6). Aquí se utiliza el lenguaje de la sumisión. La adoración involucra también la esfera volitiva, nuestra voluntad. La vivencia de adoración, sin embargo, tampoco se restringe a esta área.

** “Si ustedes oyen hoy su voz, no endurezcan su corazón…” (vs. 7-8). En estos versículos se apela a la razón, a la mente. Tanto la mente, las emociones, como la voluntad, intervienen y son transformadas al adorar. Las tres esferas se ven afectadas por el acto espiritual llamado “adoración”, a través del cual le atribuimos a Dios el valor supremo en nuestra vida.

El versículo 3 del Salmo 95 dice que tenemos que adorar a Dios emotivamente “Porque el Señor es el gran Dios, el gran Rey sobre todos los dioses”. El énfasis está puesto en la palabra porque. El salmista intenta destacar el carácter de Dios, magnificar su persona, su valor, su grandeza. El versículo 7 dice que tenemos que adorar a Dios con sumisión voluntaria “Porque él es nuestro Dios y nosotros somos el pueblo de su prado…”. Nuevamente lo que le interesa al salmista es enfatizar quién es Dios.

Para expresarlo en términos sencillos, el compositor aplica un “zoom” a Dios. Intenta acercarlo para que los adoradores puedan apreciar su valor y corresponder a él con emociones, voluntad y mente. El salmista registra un inventario de las excelencias de Dios, las enumera y reflexiona sobre ellas. Las declara contemplativamente para que se genere un “estallido de adoración” dentro de las personas a las que está liderando. La adoración no es una rutina apática. ¡Es una respuesta explosiva! Adorar es responder con todo lo que somos a todo lo que Dios es, a todo lo que Dios hace, y a todo lo que Dios dice.

La dinámica de la adoración puede compararse con lo que sucedería con el dueño de una antigua joya, que heredó de sus padres, sin conocer su verdadero valor. Un día este hombre decide averiguar cuánto vale su diamante, y lo lleva a una joyería. El joyero lo limpia, le saca brillo, lo examina con cuidado, y le informa al hombre que su antiguo diamante vale alrededor de ¡diez millones de dólares!. ¿Cómo reaccionaría este afortunado heredero al escuchar esa noticia? Seguramente su corazón empezaría a palpitar fuerte, sus emociones se verían afectadas, su mentalidad cambiaría, y toda su vida experimentaría un drástico giro a partir de ese instante. Ese momentum transformador se originó al descubrir el verdadero valor de su joya. Fue el resultado de haberle atribuido al diamante la importancia que realmente ameritaba. Lo mismo ocurre en la experiencia de adoración. Al atribuirle a Dios el valor supremo de nuestra vida, todo nuestro ser es transformado para bien.

 

B. Adoración como POSTRACIÓN INTEGRAL

Solemos asociar la palabra adoración con formas cúlticas, canciones, posturas físicas y elementos litúrgicos. Pero Dios mira mucho más allá de estas expresiones externas. El mira lo interno, mira nuestro corazón. De hecho, Jesús enseñó que el Padre busca adoradores, no adoración. Dice Isaías 66.2-3: “Yo estimo a los pobres y contritos de espíritu, a los que tiemblan ante mi palabra. Pero los que sacrifican toros son como los que matan hombres; los que ofrecen corderos son como los que desnucan perros; los que presentan ofrendas de grano son como los que ofrecen sangre de cerdo, los que queman ofrendas de incienso son como los que adoran ídolos”

El pasaje menciona algunas expresiones de adoración que eran comunes en aquel entonces: sacrificios, ofrendas de animales, incienso encendido. Pero afirma que ninguna de esas prácticas externas es estimada por Dios, a no ser que vaya acompañada de un espíritu contrito y una disposición a la obediencia. ¡Eso es lo que cuenta para Dios!.

El evangelio de Juan registra el diálogo de Jesús con una mujer que creía que la adoración era un asunto de ritos y lugares de culto. Ella le preguntó a Jesús dónde se debía adorar, pero él le contestó cómo se debía adorar:
la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre… la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4.21-24).

 

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Me gusta la manera en que Ignacio Larrañaga parafrasea este encuentro de Jesús con la mujer samaritana:
Entre disgresiones y desviaciones del tema general, Jesús vino a decir: Mujer, vosotros los samaritanos decís que es en la cumbre del Garizim donde se debe adorar al Padre. Los judíos, por el contrario, replican diciendo que es el templo de Salomón el lugar de la adoración. Yo, a mi vez, te digo: ni aquí ni allí. En otro templo, hija mía. Mira: Dios es espíritu; tú no eres espíritu pero tienes espíritu por haber sido plasmada a imagen y semejanza de Dios; eres portadora de un aliento divino e inmortal. Ahora bien, si Dios es espíritu y tú tienes espíritu, es el espíritu el verdadero lugar del encuentro con el Padre. Los verdaderos adoradores, de ahora en adelante, deben adorarlo “más allá” de los ritos, templos, ceremonias y palabras: lo harán en espíritu y verdad. Son éstos los adoradores que el Padre necesita y desea.

La palabra que Jesús usó para referirse a adoración, en este diálogo con la mujer samaritana, es el término griego proskuneo. En su diccionario, W.E. Vine afirma que este vocablo significa “Obedercer, reverenciar a (de pros: hacia, y kuneo: besar) en un acto de homenaje y reverencia”. En el contexto griego de adoración a los dioses, proskuneo implicaba una postura física. Significaba tenderse en el suelo, postrarse o arrodillarse con el fin de besar la tierra (identificándose con el polvo) Este gesto manifiesta una postración interior, la rendición total de nuestra voluntad a Dios, un ego doblegado, obediente. El Salmo 2, un salmo mesiánico, nos exhorta a “honrar al Hijo…” (vs. 12). Otra traducción posible del verbo honrar es besar, en el sentido de dar homenaje en pureza. El significado de esta palabra es similar al del griego proskuneo, es decir, homenajear con devoción sincera.

