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Curso: Una Adoración Transformadora
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Un culto excelente

 

El culto, como testimonio, es una declaración de quién es Dios. Un culto mediocre, en su contenido y en sus formas, testifica acerca de un Dios mediocre. Por eso, es muy importante que la liturgia sea excelente, en todos sus aspectos. La excelencia honra a Dios e inspira a la gente a adorarlo con lo mejor de sí. Por esta razón, David puso todo su empeño en instaurar un sistema cúltico glorioso. En uno de sus salmos, David alienta a los adoradores a “poner gloria en su alabanza” (Salmo 66.2). Recordemos que la palabra que se utiliza para gloria es kabód, que significa peso esplendor, honra, reputación. Otras posibles traducciones de este versículo son: “hagan gloriosa su alabanza”, “denle alta reputación por medio de su alabanza” o “que su alabanza refleje su esplendor”.

Para poner en práctica el mandamiento de hacer gloriosa la alabanza a Dios, no es necesario que la iglesia disponga de una tecnología costosa, ni de una gran orquesta, ni de una producción cúltica sofisticada. Si cuenta con estos elementos, y realmente ayudan a que la congregación adore con excelencia, no está mal utilizarlos. De hecho son una bendición. Pero nada de lo que hagamos en el culto, por excelente que sea, puede sorprender a Dios. Su excelencia supera todos nuestros parámetros humanos. Cuando mi pequeña hija Victoria me regala un dibujo, aunque objetivamente sea solo un garabato, ¡yo lo veo como una obra de arte! Ese garabato nació en su corazoncito lleno de amor, y para ella significó un gran esfuerzo dibujarlo. Me regaló lo mejor que tenía. Esta es la manera en que Dios define la excelencia. Cuando Jesús vio a los ricos echar grandes sumas de dinero en el arca de las ofrendas, lejos de halagarlos, afirmó que estaban dando de lo que les sobraba (Marcos 12.44). La que mereció su halago fue una viuda pobre, que a los ojos humanos solo entregó dos monedas. Pero para ella y para Dios, esas dos monedas significaban su 100%, ya que era todo lo que tenía. Excelencia es darle a Dios lo mejor de nosotros, hacer nuestro mayor esfuerzo.

Consideremos algunos elementos que hacen a la excelencia del culto:

  • Actitud

La excelencia es, primeramente, una cuestión actitudinal. Es un esfuerzo voluntario y alegre, a través del cual buscamos honrar a Dios. El Salmo 33 nos exhorta a adorar a Dios de esta forma: “Alegraos, oh justos, en Jehová; En los íntegros es hermosa la alabanza. Aclamad a Jehová con arpa; Cantadle con salterio y decacordio. Cantadle cántico nuevo; Hacedlo bien, tañendo con júbilo” (vs.1-3).

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El versículo 3 de este Salmo afirma que la manera de alabar bien a Dios, es tocando el instrumento (o cantando en el caso de los cantantes) con alegría. La exhortación se dirige especialmente a los músicos y cantantes, encargados de liderar la alabanza, pero no se limita a ellos. Involucra también a todos los adoradores presentes en el culto, responsables de construir un culto excelente en honor a Dios. El versículo 1 dice que la integridad de los adoradores hermosea la alabanza. ¡El gozo se nos tiene que notar! Cuando Moisés descendía del monte Sinaí, luego de haber estado con Dios, la piel de su rostro resplandecía. Una actitud apática durante la liturgia, ya sea arriba o debajo de la plataforma, refleja mediocridad y trae mala fama al nombre de Jesús. Darlene Zschech dice : Imagínese que un incrédulo llegara a una iglesia en la que el gozo del Señor fuera visible en todos los rostros, tanto en la plataforma como en las sillas. Imagínese el avivamiento que golpearía a esa iglesia.

La adoración que brota de las páginas de los Salmos se caracteriza por la exuberancia, la pasión, la alegría desbordante, la radicalidad, la energía, la integralidad, el temor reverente. Es una adoración actitudinalmente excelente.

  • Preparación

El deseo de honrar a Dios a través de la excelencia, debe movilizar a los responsables de liderar la liturgia a prepararla con sumo esmero. En primer lugar debería existir una preparación conceptual del culto. El pastor, junto al liderazgo cúltico, harían bien en definir un criterio general para las liturgias que como iglesia quieren celebrar, en función de los principios teológicos y misionológicos propios de la congregación. Muchas iglesias carecen de esta preparación. Nunca se han preguntado acerca del para qué ni del cómo de sus cultos. Donald P. Hustad afirma: “Una de las fallas más serias del movimiento evangélico no litúrgico viene de la actitud aparente de creer que la adoración pública no es suficientemente importante para planearla con cuidado. La mayoría de los seminarios e institutos bíblicos no han ofrecido cursos en adoración para la participación de pastores (excepto el estudio en homilética y predicación), evidentemente pensando que hacer esto negaría nuestra “tradición libre”. Como resultado, el diseño y la práctica de adoración en su mayoría ha tendido a ser accidental, el resultado de adherirse tenazmente a la tradición concebida o seguir la última moda que circula entre las iglesias.”

