La práctica persistente de disciplinas espirituales lleva a la madurez espiritual. Hebreos 5 enseña que hay niños espirituales y adultos espirituales. Según este texto bíblico, los niños espirituales son inexpertos, y necesitan permanentemente de leche espiritual, es decir, de los rudimentos de la palabra de Dios (vs. 12-13). Y agrega: “Pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal” (vs.14).
La palabra griega que se traduce como discernimiento es diákrisis, que significa retirarse para opinar, sensibilidad, facultad de la mente para percibir, entender y juzgar. Todos los seres humanos poseemos esta facultad cognitiva, llamada discernimiento. Somos capaces de distinguir lo bueno de lo malo. Podemos tomar distancia, percibir, entender, juzgar ponderativamente, y tomar decisiones sabias. Absolutamente todos nacemos con esta facultad. Solo que algunos la desarrollan y otros no. No existen personas carentes de discernimiento. Lo que hay son hombres y mujeres con un discernimiento adormecido. Nunca lo han ejercitado, y como consecuencia siguen siendo niños espirituales.
Hebreos 5 también enseña que los sentidos espirituales se ejercitan con el uso. Muchos cristianos, aún con varios años de creyentes, no saben reconocer la voz de Dios. Dicen cosas como: “no sé si lo que estoy percibiendo es la voz de Dios, la del diablo o la mía”. Otros ni siquiera creen que Dios pueda hablarles de manera personal. Piensan que escuchar a Dios es una experiencia mística reservada para gente especial, para una elite espiritual. Pero Dios no tiene hijos preferidos. [pullquote style=”right”]Dios quiere comunicarse de manera directa y clara con cada uno de nosotros. Él es el primer interesado en que todos conozcamos su voluntad y tomemos decisiones sabias. [/pullquote]Jesús se presentó a sus seguidores como el buen pastor que va delante de sus ovejas, y estas le siguen porque conocen su voz (Juan 10.4) Escuchar la voz de Dios no es solo para profetas. ¡Es para simples ovejas!
La única manera de reconocer la voz de una persona es pasando tiempo con ella. Si mi esposa me llama por teléfono, no tengo que preguntarle “¿quién habla?” Con solo escuchar su timbre de voz ya sé que se trata de Valeria. Hace años que caminamos juntos en la vida. No solo reconozco inmediatamente su voz. También puedo percibir – por lo que expresa su tono al hablar-, su estado de ánimo. He aprendido a escuchar sus silencios y a discernir las intenciones de su corazón.
En nuestra relación con Dios sucede lo mismo. Lucas 2.36 nos cuenta acerca de una mujer llamada Ana, una profetisa de edad muy avanzada que “no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones” (vs. 27). Lo curioso de la historia es que Ana fue una de las pocas personas que pudo reconocer en el niño Jesús (que sus papás José y María habían llevado al templo para presentarlo al Señor) al Mesías prometido. ¿Por qué Ana pudo ver lo que otros no veían? ¿Por qué pudo identificar lo que otros no identificaban? ¿Cómo pudo discernir la voz de Dios que le indicaba que ese pequeñito era el Mesías tan esperado? La respuesta es simple: llevaba décadas desarrollando su músculo espiritual, con ayunos y oraciones noche y día. Ella caminaba con Dios y sabía reconocer su voz.
Recordemos que la adoración y la oración no son monólogos sino diálogos con Dios. Podemos comunicarnos con Dios de manera fluida y directa, tanto para hablarle como para escuchar lo que él quiere decirnos. Si bien hay personas que escuchan a Dios audiblemente, lo más frecuente es que él nos hable de alguna de estas formas:
Estas experiencias no están reservadas solo para unos pocos elegidos. Todo aquel que decide relacionarse con Dios de manera personal, creyendo que él esta vivo y sigue hablando, puede vivenciarlas. Cuando la Biblia afirma que “la Palabra de Dios vino” sobre tal o cual persona, lo que la expresión significa, literalmente, es que la Palabra de Dios “sucedió, tuvo lugar, vino a ser” en la vida de dicho personaje bíblico. No importa cómo sucedió (si fue a través de una voz audible, de una convicción interna, de una visión, de una impresión mental, o de otra forma) Lo importante es que Dios se comunicó con esa persona, y no hay dudas de que realmente fue él el que habló.
