Señor, Señor, Tú antes, Tú después, Tú en la inmensa
hondura del vacío y en la hondura interior.
Tú en la aurora que canta y en la noche que piensa;
Tú en la flor de los cardos y en los cardos sin flor.Tú en el cénit a un tiempo y en el nadir;
Tú en todas las transfiguraciones y en todo el padecer;
Tú en la capilla fúnebre, Tú en la noche de bodas;
¡Tú en el beso primero, Tú en el beso postrero!Tú en los ojos azules y en los ojos oscuros;
Tú en la frivolidad quinceañera y también
en las grandes ternezas de los años maduros;
Tú en la más negra sima, Tú en el más alto edén.Si la ciencia engreida no te ve, yo te veo;
si sus labios te niegan, yo te proclamaré.
Por cada hombre que duda, mi alma grita: “Yo creo”
¡y con cada fe muerta, se agiganta mi fe!
Amadeo Nervo, 1870-1919
Jesús dijo: “… la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren” (Juan 4.23). Al referirse Jesús a verdaderos adoradores, queda implícito que para él también existen los falsos adoradores. ¿Cómo cultivar un corazón de verdadero adorador?

Muchas personas conocen a Dios teóricamente, pero no lo han experimentado empíricamente. En la Biblia, el verbo conocer no implica la obtención de información acerca de algo o alguien, sino la vivencia de un hecho. Se refiere a un conocimiento vivencial, no meramente teórico. A diferencia del concepto griego-occidental de conocimiento, emparentado al saber conceptual y filosófico, en la mentalidad oriental conocer significa tener una experiencia. El verbo hebreo yada (conocer) significa “ser íntimo de alguien”. Por eso, en la Biblia se utiliza este término para referirse a las relaciones sexuales: “Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió…” (Génesis 4.1). “He aquí yo tengo dos hijas que no han conocido varón…” (Génesis 19.8).
Una cosa es conocer acerca de cierta persona, y otra muy distinta conocer a esa persona. Alguien puede afirmar que conoce mucho acerca del gran escritor argentino Jorge Luis Borges, porque ha leído todos sus libros, ha estudiado su biografía, ha memorizado cada párrafo de sus versos, y ha indagado en los detalles más minúsculos de su vida. Pero no puede decir que conoce a Borges, a menos que haya tenido el honor de estar con él en persona, cara a cara.
Lo mismo ocurre en nuestra relación con Dios. Muchas personas conocen mucho acerca de Dios, pero no conocen a Dios. Confesar una teología correcta y memorizar textos bíblicos no nos convierte en adoradores. El estudio de la Biblia es fundamental en nuestra adoración, pero siempre y cuando nos conduzca a conocer a Dios, a conocerlo a él como persona y en persona. Y, sobre todo, siempre y cuando produzca un cambio en nuestro estilo de vida.
Jesús conversó largamente con un hombre religioso de su tiempo, llamado Nicodemo. Era un fariseo erudito, destacado conocedor de las escrituras, extremadamente piadoso y con profundo celo por Dios. Sin embargo, Jesús le hizo ver que ni su erudicción, ni su celo religioso bastaban para entrar al Reino de los Cielos. Nicodemo conocía mucho acerca de Dios, pero no conocía a Dios. Y Jesús le enseñó que la única manera de conocer a Dios, y de entrar así en su Reino, es naciendo de nuevo: “De veras te aseguro que quien no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios…” (Juan 3.3).
El nuevo nacimiento es una experiencia espiritual. Es imposible fabricarla con artilugios humanos. La produce solo el Espíritu Santo, y conlleva un profundo misterio. Así como no podemos controlar al viento, ni saber de dónde sopla ni a dónde se dirige, de la misma manera el Espíritu Santo trabaja secretamente en la vida de las personas, trayéndoles convicción de pecado y atrayéndolas a Jesús. Porque solo por medio de Jesús podemos conocer en verdad a Dios. Cualquier otro acercamiento a Dios resulta defectuoso e incapaz de conducirnos al Dios verdadero. Él no puede ser conocido a través de la filosofía, ni a través de ninguna religión o movimiento espiritual. Jesús es el único mediador entre Dios y los hombres (1 Timoteo 2.5), y al venir a él con un corazón arrepentido, entonces lo conocemos.
A esta experiencia de unión espiritual con Dios se la conoce como nuevo nacimiento. Y no podemos ser verdaderos adoradores a menos que la hayamos vivido. Jesús dijo que los verdaderos adoradores adoran al Padre “en espíritu y en verdad” (Juan 4.23). ¿Qué significa adorar en espíritu? Para responder esta pregunta debemos regresar al diálogo de Jesús con Nicodemo: “Yo te aseguro que quien no nazca de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios… Lo que nace del cuerpo es cuerpo; lo que nace del Espíritu es espíritu” (Juan 3.5-6).
