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Curso: Una Adoración Transformadora
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El propósito de la adoración

 

 

Existe un propósito supremo y trascendente de la adoración: la gloria de Dios. La adoración trata acerca de él. Se centra en Dios, no en el hombre. No es un medio para alcanzar algo. La adoración es un fin en sí misma. Su foco excluyente es Dios. Adorar implica salirse de uno mismo para fijar la mente, la voluntad y las emociones en Dios. John Piper  afirma: La adoración es la acción moral más alta que pueda realizar un ser humano; por lo tanto el único fundamento y la única motivación que la gente puede concebir para este acto es el concepto moral del cumplimiento desinteresado del deber. (Cuando no se disipan las tinieblas y otros. Disponible en:https://mimili.wordpress.com/tag/john-piper/)

Más que una actividad utilitaria para nuestro beneficio temporal, la adoración es un vínculo inacabable. Es comunión continua y creciente con Dios. Por eso, adoraremos a Dios eternamente. Estaremos por siempre unidos a él, en perfecta comunión, adorándolo, amándolo. Permaneceremos toda la eternidad asombrados delante de su santidad, que no se agota, que es infinita.

Sin embargo, más allá de este fin supremo y trascendente, de este lado de la eternidad la adoración tiene al menos cuatro propósitos específicos:

  • PERCIBIR a Dios: a través de la adoración experimentamos la manifiesta presencia de Dios.
  • DISFRUTAR de Dios: a través de la adoración celebramos y disfrutamos la gloriosa perfección de Dios.
  • MIMETIZARNOS con Dios: a través de la adoración nuestra vida es transformada a imagen de Dios.
  • REPRESENTAR a Dios: a través de la adoración nos preparamos para reflejar la imagen de Dios al mundo.

Nos referimos aquí a la adoración, no tanto en su naturaleza esencial (como aprecio, postración integral y relación de amor), sino como el conjunto de acciones conscientes y voluntarias que desarrollamos, de manera personal o comunitaria, para relacionarnos con Dios: orar, cantar, meditar, leer la Biblia, confesar, etc. Consideremos los propósitos la adoración así entendida:

Ador-I6

 

A. PERCIBIR a Dios

  • Omnipresencia de Dios y Presencia manifiesta de Dios

Existe una diferencia entre la omnipresencia de Dios y su presencia manifiesta. Dios es omnipresente, es decir, él está en todo lugar. Para Dios no existen lugares sagrados y lugares profanos. Él habita en templos y en prostíbulos. “En él vivimos, y nos movemos, y somos” (Hechos 17.28). David decía: “¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; Y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, Aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra” (Salmo 139.7-10)

No existe lugar en el que Dios no esté. Sin embargo, no siempre somos conscientes de su presencia. Mediante la adoración sintonizamos la presencia invisible de Dios. Eugene Peterson (Citado en: http://elblogdeeugenepeterson.blogspot.com.ar/2013_08_01_archive.html),   sostiene que: la adoración…  es la estrategia por la cual interrumpimos nuestra preocupación por nosotros mismos y nos enfocamos en la presencia de Dios. La adoración es el tiempo y lugar que dedicamos a prestar atención deliberada a Dios, no porque él está limitado a tiempo o lugar sino porque nuestra importancia propia es tan insidiosamente incesante que si no nos interrumpimos a propósito regularmente, no tenemos oportunidad de prestarle atención en lo absoluto a él en otros tiempos y en otros lugares.

Me agrada la idea de interrumpirnos a propósito. Así como permanentemente somos rodeados por ondas radiales y señales televisivas, sin percatarnos de ello, también Dios está siempre presente, en todo lugar y momento, las veinticuatro horas del día, los siete días a la semana. Él está en nosotros, con nosotros y alrededor nuestro, ¡estemos orando o estemos pecando!.