Dios también nos habla a través de interlocutores comunes: por medio de experiencias cotidianas que no conllevan ningún elemento místico especial. Quizás no estás durmiendo bien por la noche, y al leer el arículo de una revista que informa acerca de la importancia del buen sueño, Dios llama tu atención al respecto, y te moviliza a empezar a cuidar tus horas de descanso nocturno. Dios puede hablarnos a través del médico que nos dice “tiene que bajar de peso”. La pregunta es ¿estamos dispuestos a escuchar la voz de Dios en el consejo de ese médico?
Un verdadero adorador asume su condición de sacerdote. En el Antiguo Testamento, Dios solo se comunicaba con algunas personas especiales, que servían de interlocutores. Ellos comunicaban las palabras de Dios al pueblo. En esa elite espiritual se encontraban los profetas, y también los sacerdotes. Los sacerdotes eran mediadores. Solo el sumo sacerdote, una vez al año, podía entrar al Lugar Santísimo, en el que habitaba Dios (allí se encontraba el arca del pacto). Era el único con derecho a ingresar al salón privado de su presencia. Pero por medio de Jesús hoy todos tenemos un “pase vip”, que nos otorga acceso libre a la presencia de Dios. (Hebreos 10.19-22). ¡Hoy todos podemos dialogar personalmente con Él!. La Biblia afirma que todos los que estamos en Cristo somos sacerdotes (1 Pedro 2.9, Apocalipsis 1.6). Dios nos ha dado su Espíritu Santo. Entre otras cosas, el Espíritu Santo:
Lamentablemente, a muchos cristianos les cuesta asumir su sacerdocio. Y siguen buscando mediadores. Piensan que es más fácil y cómodo acudir a un profeta, que les revele la voluntad de Dios para sus vidas, que desarrollar una amistad continua con Dios. Debemos estar abiertos a que Dios nos hable por medio de otras personas, ya que muchas veces lo hará de esa forma. Pero el hecho de que Dios pueda hablarnos a través de otros (una persona con dones proféticos o quien sea), jamás debería sustituir nuestra comunicación directa con él. No disponemos de un prefeta a nuestro lado las 24 horas al día. ¡Pero sí tenemos al Espíritu Santo, todo el día, todos los días! Él quiere relacionarse con nosotros, darnos sabiduría, discernimiento, y comunicarnos las palabras de Dios para nuestro andar cotidiano.
Nuestra relación con Dios no se circunscribe a la esfera espiritual de la vida. El ser humano no es la suma de distintos compartimentos estancos, separados e inconexos. Somos una unidad integrada. Por lo tanto, todo lo que sucede en nuestro espíritu afecta de manera directa nuestra alma y nuestro cuerpo.
El dios de la filosofía griega era impersonal, abstracto. Se conoce como gnosticismo a la filosofía dualista, de origen griego, que divide lo espiritual de lo material. Según esta corriente de pensamiento, existen entidades sagradas (las espirituales) y entidades profanas (las materiales). Los gnósticos sostenían que todo lo material, corporeo o tangible, es por esencia malo, mientras lo espiritual e intangible constituye lo verdaderamente puro y duradero. Pero la antropología bíblica concibe al ser humano, su realidad y su entorno, de una manera completamente distinta. En la Biblia observamos que Dios considera muy bueno todo lo creado: la naturaleza, los animales, los bienes materiales, nuestro cuerpo, el sexo, etc. (Génesis 1). Para Él no existen entidades profanas y entidades sagradas. Todo lo que nos rodea está bendecido por Dios, siempre y cuando se use para el propósito que fue creado, y se administre de la forma que él estableció.
La adoración no es la parte espiritual de nuestra vida. Adoramos a Dios con todo lo que hacemos: trabajar, estudiar, relacionarnos con otros, correr, pensar, jugar, hablar, callar, comer, descansar. Cualquier actividad que desarrollemos debe transformarse en un acto de adoración, al ser conscientes de la presencia de Dios en medio de dicha acción, y al realizarla para agradarlo a él. De hecho, no existen momentos de adoración y momentos de no adoración. Siempre estamos adorando. La pregunta es ¿a quién?.
