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Curso: Una Adoración Transformadora
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Un culto relevante

 

Si el culto no es relevante, tampoco será transformador. La palabra relevante significa importante o significativo. Pongamos un ejemplo extremo: por muchos años la misa católica se celebró en latín. Los participantes no entendían lo que allí se hacía y decía. Ese era un culto absolutamente irrelevante, carente de todo significado para la mayoría de los que participaban. Hoy nuestros cultos son en castellano, pero muchas veces se asemejan a aquellas antiguas misas católicas. Son inentendibles, o están descontextualizados.

El contenido y las formas del culto deben adecuarse a la realidad circundante, a la cultura del entorno. El culto debería celebrarse con una liturgia contextualizada. Esto no significa, como ya dijimos, rebajar el mensaje u ofrecer un show, para que el culto le guste a la gente. Pero si pretendemos que las personas salgan de nuestras reuniones transformadas, debemos proveer contenidos y formas significativas y cercanas a su realidad cotidiana, que vehiculicen el obrar transformador de Dios.

  • Contenidos relevantes

Muchas personas no muestran interés alguno en participar de un culto cristiano porque lo que allí sucede y lo que allí se enseña no tiene ninguna injerencia concreta en sus vidas de todos los días. Piensan que ir a una reunión religiosa es una pérdida de tiempo. Ven la adoración como un ritual vacío. Y, para ser honestos, muchas veces lo es. Es muy difícil cantar con el entendimiento cuando las letras de las canciones no coinciden con nuestra manera cotidiana de hablar. Muchas canciones requieren de un curso intensivo de teología para poder entender lo que se está cantando. Otras canciones son simples mantras, que se repiten de manera mecánica, sin generar ningún significado revelador en el que adora. Algunas canciones son la expresión poética de una vivencia personal del compositor, pero trasladadas al contexto de la adoración comunitaria resultan confusas e inadecuadas. Debemos cantar canciones con contenido, que expresen el lenguaje bíblico de la adoración, y que traigan una revelación fresca de Dios. Pero, al mismo tiempo, deberían ser líricas entendibles para el adorador promedio de nuestras congregaciones.

Otro elemento del culto que muchas veces carece de relevancia es el sermón. En este sentido, existen dos extremos que el predicador debería evitar. Por un lado, debería evitar hacer del mensaje una clase de teología, o una mera arenga motivacional, en la que el oyente no se lleva ninguna aplicación concreta para su vida cotidiana. Muchos se retiran del culto solo con una inyección anímica, o con un cúmulo de conocimientos intelectuales interesantes. Pero no hubo una transformación de vida. Por otro lado, el predicador debería evitar hacer del mensaje un dictado de consejos simplistas, o una charla de interés, en la que la Biblia está totalmente ausente. El desafío para el orador es hacer relevantes los principios eternos de la Palabra de Dios, aplicándolos a los problemas concretos de las personas de hoy. El objetivo del mensaje debe ser generar un cambio en la conducta de los oyentes, no simplemente llenar sus mentes de conocimientos y sus corazones de lindas sensaciones. Se debería proclamar el kerigma con fe, creyendo en su poder transformador, y enseñar la didaqué con amor y relevancia.

 

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  • Formas relevantes

El envase de los contenidos del culto también debe ser relevante y contextualizado. Las formas son tan importantes como el contenido. No pretendamos que las personas se conecten con Dios por medio de la alabanza, cuando el estilo de las canciones que se cantan en el culto está completamente alejado del gusto musical promedio de la congregación. La música es el lenguaje del alma, y como tal tiene el propósito de ayudar a las personas a sentir lo que están cantando. Es difícil que las personas adoren emotivamente a Dios cuando las melodías y ritmos de las canciones no tienen ningún punto de contacto con la música que hace vibrar las cuerdas de su alma, en un contexto cultural determinado.

Las congregaciones, en todo el mundo, suelen ser heterogéneas en su composición. En sus filas se sientan jóvenes, adultos, ancianos, niños y matrimonios, provenientes de extractos socioculturales diferentes. El desafío, para los responsables de liderar la liturgia, es encontrar ritmos y melodías asimilables por la mayoría de las personas que asisten al culto, a través de los cuales puedan expresar libremente su adoración a Dios, aún en un contexto de diversidad cultural y generacional. Los que integran el ministerio de alabanza, desde el líder hasta el último colaborador, deberían tener bien en claro que todas las formas del culto están destinadas a ayudar a las personas a adorar a Dios. Si las personas se van del culto sin haber adorado a Dios, la tarea del ministerio fue un fracaso.

