
La persona que realiza la tarea de consejería pastoral debe tener un llamado especial, capacitada especialmente con los dones espirituales. A veces, los que no tienen el don, la realizan utilizando el esfuerzo humano; eso los lleva al fracaso y a hacerles daño a aquellos a quienes pretenden ministrar. En cambio, si fue llamado por el Señor Jesús, Él allanará los caminos y proveerá del don, y la autoridad para ejercer dicho servicio. A la vez el consejero, buscará toda la capacitación posible a los largo de su ministerio. No necesariamente el consejero debe ser un pastor ordenado, pero sí es necesario que todo pastor ordenado sea un buen consejero.
En el Módulo II se presentaron los objetivos de la consejería pastoral desde la perspectiva del consejero, porqué llevará adelante ese ministerio, atendiendo a que esos objetivos se verán plasmados en las metas que tendrá al aconsejar, algunas de las cuales se presentan ahora y que varían de un caso al otro. Lo que puede ser una meta para una situación, puede que no sean tan efectivas para otra. Por lo tanto se mencionan los lineamentos generales que se dan en todos los casos.
Para que una meta se logre, estarán en juego tres variables:
** la motivación del aconsejado a querer resolver el problema;
**la habilidad y recursos del consejero, y
** la naturaleza y complejidad del problema.
Dado que esta es una consejería pastoral cristiana, los principios de las Escrituras y la acción del Espíritu Santo deben ser tenidos en cuenta como los elementos esenciales.
Algunas de las metas:
1) Lograr que, en la entrevista, la persona pueda disminuir las emociones destructivas: la ansiedad, la hostilidad, el enojo, la angustia, etc. Si se logra disminuir estas emociones, el aconsejado puede dirigir toda su energía a enfocarse en resolver los problemas.
2) Procurar que vea su problema con objetividad, sin orgullo, ni auto conmiseración. Se toma como meta, a veces esto es un proceso trabajoso, con el fin de enfrentarlo con la ayuda del Espíritu Santo al que entienda el papel que él juega en la situación conflictiva y encaminarlo a su solución definitiva.
3) Esperar que la persona se entienda a sí misma y se valore. Recordarle que el Señor la eligió antes de la fundación del mundo, y que Él quiere que tenga vida en abundancia (Juan 10.10). Si el entrevistado es un hijo de Dios y tiene a Cristo como centro de su vida, en las Escrituras encontrará el poder para tener una adecuada y sana autoestima y resolver el problema.
En este punto, vale un comentario adicional. En un contexto social y comunicacional como se da en los últimos años en Argentina, donde se difunde tanto el concepto de autoestima en forma discriminada, cada grupo o persona le da un tinte especial, mayormente egocéntrico. Es importante aclarar que el concepto de autoestima ya aparece en la Biblia “…Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 19.19, 22.39, Romanos 13.9, etc). Sea como sea que este versículo sea interpretado, a lo menos da por sobreentendido que la persona se ama a sí misma. Lo cual no significa que llegue a ser el centro del universo, que todas las decisiones lo tienen que privilegiar “caiga quien caiga”.
4) Ayudar a que el aconsejado desarrolle una disposición a aceptar responsabilidades. Es muy probable que esté sufriendo a causa de malas decisiones o errores en la vida; si deposita toda la responsabilidad en otros, no podrá enfocar su propio rol en todas las situaciones, por lo tanto buscar soluciones. Por ejemplo: hay quienes se instalan en posición de víctimas de ciertas situaciones y en realidad lo son, pero eso los ha paralizado, creyendo que no tienen recursos para salir de ese lugar. Seguro que habrá salidas más o menos complejas. Están quienes han tomado decisiones influenciados o tomando el consejo y/o directiva de otra persona, pero no son conscientes que en última instancia ellos decidieron seguir ese camino.

5) Apoyar al aconsejado en los momentos de crisis o de angustia. Que sepa que cuenta con el consejero y con la congregación. No está solo.
6) Lograr que el aconsejado no cree dependencia con el consejero para resolver sus problemas, que en el proceso aprenda a tomar sus decisiones y hacerse cargo de las mismas y que en última instancia, dependa solo de Dios en Cristo. Vale aclarar que no propiciar la dependencia no quiere decir que el consejero se desentienda de la persona. Si el proceso se desarrolla adecuadamente, la persona aprenderá a reconocer los recursos que tiene en las Escrituras, en la oración, en sí mismo, etc.
Parecería una contradicción con el punto cinco, pero es cuestión de lograr el equilibrio según la personalidad de cada aconsejado. Se debe adoptar una actitud sabia a fin distinguir cuándo es un momento de crisis, auxiliar o hacer llegar una orientación, o si se trata de personas que ante cualquier situación buscan al otro para que les resuelvan las cosas.
7) Ayudar al aconsejado a desarrollar una perspectiva realista de la vida. Que se dé cuenta de que todos tienen problemas, angustias y desilusiones, pero a pesar de ello pueden vivir dignamente y buscar las soluciones a sus problemas de la mano de Dios. En Buenos Aires es muy común escuchar decir, incluso a muchos creyentes, “todas me pasan a mí”, “Dios me dio esa cruz…” Dentro del mundo evangélico, a veces, la gente tiene la idea de que hay soluciones mágicas, pero no realmente milagrosas, donde el Señor actúa según su soberanía. Las entienden como si las dos significaran lo mismo. Las primeras son ilusorias, pero las segundas son la intervención de Dios en la persona y su realidad.
8) Fomentar que el aconsejado tenga un mayor conocimiento de Cristo, una mejor comunicación con Él, junto con el conocimiento de las Escrituras, donde encontrará la guía segura.
Existen muchísimos pasajes bíblicos con principios o promesas concretas para los distintos momentos de la vida de cualquier persona, que se pueden señalar al aconsejado para que lea e incluso memorice. Esto se ejemplificará en unos párrafos más adelante.