En el siglo diecisiete, un humilde cocinero llamado “El hermano Lawrence”, escribió un libro clásico que se titula La práctica de la presencia de Dios. Allí, este monje francés enseña cómo desarrollar una conversación constante con Dios. Y lo hace desde su experiencia como atareado cocinero del monasterio en el que vivió. El mensaje de su libro es que no necesitamos distanciarnos de nuestra rutina diaria para poder adorar a Dios. Nuestra adoración debe ser una actitud ininterrumpida, en medio de la vida cotidiana. Siguiendo este mismo argumento, Edgardo Silvoso dice: “La relación entre el trabajo y la adoración es importante porque en la Biblia, el trabajo nunca es presentado como no espiritual. En realidad, Dios introdujo el trabajo antes que la adoración. No lo hizo porque el trabajo fuera superior a la adoración; sino que lo hizo porque en el Edén trabajar era adorar.”
Hoy en día, influidos por el dualismo gnóstico, solemos separar la espiritualidad de la productividad. Lo primero que nos viene a la mente al pronunciar la palabra espiritualidad, es la imagen de un monje budista, meditando en silencio en la cima de una montaña, absolutamente pasivo, aislado del mundo. Asociamos espiritualidad con escapismo, con adormecimiento. Carlos Marx decía que “la religión es el opio de los pueblos”. Y si partimos del paradigma gnóstico-dualista, Marx tenía toda la razón. Pero al entender que no existe lo espiritual y lo no espiritual, la adoración deja de ser una anestesia mística para evadirnos de la realidad, una práctica desconectada de nuestras responsabilidades cotidianas, y se convierte el combustible interior que nos impulsa a ser cada día más productivos. Jesús dijo “El que permanece en mí, y yo en él (adoración), éste lleva mucho fruto… (producción)” (Juan 15.5).
Nuestra relación con Dios debería movilizarnos a alcanzar mejoras continuas, en cada área de la vida. Estar con Jesús no puede menos que “elevarnos” en todo. Aún a nivel cultural. Eso fue lo que les sucedió a Pedro y a Juan. Ellos eran hombres culturalmente limitados, del vulgo. Pero el libro de los Hechos cuenta que los gobernantes judíos se asombraron al escucharlos hablar con denuedo, ya que ambos discípulos carecían de estudios y preparación, y “reconocieron que habían estado con Jesús” (Hechos 4.13). Pasar tiempo con Jesús no solo pule y jerarquiza nuestra manera de hablar, también nos mueve a crecer en todo.
Saber que todo es espiritual nos libera de cualquier tabú a la hora de expresarnos con alma y cuerpo en la presencia de Dios. Nuestras emociones y nuestro físico fueron creados por él y para él. David decía “Bendice Alma mía al Señor (mi mente, mis emociones, mi voluntad), y bendiga todo mi ser (mi cuerpo, mi materia, mis expresiones físicas) su Santo nombre…” (Salmo 103.1-2). Todo nuestro ser participa cuando adoramos a Dios.
Los peregrinos que subían anualmente a adorar a Jerusalén, cantaban himnos festivos mientras avanzaban en la procesión hacia el templo. Uno de éstos himnos procesionales es el Salmo 84, que en su versículo 2 dice: “Anhela mi alma y aún ardientemente desea los atrios de Jehová; mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo”. Llama la atención el deseo intenso en estos peregrinos, por participar de la adoración en el templo. Los términos anhela y desea derivan de las palabras pálido y consumir en hebreo. Es decir, los peregrinos cantaban literalmente: “¡Mi alma palidece y se consume por estar en tus atrios adorándote!” Hay un fuerte contenido emocional en esta expresión de adoración.
En el mismo Salmo 84, la frase “mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo” describe las diferentes expresiones físicas que acompañaban el apasionado canto judío: danza, manos alzadas, gritos de alegría, postración, aclamación, etc. Es evidente que para estos adoradores Dios no era una idea distante, sino una persona real con la que anhelaban estar. Y su encuentro con dicha persona involucraba la totalidad de su ser.
