Autarquía es el estado de máxima libertad espiritual, producto de una dependencia absoluta y exclusiva de Dios. En Filipenses 4.11 el apóstol Pablo dice: “…he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación”. La palabra que se traduce como contentarme es el término griego autarkés, que se compone de dos vocablos: autos (por sí mismo) y arkeo (bastar o contentar). Autarquía es el estado o condición de quien se basta a sí mismo en Dios. No es autosuficiencia. Tampoco independencia. Todo lo contario: implica una dependencia exclusiva de Dios, que nos libera de cualquier otro apego humano. Un adorador atribuye a Dios, y solo a él, el carácter de indispensable en su vida. Es capaz de decir “¡solo Dios me basta! … ¡teniéndolo a él lo tengo todo! … ¡estoy completo en él! … ¡puedo vivir contento cualquiera sea mi situación! … ¡él me satisface! … ¡nada ni nadie puede ocupar su lugar! … teniéndolo a él, ¿qué más necesito?”. Autarquía es el estado de máxima libertad espiritual, producto de una dependencia absoluta y exclusiva de Dios.
Muchas personas adoran a Dios pero su felicidad depende de otras cosas: del reconocimiento que obtengan de sus pares, de su situación económica, del éxito que alcancen en su trabajo o vocación, del cariño que les brinde su pareja, etc. Todos buscamos ser felices, pero solemos buscar mal. Pensamos que son los bienes materiales, las actividades, los logros o las personas los que van a satisfacernos, sin darnos cuenta lo fluctuantes y frágiles que son todas esas cosas. Cuando hacemos de elementos perecederos la fuente de nuestro contentamiento, vivimos en insatisfacción permanente. Génesis 5.16 dice que “Caín se alejó de la presencia del Señor, y se fue a vivir a la región llamada Nod”. La palabra Nod significa errante. Cuando nos alejamos de la presencia de Dios vivimos errantes, deambulando insatisfechos de aquí para allá, pretendiendo que diversos sustitutos de Dios nos brinden la plenitud que solo él puede darnos.
En ocasiones nuestra relación con Dios fluctúa de acuerdo a si somos o no somos bendecidos por él. Sin darnos cuenta, adoramos más sus dádivas que a él mismo. En Jeremías 2.13-14 Dios reprende al pueblo de Israel porque habían entrado en un círculo vicioso de insatisfacción. Olvidaron que solo él podía llenarlos en verdad: “Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen el agua. ¿Es Israel siervo? ¿es esclavo? ¿Por qué ha venido a ser presa?”
El tema de este pasaje es la idolatría. Dios había hecho de Israel un pueblo autárquico, verdaderamente libre. Pero al apartarse de la adoración a Dios, Israel se esclavizó a aquellos dioses con las que intentaban reemplazar al Irreplazable. Dios llama a esos ídolos (tangibles o intangibles) “cisternas rotas”. Tienen apariencia de fuentes, pretenden saciar nuestra sed, pero solo funcionan como una droga que brinda un estímulo momentáneo, pasajero. Son parches o sustitutos baratos de Dios. Una vez acabado el rato de éxtasis, necesitamos más. Por eso, toda adicción es idolátrica (sea la dependencia de cosas malas, como las toxinas o la pornografía, o la dependencia de cosas buenas, como el trabajo, un hobby, la música, el dinero o una relación amorosa). ¡Aún el ministerio puede convertirse en un altar idolátrico! Idolatría no es únicamente prenderle velas a una estatua. Todo aquello con lo que queramos llenar el lugar que solo Dios puede ocupar, se convierte en un pequeño dios de nuestra vida. Refiriéndose a la denuncia profética de Jeremías, John Piper afirma: En los días de Jeremías el pueblo probó la fuente de la gracia de Dios y no le gustó. Así que pusieron su energía en la búsqueda de un agua mejor… Pusieron la perfección de Dios en la lengua de su alma y no les gustó lo que probaron; entonces se volvieron y desearon las cisternas mortíferas del mundo. Este doble insulto a Dios es la escencia del mal… Estimar a Dios menos que cualquier otra cosa es la escencia del mal.