Cada elemento de la liturgia debería ser analizado a la luz de la Palabra de Dios, y bajo la guía del Espíritu Santo, a fin de no hacer nada en el culto por simple repetición (el error tradicionalista) o por vana imitación (el error reformista).

En segundo lugar, y partiendo de esta matriz litúrgica general, deben prepararse con celeridad los elementos propios de cada culto: la música, las participaciones, el mensaje, el momento de la ofrenda, los aspectos técnicos, la manera en que se darán los anuncios, el servicio de la Cena del Señor, etc. El orden es una virtud divina, y un culto excelente, que testifica acerca de un Dios excelente, debería ser ordenado. Esto no significa “limitar al Espíritu Santo”. Todo lo contrario. Libertad en el Espíritu no es sinónimo de improvisación o informalidad. El Espíritu Santo debe inspirar y guiar todo el proceso de preparación del culto. El Espíritu Santo no trabaja solo los días domingos. Puede inspirar un lunes, un martes, un miércoles… Un pastor que se para en el púlpito sin tener un sermón debidamente preparado no es un ungido de Dios, ¡es un vago! Lo mismo se aplica al grupo de músicos que no ensayó para el culto, y conecta sus instrumentos antes de la reunión, para “tocar lo que el Espíritu nos inspire”. Pablo Picasso decía “la inspiración nos encuentra trabajando”.

La preparación minuciosa, sin embargo, no debe convertirse en un programa rígido, que no pueda modificarse bajo ninguna circunstancia. La verdadera adoración es una respuesta a la revelación de Dios, y el obrar de Dios no puede programarse. Por eso, siempre debemos estar abiertos a ese mover espiritual impredecible, expectantes de como Dios va a moverse en el momento específico del culto. Concebir la liturgia como una construcción comunitaria, que no “se hace” desde la plataforma, ayuda a fomentar esta frescura y espontaneidad. Orden y libertad pueden y deben convivir en perfecta armonía.

Es importante que el equipo de alabanza esté entrenado para fluir proféticamente en adoración. Deben saber cuál es la dirección puntual para el culto, y estar atentos al fluir de Dios y a las indicaciones del líder de alabanza. En los Salmos aparecen indicaciones que servían de guía a los músicos del templo judío, para que pudieran ministrar ordenadamente. Por lo que se lee en el título de muchas de estas canciones del salterio, existía un músico principal (Salmos 77, 80, 85, etc.), que pudo haber sido un director musical o coral, encargado de coordinar la orquesta. También existen indicaciones técnicas como el Selah (Salmo 3, 9, 24, etc.). Esta palabra se encuentra setenta y un veces en los Salmos y su significado no es del todo claro. Algunos creen que marcaba una pausa o silencio en la interpretación. Otros entienden que indicaba una elevación de la voz, una modulación en el tono, o una intensificación de la ejecución de los instrumentos. Independientemente de la manera en que se interprete el Selah, es evidente que los músicos del templo respondían a este término, y estaban entrenados para fluir ordenadamente como equipo.

Muchas veces se generan baches en el culto, por desatención de los músicos, o por falta de una comunicación clara en la plataforma. Este tipo de desencuentro interrumpe el fluir de la adoración. Para evitarlos, es importante que el equipo de alabanza trabaje sobre algunos detalles:

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–Deben ensayarse bien las canciones, y también los pasajes entre canción y canción.

–Hay que explicitar cómo se van a hacer las transiciones, si va a haber alguna modulación, qué instrumento es el encargado de comenzar la canción, si hay algún conteo de batería, si hay canciones ligadas, etc.

–El inicio y el final de las canciones son los momentos más críticos, en los que suelen producirse los baches, por lo que se les debe prestar especial atención.

Los momentos de cántico nuevo deben ensayarse, o al menos debe establecerse la secuencia de acordes que la banda va a seguir en esos pasajes espontáneos. A veces es solo un tono, en otras oportunidades es la progresión final de una canción, que se repite. Lo importante es que esos momentos espontáneos no sean confusos o caóticos. No se trata de que cada uno toque lo que se le ocurre. El fluir improvisado debe ocurrir en un marco de orden, en el que todos los músicos conozcan el patrón armónico que se está siguiendo. Lo mismo se aplica al coro o voces de apoyo.

Debe establecerse un sistema se señas claro, que toda la banda entienda, que le permita al líder de alabanza ser flexible en la estructura de las canciones, repetir partes o finales, generar matices, etc. Es importante que todo el grupo esté atento a estas señas del director, sobre todo cuando termina una estrofa o el coro de la canción, y en el pasaje de canción a canción. Si en algún momento el líder deja de cantar, o comienza a hablar encima de la lírica de la canción, las voces de apoyo deben seguir cantando, sino la congregación, al no tener ninguna voz de referencia, también dejará de hacerlo.