Los salmistas tampoco tenían problemas en enojarse con Dios. Hacían catarsis en su presencia. Ellos expresaban con libertad los estados de ánimo de su fe, sin estereotipos religiosos. Refiriéndose a esta verdad, Phillip Yencey (Para los poetas hebreos, Ed. Vida) afirma: “Para los poetas hebreos, Dios representaba una realidad más sólida que sus propias emociones volubles o la historia llena de altibajos de su pueblo. Ellos lucharon con Dios sobre cada faceta de sus vidas, y finalmente fue el hecho mismo de luchar lo que corroboró su fe.”
En algunas tradiciones litúrgicas, influidas por el dualismo gnóstico, se dejan de lado las emociones y las expresiones corporales al momento de adorar a Dios, por considerarlas no espirituales. Son liturgias frías e introspectivas. En otras corrientes cúlticas se deja de lado el aspecto intelectual de la adoración. Todo es ruido y sentimentalismo, pero nadie entiende lo que se hace ni lo que se dice. Por eso Pablo enseña que debemos adorar con el espíritu y también con el entendimiento (1 Corintios 14.15). El mandamiento del Señor es “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente” (Mateo 22.37).

Jesús elogió la entrega apasionada de una mujer pecadora, que regó sus pies con lágrimas, los besó desinhibidamente, los secó con sus cabellos y los ungió con un perfume cuyo precio equivalía al salario de un año (Lucas 7.37-38). ¡Que intensidad de adoración! El dueño de la casa en la que se encontraban, un fariseo llamado Simón, estaba agasajando a Jesús con una rica cena, pero había olvidado lavar sus pies con agua, darle un beso y ungir su cabeza con aceite, según acostumbraban los anfitriones en aquella época (vs.44-46).
Nuestra adoración debe ser integral y pasional, como la de aquella mujer, ya que Jesús no es un concepto teológico, sino la persona más digna de nuestro amor. Paul Hoon afirma que “Es en medio de la adoración que el Espíritu Santo descongela la teología y vivifica la verdad en nuestros corazones”. Jaraslov Pelikan se refiere a la adoración como “el metabolismo de la vida cristiana”. Separada de la adoración viva y pasional la fe muere, se transforma en un mero dogma. Lord Melbourne escribió: “Bien puede ser que el mayor impedimento de la religión no sea el pecador total, sino el devoto blando de impecable ortodoxia y digno convencionalismo, que se horroriza cuando se sugiere que la verdadera religión es un poder dinámico que cambia la vida personal del hombre. Nadie debería ni siquiera acercarse al cristianismo si no está preparado para experimentar una revolución personal a través del poder transformador de Jesucristo.”
La espontaneidad y la frescura al relacionarnos con Dios no son señales de inmadurez espiritual, sino de vida espiritual. Jesús llamó a los pobres de espíritu bienaventurados y nos exhortó a volvernos como niños si queremos entrar en su Reino. Los fariseos le pidieron a Jesús que hiciera callar a una multitud fervorosa y a los muchachos que en el templo lo aclamaban al grito de “¡Hosanna al Hijo de David!” (Mateo 21.15, Lucas 19.39). Él les respondió que si esos ruidosos callaban, entonces las piedras clamarían (Lucas 19.40). [pullquote style=”left”]Luego puso a los niños como ejemplo de lo que es un verdadero adorador: “… ¿nunca leísteis: De la boca de los niños y de los que maman perfeccionaste la alabanza?” (Mateo 21.16). [/pullquote]Jesús también levantó como modelo de adoradora a aquella mujer extravagante, que derramó sus pies su alma y su cuerpo (Mateo 26.13).
