Saber que Dios está presente allí dónde su pueblo se reúne para adorarlo debería generar una atmósfera de fe y expectativa en el culto. Cada adorador debería afirmar “¡aquí todo es posible! … ¡algo va a suceder hoy! … ¡Dios está en este lugar!”. Lamentablemente, muchas veces esta expectativa brilla por su ausencia. Muchos asisten a las reuniones rutinariamente, o solo para encontrarse con sus amigos de la iglesia. Otros sí creen la verdad bíblica de que Jesús está presente allí donde dos o tres se reúnen en su nombre, pero esta verdad no genera ninguna expectativa respecto a lo que vaya a suceder en el culto. Es solo una creencia teórica que aprendieron y recitan de memoria. Carlos Vallés (Vida en abundancia. Maliaño: Editorial Sal Terrae, 1993) cita a San Juan Crisóstomo (347-407, Constantinopla), quien describe esta actitud de apatía espiritual con suma claridad: “San Juan Crisóstomo decía que los cristianos deberíamos salir de nuestros cultos ´rugiendo como leones´. Lejos de esa imagen muchas veces salimos indiferentes, aburridos, apáticos, saludamos a algunos y nos abrimos paso con murmullos de excusa hasta el auto. No nos luce nuestra fe.” En oportunidades no es que no nos luzca, sino que simplemente no la tenemos, o al menos no la ejercemos como deberíamos.
Hebreos 11.6 afirma que “…sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan”. Es necesario que cuando nos acercamos a Dios, ya sea individualmente o colectivamente, creamos que él es real, que está vivo y cerca nuestro. Nos acercamos a un Dios todopoderoso e inagotable. También es necesario que creamos que él es galardonador de aquellos que le buscan con fe, Él quiere manifestarse, quiere hacer algo en nuestra vida cada vez que venimos delante de él. Al cantarle no estamos jugando a la alabanza. Dios nos exhorta a no tomar su nombre en vano. Éste es uno de los diez mandamientos (Éxodo 20.7). Muchas veces nuestras oraciones y canciones son vanas, están vacías de significado. Al carecer de fe, se convierten en simples frases hechas, que repetimos de manera rutinaria e irreflexiva.
En muchos cultos abundan los clichés litúrgicos del estilo “¿Quién vive? ¡Cristo!” “Y a su nombre… ¡Gloria!”, y construcciones similares. Muchas de estas frases son proclamaciones de verdades poderosas, y no está mal usarlas. Pero a veces se las utiliza desde una concepción mágica o religiosa, sin creer en lo que se está declarando. Fácilmente olvidamos que Dios toma bien en serio cada palabra que sale de nuestra boca, ya sea cantada u orada. Y ¡él responde nuestras oraciones! Estar convencidos de esta verdad debería llevarnos a un diálogo expectante con Dios, a un culto sumamente festivo y agradecido. Darlene Zschech dice: “El realizar mecánicamente las actividades de alabanza y adoración sin tener el propósito de entrar por sus puertas con el mayor de los agradecimientos, es como sostener una granada sin quitarle el seguro o tener una pintura de Leonardo Da Vinci y mantenerla en una caja fuerte.”
¡Cosas tremendas suceden cada vez que adoramos a Dios con fe! La manifestación de la presencia de Dios no es una respuesta a nuestras canciones o melodías. Tampoco a frases religiosas hechas o fórmulas litúrgicas para invocar a Dios. No adoramos para que Dios descienda. ¡No podemos manipularlo! Adoramos con fe simplemente porque sabemos que él ya está en medio nuestro. ¡Dios responde a nuestra fe! Eso es lo que a él le agrada, que le creamos y le demos lugar para actuar.
En Hechos capítulo 10 se narra lo que sucedió en una reunión en la que los participantes estaban llenos de expectativa. El predicador era Pedro, y los oyentes un destacado centurión romano llamado Cornelio, junto a sus familiares y amigos. Ellos estaban hambrientos de Dios, y escuchaban a Pedro con suma atención. Y “mientras aún hablaba Pedro…el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso” (Hechos 10.44) No fue necesario que Pedro orara por ellos ni que les impusiera las manos. Su expectativa fue un imán que atrajo el derramar del Espíritu Santo sobre sus vidas. ¡Ese es el poder de la expectativa!
