La palabra castellana culto proviene del latín cultus, participio pasado del verbo colere que significa adorar. Su raíz indoeuropea kwel expresa la idea de girar alrededor, ocuparse de alguien o algo. El diccionario de la Real Academia Española define la palabra culto como “el conjunto de ritos y ceremonias litúrgicas con que se tributa homenaje”, “el honor que se tributa religiosamente a lo que se considera divino o sagrado, … la admiración afectuosa de que son objeto algunas cosas” (Ej: rendir culto a la belleza). Según estas definiciones, podemos decir que el culto a Dios es una ceremonia que gira alrededor de él. Esta ceremonia puede variar en sus características, en su grado de formalidad, en las prácticas concretas que en ella se desarrollan, en el número de participantes, en el lugar en que se lleva a cabo y en otros elementos que la conforman. Pero lo que la distingue como culto a Dios, es que gira alrededor de él, se ocupa de él. Por eso, técnicamente hablando, el culto es nuestra adoración comunitaria, a través de cual homenajeamos juntos a Dios.
Ralph P. Martin se refiere a la adoración comunitaria como “la celebración dramática de Dios en su dignidad suprema, de manera que su dignidad se convierta en la norma de inspiración del vivir humano”. La adoración comunitaria no es un ritual burocrático. [pullquote style=”right”]Así como la adoración personal nos transforma individualmente, también lo hace el culto comunitario. Dios se manifiesta de manera especial cuando nos acercamos a él colectivamente.[/pullquote] Un culto es el encuentro entre el Padre celestial y sus hijos, entre Jesús y su esposa, la Iglesia, entre el Espíritu Santo y su templo, la comunidad de creyentes reunidos. Es un encuentro profético. Es el encuentro de dos ministraciones: nuestra ministración a él y su ministración a nosotros. La verdadera dinámica de un culto no sucede en el plano horizontal (en la comunión entre hermanos), sino en el vertical: nuestra comunión con Dios. Por eso, no importa el lugar donde se celebre, la cantidad de participantes, ni el modelo litúrgico que se siga. Lo único indispensable para que se desarrolle un culto es la presencia de Dios y la de al menos dos adoradores que, en acuerdo, decidan celebrarlo y se unan a la adoración celestial. Timothy Ware (citado en La bendición original, de Matthew Fox, Ed. Obelisco) sostiene: Para la iglesia, la adoración no es otra cosa que “los cielos en la tierra”. La Sagrada Liturgia es algo que abraza ambos mundos a la vez, porque tanto en el cielo como en la tierra la liturgia es una y la misma: un altar, un sacrificio, una presencia.
Ministración a Dios
El culto a Dios es muchísimo más que un simple encuentro entre creyentes. Jamás debería convertirse en la celebración social del club iglesia. Jesús prometió estar presente allí donde dos o tres de sus discípulos se reunieran en su nombre (Mateo 18.20). La convocatoria es en su nombre. Nos congregamos para estar con él, para adorarlo de manera comunitaria. Algo poderoso ocurre cuando adoramos a Dios juntos. La adoración individual resulta débil, incompleta, si no se expresa también comunitariamente. De hecho, la adoración individual es solo una preparación para la adoración colectiva. En un culto comunitario se viven experiencias transformadoras que jamás ocurrirán en el ámbito privado, si solo adoramos en nuestra intimidad y de manera aislada. C.S. Lewis (Los cuatro amores, Ed. Amargo) afirmó con gran acierto: “En el cielo… la multitud de los bienaventurados (que ningún hombre puede contar) aumenta el goce que cada uno tiene de Dios; porque al verle cada alma a su manera comunica, sin duda, esa visión suya, única, a todo el resto de los bienaventurados. Por eso dice un autor antiguo que los serafines, en la visión de Isaías, se están gritando “unos a otros” “Santo, Santo, Santo” (Isaías 6.3) Así, mientras más compartamos el Pan del Cielo entre nosotros, más tendremos de Él.”
Solo cuando adoramos juntos podemos conocer nuevas facetas del caracter de Dios, y ser transformado a su imagen. En la comunidad de hermanos aprendemos a amar, a perdonar, a servir, a sobrellevar los unos las cargas de los otros, a ceder. Por eso, el gran teólogo Karl Barth afirmó: “La adoración (comunitaria) es la acción más trascendental, urgente y gloriosa que pueda tener lugar en la vida humana”.
Esta dimensión vertical, de ministración comunitaria a Dios, es prioritaria en la misión de la Iglesia. Jesús llamó a sus discípulos “para que estuviesen con él y para enviarlos a predicar…” (Marcos 3.13). Como Iglesia, fuimos llamados a adorar a Dios (estar con él, permanecer en comunión continua) y a servir al mundo. Pero no podemos hacer las obras de Dios sin primero haber estado con él. Jesús enseñó que separados de él nada podemos hacer (Juan 15.5). En el libro de los Hechos observamos como el Espíritu Santo dirigía estratégicamente la misión de la Iglesia, conforme ellos perseveraban comunitariamente en su vínculo vertical con Dios: “Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado” (Hechos 13.2).