Eclesiastés 5.19 enseña que solo Dios otorga la facultad de disfrutar de la vida y de sus incontables bendiciones: el trabajo, la familia, los logros, los bienes materiales, la amistad, la abundancia, etc. Dios creó todas esas cosas maravillosas para que las tengamos, no para que ellas nos tengan a nosotros. Él quiere que las disfrutemos, no que nos controlen. Y para que esto ocurra, necesitamos un corazón autárquico. La única manera de disfrutar plenamente de estas bendiciones es colocando a Dios como verdadero centro de nuestra vida. Todo lo demás debe girar en torno a él. En vez de buscar la felicidad, deberíamos buscar a Dios, su Reino y Justicia, y todo lo demás nos es añadido. ¡Dios es la felicidad!. ¡Él es el gozo personificado!. La idolatría nos esclaviza, pero la adoración exclusiva a Dios nos libera. Una vida de adoración despierta nuestra capacidad de disfrute. Permite que gocemos todas las extraordinarias bendiciones de la vida.
Douglas Steere (Las fuentes internas de la oración. Disponible en: https://lrtorres02.wordpress.com/2013/12/08/las-fuentes-internas-de-la-oracion) escribió: “En la escuela de la adoración el alma aprende por qué la búsqueda de otras metas la ha dejado agotada”. La Biblia registra las palabras de varios adoradores enseñados en esta escuela. Pablo es uno de ellos. Es interesante notar que, según el apóstol, el contentamiento no sucede, se aprende. Pablo había aprendido a bastarse en Dios. Por eso le escribe a los Filipenses: “sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4.12-13).
¡Ser rico no es tener mucho sino necesitar poco! El todo de Pablo era Cristo. Aunque perdiera todo (en términos humanos), aún se sentía completo, ya que su verdadero todo estaba en aquel que jamás le sería quitado. Escribiéndole a los Colosenses, el apóstol afirma que estamos completos en Cristo (Colosenses 2.9-10). ¡No necesitamos nada más!
A diferencia de Pablo, muchas personas tienen fama, riqueza, poder y familias hermosas, pero sienten un hastío existencial insoportable. Por mucho que logren o tengan, pareciera que siempre les falta algo. Séneca decía: “Hay gente que es tan pobre que lo único que tiene es dinero”. Por su parte, David se refería a Dios como “la porción de mi herencia y de mi copa” (Salmo 16.5). Absorto por su misericordia, no dudaba en afirmar que los que se amparan a la sombra de las alas de Dios “serán completamente saciados de la grosura de su casa, y tú los abrevarás del torrente de tus delicias. Porque contigo está el manantial de la vida…” (Salmo 36.7-9) Asaf se preguntaba “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra… mi porción es Dios para siempre… en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien” (Salmo 73.25-28). Son expresiones de verdaderos adoradores que comprobaron que nada ni nadie puede llenar el corazón del hombre sino solo Dios. Él es irremplazable.
Las personas se conforman con cisternas rotas que no retienen el agua. Pero los verdaderos adoradores han gustado el agua viva que Jesús ofrece. En su conversación sobre adoración con la mujer Samaritana, él afirmó: “Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4.13-14).

Los verdaderos adoradores buscan a Dios más allá de las bendiciones que él pueda otorgarles. Lo que buscan es su persona, su amistad, conocerlo más. Es su cercanía, saberlo presente en sus vidas. No sus regalos. Johnatan Edwards (1703-1758, teólogo, pastor congregacional y misionero) decía que “la marca de la verdadera experiencia espiritual es que uno se siente satisfecho en Dios por lo que Dios es, no únicamente por sus beneficios hacia nosotros”. En ésta misma línea de pensamiento, Abraham Kuyper (1837-1920, iglesia Reformada) escribió: El conocimiento de Dios radica mucho más en la adoración que en la oración (entendida como petición). El que ora en favor de algo, piensa, ante todo, en su propia necesidad o dificultad; y se entrega a Dios, no más allá de la idea de que en él hay poder del cual puede venir ayuda para su propio apuro. Pero el que adora se entrega a sí mismo a Dios, olvidándose de sí y de toda otra cosa, a fin de pensar sólo en Dios, y permitir que los brillantes rayos de las virtudes divinas brillen sobre él.
El verdadero adorador clama como David “mejor es tu misercicordia que la vida” (Salmo 63.3). Su arte no es en cantar o ejecutar bien un instrumento. Es saber alegrarse y bastarse en Dios.