Tener este principio en mente establece algunos criterios litúrgicos funcionales, que hacen a la relevancia del culto:

** No complicar innecesariamente el arreglo de las canciones

Como ya señalamos, a veces se eligen canciones muy complejas, incantables para la congregación. Otras veces son inadecuadas las tonalidades. En oportunidades los arreglos instrumentales son tan difíciles que los músicos, lejos de poder enfocarse en Dios, adorarlo y fluir proféticamente, tocan solo pendientes de que las canciones salgan tal como las ensayaron, tensionados o sudando. Este tipo de performance de alabanza no sirve, ni a los músicos ni a la congregación. Los músicos deberían encontrar una “zona de comodidad”, de acuerdo a su capacidad técnica, en la que se sientan seguros al tocar, y fluyan con libertad en adoración. Al mismo tiempo, deben esforzarse por mejorar continuamente su técnica, para que esa zona de comodidad se expanda. Sencillez no significa mediocridad. A mayor capacidad técnica, menos pendiente estará el músico de su instrumento, y podrá así concentrarse en Dios. Habrá logrado independencia técnica. Lo mismo se aplica a los cantantes. Una adoración excelente supone el esfuerzo por embellecer las canciones con arreglos instrumentales y vocales, pero siempre y cuando estos arreglos ayuden a la congregación a adorar, y no provoquen “caras de sufrimiento” en el escenario. Darlene Zcchech afirma: “no funciona tener un equipo de personas dirigiendo la alabanza que tiene cara de que no saben si están en el lugar correcto o no”.

** Tener un repertorio balanceado

Dado que la mayoría de las iglesias son heterogéneas en su composición, los líderes de alabanza deben contar con un repertorio de canciones que contemple a todos los segmentos generacionales de la congregación, con sus diferentes preferencias de estilos. Muchas producciones de alabanza y adoración actuales apuntan principalmente a un público juvenil, tanto en el ritmo como en la letra de las canciones. Pero en un culto comunitario en el que hay adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos, nadie debería sentirse excluído. Siempre es bueno redescubrir antiguos himnos, sumamente ungidos y llenos de significado. También es importante enseñar nuevas canciones, que aporten una revelación fresca de la persona y la obra de Dios; preferiblemente canciones compuestas por miembros de la congregación, que expresen lo que Dios está haciendo en esa iglesia local en particular, y su idiosincrasia espiritual y cultural singular.

Al hablar de heterogeneidad, también debemos tener en cuenta la composición sexual mixta de nuestras congregaciones. Es decir, deberíamos contemplar que hay mujeres y varones. Pareciera que en los últimos años la adoración adquirió una impronta femenina. Abundan las canciones intimistas, con letras como “Jesús, tú eres mi amado” “Quiero besarte” “Abrázame” “Quiero derramar mi perfume de adoración”, y otras expresiones, con las que una mujer puede sentirse mucho más identificada que un hombre. No hay problema en cantar este tipo de canciones, ya que expresan una faceta vital de nuestra relación con Dios: nuestro amor íntimo y pasional hacia él. Pero es importante que no sean las únicas canciones que se cantan en el culto. Los varones también necesitamos declarar cosas como “¡Tú eres mi fortaleza!” “¡Tú eres Jehová de los ejércitos!” “¡Firmes y adelante, huestes de la fe!”. Deberíamos velar por un repertorio balanceado, que exprese ambas “improntas” de alabanza, la femenina y la masculina.

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Cada líder de alabanza tiene un estilo y una preferencia a la hora de     elegir canciones para el culto. Algunos tienden a ser festivos, otros intimistas, otros más pasionales. Pero al momento de planificar la adoración congregacional, es importante que el líder deje de lado sus preferencias personales y se haga algunas preguntas:

¿Qué es lo que Dios está haciendo en nuestra iglesia local en este tiempo?
¿Qué es lo que Dios quiere hacer en la reunión que me toca dirigir? ¿Hay algún énfasis especial? ¿Tengo alguna indicación puntual de parte del pastor?
¿Qué facetas de la persona de Dios tienen que describir las canciones que escoja? ¿Son canciones que la gente conoce, con las que le resultará sencillo adorar?
¿Hay alguna canción central, en torno a la cual preparar todo el tiempo de alabanza?

Hacerse estas preguntas ayudará al líder a salir de sus gustos personales. Evitará así armar una lista con:

La canción que escuchó ayer en la radio y le gustó
La canción que está de moda en la iglesia
La canción que se muere de ganas de enseñar
La canción que cantaron unos domingos atrás y “pegó”
El himno que siempre funciona y que hace llorar a los más grandes
Es importante enseñar canciones nuevas, pero hay que tener cuidado de ¡no enseñarlas todas juntas en el mismo culto!

Enseñar más de una canción por culto suele convertir el tiempo de alabanza en una audición o recital. Más importante que elaborar un listado de canciones es saber lo que Dios quiere hacer en el culto, y en función de esa dirección determinar si necesitamos una canción, dos canciones, diez canciones, ¡o ninguna canción!