La única manera de adorar en espíritu es teniendo un espíritu vivo, es decir, un espíritu que ha sido vivificado por el Espíritu Santo. Al nacer de nuevo, el Espíritu Santo viene a vivir a nuestro espíritu, se hace uno con él. Y es solo por medio del Espíritu Santo que podemos adorar a Dios. A menos que tengamos un espíritu vivo, cualquier intento de adoración será un simple ejercicio religioso vacío, nacido en nuestra mente o voluntad. Pero no será verdadera adoración espiritual.
El apóstol Pablo decía: “El conocimiento envanece pero el amor edifica. Y si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo. Pero si alguno ama a Dios, es conocido por él” (1 Corintios 8.1-3). Es obvio que aquí Pablo no está sugiriendo que seamos ignorantes, o que rechacemos el conocimiento intelectual. Lo que enseña este pasaje bíblico es que nuestro conocimiento de Dios debe ser vivencial, no simplemente teórico. Podemos ser doctores en teología y desconocedores de Dios al mismo tiempo. Considero muy oportuna la analogía que utiliza Ignacio Larrañaga, para diferenciar al teólogo del adorador: Un botánico toma una flor. Toma un bisturí, divide la flor en varias partes, las deposita ordenadamente sobre la mesa de un laboratorio, toma el microscopio y estudia la flor… Un poeta, por el contrario, no toma la flor: es tomado por la flor. Entiende la flor, salido de sí mismo, maravillado, agradecido y casi identificado con la flor… Un teólogo primeramente toma, no a Dios mismo sino los conceptos sobre Dios… Entiende mediante el instrumento de la inteligencia, pudiendo decirse que él está lejos de Dios mismo ya que no hay contacto de persona a persona… Un adorador no toma a Dios, es tomado por él. Es un hombre eminentemente seducido y arrebatado… Entiende posesivamente.
En otra de sus cartas, Pablo escribe: “Yo sé a quién he creído” (2 Timoteo 1.12). No dice “Yo sé lo que he creído”. Dice “a quién”. Raniero Cantalamessa sugiere que la conversión de Pablo camino a Damasco fue como un flechazo, como el “amor a primera vista”. En ese camino Pablo nació de nuevo. No fue una doctrina lo que transformó su corazón, sino el encuentro cara a cara con una persona real: Jesucristo. En referencia a este encuentro, Cantalamessa comenta (Disponible en: http://caminodeemauschile.blogspot.com.ar/2008/12/p-raniero-cantalamessa-segunda.html): El efecto del enamoramiento es doble. Por una parte, pone en obra una drástica reducción del interés en uno, una concentración sobre la persona amada que hace pasar a un segundo plano todo el resto del mundo; por otra, hace capaces de sufrir cualquier cosa por la persona amada, aceptar la pérdida de todo. Vemos ambos efectos realizados a la perfección en el momento en el que el Apóstol descubre a Cristo: por él, dice, “perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo”.
¡Adorar es enamorarse de Dios! ¡Es quedar flechados por su persona!
[pullquote style=”left”]Más importante que adorar de forma correcta, es adorar al Dios correcto. [/pullquote]El siguiente párrafo de Carlos Vallés (Dejar a Dios ser Dios, 2006, Ed. Terra Novo) determinadanos ayuda a reflexionar acerca de esta gran verdad: Mi conducta queda determinada por mis creencias, y mis creencias están regidas por la suma creencia, que es la fe en Dios. El concepto que tengo de Dios es lo que en definitiva preside mi vida y marca mis convicciones. No hay más que ver a los dioses homéricos para entender el carácter griego en tiempos de Homero, y hay que estudiar la mitología de la selva africana si uno quiere explicarse la conducta de sus tribus. Dime a qué Dios adoras, y te diré quién eres. Y eso no solo de religión a religión, sino dentro de un mismo credo y un mismo bautismo. Dime cómo concibes a Dios, cómo lo llamas, cómo le rezas, cómo te lo imaginas cuando le hablas, cómo interpretas sus mandamientos y reaccionas cuando los quebrantas; dime qué esperas de él y has leído de él y crees de él…, dime todo eso y me habrás contado la biografía de tu alma. La idea que una persona tiene de Dios es el compendio de su propia vida.
De la afirmación de Vallés se desprende el siguiente principio: no podemos adorar a Dios en espíritu y en verdad a menos que tengamos un concepto correcto de quién es él, nacido de su autorrevelación. Gerald Nyenhuis (El Dios que adoramos, 1999, Ed. FLET) sostiene: La adoración depende de que nuestros conceptos de Dios correspondan a las pautas dadas en su revelación. De no ser así, lo que adoramos puede ser algo muy diferente de Dios… El que nuestra idea de Dios corresponda a su ser, tan estrechamente como sea posible, es de suma importancia para la verdadera adoración, pues es indispensable que tengamos algo concreto en mente cuando entramos en contemplación, y este “algo concreto” debe corresponder a la verdadera naturaleza de Dios. Si no es así, nos encontraremos adorando algo que no es Dios… La obligación más solemne que tiene la Iglesia es la de purificar y elevar el concepto de Dios hasta que éste sea de veras digno de él. Solamente así podrá entregarse a la verdadera adoración.