El periódico The Washington Post llevó adelante un experimento muy interesante. Invitó a Joshua Bell, el mejor violinista del mundo, a tocar en el tren subterráneo de Nueva York, vestido de manera común, como si fuera un artista callejero más. Bell se instaló en los pasillos del metro neoyorquino, con su violín y una gorra para donativos, y durante 45 minutos interpretó magistralmente las obras más exquisitas del repertorio clásico. Lo interesante del experimento fue la respuesta de la gente. Entre las miles de personas que pasaron delante de Joshua Bell en ese lapso de tiempo, solo una mujer se detuvo a escucharlo. Los gerentes de The Washington Post estimaban que, como mínimo, Bell juntaría 150 dólares en donativos. Solo obtuvo 30. Cuando le preguntaron al violinista qué era lo que más le había impactado de la experiencia, él respondió “que no me percibieran, que no se percataran de mi presencia”.

Creo que en el corazón de Dios sucede algo similar. Él es infinitamente más importante que Joshua Bell. Y él interpreta una melodía de amor sobre nuestras vidas de manera incesante, con el propósito de captar nuestra atención. Sofonías 3.17 dice que Jehová está en medio nuestro, entonando una canción de amor. Nuestro problema es que vivimos ensordecidos por nuestros propios pensamientos, por un sinfín de cavilaciones, esclavos de la premura, corriendo, apresurados como los pasajeros del metro de Nueva York. En ese marco ruidoso y estresante es de esperar que nos cueste percibir la presencia y la canción amorosa de nuestro Papá celestial. San Agustín (Aurelius Augustinus de Hipona, actual Argelia, 354 – 430. Teólogo latino), decía “temo al Jesús que pasa de largo”.

La adoración funciona como una gran antena que capta la presencia y las palabras de amor de Dios. El Salmo 22.3 declara que “Dios habita entre las alabanzas de Israel”. Al alabar construimos un espacio de fe, una habitación invisible en la que Dios manifiesta su presencia. Él siempre estuvo allí, pero al adorarlo nuestros ojos espirituales son abiertos y se detienen atentos en su persona. La realidad de su presencia nos es revelada. Nos interrumpimos a propósito para permitir que él entre al lugar. No al lugar físico, ya que él siempre estuvo allí, sino al espacio de nuestra conciencia sensible. Y la atmósfera cambia inmediatamente.

  • El rostro resplandeciente de Dios

Pensemos en otra ilustración, que nos ayuda a entender la diferencia entre la omnipresencia de Dios y su presencia manifiesta.  La bendición sacerdotal, con la que Arón y sus hijos debían bendecir al pueblo de Israel, dice en una de sus estrofas: “El Señor haga resplandecer su rostro sobre ti…” (Números 6.25). El rostro de Dios representaba para los judíos su presencia relacional, su presencia consciente o manifiesta. ¿En qué difiere esta presencia relacional de Dios de su presencia general?

Imagínate que estás compartiendo una cena con un grupo de quince personas, todos sentados a la mesa en un pequeño círculo. Puedes sentir que estás presente a los quince compañeros de mesa, y que ellos están presentes a ti. Los ves, los escuchas, intercambian miradas. Sin embargo, esa es una presencia general. La presencia relacional, en el contexto de la cena, implicaría dirigir tu rostro y tu mirada hacia una persona en particular en la mesa, y entablar una conversación con ella.

[pullquote style=”left”]Eso es lo que la bendición sacerdotal (Número 6.25s) declara: “¡que seas consciente de la mirada favorable de Dios sobre tu vida!… ¡que entables un permanente diálogo con él!”.[/pullquote] Un rostro resplandeciente es sinónimo de sonrisa, de alegría, de aprobación. Si estás en Cristo, cada vez que el Padre te mira ¡lo ve a él!, ¡ve a Jesús en tu vida! Estás revestido de Jesús, cubierto por su justicia. ¡Qué maravilla!

La mayor bendición que una persona puede experimentar es ser permanentemente consciente de la presencia favorable de Dios en su vida. Precisamente eso es lo que declara la bendición Arónica: “¡que seas siempre consciente de que Dios está contigo y te mira con amor!”. No hay lugar donde puedas estar más cerca de Dios que donde te encuentras ahora mismo.

