En el amplio espectro de tradiciones litúrgicas coexisten un sinfín de estilos de culto. Varían notoriamente los énfasis, las expresiones, las formas de comunicar, la manera en que las personas participan. ¿Hay estilos correctos e incorrectos? ¿Cómo es el culto comunitario que a Dios le agrada?
El Apóstol Pablo afirma que de los israelitas es “…el culto” (Romanos 9.4). La palabra que utiliza para referirse a culto es latréia, que significa ministración, adoración, servicio, obra del pueblo. El término posee la misma raíz que la palabra griega leiturgía, de la cual proviene nuestro vocablo castellano liturgia.
En respuesta a la revelación de Dios, el pueblo de Israel, y luego la Iglesia de Jesucristo, lo han adorado colectivamente a lo largo de la historia, de distintas formas y con diferentes liturgias. Para comprender la evolución del culto a Dios debemos remitirnos a las raíces judeocristiano. Chris Jack dice que “Las raíces de la adoración cristiana datan de hace más de dos mil años. No podemos comprender las enseñanzas del Nuevo Testamento sobre la adoración sin apreciar la adoración del Antiguo”.
El Antiguo Testamento es un compendio literario extenso que abarca varios milenios y que registra diferentes formas de adoración. Estas maneras de adorar fueron cambiando y evolucionando conforme a la revelación progresiva de Dios a su pueblo. Pero más allá de que las maneras de expresar adoración hayan variado, acorde al contexto histórico y cultural, los principios que subyacen en las distintas liturgias son universales, permanentes.
En la Biblia encontramos diferentes modelos de adoración comunitaria:
Era la adoración que ofrecían los patriarcas de Israel, de manera individual o familiar. Caín y Abel trajeron ofrendas individuales delante de Dios. Noé fue el primer hombre que, según el registro bíblico, edificó un altar a Jehová ofreciendo holocaustos. Dicho holocausto fue percibido por Dios como “olor grato” (Génesis 8.21). Abraham, Isaac y Jacob también edificaron altares a Jehová en respuesta a su revelación: “Y edificó allí un altar a Jehová, quien le había aparecido” (Génesis 12.7). Job se despertaba cada mañana y ofrecía holocaustos a Dios conforme el número de sus hijos (Job 1.5). Era una adoración informal, sin requisitos absolutos de sacrificios ni lugares fijos de adoración. En el contexto histórico y cultural en el que estos hombres vivieron, edificar un altar significaba “tender una mesa” en la que se ofrecía un banquete a la deidad. Para los patriarcas, sin embargo, bajo la revelación de Jehová como Dios único, personal y moral, el propósito principal del altar era establecer y mantener una relación de pacto. El sitio donde se construía el altar se convertía en un lugar sagrado. En sentido figurado, el altar constituye un lugar de consagración, donde el adorador demuestra públicamente su compromiso, su dedicación absoluta a Dios, por medio de ofrendas voluntarias.

Luego del éxodo de Egipto y el posterior encuentro con Dios en el monte Sinaí, Israel pasa a ser oficialmente el Pueblo de Dios. La base de esta relación era la alianza. En el Sinaí, Dios le reveló a Moisés la Ley que sustentaba dicho pacto. También le mostró el diseño del tabernáculo y su funcionamiento litúrgico (Exodo 35 – 40). A partir de entonces, se instituye el sistema de sacrificios, minuciosamente descripto en el libro de Levítico. Se instaura también el oficio sacerdotal y se construye el arca del pacto.
El pueblo de Israel conceptuaba el arca del pacto como trono de Dios. De manera especial, Dios moraba entre los querubines del propiciatorio, la tapa de oro del arca, y desde allí en varias ocasiones se reveló a Moisés y a Aarón. Sirvió como símbolo de la presencia divina entre el pueblo, y de la necesidad de un sacrificio expiatorio para satisfacer la Ley de Dios. Existía una relación directa entre la Ley que estaba dentro del arca y la sangre rociada sobre el propiciatorio, que lo cubría en el día de la expiación. El punto culminante de ese día era la entrada del sumo sacerdote en el Lugar Santísimo, con la sangre del macho cabrío para rociar el propiciatorio. En forma representativa el pueblo entraba en presencia de Dios y quedaba purificado para otro año. El modelo del tabernáculo está repleto de simbolismos que señalan a la persona de Cristo, como sumo sacerdote eterno y como sacrificio expiatorio definitivo. El libro de Hebreos nos ayuda a entender muchos de estos simbolismos:

“…lo que es figura y sombra de las cosas celestiales, como se le advirtió a Moisés, cuando iba a erguir el tabernáculo, diciéndole: Mira, haz todas las cosas conforme al modelo que se te ha mostrado en el monte” (8.5).
