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Curso: Una Adoración Transformadora
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¿Qué es el culto? (c)

 

C. ESTILOS DE CULTO

Existen tantos estilos de culto como iglesias en el mundo. Cada congregación, en su larga o breve historia, va desarrollando su propia forma de adorar a Dios, con aristas singulares. Va cultivando su impronta, su ADN litúrgico. A lo largo de los siglos, los cristianos han desarrollado diferentes liturgias, distintos estilos de culto. Éstos han sido el resultado de múltiples énfasis teológicos, como también de las más variadas influencias del entorno sociocultural.

Hay al menos cuatro categorías en los que podrían encuadrarse los innumerables estilos litúrgicos de la actualidad. Cada estilo se nutre de diferentes tradiciones. Al mismo tiempo, uno responde de manera particular al entorno sociocultural imperante.

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  • Los estilos históricos y tradicionales

En esta categoría pueden enmarcarse los cultos con un fuerte arraigo a las tradiciones históricas de la Iglesia. El culto católico y parte del culto protestante histórico pertenecen a este grupo. La apertura al contexto sociocultural es escasa, tendiéndose al conservadurismo. Por lo general, las innovaciones litúrgicas son resistidas. El propósito principal de este tipo de culto es el testimonial: sostener un credo o dogma por medio de los rituales heredados de generación en generación. En algunos de los grupos más conservadores, el propósito litúrgico es preservar la pureza doctrinal o las costumbres de la comunidad de fe. Existe proclamación, comunión, canto y demás elementos que hacen a la reunión, pero las formas priman por encima del contenido. En muchos casos, la rigidez ritual fomenta el pensamiento mágico en los creyentes. Un ejemplo de esto es la manera en que muchos católicos, y muchos evangélicos también, comen la cena del Señor, creyendo que al participar del sacramento del pan y de la copa quedarán mágicamente perdonados de sus pecados.

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Otra expresión de la formalidad, en este estilo litúrgico, es la jerarquización del personal cúltico. En muchas tradiciones el sacerdote o el pastor es el único “oficialmente apto” para dirigir la liturgia, como lo eran los sacerdotes y levitas en el Antiguo Pacto. La participación de los creyentes es escasa. Los laicos se limitan a ser simples observadores pasivos del ritual que otros (la elite calificada) lleva a cabo. A nivel teológico, esta adoración enfatiza la trascendencia de Dios. El tono solemne y reverencial es el más apropiado cuando la Santidad y Grandeza de Dios nos son reveladas. Pero ese tono, adecuado en ciertas ocasiones, muchas veces no expresa una respuesta al Dios Santo y Temible, sino la ausencia de vida espiritual: es solo la expresión de una fe apagada, muerta.

Esta aproximación ritual a la adoración ha generado, en el imaginario popular, una idea negativa del término liturgia. Se suele asociar la palabra liturgia a un conjunto de ritos formales, carentes de vida y significado. Esto también ha producido, en algunos círculos cristianos, una reacción pendular desequilibrada, tan negativa como el formalismo. En pro de la actualización y contextualización litúrgica, muchas congregaciones desprecian las ricas tradiciones históricas de la iglesia. De esta forma, pierden la oportunidad de aprender todos los principios saludables que sustentan dichas prácticas heredadas, y que aportan un sano equilibrio al culto.

  • Los estilos carismáticos

Durante el siglo XX, y de manera especial para fines del mismo, se produjo en todo el mundo una verdadera revolución litúrgica. El movimiento pentecostal y carismático puso el acento en verdades teológicas ignoradas u olvidadas por siglos, las cuales revitalizaron notablemente el culto. Cada período de avivamiento en la historia del cristianismo vino de la mano una transformación profunda de la adoración.

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Si en los modelos históricos y conservadores el énfasis estaba puesto en las formas, en los modelos carismáticos el énfasis recae en la experiencia espiritual. La noción de un Dios cercano y personal, que vive en nosotros por medio de su Espíritu Santo, produjo un cambio radical en la forma y en el contenido del culto. Los carismas, o dones del Espíritu Santo, dejaron de ser privilegio exclusivo de unos pocos y bajaron al pueblo.

Se recuperó la conciencia del sacerdocio de cada creyente en un nivel práctico, y los cultos comenzaron a ser más participativos, espontáneos, más parecidos a las celebraciones cristianas primitivas que narra el libro de los Hechos. Se recuperó el aspecto pneumático (de pneuma: espíritu, soplo, viento, aliento) del culto. En un modelo pentecostal o carismático la experiencia del culto suele incluir sanidades, lenguas, profecía, adoración festiva, expresiones físicas, oraciones espontáneas, comunicación ferviente, etc.