La Biblia afirma que “la comunión íntima de Jehová (adoración) es con los que le temen” (Salmo 25.14a). Temer a Dios no significa tenerle miedo, sino tomarlo en serio como Dios. Lamentablemente, muchas personas tienen un concepto mediocre o caricaturesco de Dios. Se relacionan con él de manera ligera, relajada. Para un gran número de cristianos, Dios es “el barbudo”, “el de arriba”, “un amigo que me ayuda cuando estoy mal”. En la espiritualidad diluida de nuestro tiempo, se ha instalado en el inconciente popular la imagen de un dios humanizado, rebajado en sus atributos, un dios “bajas calorías”. Pero Dios no es un amigo cómplice, ni un papá consentidor. ¡Él es Dios!, ¡Él es Santo, Santo, Santo! Se resiste a ser uno más en nuestra lista de relaciones superfluas. Si realmente es Dios, entonces amerita ser la persona más real e importante de nuestra vida.
David Platt (Radical, 2011, Ed. Unilit) alerta sobre el peligro de diluir nuestro concepto de Jesús y las demandas de su evangelio: Estamos cediendo a la peligrosa tentación de tomar al Jesús de la Biblia y torcerlo hasta obtener una versión con la que nos sintámos más cómodos… Un Jesús agradable… Un Jesús que no se preocupe por el materialismo y que nunca sea capaz de pedirnos que demos todo lo que tenemos. Un Jesús que no espere que abandonemos nuestras relaciones más estrechas para que Él reciba todo nuestro afecto. Un Jesús que no tenga problema con la devoción nominal que no invade nuestras comodidades porque, después de todo, Él nos ama tal cual somos… Un Jesús que nos consuele y nos dé prosperidad mientras vivimos nuestro paseo cristiano en el sueño americano. Sin embargo ¿nos damos cuenta de lo que estamos haciendo? Estamos modelando a Jesús a nuestra imagen. Comienza a parecerse mucho a nosotros porque ese Jesús es con el que nos sentimos más cómodos. Y el peligro es que cuando nos reunimos en nuestros templos para cantar y levantar las manos en adoración, es probable que no estemos adorando al Jesús de la Biblia. En cambio, podemos estar adorándonos a nosotros mismos.
En su libro La trivialización de Dios, Donald McCullough (Comentario de Hebreos, NVI) escribe: Con frecuencia la reverencia y el temor reverencial han sido remplazados por un bostezo de lo conocido. El fuego consumidor ha sido domesticado hasta convertirse en la llama de una vela, que agrega un poco de atmósfera religiosa, tal vez, pero no tiene calor, es una luz que no enseguece, sin poder de purificación… Preferimos la ilusión de una deidad más segura, de modo que hemos recortado a Dios a una proporción manejable.
Al leer la Biblia, observamos como en varias oportunidades Dios rechazó la adoración que se le ofrecía, por no ir acompañada de este temor santo. El primer culto que se narra en la escritura, refleja dos actitudes antagónicas por parte de los adoradores que participaron: “Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya…” (Génesis 4.3-5).
Obviamente, esta historia no sugiere que a Dios le guste más la carne que los vegetales. Lo que Dios miró con desagrado no fueron las verduras de Caín, sino la desidia detrás de su ofrenda. Lo que Dios miró con agrado fue el corazón de Abel, no sus ovejas. Abel reconocía su condición de hombre dependiente de Dios, y con gratitud y temor obediente entregó lo mejor que tenía. Por el contrario, Caín se acercó a Dios con una actitud relajada. No se acercó al Santo, Santo, Santo, sino a un dios rebajado en su carácter y moralidad, un dios fabricado por su imaginación. Pareciera que adoró solo “para cumplir”, para ser “cúlticamente correcto”.
En el extremo opuesto del concepto blando de Dios, encontramos otra distorsión frecuente, instalada en el imaginario religioso. Muchas personas piensan en Dios como un dictador autoritario y distante. Lo visualizan como un gran ojo que los vigila desde el cielo. Es común, en aquellos que han tenido padres ausentes, violentos o perfeccionistas, que trasladen a Dios esta imagen paterna rígida y distante. Al carecer de un modelo sano de autoridad, muchos rechazan a Dios de cuajo, y a cualquier otra figura autoritativa que les recuerde a su papá biológico.