Nuestra relación con Dios está fundada en el amor. Los budistas no aman a Buda, le temen. Los musulmanes no aman a Alá, lo respetan y reverencian. Nuestro Padre celestial anhela que le temamos y obedezcamos, pero desde una devoción nacida del amor. Un amor genuino y maduro. Cuando Jesús dijo “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14.15), estaba describiendo el efecto del amor, no la esencia del amor. Primero está el amor, después su efecto: la obediencia.
Muchas personas tienen una concepción ingenua del amor. Piensan que amar tiene que ver únicamente con sentimientos. Con frecuencia vemos parejas que deciden separarse solo porque se extinguió la pasión que sentían al principio de su relación. Dicen cosas como se apagó el fuego, perdimos la química. Olvidan que el amor no es un cosquilleo emocional que sucede o que embarga a la personas arbitrariamente, sino una virtud que se elige y construye. Pasan por alto que nuestros sentimientos son solo una consecuencia de nuestras acciones. No es que el fuego del amor se les haya extinguido. Ocurre que dejaron de alimentar el vínculo con actos de entrega voluntarios.
En nuestra relación con Dios sucede lo mismo. El libro del profeta Oseas describe nuestra relación con Dios en términos de amor conyugal. Y es interesante que en uno de sus párrafos, Dios reprende al pueblo por su amor fluctuante: “¿Qué haré de ti, Efraín? ¿Qué haré de ti, oh Judá? La piedad vuestra es como nube de la mañana, y como el rocío de la madrugada que se desvanece” (Oseas 6.4) La palabra hebrea que se traduce como piedad es kjésed que significa ser amable, agachar el cuello, inclinarse a lo bueno. Hace referencia al deseo de agradar a Dios, a la adoración. Como en los tiempos de Oseas, nuestra adoración muchas veces es cambiante, o de corta duración, por estar apoyada únicamente en sentimientos.
Un verdadero adorador se mueve más allá de sus emociones. No adora solo porque siente hacerlo. Lo hace principalmente porque sabe que necesita hacerlo y porque decide hacerlo. La adoración no es una opción, es un mandamiento. En los Salmos, verbos como alabar, adorar, cantar y bendecir aparecen en imperativo (Salmo 147, 150, 136, 135, 134, 117, 105). ¡Adorar es una orden! En los Salmos también se habla acerca de sacrificios de alabanza, en referencia al esfuerzo consciente que a veces tenemos que hacer al adorar, cuando no sentimos hacerlo (Salmo 107.22, 116.17).
La adoración es un acto de la voluntad. Una persona espiritual es aquella que vive por convicciones, no por emociones. la Madre Teresa de Calcuta (Monja católica: Agnes Gonxha Bojaxhiu, 1910-1997, nacida en Macedonia) decía: “Si no puedes hacer grandes cosas, haz cosas pequeñas con un gran amor. Si no puedes hacerlas con un gran amor, hazlas con un amor pequeño. Si no puedes hacerlas con un amor pequeño, hazlas de todos modos”.
Es destacable la actitud espiritual de David, al disponerse a adorar: “Bendice, alama mía, a Jehová, Y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, Y no olvides ninguno de sus beneficios” (Salmo 103.1-2).
Aquí David no espera que le aparezcan las ganas de adorar. Él sabe que necesita tomar la iniciativa, y cambiar su estado anímico aparentemente apático, pasivo. A pesar de sus pocas ganas, desde el espíritu le ordena a su alma adormecida que adore a Dios: ¡Voluntad, mente, emociones, adoren a Dios! También le ordena a todo su cuerpo que acompañe esa decisión de ministrar a Dios: ¡Que todo mi ser bendiga su nombre!

Finalmente, echa mano del mayor catalizador a la hora de disponernos a adorar: el recuerdo. Solemos ser bastante olvidadizos. Pero David se obligaba a sí mismo a no olvidar. En su salmo comienza a hacer un inventario de todas las bendiciones por las que debe agradecer: ¡él me perdona! ¡él me sana! ¡el me rescata del hoyo! ¡él me colma de favores y misericordias! ¡él me sacia de bien y me rejuvenece! (vs.3 – 5). El recuerdo seguido de la gratitud es una gran llave maestra, que abre las puertas al diálogo con Dios, a la adoración.