  • Cuando Dios crece dentro nuestro

David animaba a adorar de esta forma: “Engrandeced a Jehová conmigo, Y exaltemos a una su nombre” (Salmo 34.3). Queda claro que Dios no necesita ser engrandecido. Él es infinitamente grande. La invitación de David apuntaba a que los adoradores hicieran crecer a Dios dentro de ellos, en sus corazones, a medida que le cantaban. David deseaba que crezca la consciencia del poder de Dios, de su majestad, de su grandeza, de su amor.

Cuando Dios crece dentro nuestro, los problemas se empequeñecen. Al ser conscientes de su amor, desaparece todo temor. Al tomar consciencia de su poder sin límites, desaparecen nuestras dudas. Al vislumbrar su Santidad somos movidos al arrepentimiento. San Juan de la Cruz (Juan de Yepes Álvarez, español, religioso y poeta místico, 1542-1531) decía que la distancia que hay entre el ser divino y el nuestro es infinita, y que nuestros sentidos no pueden transmitir a nuestras almas un claro e inmediato conocimiento de Dios. Ante esta distancia, “solo la fe es el medio que salva la diferencia para que el hombre sea uno con Dios”. La adoración saturada de fe es una gran antena espiritual, que nos conecta con Dios.

  • La Shekinah de Dios

Ador I1 Salomón adorando en el templo 

El Antiguo Testamento registra como en reiteradas oportunidades Dios irrumpió en medio del pueblo, con manifestaciones tangibles de su gloriosa presencia. 2 Crónicas 5.13-15 narra lo que ocurrió en la inauguración del templo de Salomón: “…cuando sonaban, pues, las trompetas, y cantaban todos a una, para alabar y dar gracias a Jehová, y a medida que alzaban la voz con trompetas y címbalos diciendo: Porque él es bueno, porque su misericordia es para siempre; entonces la casa se llenó de una nube, la casa de Jehová. Y no podían los sacerdotes estar allí para ministrar, por causa de la nube; porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Dios”. Cuando Moisés dedicó el tabernáculo de reunión ocurrió algo similar (Éxodo 40.34-35). Los judíos se referían a esta nube misteriosa como la Shekinah de Dios.

La irrupción acabada de la Shekinah de Dios, es decir, de su presencia manifiesta en nuestro medio, ocurrió en la encarnación de Jesucristo y el derramamiento del Espíritu Santo el día de Pentecostés. El sistema cúltico judío, y la manera en que ellos concebían a Dios, fue solo una preparación, una sombra de las realidades espirituales que hoy gozamos en Jesús, como beneficiarios del Nuevo Pacto que somos.

Uno de los libros del gran teólogo Karl Barth (Basilea, Suiza,1886-1968, teólogo reformado) se titula Dios, Aquí y ahora. Allí él afirma: “la fe no sabe nada acerca de Dios en general, sino sólo acerca del Dios que se hizo a sí mismo “aquí y ahora” en Jesús de Nazareth”. Hebreos 1.3 dice que “El Hijo es el resplandor de la gloria de Dios, la fiel imagen de lo que él es…”. Como testigo directo de la vida y del ministerio de Jesús, el apóstol Juan escribió: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1.14).

Si bien nosotros, los cristianos del siglo XXI, no hemos sido testigos directos de la vida y del ministerio de Jesús, eso no nos hace inferiores a los apóstoles. Por medio del Espíritu Santo, la persona de Jesucristo nos es revelada. Él habita dentro nuestro. Por eso, podemos comunicarnos abiertamente y fluidamente con él, como lo haríamos con nuestros amigos más cercanos: “Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuere, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré… cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad… El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber…” (Juan 16.7-14).