“Ahora bien, aun el primer pacto tenía ordenanzas de culto y un santuario terrenal… aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo…” (9.1-8).
“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos…” (10.19-22).
El eje del tabernáculo era el Lugar Santísimo, el recinto donde vivía Dios. Allí estaba el arca del pacto. El velo que impedía el libre acceso al Lugar Santísimo se rasgó cuando Jesús murió en la cruz, y hoy podemos acercarnos con libertad a Dios por un camino nuevo y vivo.
Cuando Israel entró a la tierra prometida, el tabernáculo nómade de Moisés fue erguido de manera definitiva en Silo (Josué 18.1). Durante el período de los jueces aparece en Bet-el (Jueces 20.27) y en tiempos del sumo sacerdote Elí nuevamente en Silo. El sistema litúrgico continuó funcionando en aquella ciudad, a la que frecuentemente acudían los israelitas a ofrecer sacrificios según la ley (1 Samuel 1.3). Sin embargo, tanto el pueblo como el sacerdocio, fueron sucumbiendo lentamente en una laxitud moral. 1 Samuel 2.17 dice: “Era pues muy grande delante de Jehová el pecado de los jóvenes; porque los hombres menospreciaban las ofrendas de Jehová”. Con esta liviandad ética, el pueblo sacó el arca del pacto del tabernáculo en Silo , y la llevó a una batalla contra los filisteos a modo de fetiche (1 Samuel 4:1-11). Los filisteos derrotaron a Israel y tomaron el arca como botín de guerra.

Luego de varios episodios trágicos, a través de los que Dios se reveló como temible entre ellos, los filisteos decidieron devolver el arca a los israelitas. Enviaron el arca a la ciudad judía de Bet-semes, en un carro arrastrado por dos vacas, y acompañada de ofrendas. Los campesinos de aquella ciudad celebraron un culto de adoración en gratitud a Dios por la devolución del arca. Sin embargo, fue un culto carente de temor de Dios y “…Dios hizo morir a los hombres de Bet-semes, porque habían mirado dentro del arca de Jehová; hizo morir del pueblo a cincuenta mil setenta hombres…” (1 Samuel 6.19). Asustados por lo sucedido, los habitantes de Bet-semes le pidieron a los de Quiriat-jearim que se llevaran el arca, y éstos la pusieron en casa de Abinadab.
Tras permanecer veinte años en cuarentena, en casa de Abinadab, el arca se convirtió en el mayor objeto de deseo del recién coronado rey de Israel: David. Como adorador celoso del culto a Dios, David se propuso trasladar el arca de casa de Abinadab a Jerusalén. Su primer intento fracasó, al morir Uza, hijo de Abinadab, cuando quiso sostener el arca que caía del carro en que la llevaban. Este episodio llenó de temor a David, y decidió dejar el arca en casa de Obed-edom. Dice la Biblia que “…estuvo el arca de Jehová en casa de Obed-edom geteo tres meses; y bendijo Jehová a Obed-edom y a toda su casa” (2 Samuel 6.11). Al enterarse David de cómo Dios había bendecido la casa de Obed-edom, decidió intentarlo nuevamente, y llevó el arca a Jerusalén. Lejos de organizar una procesión solemne, ante la presencia atemorizante del arca, David realizó el traslado con una celebración sumamente alegre. Había músicos ejecutando todo tipo de instrumentos, trompetas sonando, y una multitud danzando en torno al arca. David mismo bailaba frenéticamente vestido con un efod de lino, sin importarle su compostura, ni la opinión del pueblo. El temor reverente y la alegría espontánea se fusionaron en esta procesión. Una vez en Jerusalén, colocaron el arca en una carpa y siguieron ofreciendo holocaustos y ofrendas a Dios.
A esta carpa se la conoce como “el tabernáculo de David”. Allí David instituyó un modelo de adoración permanente, con equipos de músicos y cantantes que, continuamente, en turnos rotativos, ministraban alabanza delante del arca (1 Crónicas 16.4-6, 16.37). La decisión de David de levantar una tienda para el arca significó un cambio radical y osado en la liturgia a la que los judíos estaban acostumbrados. Según la ley, el arca debía volver al lugar santísimo del antiguo tabernáculo de Moisés, para aquel entonces situada en Gabaón. Allí estaba el altar y todo el mobiliario cúltico. Pero no fue eso lo que David hizo. Él llevó el arca a su carpa – tabernáculo en Jerusalén.