La fe sincera, en un Dios cercano que nos ama y perdona todos nuestros pecados, no puede menos que generar un estallido de adoración dentro nuestro. Darlene Zschech afirma que “el hecho de que Cristo fluya en nuestras venas debe provocar una alabanza extraordinaria hacia el Padre”. [pullquote style=”right”]La adoración es una respuesta que crece o se encoge en proporción directa a la conciencia que tengamos de la majestad de Dios y de su amor por nosotros.[/pullquote] Al ver que Simón el fariseo se escandalizaba por la entrega extravagante de aquella mujer, Jesús le enseñó que aquel que reconoce lo mucho que se le ha perdonado, mucho ama (Lucas 7.47). Lejos de este amor genuino e intenso, que se asume deudor, la adoración se transforma en una práctica ritual, mecánica, fría, antinatural. C.S. Lewis comenta: “Aunque parezca mentira, pasé por alto el hecho más evidente sobre la alabanza, ya sea a Dios o a cualquier otra cosa… nunca me había dado cuenta de que todo lo que se disfruta fluye de forma espontánea en alabanza… los enamorados alaban a la dama que aman, los lectores a su poeta favorito, los que disfrutan del aire libre en el campo… Todo mi problema en cuanto a la alabanza a Dios dependía de la absurda negación que sentía hacia lo que es de sumo valor, a lo que nos encanta hacer, a lo que en verdad no podemos dejar de hacer, hacia todo lo que valoramos. Pienso que nos deleitamos en alabar todo lo que disfrutamos porque la alabanza no solo expresa el placer, sino que lo completa.”
Dios tiene que ser la relación más real e intensa de nuestra vida. Es muy importante que adoremos desde un corazón sano. Si existen muros emocionales que nos impiden intimar con Dios, debemos procurar que sean derribados. La revelación de Dios puede despertar diferentes reacciones en los adoradores, de acuerdo a sus distintas personalidades. Pero al adorar, lo que cuenta no son las expresiones externas particulares. Lo que en verdad importa es que vivenciemos la cercanía de Dios, de manera auténtica, y que nuestra respuesta a su revelación no encuentre obstáculos emocionales que limiten o impidan su obrar en nuestra vida. John Piper afirma que la adoración “… no es un mero acto de la voluntad por el que llevamos a cabo ritos visibles. Si el corazón no se involucra no estamos realmente adorando. La participación del corazón es la activación de sentimientos y emociones y afectos del corazón. Cuando los sentimientos hacia Dios están muertos, la adoración está muerta”.
Ya señalamos que la adoración, como entrega integral de nuestro ser, involucra el espíritu, el alma y el cuerpo. Si bien muchas tradiciones litúrgicas dejan de lado el aspecto emocional y corporal en su experiencia adorativa, otras corrientes fallan en el aspecto racional. Es decir, no utilizan activamente el intelecto al adorar. Pasan por alto el pasaje de Romanos 12:1, en el que el apóstol Pablo habla acerca de nuestro culto racional. La palabra griega que se traduce como racional es logikós (lógico). Nuestra adoración debería ser lógica. La lógica no es enemiga de la espiritualidad.
En 1 Corintios 14.15, Pablo también afirma que tenemos que orar y cantar con el entendimiento. Muchas personas hablan con Dios, o declaran verdades bíblicas a través de una canción, pero sin pensar en lo que están diciendo o cantando. Y al no meditar en las palabras que salen de sus bocas, no las creen ni las viven. De esta forma su adoración se transforma en un ejercicio ritual improductivo. Cuando las palabras que hablamos pierden su peso semántico, terminan convirtiéndose en simples clichés o frases vacías.

La manifestación de la presencia de Dios, en medio de la adoración, trasciende nuestra percepción emocional. Es imposible medir el nivel de presencia de Dios en una reunión, solo por lo que hayamos percibido subjetivamente. Hay personas que al salir de un culto dicen “¡cómo se sentía hoy la presencia de Dios en el culto!” o “Dios hoy estuvo ausente” . Y lo dicen de acuerdo a lo que hayan sentido o no hayan sentido en la reunión. Si la música o el climax de la adoración fue movilizante para ellos, entonces concluyen que Dios estuvo presente. En caso contrario declaran que estuvo asuente. Pero la percepción de la presencia de Dios no pasa únicamente por nuestras emociones. Se origina en una dinámica espiritual de fe, con asiento en la mente y en la voluntad, que finalmente afecta nuestras emociones.