Muchas veces perdemos la sana mística del encuentro con Dios. Ya no esperamos la irrupción sobrenatural de la presencia de Dios en nuestras reuniones. Sabemos con exactitud qué es lo que sigue, y manejamos a nuestro criterio el programa litúrgico, sin dar lugar a que Dios nos asombre. Pero en un verdadero culto se respira una atmósfera de fe, se espera que Dios responda con sanidades, revelación, manifestación de su poder, derramamiento de su Espíritu, etc. No debemos congregarnos “para el trigo y el mosto” (Oseas 7.14). No buscamos la bendición, sino al que bendice. Esta sana expectativa, sin embargo, jamás debería convertirse en el fin principal del culto. Claro que Dios quiere bendecirnos, pero debemos tener siempre presente que el propósito central del culto es la adoración a Dios, más allá de los beneficios que traiga aperejada.
El culto no es un espectáculo religioso, en el que algunos protagonistas actúan en un escenario, mientras los espectadores permanecen pasivos en sus asientos, observando lo que ocurre allí arriba. El único espectador en un culto debería ser Dios. El hecho de que nuestros templos se asemejen a teatros o auditorios, en los que se ofrecen shows, muchas veces dificulta la adoración comunitaria. Contamos con escenarios, luces, instrumentos, sonido, decoración, coros uniformados, proyección en video y demás elementos técnicos, que son sumamente valiosos para el desarrollo de la liturgia, pero que al mismo tiempo puede confundir a las personas que asisten, generando en ellas una mentalidad de espectador. El culto no se hace en la plataforma. Su desarrollo no es responsabilidad exclusiva de un grupo de expertos jerarquizados, que se paran en un escenario como adoradores o levitas. Todos los creyentes deberían ocupar su lugar en el culto comunitario, ya sea arriba de una plataforma o en el último asiento del templo. Todos deberían asumir su sacerdocio y adorar a Dios.
El fiósofo y teólogo danés Soren Kierkegaard (1813-1855) se refirió a la adoración comunitaria como drama. Kierkegaad observó la falta de participación en la liturgia de muchos creyentes en su iglesia luterana, y desarrolló la imagen del culto como obra de teatro. En esta obra, todos los miembros de la congregación están parados en el escenario, como actores del espectáculo cúltico, y Dios es el único espectador sentado en la primera fila de asientos. El pastor, el líder de alabanza, los músicos y todo el personal cúltico, son solo los apuntadores. Están escondidos en el hoyo de la plataforma, recordándoles a los actores principales (la congregación) el libreto de la obra.
En las ciencias literarias se utilizan dos palabras para describir la diferencia entre la buena poesía y la mala poesía: Bathos y Pathos. Bathos significa anticlimax forzado, sentimentalismo, y es la palabra que alude a la mala poesía. Pathos significa rasgo conmovedor, sentimiento. Es la palabra que define la buena poesía. En Bathos, el poeta le dice a la gente cómo se tiene que sentir. Es un sentimentalismo forzado. Por ejemplo: “era una catarata excitante”. Eso es mala poesía. Un buen poeta no afirma que la catarata era excitante, sino que describe la catarata de modo que su descripción active en el lector la emoción llamada excitación. Lo mismo ocurre con la mala dirección litúrgica y la buena dirección litúrgica. Los encargados de la dirección del culto no deben moverse en el nivel del Bathos (de la manipulación, del forzar sentimientos en la gente) sino en el nivel del Pathos (de exaltar la persona de Dios, de describir proféticamente sus virtudes).