Sin embargo, en la mente de David el tabernáculo representaba solo un paso intermedio en pro del cumplimiento de un sueño: construir un gran templo para Dios. El plan de David de traer el arca a una tienda en Jerusalén era solo temporal, hasta que el templo estuviera terminado. Igualmente se atrevió a probar, en su sencilla carpa, algunos cambios litúrgicos revolucionarios, que Dios le había inspirado. Ese Dios cercano que desde su infancia David había conocido. Ernest B. Gentile sugiere que “…de algún modo, David descubrió el secreto de gozar a Dios, con todo su ser”. Como tipo del Mesías, David tenía una mentalidad neotestamentaria, aunque haya vivido bajo el antiguo pacto. Amós profetiza, anticipando el tiempo de gracia y restauración que Jesús traería más adelante en la historia: “En aquel día yo levantaré el tabernáculo caído de David, y cerraré sus portillos y levantaré sus ruinas, y lo edificaré como en el tiempo pasado…” (Amos 9.11).
David ambicionaba erigir un templo que fuera el centro de adoración para todo Israel y para las naciones. Había desarrollado un carácter de adorador, desde su temprana infancia, y el sueño de construir un santuario en honor de Dios ya estaba en su corazón aún antes de ser rey. Esto complació a Dios, quien le dio a David las instrucciones precisas sobre la estructura del templo y la forma de adoración que se debía desarrollar allí. Fue un proyecto gestado bajo revelación divina (1 Crónicas 28.19), no solo en los aspectos arquitectónicos, sino primeramente en las novedades litúrgicas que introdujo. Sin embargo, Dios no permitió que fuera David quien construyera el templo, sino su hijo Salomón. David preparó el material técnico, los recursos económicos, el personal cúltico y los obreros para la construcción, pero fue su hijo Salomón quien llevó adelante el proyecto.
La liturgia en el templo significó mucho más que una versión sofisticada del culto en el tabernáculo de Moisés. En su revelación progresiva, Dios permitió que David comprendiera algunas facetas de la adoración que a él le agrada, hasta aquel entonces ignoradas por Israel. Existen algunos principios espirituales detrás del modelo cúltico que David introdujo:
En Salmos como el 50.13-15, 51.15-17 ó 40.6-8 descubrimos que David, desde su mentalidad neotestamentaria, entendía claramente que lo que Dios busca no son nuestros sacrificios rituales externos, sino nuestro corazón. David comprendía que los sacrificios que no nacen de una voluntad completamente rendida a él, son solo actos religiosos inútiles. David es descripto en la Biblia como “un varón conforme al corazón de Dios” (1 Samuel 13.14). Al conocer lo que Dios realmente requiere de un adorador, David agregó a los sacrificios expiatorios que la ley demandaba, música y canto, que mantuviera el corazón de los adoradores ligado en amor genuino al corazón de Dios.
David había experimentado desde su temprana edad como en medio de la adoración la grandeza y la cercanía de Dios nos son reveladas. Por eso, colocó ministros de los levitas “para que recordasen y confesasen y loasen a Jehová Dios de Israel” (1 Crónicas 16.4). David entendió que la adoración es clave para sostener una revelación continua de quién es Dios, y de lo que él desea. Los músicos y cantantes funcionaban como profetas. Por medio de declaraciones cantadas y sonidos majestuosos, recordaban al pueblo el carácter y la voluntad de Dios. 1 Crónicas 25.1 afirma que David apartó músicos para que profetizasen con sus instrumentos. Ya desde tiempos anteriores a David, la música aparece en la Biblia ligada a la profecía (1 Samuel 10.5). Pero es el modelo litúrgico davídico el que le da una relevancia especial al poder proféctico de la adoración. Es bajo este patrón cúltico que se escribieron la mayoría de las canciones que componen el himnario judío: el libro de los Salmos.
David se movió por encima de lo que la ley requería. Al instaurar su sistema litúrgico, no respondió a un código religioso, sino a la revelación viva y continua de un Dios grande, abundante. Todos los preparativos para el templo muestran un espíritu de excelencia y generosidad en David. El templo, tanto en su diseño como en su estructura de funcionamiento, constituía una obra majestuosa que reflejaba al Dios majestuoso que allí moraba. Por eso, David no escatimó esfuerzos a la hora de levantar este monumento de adoración. Y con su ejemplo de excelencia inspiró al pueblo a ofrendar voluntaria y generosamente (1 Crónicas 29.1-9).
