Aunque sí hay principios generales que ayudan en el momento de aconsejar, también existen algunos elementos en ese proceso que son una incógnita desde el punto de vista humano, pero no para los recursos del Espíritu Santo y las Escrituras. Entonces, se las incluye porque son útiles para pensar las limitaciones del consejero y la necesidad de estar en dependencia absoluta del Señor para cumplir el ministerio. Estas son algunas de ellas (En el sitio no se indica el autor del artículo.
1. No se sabe exactamente qué es lo que ayuda a las personas a resolver sus problemas. Se sabe con seguridad que no son las técnicas que el consejero usa, estas son solo instrumentos. A medida que se lee la literatura de aconsejamiento y se aprenden los varios estilos y técnicas que se están empleando, se puede notar que hay un amplio campo de métodos. La mejor deducción a la que se ha podido llegar es que, en principio, la razón por la cual la persona recibe ayuda es la relación que ella establece con el consejero. La mayoría de los libros sobre este campo afirmará esto, pero de ahí en adelante no hay seguridad humana. Por ejemplo: muchos consejeros se han visto sorprendidos cuando una persona al llegar a una próxima entrevista, comienza diciendo: “No sabe lo bien que me hizo y la paz que sentí, cuando recordé lo que usted mencionó…” ¡El consejero a veces ni recuerda haberlo dicho! También está el caso, de mencionarle varios pasajes de las Escrituras y solo sabe el Espíritu del Señor, porqué uno de ellos le impactó e hizo que fuera de inspiración o abriera posibilidades para seguir el proceso.
2. No se sabe por qué la persona cambia. Es probable que sus heridas lo fuercen a buscar una existencia caracterizada por menos dolor y más bienestar. Esto parece ser una deducción válida, pero es solo una suposición, dado que hay muchas personas en situaciones parecida pero no se deciden a buscar ayuda y hacer los cambios que su situación requiere. El consejero es un instrumento para fomentar la actitud de apertura al diálogo, a los principios de la Palabra y a la acción del Espíritu Santo.
3. Tampoco se sabe cómo la persona cambia. ¿Hay alguna forma de mecánica de cambio que reside en el interior de la persona? A esto, tampoco se encuentra respuesta, salvo lo que se ha afirmado en el punto anterior. Enfatizamos esto para que cada consejero tenga una actitud de humildad, no está en sus manos la llave mágica, sino el ser partícipe del obrar de Dios y ser un instrumento de honra.
4. No se sabe si debemos abordar un caso dado primordialmente mediante una modificación de la conducta o por una modificación del medioambiente. Aunque en muchos casos será necesario el cambio de ambos, el problema es saber cuál de estos debe seguirse primero y en qué área recibirá la mayor atención durante el proceso de aconsejamiento. Por ejemplo: una mujer que viene por cuestiones de violencia intrafamiliar. Será necesario que la mujer modifique su conducta de pasividad por actividad sabia, bajo la guía de las Escrituras y el Espíritu Santo. A la vez, hay que orientarla en la búsqueda de elementos en su contexto, sea desde lo médico, lo legal, la asistencia social, etc., depende de las características particulares de la situación.
5. No se sabe por adelantado qué tan directo o indirecto debe ser el consejero en un caso dado. La literatura de este campo sugiere que las personas jóvenes, los menos maduros y con menos conocimientos recibirán mejor ayuda por un aconsejamiento más directo, en tanto que una persona de más edad, madurez o educación, responderá mejor al método indirecto. Estas son generalidades, cada persona es singular. Esto quiere decir, entonces, que la relación precede a la técnica y que la sesión de consejo misma dictará cuál es la mejor técnica con una persona y en un tiempo dado.
6. No se sabe si hay una correlación directa entre la cantidad y el tipo de preparación del consejero y su éxito en el consejo. Por supuesto, se cree que hay tal correlación es directa si esa preparación lo hace más sabio y prudente no solo como persona sino en el Señor, el conocimiento de las Escrituras y dependencia del Espíritu Santo.
Por cuanto hay tanto que no se sabe acerca del aconsejamiento, la empresa debe abordarse con mucha humildad y dependencia del Señor. No hay que aferrarse a opiniones preconcebidas; al contrario, el consejero debe estar dispuesto a despojarse de ellas en cualquier momento, cuando la evidencia haya demostrado que no son correctas.