El apóstol Pablo afirma que la verdadera adoración comienza con la entrega voluntaria de nuestro cuerpo a Dios:
“Por lo tanto, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro verdadero culto” (Romanos 12.1). Refiriéndose a este pasaje, John White (Atrévete a ser santo. Buenos Aires: Ediciones Certeza, 1998), comenta: “Entregar nuestro cuerpo a Dios como sacrificio vivo constituye un “acto de adoración espiritual”. Todo lo que usted es y hace, lo hace en y con el cuerpo. Piensa con su cuerpo, porque el cerebro es parte de su cuerpo. No puede dejarlo atrás. Ofrecer su cuerpo a Dios, por lo tanto, es entregarle todo lo que hace o piensa o dice, desde el acto de higiene más elemental y necesario hasta las actividades más sublimes y gloriosas en las que participa. Entregar su cuerpo a Dios es renunciar a todo lo que usted es y tiene.”

Dice el apóstol Juan: “…este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos…” (1 Juan 5.3). La adoración en espíritu y en verdad a la que se refería Jesús es la obediencia nacida de un amor sincero a Dios, la totalidad de nuestro ser rendido a él, en respuesta a su gracia.

En el Antiguo Testamento, la principal palabra hebrea que se traduce como adoración es shachah. En el Salmo 138.2 este término sugiere una postración reverencial ante la santidad divina: “Me postraré hacia tu santo templo… Porque has engrandecido tu nombre, y tu palabra sobre todas las cosas”. La adoración es una respuesta humilde ante la superioridad de Dios. Es postrarnos reconociéndolo Rey de nuestra vida y de todo lo creado.

 

C. Adoración como RELACIÓN TRANSFORMADORA

La adoración no es difícil de entender. Es tan simple que los verdaderos especialistas en la materia son los niños. Jesús dijo “De la boca de los niños y de los que maman perfeccionaste la alabanza” (Mateo 21.16). No es necesario ser un erudito en teología para adorar correctamente. Alcanza con un corazón que en verdad ama a Dios. Es difícil elaborar una definición precisa del término adoración. Ya que adorar es una experiencia, la única manera de entender su significado es participando de ella, es decir, adorando. ¡No se puede aprender a adorar a través de un libro! E. M. Bounds ( http://www.centraldesermones.com/estudios-biblicos/1573-la-oracion) escribió: La definición de adoración no se encuentra en ningún punto específico de toda la Biblia. En todas partes advertimos que es más importante y más urgente la adoración de hombres, que la adquisición de habilidades en la didáctica homilética de la adoración… La adoración es la mejor escuela donde aprender a adorar, el mejor diccionario para definir el arte y la naturaleza de la adoración… La adoración, como el amor, es demasiado etérea y celestial para ser sostenida por los fríos andamiajes de las definiciones.

Se podría decir que adorar a Dios significa conocerlo y amarlo por encima de cualquier otra cosa. Una de las definiciones de adoración más hermosas que se hayan escrito, la elaboró el obispo Willam Temple: Adorar es avivar la conciencia mediante la Santidad de Dios, alimentar la mente con la verdad de Dios, purgar la imaginación con la belleza de Dios, dedicar la voluntad al propósito de Dios… Todo esto se une en la adoración, el sentimiento menos egoísta que el ser humano es capaz de experimentar, y por tanto, el principal remedio para el egocentrismo que es nuestro pecado original. (William Temple, 1881 – 1944, fue Obispo en Inglaterra, en Manchester, York y Canterbury)

El deseo eterno de Dios ha sido, y sigue siendo, entablar una relación personal y amorosa con cada uno de nosotros. De tapa a tapa la Biblia narra su incansable búsqueda de nuestro corazón. Cuando Jesús tuvo que definir lo más importante para Dios, él dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente… Este es el primero y más importante de los mandamientos” (Mateo 22.37). ¡Para esto nos creó Dios! Para amarlo y ser amados por él. Y eso se llama relación. Me gusta el comentario de Myles Munroe respecto a este punto: “No había adoración, al menos como nosotros conocemos la adoración, en el Jardín del Edén. No había altares, sacrificios, cantos, aplausos, danza, Biblias, himnarios, sermones o plegarias: ninguna de estas cosas que llamamos religión. Solo había relación: Adán y Eva caminaban y hablaban con Dios en perfecta comunión y armonía. Dios no es una idea ni un concepto filosófico. Dios es una persona. Él ama, se deleita, siente placer, se alegra, se entristece, se enoja, se conmueve y siente compasión. Muchos acercamientos al tema de la adoración fallan en este principio esencial.” A muchas personas les cuesta adorar porque no entienden esta verdad básica. Ignacio Larrañaga afirma que “no apetece estar, tratar, vivir con una idea, sin sangre y sin vida… Cuando Dios deja de ser Alguien, acaba por diluirse en una realidad lejana y ausente”. Dios no es algo, él es alguien. Alguien que siente, alguien que se emociona. Las emociones de Dios son reales y profundas. Despersonalizar a Dios es muy peligroso. Es espiritualmente mortal.

Nuestro enfoque existencial está puesto en él. Complacerlo pasa a ser el principal interés de nuestra vida. Cambiamos lo que sea con el fin de hacerlo. Y todo lo que hagamos para complacer a Dios, constituye un acto de adoración. Adorar no es simplemente cantar u orar. Es un estilo de vida que, fundado en el amor, busca agradar a Dios en todo.