David era un ferviente adorador individual. Pero también tuvo una visión revolucionaria de la adoración colectiva. Hasta entonces, bajo el modelo del tabernáculo de Moisés, las oportunidades que el pueblo tenía de adorar comunitariamente a Dios eran escasas. Fuera de las fiestas solemnes del calendario litúrgico, la participación en el sistema sacrificial era mayormente individual. Pero la obsesión de David por construir un templo respondía a la necesidad de crear un centro capaz de albergar a la mayor cantidad de adoradores, bajo una atmósfera profética de alegría y exaltación de Dios permanentes. Los Salmos están llenos de invitaciones a participar con entusiasmo de la adoración comunitaria. David pudo ver como Dios era glorificado, y su presencia se hacía especialmente notoria en este tipo de adoración: “…tú que habitas entre las alabanzas de Israel” (Salmo 22.3).

Salomón tuvo el privilegio de construir e inaugurar el templo que su padre había soñado. Tras la muerte de Salomón, sin embargo, el reino se dividió, y el culto se vio inevitablemente resentido. En la prolongada dinastía de reyes malvados de Israel y Judá, aparecen cuatro reyes temerosos de Dios que trajeron un avivamiento espiritual al pueblo, en tiempos en que la adoración declinaba. Durante estos períodos de avivamiento, la adoración davídica fue restablecida, tanto en sus formas como en su contenido.
Los eventos trágicos del exilio, con la destrucción de Jerusalén y su templo, junto con la deportación de muchos de sus habitantes, causó cambios drásticos en la adoración de Israel. Sin santuario ni elementos litúrgicos, los judíos debieron adaptarse a la nueva realidad. Y lo hicieron dándole un lugar central a la Torá, la Ley de Dios. Los judíos entendieron que el exilio era una consecuencia de su deslealtad al pacto, y se volvieron celosos del estudio e interpretación de la Torá. Aunque los orígenes de la sinagoga no están del todo claros, se cree que apareció durante este tiempo de exilio, como una respuesta a la necesidad de los judíos de reunirse para mantener viva su fe. Es en este contexto que aparece la figura de los escribas, especialistas en la interpretación de las escrituras.
Las sinagogas no eran pequeños templos, ya que no se llevaba a cabo en ellas el culto (los sacrificios). Solo eran lugares pequeños de reunión, donde los fieles se juntaban a orar y leer la Torá. Durante los tiempos de Jesús había sinagogas esparcidas por toda Palestina y todo el Imperio Romano. Solo en Jerusalén había cuatrocientas sinagogas. Se constituían con un mínimo de diez hombres. A los doce años los niños ya eran admitidos en la sinagoga por ser bar mitzvah (hijos de la ley) La liturgia en la sinagoga era muy sencilla, y contaba con los siguientes elementos:
Tras el exilio se reconstruyó el templo y se restableció el culto. Cuando Ciro el persa permitió a los judíos volver a su tierra y reedificar el templo, volvieron alrededor de 40.000 personas, incluyendo sacerdotes, levitas, músicos y cantores. Estos retomaron paulatinamente sus funciones litúrgicas, aún cuando el nuevo templo todavía no estaba terminado (Esdras 3.10-11, Nehemías 12.28-46). A este templo se lo conoce como El Segundo Templo.
Si bien en este nuevo santuario se restablecieron los sacrificios, y hubo un pequeño retorno a la adoración davídica, las sinagogas siguieron cumpliendo una función preponderante, especialmente para quienes vivían lejos del Templo. Ernest B. Gentile comenta: “el colapso de la religión judía, la cautividad y la dispersión del pueblo les hizo anhelar más la supervivencia de la religión que el establecimiento de una sólida adoración”. La sinagoga fue el medio a través del cual los judíos mantuvieron su unidad religiosa y social, pero al menos para el tiempo de Jesús, la atmósfera espiritual que allí se respiraba era superficial.
Tanto Jesús como sus discípulos, como buenos judíos, asistían regularmente a la sinagoga local. También frecuentaban el templo, cuando se hallaban en Jerusalén. Sin embargo, Jesús confrontó la religión exterior que practicaban y enseñaban los escribas y fariseos, y postuló que la esencia de la fe se encuentra en no conformarse a requerimientos exteriores, de tipo legal, sino en amar a Dios y al prójimo como a uno mismo. Mucho de lo que los judíos entendían por adoración eran solo ritos superficiales. Jesús limpió, enardecido, un templo que se había convertido en “cueva de ladrones”, por la degeneración que había sufrido el sistema sacrificial y la adoración davídica (Lucas 19.46). En su diálogo con la mujer samaritana, Jesús aludió a una nueva era de adoración. Él vino a restaurar la idea original de adoración, la que Dios tuvo en mente al crear a Adán y Eva y colocarlos en el jardín del Eden: que el hombre pudiera relacionarse abiertamente e íntimamente con él. Jesús pasó por encima de todos los sistemas litúrgicos que se habían desarrollado a lo largo de la historia (la adoración patriarcal, el tabernáculo, los sacrificios, el templo, la sinagoga, etc.), y nos introdujo nuevamente en el Eden. Con la irrupción del Reino de los Cielos y el acceso libre al Padre, la adoración ya no tendría que ver con sacrificios expiatorios ni lugares fijos de culto. A partir de entonces, los verdaderos adoradores adorarían al Padre en espíritu y en verdad. (Juan 4.23). En Jesús tuvimos la idea completa de quién es Dios y de los principios definitivos que deben sustentar nuestra adoración, tanto personal como comunitaria.