El pasaje no da muchos detalles acerca de cómo ministraban a Dios estos creyentes de Antioquía, fuera de la alusión al ayuno. Aparentemente no era toda la iglesia la que estaba ayunando, sino solo sus líderes. [pullquote style=”left”]El principio es el siguiente: Jesús es la cabeza de la iglesia, y nuestra primera responsabilidad como comunidad de discípulos es ministrarlo a él: orar juntos, adorar juntos, buscarlo de manera colectiva.[/pullquote] A. W. Tozer (El Conocimiento del Dios Santo. Barcelona: Editorial Clie, 1990) afirma: Debido a que no somos verdaderamente adoradores, pasamos mucho tiempo en las iglesias rodando las ruedas, quemando la gasolina, haciendo ruido, pero no llegando a ninguna parte.
El propósito del culto es adorar a Dios. Sin embargo, existen cientos de motivos que pueden llevar a una persona a participar de una reunión eclesial: la costumbre, la necesidad de satisfacer su consciencia religiosa, la necesidad de sociabilizar, la necesidad de recibir una “inyección anímica” para la semana, la necesidad de hallar un espacio de realización, la curiosidad, etc. Mucha gente asiste al culto movida por alguna de estas causas, más que por su deseo de adorar a Dios. Y si bien algunas motivaciones pueden ser egoístas o superfluas, otras (siempre subordinadas al propósito central del culto que es la adoración) responden a propósitos válidos y bíblicos. Éstos propósitos también forman parte de la verdadera adoración comunitaria, aunque pertenezcan al plano horizontal del culto:

La palabra griega koinonía significa asociación, consorcio. En un sentido más amplio, se refiere a la comunión, al compañerismo comprometido. Willam Barclay afirma que “koinonía es el espíritu de generosa coparticipación, contrastado con el espíritu de codicioso egoísmo”. ¡Es imposible vivir la vida cristiana solos! Hebreos 10.24-25 dice: “Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre…”
Las palabras centrales de este pasaje son estimularnos y congregarnos. Son dos palabras que van de la mano. La palabra griega que aquí se traduce como estimularnos es paroxuno, que en una de sus acepciones significa aguzar junto a. Cuando nos congregamos (del griego episunágo, que literalmente significa agolpados), la comunidad de creyentes se transforma en una herramienta que Dios utiliza para aguzar nuestra vida. De la misma forma, Dios nos utiliza para aguzar a los demás, estimulándolos al amor y a las buenas obras.
Como ya dijimos, la necesidad de estar juntos trasciende el plano horizontal del encuentro. No se trata de asistir al club iglesia, solo para sociabilizar. El objetivo de la koinonía es estar juntos en la presencia de Dios. El Salmo 133 afirma: “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es Habitar los hermanos juntos en armonía! Es como el buen óleo sobre la cabeza… Como el rocío de Hermón… allí envía Jehová bendición, Y vida eterna”.
Este texto dice que algo especial es derramado desde el cielo cuando estamos juntos en armonía, en esa coparticipación generosa llamada koinonía. Si deseamos conocer a Dios, es fundamental que lo busquemos y adoremos personalmente, en intimidad. Sin embargo, nuestro conocimiento de él será limitado y defectuoso a menos que participemos activamente de la adoración comunitaria, a menos que permanezcamos unidos al cuerpo de Cristo que es la Iglesia (Efesios 4.13-16). El Salmo 22:3 dice que Dios “habita entre las alabanzas de su pueblo”. Dios también manifiesta su presencia cada vez que lo adoramos individualmente. Pero existe una respuesta especial a la adoración de su pueblo. La Iglesia es “la plenitud de aquel que todo lo llena en todo” (Efesios 1.23) . Y “de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia” (Juan 1.16). En la comunidad de hermanos llamada Iglesia está la plenitud de Dios y todo lo que necesitamos para la vida.
Hoy vivimos en una cultura hiperindividualista, y a mucha gente le cuesta visualizarse como parte de un conjunto, mucho más grande que ellos mismos. Recordemos que la verdadera adoración, lejos de ser una experiencia narcisista que procura satisfacer “mis gustos” o “mis necesidades”, implica ofrecerse a Dios como sacrificio vivo, y ser transformados mediante la renovación de nuestro entendimiento. Debemos escapar del estilo de vida individualista de este siglo (Romanos 12.1-2).