“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre… vosotros le conoceréis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” (Juan 14.16-18). Al usar el término otro parakletos, consolador o confortador, Jesús estableció que el Espíritu Santo asumiría sus responsabilidades y continuaría su ministerio docente y confortador hacia los discípulos, cuando él ascendiera al cielo. No solo estaría con ellos, sino que estaría en ellos. Los discípulos solo podían estar con Jesús allí donde él se encontrara físicamente. Pero al dejarlos, y enviar su Espíritu Santo, ellos ahora podrían disfrutar de su compañía en todo tiempo y lugar. Por eso Jesús dijo que les convenía que se fuera. Refiriéndose a esta verdad Ernest B. Gentile (Adora a Dios. Barcelona: Editorial Clie, 2000) afirma:  “Jesús había legado el Espíritu como don de coronación a su pueblo, un sentimiento que tiñó las vidas y escritos de los primeros creyentes. Los primeros cristianos correlacionaban al Espíritu Santo con la persona de Jesús. De hecho, percibían que la presencia del Espíritu en la iglesia, era la misma presencia de Jesús, de manera nueva y personal.”

Jesús había prometido que allí donde estuvieran dos o tres reunidos en su nombre, él mismo estaría presente en medio de ellos (Mateo 18.20). La adoración desbordante de los primeros discípulos nacía de esta convicción: ¡Jesús está presente en todo lugar y en todo tiempo! ¡Jesús está en este lugar, aquí y ahora!.

  • Templos del Espíritu Santo

Allí donde se invoca a Dios con fe, él se manifiesta, sea un templo o un bar, sea en un culto o en el trabajo. Dios se manifestó a Jacob en cierto lugar (Génesis 28.11), un sitio común y corriente. Y Jacob asombrado respondió “¡ciertamente Dios está en este lugar, y yo no lo sabía!” (vs.16), y llamó a aquel lugar Bet-el, que significa casa de Dios (vs.19). Dios se manifestó a Moisés a través de un árbol que ardía, en medio del desierto, y le ordenó quitarse el calzado de sus pies porque el lugar en el que estaba era tierra santa (Éxodo 3.5). Todo lugar que pisan nuestros pies es tierra santa. No existen lugares sagrados y lugares profanos. Todos los lugares son sagrados.

Hoy el templo santo de Dios es nuestra vida. Somos casa de Dios: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3.16). “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?” (1 Corintios 6.19). La Shekinah de Dios hoy llena el verdadero santuario, nuestra vida, con el fin de transformarnos como lo hizo con Jacob, Moisés y tantos otros.

 

B. DISFRUTAR de Dios

Disfrutar de Dios es el segundo propósito de la adoración. Si bien la adoración es un fin en sí misma, ya que Dios es su único destinatario, cuando se la reduce a un mero deber desinteresado deja de ser verdadera adoración. John Piper afirma: Para honrar a Dios en adoración no debemos buscarlo desinteresadamente por temor a obtener alguna clase de gozo en la adoración, que arruine el valor moral de la acción. Por el contrario, debemos buscarlo de manera hedonista, como un siervo sediento busca con ansias la corriente del agua, precisamente por el gozo de ver y saborear a Dios. La adoración no es nada menos que la obediencia al mandamiento de Dios: “Deleitate en el Señor” (Salmo 37.4).
Piper se refiere a la adoración como “la fiesta del hedonismo cristiano”, y plantea que el gran obstáculo de la adoración no es que estemos buscando el placer, sino todo lo contrario: nos conformarnos con algunos placeres dignos de compasión.

Cuándo Dios se transforma en lo más placentero de nuestra vida, entonces es realmente glorificado. Esa es la esencia de la adoración. ¿Cómo es glorificado un manantial de agua? Es glorificado cuando alguien se inclina a sus orillas con desesperación, extiende sus manos, bebe grandes bocanadas de agua cristalina, y finalmente alza su rostro feliz al cielo, mientras suspira “ahhhhhhhhhhh”. Estar satisfechos por todo lo que Dios es para nosotros es la esencia de la auténtica experiencia de adoración. El catecismo reformado de Westminster (siglo XVII) comienza con la pregunta ¿cuál es el fin principal y más noble del hombre? La respuesta es “glorificar a Dios y gozar de él para siempre”. John Piper agrega: La adoración es la valoración de Dios. Y cuando esta valoración es intensa, es gozo en Dios. Por lo tanto, la esencia de la adoración es el deleite en Dios que muestra el valor que él tiene para satisfacernos por completo.