Tenemos que recordar que le debemos adoración a Dios. ¡Tenemos una hipoteca moral para con él! Somos eternos deudores de su gracia. Adorarlo no es un favor que le hacemos, si nos sobra el tiempo. Al adorar, le devolvemos a Dios lo que le corresponde, lo que él merece por derechos de autor. Por eso, en la Nueva Versión Internacional, el Salmo 147.1 dice que es agradable y justo alabar a Dios. La adoración es un acto de justicia. Más allá de nuestras ganas o no ganas de adorarlo, Dios es Digno de ser adorado, no solo por las cosas que ha hecho, hace y hará en nuestra vida, sino mayormente por lo que él es.
En Apocalipsis 4.10-11 hallamos un cuadro de esta adoración 100% centrada en Dios. Los veinticuatro ancianos se postran delante del Rey eterno, echando a sus pies sus coronas (que representan todo lo que son y lo que tienen: sus logros, sus capacidades, sus motivos personales de jactancia), sin más motivos que reconocerle como Dios, creador y sustentador de todas las cosas. Ellos declaran: “Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas” (Apocalipsis 4.11).
Aún en los momentos en los que no vemos a Dios actuar a nuestro alrededor debemos seguir confiando en lo que él es, y adorándolo por este simple motivo. Debemos asumirnos deudores. Él es bueno, Él es poderoso, Él es sabio, Él es paciente, Él es santo. Él es omniciente, sabe todo y desde su perspectiva divina puede ver lo que nuestra mente humana y limitada no comprende, pero que a su tiempo redundará en nuestra bendición. Por eso, en uno de los momentos más difíciles de su vida, David cantaba “Bendeciré a Jehová en todo tiempo; Su alabanza estará de continuo en mi boca” (Salmo 34.1).
Un adorador es siempre una persona agradecida, bajo cualquier circunstancia de la vida. Bill Johnson hace el siguiente planteo:
Imaginen la mañana de Navidad. Usted ha pasado los últimos meses haciendo compras y seleccionando regalos singulares para cada uno de los miembros de su familia que demuestran el conocimiento íntimo que tiene de sus intereses y deseos. No ha escatimado en gastos para comprar obsequios de la mayor calidad que serán a la vez para disfrute y beneficio de cada persona. Pero, cuando su familia se acerca al árbol de Navidad, una persona ignora completamente los regalos. Otra persona abre su obsequio, pero comienza a usarlo para otra cosa y no para el fin para el que fue hecho. Una tercera persona sostiene el paquete en sus manos y se niega a abrirlo. Y, para empeorar las cosas, ninguno de ellos siquiera reconoció que fue usted quien entregó esos obsequios. ¿Puede ver cómo estas respuestas no son solo tontas, sino también profundamente dañinas para la relación?
La vida es un regalo maravilloso que Dios nos ha hecho. ¡Si no fuera por la voluntad amorosa de Dios, sencillamente no existiríamos! No tendríamos nada, no seríamos nada. Vivimos de prestado, por el puro afecto de su voluntad. Por eso, el don de la vida debe ser agradecido de todas las formas posibles y cualquiera sea la situación que estemos atravesando. El mayor enemigo de la gratitud es la costumbre: ver como normales las cosas buenas de la vida, y darlas por sentadas. Dice Sergio Sinay: Cuando se parte de la base de que aquello que tenemos es lo menos que nos corresponde, dejamos de valorarlo y, en cambio, se agiganta la dimensión de lo que falta.
No olvidemos ninguno de los beneficios de Dios, ni demos por sentada ninguna de sus bendiciones. El adorador agradecido no se queja por aquello que le falta. Se enfoca en lo que tiene, lo valora, lo agradece y lo usa. ¡Y Dios le añade todo lo que pudiera faltarle!

El anhelo por conocer más a Dios, sumado al entendimiento de que la adoración es una decisión, moviliza al adorador a practicar diferentes disciplinas espirituales. A lo largo de la historia se han utilizado términos como disciplinas espirituales o ejercicios espirituales para referirse a aquellas prácticas a través de las cuales podemos comunicarnos con Dios y desarrollar el músculo interior del espíritu. Así como por medio de ejercicios corporales podemos mejorar nuestro estado físico y fortalecer la masa muscular, al practicar estas disciplinas espirituales nuestra relación con Dios se robustece y nuestro espíritu se expande.
Pablo exhorta a Timoteo con estas palabras: “…Ejercítate para la piedad; porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera” (1 Timoteo 4.7-8).