** Hablar con naturalidad, vestirse con naturalidad

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El tono y el lenguaje de aquellos que presiden la reunión también debe adaptarse al contexto, para que el culto sea relevante. Muchos líderes de adoración y pastores hacen de su performance en la plataforma una verdadera actuación: impostan la voz o utilizan un lenguaje místico, poco natural para el común de la gente. Bob Sorge comenta: “Hay personas que asumen una personalidad de púlpito, una apariencia artificial y pseudoespiritual, para tratar de causar una buena impresión en la gente con su conducta teatral y estilo florido. Tales fachadas falsas no les ganan el cariño de la congregación. Los hermanos pueden amar al director de alabanza, pero disgustarse con la persona en que se convierte los domingos. Cualquier congregación responde con más gratitud a la sinceridad de la persona real.”

En el culto debería respirarse un espíritu genuino, natural, no ficticio, no fabricado. Lo mismo se aplica a la vestimenta. No existe ningún texto en la Biblia que ordene a los pastores y líderes de alabanza usar saco y corbata. La vestimenta de aquellos que presiden la reunión debería ayudar a las personas a adorar a Dios con libertad. Un aspecto desalineado, como así también un aspecto demasiado ostentoso, distrae a la congregación. Les impide concentrarse en Dios, ya que están más pendientes de la ropa (andrajosa u ostentosa) de aquellos que están en el escenario. Lo importante es hallar una estética que no desentone con el contexto cultural de la iglesia, y que ayude a las personas a adorar sin distracciones, sea saco y corbata u otra vestimenta más informal, pero prolija.

** Velar para que no haya nada que distraiga a las personas de la presencia de Dios

Suele ocurrir que algunos elementos o formas del culto, que deberían servir para que la gente se conecte fácilmente con la presencia de Dios, terminan (paradójicamente) produciendo el resultado inverso. Es decir, se transforman en elementos que distraen. Un ejemplo: muchas iglesias cuentan con grupos de danza que acompañan el tiempo de canto congregacional, con movimientos coreográficos, banderas, telas, panderos y otros elementos que embellecen estéticamente la adoración. Incorporar este tipo de grupos a la liturgia es muy positivo, pero siempre y cuando aquellos que bailan realmente inspiren a adorar, y no distraigan con sus movimientos a la congregación. En algunas iglesias utilizan bailes y vestidos judíos, completamente descontextualizados. A veces la coreografía es excelente, en cuanto a su puesta escénica, pero termina centrando la atención de la congregación en el grupo de danza más que en Dios. Correctamente utilizada, la expresión corporal es una herramienta poderosa, no solo por su aporte estético, sino también por su dimensión profética. Pero jamás debería “competir” con la presencia de Dios.

Lo mismo ocurre cuando usamos fondos demasiado llamativos para las letras de las canciones que se proyectan, o cuando la puesta escénica es demasiado luminosa y teatral, o cuando la vestimenta de los músicos y cantantes es muy ostentosa. A veces, en pro de la excelencia técnica y desde una sana motivación, sin darnos cuenta convertimos los medios en fines. Y la congregación, lejos de estar concentrada en adorar a Dios, termina consumiendo como espectadora el show que se ofrece desde un escenario. En la era de la tecnología, no podemos ignorar la importancia de los elementos visuales y estéticos en la liturgia. Pero tampoco deberíamos sobrestimarlos. Hay iglesias que piensan que si no cuentan con un sistema de sonido de alta calidad, luces de colores y un proyector con pantalla gigante, no pueden adorar a Dios comunitariamente. Esto obviamente es mentira. Durante diez generaciones, los cristianos cavaron casi mil kilómetros de catacumbas debajo de la ciudad de Roma. Las catacumbas eran tumbas subterráneas donde los cristianos se reunían en secreto para celebrar sus cultos. ¡La iglesia primitiva no tenía problemas de sonido! Sencillamente porque no tenían sonido. Sin embargo, adoraban a Dios en espíritu y verdad.

Hay congregaciones cuyo templo es apenas una habitación pequeña, pero tienen una batería (que ocupa un tercio del lugar), y un sistema de sonido para un estadio de básquet (que ocupa otro tercio del espacio). ¡El ruido es ensordecedor y resulta imposible adorar! Sería mucho más sencillo, en este tipo de congregación, adorar solo con una guitarra y sin sistema de sonido. Los elementos técnicos son una bendición, pero siempre y cuando estén al servicio de la adoración y no al revés. Albert Einstein decía que vivimos en “la era de los medios perfectos y los fines confusos”. Usemos los mejores medios, pero subordinados a una finalidad clara: que la congregación pueda adorar a Dios en espíritu y verdad.