En algunas iglesias se suele decir “no hemos venido al culto a recibir, sino solo a dar”. Esa frase expresa un falso virtuosismo desinteresado, que asfixia por completo el espíritu de la adoración. Hebreos 11.6 enseña que “sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan”. En otras palabras, no se puede agradar a Dios si no nos acercamos a él esperando una recompensa. Claro que esa recompensa no siempre coincide con lo que mucha gente entiende por recompensa: bendición material, bendición física, prosperidad. La recompensa que buscamos en adoración es Dios mismo, no solo sus bendiciones o dádivas. Él es el único capaz de satisfacernos en verdad. “En su presencia hay plenitud de gozo, delicias a su diestra para siempre” (Salmo 16.11). Si la esencia de la adoración es la satisfacción en Dios, él no puede ser un simple medio para ninguna otra cosa. No se le puede decir a Dios “quiero satisfacerme en ti para poder tener alguna otra cosa”. Eso es lo mismo que decirle “en realidad no me satisfaces”. Lejos de ser adoración, esa aproximación a Dios deshonra su persona. Es un insulto. Esconde un culto idolátrico, ya que en el fondo no adoramos a Dios por quién es Él, sino solo por lo que es capaz de darnos. Adoramos sus dádivas, y eso es idolatría.

  Ador I7

 

C. MIMETIZARNOS con Dios

Al percibir a Dios (primer propósito de la adoración) y deleitarnos en él (segundo propósito de la adoración), aflora el fruto distintivo del encuentro: nuestra vida es transformada a su imagen. Este es el tercer propósito de la adoración.
Dios no necesita nuestra adoración. No lo adoramos porque sufra de baja autoestima y requiera que le recordemos permanentemente que él es bueno, fuerte y maravilloso. En la antigüedad se ofrecían ofrendas y sacrificios para “satisfacer” a las deidades. Por eso, en reiteradas oportunidades, Dios le recuerda a su pueblo que él no es como los dioses paganos hambrientos: “Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti; Porque mío es el mundo y su plenitud. ¿He de comer yo carne de toros, O de beber sangre de machos cabríos?” (Salmo 50.12-13).

Dios es, más allá de la adoración que le tributemos o no le tributemos. Es absolutamente autosuficiente, completo. Él no necesita ser alimentado (ni con comida, ni con ofrendas, ni con canciones y halagos bonitos). No necesita nuestra adoración. ¡Somos nosotros los que necesitamos adorarlo! Al hacerlo, somos transformados a su misma imagen. Cuando adoramos en espíritu y en verdad, se pone en funcionamiento el principio del mimetismo. El Salmo 135 describe esta ley espiritual: “Los ídolos de las naciones son plata y oro, Obra de manos de hombres. Tienen boca, y no hablan; Tienen ojos y no ven; Tienen orejas y no oyen; Tampoco hay aliento en sus bocas. Semejantes a ellos son los que los hacen, Y todos los que en ellos confían” (Salmo 135.15-18).

El pasaje enseña que nos tornamos semejantes a aquello que adoramos. Nos mimetizamos con el objeto de nuestra adoración. Los atributos del dios que adoramos funcionan como un ideal para nuestro comportamiento. Para entender el poder de este principio basta con observar como muchos jóvenes imitan a sus ídolos musicales o deportivos. Ellos copian los gestos, palabras y actitudes de esas estrellas populares que tanto admiran. Lo mismo ocurre cuando nos enamoramos. Cuando un adolescente se enamora perdidamente de una chica, mágicamente su vida cambia. Comienza a modificar radicalmente sus hábitos, con el fin de complacer a su enamorada. En otros casos el mimetismo es más sutil. Si el dios de nuestra vida es mamón (el dinero), paulatinamente nos iremos transformando a su semejanza. Nos caracterizaremos por la ambición, la avaricia, el materialismo, la falta de contentamiento.