En su epístola a los Gálatas, el apóstol también dice: “…el que siembra para su carne, de su carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna” (Galatas 6.8). Practicar las diferentes disciplinas espirituales es la manera concreta en que sembramos para el Espíritu. En otra de sus cartas Pablo advierte: “Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Romanos 8:6).
Un antiguo relato narra la conversación de un abuelo con su nieto, en la cual le enseña principios para la vida. El abuelo sabio dice: “Hijo, en el interior de cada persona existe una batalla entre dos lobos. Uno de los lobos es malo, codicioso, orgulloso, celoso y perezoso. El otro es bueno. Está lleno de amor, dominio propio, humildad y mansedumbre. Y estos dos lobos pelean todo el tiempo” “¿Y cuál de los dos lobos ganará?”, pregunta el nieto. El abuelo responde: “aquel al que alimentes”. Ocuparse del espíritu significa alimentarlo, brindarle los nutrientes que necesita para producir su fruto: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza (Galatas 5.22-23).
Debemos recordar que la palabra discípulo y la palabra disciplina derivan de la misma raíz. Un adorador es un discípulo de Jesús que ha establecido en su vida hábitos espirituales que lo mantienen conectado a su Señor y Maestro. Un dicho popular afirma que uno crea sus hábitos, y luego los hábitos lo crean a uno. A esto se refería Pablo cuando animaba a los gálatas a sembrar para su espíritu, si realmente anhelaban cosechar una transformación interior. Algunos de estos hábitos espirituales son la oración, la lectura y estudio de la Biblia, la meditación, el ayuno, el retiro, la confesión, el servicio, la sencillez. etc.
Ningún rito religioso logrará manipular a Dios. Dios no puede ser forzado ni presionado. Él es autosuficiente y soberano. Él promete darse a conocer cuando lo buscamos con celo y determinación (Isaías 55.6, Salmo 145.18). Pero, al mismo tiempo, se reserva el derecho de manifestarse cómo quiera, cuándo quiera, y a quién quiera. ¡Él es Dios! Isaías 65.1 afirma: “Me di a conocer a los que no preguntaban por mí; dejé que me hallaran los que no me buscaban. A una nación que no invocaba mi nombre, le dije: “¡Aquí estoy!”
En la mentalidad pagana se creía que mediante diferentes rituales se podía torcer la voluntad de los dioses, ganando así su benevolencia. Pero las disciplinas espirituales no son ritos sacrificiales para hacer mérito delante de Dios. El ayuno no es una huelga de hambre para que Dios nos escuche. La oración no procura doblarle el brazo a Dios. El objetivo de las disciplinas no es cambiarlo a Dios sino cambiarnos a nosotros. Al sembrar para el espíritu disponemos nuestro corazón para oír a Dios y ser transformados interiormente.
En una oportunidad, los discípulos de Jesús no pudieron expulsar al espíritu inmundo que atormentaba la vida de un muchacho. Y Jesús dio a entender que el fracaso en ese intento de exorcismo se debía a la incredulidad de sus discípulos. Los exhortó, diciéndoles que eran una generación incrédula (Marcos 9.19) Sin embargo, él venía de un retiro personal en el monte y el músculo de su fe estaba fortalecido. Con autoridad echó fuera el espíritu inmundo de la vida del joven, y afirmó que “este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno” (Lucas 9.29) Jesús no se refería al género del espíritu inmundo, sino a la incredulidad que había impedido a sus discípulos expulsarlo. Ayunar y orar no nos hace dignos de echar fuera demonios. Lo que ocurre cuando ayunamos y oramos es que disminuyen drásticamente nuestros índices de incredulidad, temor, apatía, falta de compasión, y crece proporcionalmente nuestra fe, nuestro amor y nuestra autoridad espiritual.
Algunos autores distinguen entre disciplinas públicas (confesión, adoración, comunión, sumisión, generosidad) y privadas (oración, meditación, estudio, silencio, ayuno). Otros hablan de disciplinas internas y disciplinas externas. Si bien es posible categorizar las disciplinas, lo cierto es que generalmente trabajan unidas. Al leer la Biblia somos inspirados a orar. Al confesar estamos orando. El silencio propicia la meditación, y la meditación la adoración. Y es imposible separar el ayuno de la oración. ¡El ayuno sin oración es solo dieta! La lectura de la Biblia sin meditación, oración y estudio redunda en una simple acumulación de datos. Así como un ejercicio físico localizado involucra diferentes músculos y movimientos, de la misma forma las disciplinas deben practicarse de manera conjunta y coordinada.
