La adoración comunitaria, que transforma vidas y comunidades, se apoya en algunos principios singulares. Son pautas bíblicas permanentes, verdades que no tienen que ver con estilos, formas externas o cuestiones técnicas. Los estilos varían de acuerdo al contexto. Por eso no existen estilos de culto que sean mejores que otros. Un tipo de liturgia puede ser adecuada en un contexto particular, pero desadecuada en otro. Pero los principios son universales y permanentes. No importa a qué modelo o tradición litúrgica se apliquen, estas pautas universales garantizan el desarrollo de un culto sano y transformador.
[pullquote style=”left”]El culto es para Dios. Él es el motivo y el centro de la convocatoria.[/pullquote] Partiendo de la etimología del término, recordemos que un culto es una “ceremonia que gira en torno de Dios”. Esta verdad debería resultar elemental y obvia en cualquier comunidad de fe, pero en la práctica muchas veces no lo es. Con frecuencia, el aspecto teocéntrico del culto pasa desapercibido, y las reuniones se convierten en convocatorias sociales, en lugar de ser verdaderos encuentros proféticos.
Consideremos algunas malas prácticas que quitan el foco del culto de aquello que debería ser central: la presencia de Dios.

La predicación ocupa un lugar sumamente importante en el culto. Sin embargo, muchas veces se la considera lo único realmente importante de la reunión. Todos los demás elementos litúrgicos son vistos solo como un relleno o complemento del sermón. De hecho, muchas personas llegan al culto recién para el momento del mensaje. En algunas tradiciones litúrgicas el tiempo de alabanza es considerado como una simple preparación para el sermón. Se dicen cosas como “vamos a cantar algunas canciones mientras llega la gente”. La experiencia litúrgica, para aquellos que asisten a este tipo de reuniones, se reduce a sentarse y consumir lo que el predicador tenga para ofrecer ese día. Carlos Mraida afirma que muchas veces el culto se transforma en un culto al predicador.
Muchas canciones que consideramos de alabanza, en realidad no lo son. Son canciones hermosas, pero que están dirigidas a seres humanos, y cuyo objetivo primario no es exaltar a Dios sino adoctrinar o evangelizar. Este tipo de canciones tienen su lugar dentro del repertorio litúrgico, y es bueno usarlas de vez en cuando, con objetivos testimoniales, para fomentan un espíritu de unidad en la iglesia, para desafiar a la misión o para otros propósitos. Sin embargo, no deben convertirse en el repertorio principal del culto. [pullquote style=”right”]En un culto de adoración las canciones deben estar dirigidas a Dios.[/pullquote] Deben estar compuestas en su mayoría en segunda persona del singular, en una relación “yo-tú”, o mejor aún, “nosotros-tú”. No nos reunimos para cantarnos los unos a los otros lindas melodías que nos den ánimo, sino para adorar a Dios en espíritu y verdad. En muchas iglesias se utiliza un repertorio en el que abundan las canciones antropocéntricas e intimistas, más centradas en nuestras necesidades personales que en la gloria de Dios. Suelen escasear las canciones que destacan los atributos divinos, en las que se adora a Dios simplemente por quién es él. Pero estas canciones son esenciales en un culto de adoración. No está mal adorar a Dios por lo que él nos da o puede darnos, pero el enfoque primario a la hora de elegir un repertorio para la reunión debería estar puesto en exaltar su persona, en adorarlo simplemente por lo que él es, no solo por sus dádivas.

En ocasiones se piensa en los diferentes momentos del culto como entes independientes, inconexos entre sí. La reunión consta de “un momento de alabanza”, “el momento de los anuncios”, “la ofrenda”, “el mensaje”, etc. Esta fragmentación puede ser útil para ordenar el programa de la liturgia, pero cuando se establece con demasiada rigidez, tiende a quitarle fluidez e integridad a la reunión. Todo el culto, de principio a fin, debe constituir un encuentro profético, dirigido por Dios, en el que él sea el centro. La adoración no concluye con la última canción del “momento de alabanza”. El Espíritu Santo sigue moviéndose, y Dios es adorado a través de testimonios, oraciones, ofrendas, su Palabra proclamada, la respuesta a la Palabra, nuevas canciones, silencios, intercesión, etc. Aún los anuncios deberían articularse de tal modo que no quiten fluidez al culto. No tienen que ser considerados como un elemento “no espiritual” dentro del culto, sino como un testimonio de la misión de la iglesia. Siempre es bueno orar por las distintas actividades que se anuncian, de modo que toda la congregación sea partícipe de las mismas.
Suele ocurrir que el momento de alabanza congregacional se desarrolla simplemente a través la compilación de una serie de canciones secuencialmente cantadas, una detrás de la otra, sin ningún criterio temático, ni espiritual, ni musical que las agrupe. No existe una dirección o intencionalidad definida en el culto. Esto no significa que esté mal cantar canciones con distintos matices, ritmos o temáticas en una misma reunión. Pero estas canciones se deberían articular, sean 2, 3, 5 o 12, de manera que la alabanza fluyan con una intencionalidad clara. Paul Baloche afirma que las canciones del listado del culto “deben sentirse como si hubiera sido una sola canción”. Es importante reflexionar sobre el contenido de lo que se va a cantar en el culto, y preguntarse qué es lo que queremos enfatizar a nivel espiritual. Hay momentos de alabanza en los que prima un espíritu de alegría y celebración. En otros el acento está puesto en la exaltación de Dios. Otras veces Dios querrá fluir a través de un espíritu suave y sanador.