La función de un equipo de alabanza no es entretener a la congregación. En oportunidades se piensa en los líderes de alabanza como showmans cúlticos: profesionales litúrgicos que usan su carisma y sus herramientas motivacionales (que en algunos casos son verdaderas estrategias de manipulación de masas) para mantener a la audiencia entretenida y activa. Se apela mucho a las dinámicas del tipo “dígale a su hermano”, o “repitamos juntos” y a la reiteración de conductas grupales como levantar las manos, saltar, gritar juntos, aplaudir reiteradamente, acompañar las canciones con movimientos y coreografías, etc. Todas estas dinámicas son excelentes, pero siempre y cuando ayuden a la congregación a enfocarse en Dios. Jamás deberían conviertirse en ejercicios vacíos de significado, cuyo objetivo solo es generar una reacción emocional en la gente y hacer entretenida la reunión. Bob Sorge (Exploración de la adoración. Miami: Vida, 1993) afirma: “Algunas iglesias aprenden a alabar en proporción directa al nivel de emoción lograda por el director de adoración. Si el director es moderado, así es la alabanza de la iglesia. Mientras más dance, grite y se agite el director, tanta mayor es la reacción de la congregación. Esto puede hacer que los directores crean que el éxito del culto de adoración depende de su desempeño o nivel de emoción. Eso no es cierto. El director no está allí para producir en profusión la adoración, sino mas bien para que Dios lo emplee de modo positivo para inspirar a la iglesia a dejarse guiar del Espíritu y participar en la adoración.”
Los líderes de alabanza, músicos y cantantes, deben recordar que son solo apuntadores de la obra teatral, en la que el único espectador es Dios. También deben recordar que la congregación es la principal ejecutante de la adoración. El mejor halago que le pueden hacer a un líder de alabanza o a un músico es “¡hoy no se notó tu presencia! ¡la presencia de Dios eclipsó la tuya y la del resto de los músicos!”. En este sentido, la preparación musical del grupo debe ser excelente, pero no para captar la atención de los asistentes sobre la banda y su refinada performance musical, sino con el único objetivo de inspirar adecuadamente la adoración congregacional. Si la sofisticación musical produce que las personas queden admiradas por la destreza técnica de los músicos, y las distrae de adorar a Dios, entonces ¡el culto fue un fracaso! Puede haber sido una reunión musicalmente hermosa, pero no fue un verdadero culto a Dios, sino un recital o un show musical.
Siempre es bueno recordar que el que toma la iniciativa de la adoración es Dios. El líder de alabanza debe asumirse solo un canal del Espíritu Santo, y ser sensible a su mover en el culto. Dios es el primer interesado en que la gente adore. En vez de estar pendientes de la respuesta de la gente, los líderes de alabanza deberían enfocarse en la revelación que Dios está trayendo en la reunión: a través de la letra de las canciones, de la lectura y proclamación de la Biblia, de las intervenciones habladas que pueda haber, y sobre todo a través de su propia actitud de adoración encendida. No puede hacer que la gente adore si él/ella no está adorando primero. ¡La adoración se contagia! (Pathos). Matt Redman (Lo que todo adorador debe saber. Buenos Aires: Peniel, 2004), un reconocido líder de adoración, comenta: “A menudo trabajo sobre el tema de la adoración en la congregación, pensando más en el elemento de respuesta que en el costado de la revelación… lo que me impulsa es obtener buena respuesta de la gente, quiero ver resultados. Pero en lugar de estar interesados por ver cómo responde la gente, es bueno prestar atención a aquello a lo que responden. Como líderes necesitamos concentrarnos más en el valor de Dios. ¿Qué aspectos de la maravilla de Dios y esplendor les presentamos a las personas, para que entreguen sus corazones? En lugar de buscar entusiasmar a la gente debemos traer canciones tan llenas de nuestro glorioso Jesús como para que se encienda un nuevo fuego en los corazones…”
Cuando levantamos el valor de Dios las personas marchan espontáneamente en pos de su presencia. La tarea del equipo de alabanza no es arengar a la gente para que camine tras ellos en una serie de dinámicas litúrgicas, sino levantar la majestad y la santidad de Dios a tal altura, que la congregación corresponda naturalmente a él en adoración. Morris Smith (Tu nueva vida paso a paso. Alabama, USA, 2008) afirma: “la verdadera adoración no se puede producir, es un acto de Dios”.