La palabra presencia posee la misma raíz que la palabra presente. Significa estar ante alguien, en contacto real y directo con su ser, en tiempo presente. En este sentido, la “manifectación de la presencia de Dios” no es otra cosa que la actualización de su companía permanente, en el aquí y en el ahora. Es la realidad de Dios, la realidad de su escencia eterna manifiesta. ¿Por qué el Salmo 22.3 dice que Dios habita en medio de las alabanzas de su pueblo? ¿Por qué su presencia se manifiesta en la alabanza? Recordemos que alabar a alguien significa elogiarlo, destacar sus virtudes. Al alabar a Dios declaramos quién y cómo es él. Hablamos acerca de su persona, de su escencia. Al decir “Dios es fiel” o “Tú eres fiel” declaramos uno de sus atributos, un rasgo distintivo de su carácter: su fidelidad. Al declarar “Dios es todopoderoso” o “Tú eres todopoderoso”, destacamos otro rasgo esencial de su carácter: su omnipotencia.
La suma de todos los atributos divinos, de todas las virtudes de Dios, conforma la gloria de Dios. Cada vez que en la Biblia se utiliza la palabra gloria, se hace referencia al conjunto de atributos que conforman su carácter divino. La gloria de Dios no es una nube misteriosa, ni una emoción mística, sino sencillamente su carácter. Ya mencionamos que la palabra griega que se traduce como gloria es el término griego doxa, que significa parecer o reputación, y que en hebreo la palabra es kabód, que significa peso o esplendor. Lo que ocurre cuando alabamos a Dios con fe y con el entendimiento, es que el peso de Dios compensa otros pesos de nuestra vida.
En la balanza interna de muchas personas pesan más sus problemas, sus dudas y temores, que la persona de Dios. Importan más sus circunstancias pasajeras, que la realidad eterna e inmutable del carácter divino. Pero al alabar a Dios con fe y con el entendimiento, y al poner el debido peso semántico a las verdades que declaramos: Dios es Eterno, Todopoderoso, Fiel, Misericordioso, Perdonador, Sanador, Consejero, Santo, Infinito, Majestuoso, etc., nuestra balanza interna comienza a inclinarse para el lado divino. El peso de la gloria de Dios supera infinitamente el de esas otras realidades temporales, por grandes y angustiantes que puedan ser, y en su presencia hallamos respuesta a nuestros pesados problemas. Por eso, es muy importante que alabemos con el entendimiento.
A veces incorporamos posturas automatizadas en la alabanza, y sin darnos cuenta nos encontramos cantando verdades tremendas, poseedoras de un gran poder transformador: “Dios es mi sanador, Dios es misericordioso, Dios es mi protector”, etc., pero sin realmente creerlas. Podemos sentir cosas lindas en el culto, pero si las declaraciones que cantamos no producen que nuestra angustia interior se tranforme en paz, entonces la adoración fue improductiva, vana. La manifestación del kabód, del peso de la gloria de Dios, no tiene que ver únicamente con sensaciones lindas, sino con una inclinación de nuestra balanza interior hacia el lado de Dios. El Salmo 8.2 dice que Dios hace brotar alabanza de la boca lo los niños “por causa de tus adversarios”. Y agrega “para silenciar al enemigo…” Ya dijimos que Dios no necesita nuestra alabanza. ¡Nosotros necesitamos alabarlo![pullquote style=”right”] La alabanza es un silenciador que apaga las voces de mentira e intimidación del enemigo.[/pullquote] Al alabar a Dios con fe le bajamos el volumen a los argumentos diabólicos (pensamientos de desánimo, de temor, de duda, etc.) que quieren destruir nuestra vida, y le subimos el volumen a la verdad de Dios que nos libera.
El apóstol Pablo, que entendía esta dinámica de fe, decía que las leves tribulaciones momentáneas por las que atravesaba producían en él un cada vez más excelente y eterno peso de la gloria de Dios (2 Corinintios 4.17). Esto ocurría porque Pablo decidía poner su mirada, no en las tribulaciones visibles, que eran pasajeras, sino en la realidad invisible de Dios, que es eterna e inmutable (vs. 18). Alabar a Dios es ponernos de acuerdo con quién es él. Allí nuestra balanza interna se inclina hacia su lado, y experimentamos un cada vez más excelente y eterno peso de su gloria.