Otros sí creen en Dios, e intentan relacionarse con él, pero lo hacen de manera insana. Creen que no son dignos de su amor y bendiciones, y se esfuerzan por ganar su aprobación (y llenar así la carencia afectiva que les dejó su padre). En este caso, no hay temor de Dios sino miedo. No hay conciencia de pecado sino culpa. De manera inconsciente, ofrecen una adoración pagana, con el propósito de alimentar a ese dios demandante, muchas veces insaciable, que fabricó su imaginación.
Esta distorsión, que crea un idea distante de Dios, es tan nociva y alejada de la verdadera adoración como la caricatura blanda e irreverente, de la espiritualidad diluída. Mike Bickle (Conforme al corazón de Dios. Lake Mary: Casa Creación, 2004) afirma: “Las iglesias están llenas de personas que pasan de lunes a sábado intentando con más fuerza seguir su caminar con el Señor. Se levantan temprano para poder leer la Biblia en un año; se hacen promesas a sí mismos de invitar a un vecino a la iglesia u orar por un niño enfermo del vecindario; tratan de mostrar la luz de Cristo en el trabajo y se muerden la lengua cuando su esposa o esposo los hace enojar. Luego, el domingo, se encogen en la banca durante la adoración sintiendo que de alguna manera pasaron otra semana sin haber sido buenos cristianos. Pero si experimentas el gozo de Dios por ti, entonces comenzarás a disfrutar de Dios, y todo ese ciclo cambiará.”
Dios no es “papá noel”, ni un “gran ogro” que está siempre enojado. ¡Él es Santo! ¡Él es Amor! Dios le prohibió explícitamente a Israel hacerse imágenes terrenales de su persona, sean físicas o mentales (Éxodo 20.4). ¡Su gloria trasciende todo parámetro o figura humana! A.W. Tozer (¿Qué le ha sucedido a la Adoración? Barcelona: Editorial Clie, 1990) decía: “Hay bien pocas cosas absolutas en nuestra vida, pero creo que el temor reverente de Dios mezclado con el amor, la fascinación, el asombro atónito y la devoción es el estado más gozoso y la emoción más purificadora que pueda conocer el alma humana. En mi propio ser, no podría existir mucho tiempo como cristiano sin esta consciencia interior de la Presencia y cercanía de Dios… La presencia de Dios en nuestro medio, conllevando un sentimiento de temor piadoso y reverencia, es algo mayormente ausente en el día de hoy.”
La adoración genuina es siempre la expresión de este asombro atónito y reverencial ante el Dios Santo y Amoroso. En otro de sus escritos Tozer afirma: “Encuentro que muchos cristianos no se sienten realmente cómodos con los atributos santos de Dios. En dichos casos me veo obligado a preguntarme sobre la calidad de la adoración que intentan ofrecerle”.
Una adoración carente de temor de Dios se diluye en frases religiosas estereotipadas y rituales mágicos, vacíos de significado. Una adoración sin el ingrediente de la gracia divina se transforma en un esfuerzo culposo por satisfacer a un Dios demandante, creado por nuestra propia imaginación. Por eso, la verdadera adoración siempre es pendular. Necesariamente oscilará entre la confianza en el amor y la inmanecia divina, y el asombro reverente ante su santidad y trascendecia.
Jesús nos enseñó a orar “Padre nuestro, que estás en los cielos…”. Una adoración que contempla solo la paternidad de Dios (“Padre nuestro”) es una adoración incompleta. Una adoración que abraza solo la celestialidad de Dios (“…que estás en los cielos”) también es una adoración deficiente. Cuánto más conscientes somos de su amor paternal, más conscientes somos también de su santidad gloriosa. Cuánto más conscientes somos de su santidad gloriosa, más conscientes somos también de su amor paternal. Su amor y su santidad no son polos opuestos de su carácter. Son un todo integral, que atrae nuestro corazón, que lo impulsan a adorarlo, y somos así transformarmados a su misma imagen.
David, como buen adorador, experimentó viceralmente este péndulo misterioso de adoración. Asombra pensar que él danzó frenéticamente, lleno de alegría, delante del arca del pacto, que en su pasado inmediato había ganado fama de terrorífica (ver 2 Samuel 6). El arca simbolizaba la presencia viva de Dios. Y si leemos la historia que precedió su traslado a Jerusalén, nos daremos cuenta que fue una historia trágica, signada por la muerte. Sin embargo David la trasladó en medio de un clima festivo, en un procesional en el que abundó la música, la danza y la alegría. David había aprendido la lección de la reverencia, pero entendía que reverencia y regocijo son 100 % compatibles. Dice el Salmo 25.14: “Servid a Jehová con temor, y alegraos con temblor”. Es posible alegrarse con temblor. Ese es el tono de la verdadera adoración. Y para ofrecerla, debemos haber conocido previamente al Dios verdadero.