Para que este ideal de culto participativo y conducido por Dios pueda desarrollarse, es importante tener en cuenta algunas pautas prácticas:
1. Las canciones no deben ser complejas
La línea melódica de las canciones del culto debe ser lo suficientemente pegadiza, de forma que sea sencillo cantarlas y fluir con libertad en adoración. Las composiciones complejas requieren que estemos más pendientes de la canción o del líder de alabanza, que de Dios. Hay canciones de alabanza que son muy hermosas, pero que por su complejidad musical resultan incantables para el adorador promedio de nuestras congregaciones. Quizás sean canciones propicias para que las interprete un solista, en algún momento especial de la reunión, pero no toda la congregación. Aunque las letras sean elaboradas y profundas, también deberían ser fácilmente memorizables, para que la congregación no dependa de una proyección para seguir la lírica. Tomando la imagen que sugirió Kiekegaad, del culto como obra de teatro, cabe recordar que a los apuntadores solo se los oye cuando es necesario. Idealmente, los actores deben conocer bien el libreto, de forma que la ayuda sutil y casi imperceptible de los apuntadores sea suficiente. ¡Dios está buscando adoradores no conducidos!.
2. Debe permitirse la participación ordenada de las personas
Muchas veces las personas desean participar más activamente del desarrollo del culto, pero no encuentran un espacio para hacerlo, o se sienten inhibidas. Según la primera epístola de Pablo a los Corintios, los creyentes en aquella ciudad tenían el permiso para participar de manera espontánea en la reunión. Lo hacían con oraciones, canciones no programadas, palabra profética, testimonios, etc. Ese sí que era un culto construido debajo de la plataforma. Había libertad, pero al mismo tiempo ¡riesgo de caos!
Cuando la iglesia o el grupo de congregados es pequeño, resulta más sencillo dar esta libertad, y encausar sanamente los desórdenes que puedan surgir por desarrollar espontáneamente la liturgia. En congregaciones más numerosas es más difícil. Sin embargo, aunque la iglesia sea grande, la gente debe saber que tiene permiso de participar, siempre dentro de un marco de orden. Se puede preparar un momento especial de testimonios dentro del culto. También se debería alentar a aquellos que reciben alguna revelación o palabra profética durante el culto a que la escriban en un papel y la pasen al pastor, o a algún líder maduro en la fe, para que juzgue la palabra y la comparta a la iglesia si lo cree conveniente. El líder de adoración debería permitir momentos de alabanza espontánea, de cánticos nuevos y oraciones personales, dentro del tiempo de canciones. A su vez, debería propiciar una atmósfera de libertad en la que nadie se sintiera inhibido de corresponder a Dios arrodillándose espontáneamente, o danzando en los pasillos, o pasando adelante, u orando en el momento por un enfermo, si es que se siente movido por el Espíritu Santo a hacer alguna de estas cosas. Entre el control monopólico y rígido (el culto que solo se hace desde la platforma), y el caos acéfalo (el culto desordenado y sin liderazgo), existen muchísimas opciones intermedias sanas, que deberían ser exploradas. Estas dinámicas litúrgicas fomentan un culto participativo.
3. Deben valorizarse los elementos y las dinámicas que brindan al culto un sentido comunitario
La Cena del Señor no es un elemento litúrgico más en el culto cristiano. Es central, distintiva. Es la mesa de la comunión. Es mucho más que un recordatorio de la muerte y resurrección de Jesús. Pablo afirma que al participar de la Cena debemos discernir el cuerpo de Cristo (1 Corintios 11.29). Por encima de cualquier otro acto litúrgico, participar de la Cena del Señor nos recuerda que somos parte de un cuerpo, que Jesús ha derribado toda barrera de separación entre nosotros, y que hoy somos uno en él.

Otros elementos que hacen al espíritu comunitario del culto son las dinámicas de oración, la oración en grupos o de a dos, los momentos de testimonios espontáneos, la presentación de bebés, la intercesión unida por motivos puntuales de la congregación o de fuera de la congregación, los momentos de saludo y bendición mutua (el beso santo de la iglesia primitiva), el canto unido tomados de las manos, etc.