En cuanto al propósito del culto, en estos modelos el acento suele estar puesto en la proclamación. Otra de las áreas de misión que este movimiento revitalizó fue la evangelización. En una liturgia típicamente pentecostal o carismática el culto se estructura en función de la proclamación del evangelio, procurando que las personas experimenten su poder transformador: que se entreguen a Cristo, que reciban un milagro, que sean llenos del Espíritu Santo, etc.

  • Los estilos mediáticos o sensibles al contexto

Con el advenimiento de las megaiglesias y el acceso de muchas de ellas a medios masivos de comunicación, comenzaron a gestarse, para fines del siglo XX, nuevos modelos de culto. Dentro de esta categoría están los cultos que hoy se conocen como seeker sensitive service (culto sensible al buscador, o culto orientado hacia el visitante en búsqueda espiritual). Si bien estos cultos pueden nutrirse de elementos de tradición conservadora o carismática, se distinguen de otras liturgias por estar orientados principalmente a la comunidad no religiosa. En este caso, la apertura al entorno sociocultural es amplia, por lo que muchos críticos de este modelo de culto lo han etiquetado de secular o mundano.
Este estilo de culto procura que la experiencia litúrgica sea relevante para el visitante que no tiene cultura de iglesia, y generar así una imagen amigable y cercana de la iglesia dentro de la comunidad. Algunas congregaciones, sobre todo en Estados Unidos, notaron que los no creyentes con frecuencia conceptúan la iglesia como un lugar aburrido (en el caso de los cultos conservadores), o como un lugar “donde están todos locos” (en el caso de algunos cultos carismáticos). Muchos estudios eclesiológicos llegaron a la conclusión de que la contextualización litúrgica es fundamental para que la persona que llega por primera vez a un culto se sienta cómoda dentro del ámbito de una iglesia. Paralelamente, varias iglesias comenzaron a trasmitir en vivo sus cultos por televisión, lo que obligó a adaptar el culto a un formato mediático, en sus tiempos, formas, estilo de comunicación, etc.

Como todo lo mediático, este culto busca generar un impacto positivo en el espectador. La planificación del culto es minuciosa, y se lo produce cual si fuera un show televisivo (se le presta mucha atención al decorado e iluminación escénica, a los aspectos técnicos, a los tiempos, etc.). Suele ser un culto corto, con tiempos bien acotados que no den margen al aburrimiento ni a la confusión, y se procura utilizar un lenguaje entendible por todos. El contenido del mensaje tiende a girar en torno a tópicos de autoayuda, relevantes para la vida del visitante promedio. A nivel teológico, se enfatiza la imagen de un Dios amigable y cercano, que nos ayuda en nuestras luchas y dilemas cotidianos. Muchos críticos de este modelo argumentan que el mensaje que se predica en estas liturgias carece de las demandas del evangelio, que es un mensaje liviano.

Ésta ha sido la tendencia litúrgica en los últimos años, especialmente en megaiglesias de Estados Unidos. Y como mucho de lo que genera Estados Unidos a nivel sociocultural, este estilo de culto también ha tendido a globalizarse. Hoy asistimos a una globalización litúrgica, en la que se van reduciendo los rasgos culturales particulares que en el pasado hacían singular la adoración de cada iglesia local, enriqueciendo su experiencia cúltica. Hoy se tiende, de manera creciente, a una homogeneización del estilo, canciones, tipo de sermón, participación, oraciones, y demás elementos que conforman el culto.

  • Los estilos proféticos

En los últimos años comenzaron a surgir algunas voces críticas de los estilos mediáticos de culto, como también de algunas liturgias carismáticas. Uno de los argumentos de estos críticos es que, a través de estos formatos de culto, se fomenta un evangelio de consumo, en el que no se presta suficiente atención a las demandas del discipulado y al compromiso con una misión transformadora de la realidad por parte de la Iglesia. Según estas voces, en muchas liturgias se busca una experiencia más que a Dios mismo. Lo cierto es que algunas personas, al salir de sus reuniones religiosas, dicen cosas como “hoy me gustó el culto”, según la liturgia haya satisfecho o no sus necesidades del día. Sin darse cuenta se han alejado del significado esencial de la adoración comunitaria: la ministración a Dios.

[pullquote style=”left”]Ante esta realidad, muchas congregaciones desarrollan modelos litúrgicos (sean históricos, carismáticos, mediáticos o de otro tipo) que intentan acentuar el propósito escencial del culto: la adoración a Dios.[/pullquote] Los elementos carismáticos, históricos o mediáticos pueden estar presentes, pero no como fines en sí mismos. El enfoque no está puesto en “adaptar a Dios” o “adaptar el evangelio” al gusto de las personas, sino en “elevar a las personas” a Dios y a la realidad del evangelio. Se busca innovar en todas las formas que el contexto demande, pero sin alterar la esencia del mensaje ni el verdadero significado de la adoración. Un culto profético es, básicamente, un culto transformador, en el que tanto el creyente como el no creyente pueden encontrarse con el Dios verdadero.