En cada estilo litúrgico aparecen detalles particulares, a los cuales el liderazgo del culto debería prestar atención. La excelencia se construye a partir de detalles.

  • Aspectos técnicos

Suele ocurrir que una actitud excelente, sumada a la preparación esmerada por parte del equipo de alabanza, terminan siendo insuficientes a la hora del culto, porque surgen desperfectos técnicos: problemas de sonido, de proyección, etc. Las personas llegan al culto con ganas de adorar a Dios, los músicos han ensayado largas horas, el pastor ha preparado un sermón maravilloso, ¡pero resulta que no funciona el sonido!. Pareciera que la excelencia litúrgica es una cadena, tan fuerte como su eslabón más debil. Por eso, los aspectos técnicos deberían prepararse con la misma rigurosidad y excelencia con la que se preparan las canciones o el sermón.

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Independientemente del tamaño y de las posibilidades económicas de la congregación, es importante que el lugar de reunión sea confortable, que propicie la adoración en los aspectos visuales (decoración, iluminación), y que el sonido, proyección y demás herramientas técnicas funcionen adecuadamente. Vivimos en la era de las comunicaciones, y al pensar en el culto como un acto comunicacional, no deberíamos pasar por alto la importancia de todos estos elementos. Las personas decodifican visualmente los mensajes que se generan en una reunión. La comunicación trasciende lo que se habla desde la plataforma. Incluye gestos, vestimenta, iluminación, decoración, tono, movimientos, dramatización, imágenes proyectadas, sonido, etc. Todos estos detalles deben pensarse al preparar el culto, ya que son mucho más que simples detalles.

 

CONCLUSIÓN

¿Quién se atreve a decir que sabe adorar a Dios? Si apenas lo conocemos. Casi que no lo conocemos… Y adorar es ni más ni menos que eso: conocer a Dios. Por eso, cada vez que creemos que ya sabemos cómo adorarlo, Dios se encarga de llevarnos nuevamente al punto de partida. Destruye nuestra confianza en viejas experiencias y conceptos, y nos regala una vez más un corazón de niños.

Jesús dijo “de la boca de los niños y de los que maman perfeccionaste la alabanza” (Mateo 21.16). Aquí está encerrada la escencia de la adoración: una vida de fe, una vida dependiente, una vida humilde, una vida obediente, una vida enseñable, una vida de intimidad con Dios y abierta a su obrar. Como acto espiritual, la adoración brota de un espíritu quebrantado. Cuando nuestro espíritu permanece quebrantado, todo lo que hagamos constituirá una ofrenda de adoración a Dios. Con cada pensamiento, con cada palabra, con cada actitud y acción procuraremos agradarle. Estemos en un culto cantando, o en la oficina trabajando. Estamos orando, o jugando con nuestros hijos. ¡Dios es el dueño de cada área y momento de nuestra vida!

Dios está buscando verdaderos adoradores. A través de este manual he querido ayudarte a que respondas adecuadamente a esta eterna búsqueda del Padre celestial. Pero soy conciente de que todo lo que pueda escribir sobre adoración resulta insuficiente. ¡Hay tanto de Dios por conocer! Él es inagotable, infinito. Solo en el cielo tendremos una noción nítida de la vardadera adoración. Allí dispondermos de toda una eternidad para seguir descubriendo facetas asombrosas de Dios, y así disfrutar plenamente de él. El apóstol Pablo decía: “Ahora vemos de manera indirecta y velada, como en un espejo; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de manera imperfecta, pero entonces conoceré tal y como soy conocido” (1 Corintios 13.12). En el cielo no solo conoceremos las virtudes más asombrosas de la persona de Dios, ¡también conocermos sus pensamientos más profundos y saturados de amor hacia nosotros!

 

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Esto nos lleva nuevamente a lo más importante: el amor. Ese amor que transforma, que nos va moldeando a imagen del ser amado, al punto de volvernos semejantes a él. Amor, comunión, conocimiento, transformación. De todo esto se trata la verdadera adoración. Aunque cueste definir el término, el que ha estado alguna vez en presencia del Santo, Santo, Santo tiene al menos un atisbo lejano de lo que significa adorar. No hace falta entender teóricamente el concepto. Lo importante es adorar. San Juan de la Cruz decía:  Nunca entraré en una vida que trascienda todo lo que soy, todo lo que puedo lograr, por medio de mis propios esfuerzos. Es tiempo de pasar del entender al no entender. El corazón entiende de razones que la mente ignora. Mi oración es que puedas volver al corazón. El que alberga ese amor completo por Dios y por el prójimo. ¡Bendigo tu vida y tu peregrinaje eterno como adorador!