En las iglesias solemos animar a la gente a que tenga un tiempo devocional diario con Dios. Este tiempo generalmente incluye la lectura de la Biblia y un momento de oración. Sin embargo, no existe un modelo devocional uniforme. La Biblia afirma que la gracia de Dios es multiforme, es decir, tiene diferentes formas (1 Pedro 4.10). No existen dos matrimonios iguales, ni dos vínculos de amistad idénticos. De la misma forma, cada adorador desarrolla una manera única e irrepetible de relacionarse con Dios. Como afirma John Ortberg (Dios está más cerca de lo que crees y otros): “el crecimientos espiritual es artesanal, no producido en serie, Dios no tiene una “talla universal” para todos”.
A su vez, la experiencia devocional cambia con el paso del tiempo, como en cualquier otra relación. Hay personas que, por su forma de ser, se sienten más cómodos utilizando modelos devocionales del estilo lea la Biblia en un año. Oran todos los días a la misma hora y en el mismo lugar, llevan un listado impreso de motivos de intercesión, y ayunan con diligencia una vez por semana. Otras personas se sentirían asfixiadas por una rutina así. Algunos necesitan del silencio para meditar, otros prefieren usar música de fondo.
En su libro Senderos Sagrados, Gary Thomas sugiere que existen diferentes senderos espirituales que, de un modo natural y de acuedro a la forma de ser singular de cada persona, pueden llevarnos a experimentar la cercanía de Dios. Son caminos distintos, pero todos confluyen en un mismo destino: la comunión con Dios. Algunos de estos senderos son:
Naturalistas: encuentran a Dios en la naturaleza
Tradicionalistas: aman las liturgias históricas
Ascéticos: son atraídos a las disciplinas y la rutina
Activistas: fluyen espiritualmente involucrándose en las grandes causas
Sensitivos: perciben a Dios a través de los cinco sentidos
Serviciales: encuentran a Dios al servir a otros
Contemplativos: son propensos a la reflexión solitaria y la oración
Entusiastas: crecen a través de los demás
Intelectuales: aman a Dios aprendiendo
Lo común es que a lo largo de la vida exploremos varios de estos senderos. Pero cada adorador posee uno principal. Hoy sabemos, gracias a los avances de las neurociencias, que existen distintos tipos de inteligencias: la inteligencia motriz, la social, la artística, la lógica, etc. También se ha comprobado que hay distintas formas de aprender, y diferentes temperamentos. Es importante que identifiquemos nuestro molde personal y nuestro sendero espiritual preponderante, el que mejor nos conecta con Dios, y que no comparemos nuestra vida devocional con la de otros. Jamás deberíamos creernos más o menos espirituales que los demás.
Un peligro frecuente, para aquellos que se esfuerzan por practicar las disciplinas espirituales, es comenzar a verlas como un fin, en vez de asimilarlas como lo que realmente son: simples medios. Este fue uno de los errores que cometieron los fariseos. Jesús contó una parábola acerca de “dos hombres que subieron al templo a orar: uno era fariseo y otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres… ayuno dos veces a la semana, doy diezmo de todo lo que gano…” (Lucas 18.10-12).
Los fariseos eran muy rigurosos en el cumplimiento de sus rutinas de oración, de ayuno y demás disciplinas espirituales. Pero su motivación al practicarlas no era agradar a Dios y ser transformados a su imagen, sino satisfacer su ego religioso. No eran adoradores de Dios, sino adoradores de su adoración. Y nada más contradictorio que estar orgullosos de nuestra espiritualidad. John Stott (El Sermón del Monte. Ed Certeza) dice que “nunca debemos usar los ejercicios espirituales como bariniz piadoso de nuestro amor propio” Necesitamos orar, ayunar, diezmar, adorar, meditar y estudiar la Biblia, pero con el único fin de conocer más a Dios y parecernos más a él. Ese es el objetivo del ejercicio, no ser espirituales. Una vida de adoración genuina debe transformarnos en personas humildes y dependientes de Dios. Debe convertirnos en mejores cónyuges, en mejores padres, en mejores trabajadores, en mejores ciudadanos. Un gran místico contemplativo llamado Thomas Merton decía que “la meditación no tiene objeto ni realidad a menos que esté firmemente arraigada a la vida”.