En una oportunidad C.S. Lewis, autor de las famosas Crónicas de Narnia, contó su primera experiencia al asistir a un culto cristiano: “Los himnos no me gustaron para nada, los consideré poemas de quinta categoría con música de sexta categoría. Pero a medida que seguí yendo, reconocí el gran mérito de todo eso… y gradualmente mi vanidad comenzó a descascararse. Reconocí que, mientras un santo anciano con botas de elástico a los lados, sentado en el banco opuesto, cantaba con devoción los himnos de sexta categoría, yo no era digno siquiera de calzar esas botas. Adorar juntos nos saca de nuestra vanidad solitaria.”
La adoración es un testimonio. Al adorar declaramos públicamente quién y cómo es Dios. Pedro afirma que somos un pueblo de sacerdotes y gente santa, llamado para anunciar las virtudes de Dios (1 Pedro 2.9). Alabar es elogiar, presumir. Es hablar positivamente acerca de alguien. Y en un culto hablamos acerca de Dios (muchas veces hablamos acerca de un sinfín de otras cosas, menos de Dios). No solo hablamos a través de las letras de las canciones, los credos que se recitan o las frases del sermón. Cada elemento del culto debe convertirse en un testimonio que exprese quién y cómo es Dios: el gozo en el rostro de los adoradores, la devoción sincera, la atmósfera de amor y fe, el ejemplo y vitalidad del liderazgo, las ofrendas, la pureza y profundidad de las palabras, el espíritu profético, la manifestación del Espíritu Santo, etc. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, y lo primero que debería impactar a una persona que entra a uno de nuestros cultos es la presencia viva de Jesús en el lugar. ¡Deberían toparse con él!
En su primera carta a los Corintios, Pablo exhorta a los creyentes a celebrar sus cultos “decentemente y en orden” (1 Corintios 14.40). Evidentemente, el desorden en sus celebraciones estaba dando un mal testimonio acerca de Dios. ¡Estaban hablando de un Dios caótico! Y Pablo les recuerda que Dios no es Dios de confusión, sino de paz (1 Corintios 14.33). Los anima a ponerse en los zapatos del incrédulo, que asiste por primera vez al culto (14.23). En el extremo opuesto, hallamos algunos cultos que hablan acerca de un Dios muerto: todo es formalismo litúrgico, rituales vacíos y frases hechas.

Un tercer propósito del culto, en el plano horizontal, es el didáctico. La proclamación y enseñanza de la Palabra de Dios ha sido central en la liturgia cristiana a lo largo de la historia, sobre todo en la rama protestante. Recordemos que los primeros cristianos eran judíos que tomaron como patrón de culto el modelo de la sinagoga. Allí la lectura e interpretación de la Torá tenía un papel preponderante.
Existen dos aspectos de la Palabra de Dios: el kerigma y la didaqué. El kerigma es la verdad de Dios, que revela la persona y obra de Cristo. Es una verdad que debe proclamarse y que se recibe por fe (Ej: “Jesucristo murió por nuestros pecados”). La didaqué son los mandamientos de Dios, que revelan la voluntad de Dios para nuestra vida. Son mandamientos que deben enseñarse y que se reciben con humildad y disposición a la obediencia (Ej: “Hijos, obedezcan a sus padres en el Señor”). Ambos aspectos, de lo que comúnmente conocemos como predicación, integran los propósitos del culto: la proclamación del kerigma (como conjunto de verdades de la Palabra de Dios), y la enseñanza de la didaqué (como conjunto de mandamientos prácticos de la Palabra de Dios).
Si bien estos propósitos de comunión, testimonio, y predicación se dan en una dimensión horizontal, es imposible separarlos de la verticalidad de la adoración, ya que tienen un carácter profético. Muchas personas creen que “el tiempo de adoración” de una reunión es solo el momento de canto, oración y ofrendas. Pero el culto entero conforma un encuentro profético de adoración. En esta “cita divina”, la comunidad de discípulos es transformada, bendecida, desafiada, liberada, fortalecida, sanada, enseñada, etc. [pullquote style=”right”]Dios utiliza la koinonía para fortalecernos. Los hermanos son el principal vehículo del amor de Dios, que nos vigoriza. ¡Somos el cuerpo de Cristo![/pullquote] El ósculo santo (beso santo), formaba parte de la liturgia cristiana primitiva. Era mucho más que un simple saludo. Constituía un canal a través de la cual el amor de Dios fluía entre su pueblo reunido. Algo profundamente espiritual sucedía cuando estos sencillos discípulos se reunían a celebrar sus ágapes (comidas de amor). Esta koinonía también es un testimonio. Jesús oró pidiendo que sus discípulos fuesen uno para que el mundo crea (Juan 17.21). De la misma forma, el testimonio está directamente ligado a la proclamación de la Palabra, y la proclamación de la Palabra a nuestra respuesta de adoración. Es evidente que todos los propósitos del culto (adoración, koinonía, testimonio y proclamación) se entrelazan para conformar un mover profético, vertical y horizontal, indivisible en sus elementos, al que llamamos culto de adoración.