El principio del mimetismo también se aplica a nuestra adoración a Dios. Ernest B. Gentile afirma que “la relación amorosa de un cristiano con Dios le ayuda a tornarse como Dios… En cierto modo, se asemeja a una pareja de edad que han llevado tantos años juntos, que han desarrollado maneras parecidas e incluso un aspecto semejante”. Esta dinámica de comunión transformadora, a través de la cual nos contagiamos las maneras, gestos, actitudes y pensamientos de Dios, de tanto intimar con él, es la que le da sentido a nuestra adoración (al menos de este lado de la eternidad). Dice Pablo: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Corintios 3.18).

Cuando experimentamos la cercanía de Dios y contemplamos su gloria, nuestra vida es transformada. La palabra que en este versículo se traduce como gloria es el término griego doxa, que significa parecer o reputación. En hebreo, la palabra que se utiliza para gloria es kabód, que significa peso o esplendor. En un sentido amplio, la gloria de Dios es su carácter, el peso de sus virtudes, la impronta santa de su personalidad. Es su espléndida santidad manifiesta. No son datos acerca de él, sino él mismo dándose a conocer de primera mano.

Pongamos un ejemplo: si un hombre importante entra a un recinto, la atmósfera del lugar cambia inmediatamente. El ambiente comienza a impregnarse de respeto hacia la celebridad que acaba de ingresar. Al instante todas las miradas se posan en dicha persona. De manera magnética, este famoso capta la atención de todos los presentes. Al adorar sucede algo similar: nuestra atención se centra en la persona de Dios y hacemos consciente su presencia en medio nuestro. Su carácter nos es revelado, y somos transformados a su imagen, mediante el Espíritu Santo.

 

D. REPRESENTAR a Dios

Por último, de nada sirve que nos mimetizemos con Dios si luego no reflejamos su imagen al mundo. Fuimos llamados para “anunciar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2.9). Pensemos en las virtudes de Dios: amor, fidelidad, ternura, paciencia, abnegación, alegría, creatividad, generosidad, justicia, compasión, confianza, pasión, misericordia, etc, etc… (podríamos llenar párrafos enternos simplemente enumerando sus atributos). Todas esas cualidades de Dios las debemos dar a conocer nosotros. Alguien dijo que somos “el único Jesús que mucha gente va a conocer”. Fuimos creados “para alabanza de su gloria” (Efesios 1.12). Es decir, fuimos creados no solo para alabar nosotros a Dios, sino para que la gente que nos observa alabe a Dios al verlo reflejado en nuestra vida, al ver su gloria y su obra en nosotros. Dice Pablo que “somos cartas leídas por la gente” (2 Corintios 3.2). ¡Somos los encargados del marketing celestial! Como bien lo dice Bill Hybles (Liderazgo audaz, libro): “La evangelización no es una presentación comercial relámpago… la evangelización debería ser tan natural como respirar… evangelizamos cuando vivimos la vida de un cristiano lleno del Espíritu Santo en presencia de personas no cristianas”.

Cuando compartimos a ese Jesús que transformó y sigue transformando nuestra vida. De otra forma el proceso queda incompleto. La adoración habrá sido una linda experiencia mística, fundada en el narcisismo espiritual, pero no un verdadero encuentro con Dios.

 

Tomemos un caso bíblico que nos permite estudiar en profundidad esta diámica de encuentro con Dios, disfrute de su persona, mimetismo a su imagen, y reflejo de su gloria. ¿Qué sucede en el encuentro entre Dios y nosotros, llamado adoración? ¿De qué manera somos transformados por su presencia, para convertirnos en agentes transformadores?