Jesús jamás ordenó a sus discípulos celebrar cultos. Su comisión fue “id y haced discípulos” (Mateo 28.19). No dijo “id y celebrad cultos”. Por este motivo, tampoco encontramos muchas indicaciones en boca de Jesús respecto a cómo se debe celebrar un culto. Sin embargo, es evidente que Jesús daba por sentado que sus discípulos seguirían reuniéndose para crecer en su fe y para ayudar a los nuevos discípulos a crecer en la suya. Después de su resurrección y ascensión, los discípulos siguieron participando de la liturgia en la sinagoga los sábados, como era su costumbre. Allí testificaban de su fe en Jesús resucitado, como el Mesías judío. Los discípulos en Jerusalén también continuaron asistiendo a sus horas de oración en el templo (Lucas 24.53, Hechos 3.1). Pero al mismo tiempo comenzaron a reunirse en casas o pequeños lugares, el primer día de la semana, para recordar a su Señor. Lo hacían en una sencilla observación de la cena del Señor, acompañada de una comida más amplia en la que compartían el amor y fervor de su incipiente fe cristiana (Hechos 2.42). Con el tiempo se vio que su presencia en las sinagogas ya no sería tolerada, y empezaron a congregarse para su propio culto cristiano, trayendo consigo la herencia litúrgica del templo y, principalmente, de la sinagoga.
Ralph R. Martin (La teología de la adoración: reflexiones teológicas, pastorales y prácticas. Florida: Editorial Vida, 1983) afirma que “se debe considerar a la sinagoga y su forma de adoración como la matriz de la cual surgió la liturgia de la iglesia primitiva”. Hubo, sin embargo, muchísimos elementos litúrgicos innovadores, no solo en lo formal, sino principalmente en lo espiritual. La oración espontánea y libre es un rasgo distintivo de las reuniones cristianas registradas en el libro de Hechos. El Espíritu Santo había descendido sobre la comunidad de discípulos, convirtiéndose en el principal movilizador de la adoración. Eran reuniones carismáticas, en el sentido pleno de la palabra: había profecía (1 Corintios 14, Hechos 13:2), canto formal y espontáneo (Colosenses 3.16, 1 Corintios 14.26), enseñanza participativa (Colosenses 3.16) y manifestación del poder de Dios por medio de sanidades, señales, lenguas, etc. (1 Corintios 14.26, Hechos 4.31, 1 Corintios 2.4). A este culto no estructurado, dirigido por el Espíritu Santo, se le sumaban algunos elementos litúrgicos propiamente cristianos, como la observación de la Cena del Señor y la recitación de credos o himnos cristianos que están registrados en varias epístolas paulinas (1 Timoteo 3.16, 2 Timoteo 2.11-13, Filipenses 2.5-11). También se sumaban énfasis propios de cada cultura local. Evidentemente el culto de la iglesia de Antioquía era distinto al de la iglesia de Corinto, y el de la iglesia de Jerusalén distinto al de la iglesia de Roma o Éfeso.
Más allá de los elementos propios que cada iglesia local adoptara, el factor común en la adoración cristiana primitiva fue la celebración de la presencia viva de Jesús en medio de sus reuniones, a través del Espíritu Santo. Aún sin contar con un sofisticado sistema litúrgico, como el de la época de David, estos sencillos discípulos llenos del Espíritu Santo experimentaban la esencia de la adoración davídica, entusiasta y profética, que describen los Salmos. En relación a esto Ernest B. Gentile (Adora a Dios. Barcelona: Editorial Clie, 2000) comenta: El principio que Jesús había explicado tan cuidadosamente en la parábola de los odres, se había cumplido (Lucas 5.37-38). El jubiloso vino nuevo provocaba que los cristianos abandonaran la sinagoga y se reunieran en un lugar adecuado para el nuevo pueblo de Dios: la Iglesia.