Otro de los obstáculos que con frecuencia corta el fluir del culto es el mal hábito que algunos líderes de alabanza tienen, de predicar entre canción y canción, o de hablar demasiado durante una canción. Darlene Zschech (Adoración sin reservas. Lake Mary: Casa Creación, 2002) afirma: “Dirigimos la adoración al ser los primeros en adorar”. No es necesario hablar mucho. El momento de alabanza congregacional no es para que el líder comparta una enseñanza, ni para que arengue a la gente con frases floridas. Es justamente para que la congregación alabe a Dios. ¡Después vendrá el sermón! Esto no significa que el líder deba permanecer callado, o que se remita solo a cantar. Obviamente puede y debe hablar. Para eso está liderando a la congregación. Pero es importante que sus palabras realmente ayuden a las personas a conectarse con Dios. Pueden ser breves declaraciones de fe, u oraciones dirigidas a Dios, usando el lenguaje de los Salmos (Ejemplo: “¡Tú eres nuestra roca y fortaleza!” “¡Celebramos tu gracia!” “¡Te aclamamos Rey de Reyes!”, etc.) Es importante que el líder conozca la Biblia, que pueda penetrar el corazón de los salmistas e interpretar el espíritu de cada canción que se canta. Los Salmos nos instruyen en el amor sincero a Dios y nos proveen las palabras que necesitamos para expresar ese amor. El gran teólogo Dietrich Bonhoeffer (1906-1945), dijo que “los salmos son el curso de idioma de Dios” En oportunidades Dios usará al líder de adoración como comunicador profético. Al percibir la dirección en la que Dios se está moviendo, el líder puede declarar cosas como “en este momento Dios quiere derramar una fortaleza especial sobre nosotros,…” o “¡Dios es todopoderoso!, Señor creemos esta verdad… ahora si estás enfermo recibe el toque sanador de aquel para quien nada es imposible y está aquí pronto a sanarte” Los cánticos proféticos (canciones de Dios hacia la iglesia, cantadas por el líder de adoración u otra persona), también fluyen como parte del encuentro con Dios. A veces basta con proclamar con fe un pasaje de la Escritura, que en ese momento puntual se convierte en palabra Rehma (revelación) para la congregación.
Si bien el culto debe ser contextualizado, es decir, relevante a la realidad de la gente que participa, el hecho de que Dios sea el destinatario de la reunión supone la rendición de nuestras preferencias y programas al control de su Espíritu Santo. En modelos litúrgicos del estilo seeker sensitive service, orientados al visitante, muchas veces se pasa por alto el aspecto vertical y profético del culto, y todo el programa gira en torno a las personas y sus necesidades. Todo lo que se procura es que los asistentes se sientan cómodos y servidos. De hecho, la palabra service (servicio a Dios), que es el término que en inglés se utiliza para referirse al culto, muchas veces se malentiende. Se cree que el culto es un servicio que la iglesia le brinda a la gente (que muchas veces es vista por el liderazgo de la iglesia como la clientela). Detrás de este enfoque centrado en el hombre y no en Dios, lo que está en juego es mucho más que un simple estilo de culto. Lo que peligra es el contenido y esencia del mensaje que la liturgia comunica, en su propósito testimonial. Muchos cultos se han transformado en shows cristianos, que buscan entretener al espectador.
Nuestro enfoque debe estar puesto en agradar a Dios, al tiempo que buscamos un criterio litúrgico, estético y de formas, que facilite el encuentro comunitario con él, acorde al contexto singular de cada iglesia. Esto no significa que esté mal desarrollar reuniones orientadas a gente nueva. La iglesia debe estar abierta a la comunidad, y debe llevar adelante su misión de manera pertinente y estratégica. Pero en un culto de adoración, más allá del grado de contextualización con el que se celebre, la atención debería estar puesta en Dios. El objetivo del encuentro es ministrarlo a él y ser transformados a su imagen. Es importante que el liderazgo del culto sea sensible a la realidad de la gente, y que procure que todos los elementos litúrgicos (el ambiente, el estilo, las canciones, el lenguaje, etc) faciliten un encuentro genuino con Dios. Sin embargo, debería evitar la tentación de customizar (adaptar al gusto del consumidor) todos los elementos del culto. No se trata de tener consumidores sino adoradores en la reunión. Siempre habrá gente que se queje porque el culto no cuadra con sus preferencias personales: porque es muy corto o muy largo, porque el estilo de las canciones es muy moderno o muy anticuado, porque el mensaje es demasiado simple o demasiado complejo, porque el volumen está muy fuerte o muy bajo… ¡Sencillamente no se puede agradar a todos!