Es imposible creer que la persona no va tener reacciones ante estas situaciones que se presentan en la vida. Las mismas Escrituras señalan algunas de ellas en la vida de algunos de los personajes sobresalientes. Solo a modo de ejemplo:
2 Samuel 1.17-26 relata cómo David lloró la pérdida de su amigo Jonatán.
2 Samuel 18.28-33 cuenta la reacción también de David ante la muerte de su hijo Absalón, con quien además había tenido problemas muy serios con anterioridad
Job 2.13 En este caso Job perdió hijos, bienes y tuvo reacciones negativas por parte de la esposa.
1 Samuel 18.7-8 Saúl toma conciencia de la pérdida de su posición de poder real y de estima ante el pueblo.
Algunos han resumido que a lo menos las personas pasan por cuatro etapas, que se mencionan ahora de modo muy general.
a). La tragedia o pérdida significativa. Ante la pérdida del empleo, se hace más o menos conmocionante, si eso no fue algo planeado por el individuo como un cambio para su superación. A veces las personas pueden enterarse de que algo está ocurriendo, anticiparse a empezar a buscar opciones, pero aún así hay un choque emocional. A esto se agrega en momentos de la situación social, con mucho desempleo, la edad de la persona despedida, etc.
b). Las reacciones iníciales.
1) Incredulidad: … Esto no me puede estar pasando a mí… No, no es tan grave como dicen… Pero si me habló por teléfono hace una hora y estaba todo bien.

Una vez ocurrida una pérdida significativa o tragedia, la primera reacción del afectado es la negación de los hechos o la incredulidad. Aunque parezca raro, se pone en acción en la persona un mecanismo psíquico de defensa. No es solo que le es difícil entender la noticia sino que la misma psiquis necesita como amortiguar el golpe, porque la ola de dolor lo puede desbordar o anular.
Esta etapa en general no dura mucho tiempo, especialmente si la persona se ve presionada por la realidad a tomar medidas para su preservación y la de los suyos.
Es muy probable que algo de esto aparezca todavía en las otras etapas, aunque atenuadas.
2) Diferentes reacciones, que varían de persona a persona. Este es un proceso de enfrentamiento con el dolor. Esto de sufrir ante la pérdida, manifestar exteriormente los sentimientos es una reacción normal, natural y para comenzar el proceso de duelo. Más aún, hay que preocuparse cuando estas exteriorizaciones no están, dado que no es signo de que “lo está tomando bien” necesariamente, sino de una falta de reacción, de manera que pueda traer más complicaciones.
Hay frases hechas que tienen halo de espiritualidad pero no son bíblicas o a lo menos malinterpretan las Escrituras. No puede estar triste el corazón que alaba a Cristo! Es verdad: “Porque tú (Señor) eres mi roca y mi fortaleza.” (Salmo 71.3). Pero esperar que una mujer que se ha enterado de que su esposo e hijo fallecieron en un accidente en la ruta o así hayan pasado varios días, es a lo menos ignorancia de otras partes de las Escrituras: agonía emocional de Jesús cuando oraba en el Getsemaní, el estado de estupor y retraimiento de los discípulos ante el hecho concreto de que Jesús había sido crucificado, etc. Que el Señor fue y es la roca, será el testimonio cuando la persona pueda ver parte del proceso del duelo que ha atravesado, al darse cuenta de que en medio del dolor, realmente estaba su sostén.
Volviendo a las reacciones que suelen aparecer ante la crisis: ansiedad, somatización, alteraciones de la conducta, apatía, hiperactividad, alucinaciones, desorganización personal, ideas suicidas, tristeza, etc. Emociones intensas: ira, miedo, culpa. Se mencionan algunas (Inhauser, Marcos R. y Jorge Maldonado. Consolación y vida. Hacia una pastoral de Consolación. Ed Consejo Latinoamericano de Iglesias, Quito, Ecuador. 1988. Págs. 34-38):
** Angustia: generalmente produce insomnio no les permite dormir, pueden tener pesadillas, inquietud, asustarse con facilidad, sentir desconfianza, sienten que no pueden hacer las cosas, muchos se aíslan. Alguien contaba que ya hacía un par de meses al bajar de un micro que la dejaba a dos cuadras de su casa, una noche no tan tarde, de pronto aparece “de la nada” un muchacho, con un buzo con la capucha levantada que le cubría la cabeza. Le arrancó la cartera y salió corriendo, debido a esta acción la mujer se cayó en la calle. El muchacho desapareció tan rápido como había aparecido. La ansiedad y angustia le duró mucho tiempo, primero ansiedad cada vez que salía de su casa, luego cada vez que caminando por cualquier calle, aún de día, al ver acercarse a alguien con buzo, tiene la sensación de que se le venía encima y le arrancaría algo.
** Somatización: Enfermarse físicamente, ya sea que se agudiza algo que ya estaba en proceso o aparecen síntomas de otras patologías. Las personas pueden tener como consecuencia del impacto emocional: dolores de cabeza y/o del cuerpo, mareos, desmayos, sensación de opresión en el pecho, presión arterial alta o baja, opresión en el pecho, falta de aire, desgano, cansancio, etc. Siempre hay que consultar a un médico, no asegurar que es emocional y dejar pasar el tiempo. Dado que justamente, somatizar indica que el cuerpo ha sido afectado.
** Alteraciones del comportamiento: Las personas toman distintas actitudes en esta etapa, hay quienes acentúan modos de comportamientos y en otros casos hacen cosas impensadas en otros momentos de sus vidas. Están los que se vuelven indiferentes, apáticos, no quieren ni levantarse de la cama. Otros se vuelven demasiado activos, trabajan sin parar, no pueden dormir. Muchos se desorganizan en su trabajo, en las relaciones familiares, en sus quehaceres y responsabilidades. Algunas de estas cuestiones pueden ser parte del proceso de duelo o según el caso, de escapar para enfrentarse con la realidad.
Ejemplos bíblicos: Elías se mostró con apatía y depresión ante la situación con Jezabel (1 Reyes 19.1-6), los discípulos ante la muerte de Jesús (Juan 21.3). Ejemplos de estas alteraciones en el ánimo y las acciones son muy evidentes en muchos de los Salmos. Un ejemplo actual: A una mujer creyente se le muere el esposo en un accidente, desconcierto familiar, los hijos impactados, algunos de ellos ante el primer impacto de la noticia lloran mucho, hablan con sus amigos. En cuando a la madre, ella como una autómata en principio, se deja llevar en los acontecimientos, familia y amigos quienes fueron los que tomaron las decisiones pertinentes ante una muerte: velatorio, cementerio, anoticiar al resto de la familia, etc. Ella en general tiene “cara de nada”. Los comentarios de sus hermanos en la fe era: Mirá cómo el Señor la fortalece, que entereza! A los pocos días aceptar la invitación para un viaje de fin de semana de amistades. En el transcurso de un poco más de un año, hizo incontables viajes a distintas partes del país, un par de viajes al exterior, incluso un tour por Europa. Cuando este continuo movimiento se paró por un par de meses, vino el derrumbe físico, emocional, síntoma tras síntoma, internaciones, diagnósticos difíciles de definir, pero con un deterioro evidente. El proceso de duelo no comenzó o se quedó congelado en la primer etapa, que luego desencadenó en cuestiones graves.
** Ideas suicidas: Algunas personas “se dejan morir”. Alguien contaba en un programa de TV que su abuela, cuando se murió uno de sus hijos, se metió en la cama y literalmente se dejó morir, no se quiso levantar más. Nunca habló de suicidio, pero en la conducta estaba implícito. Esto no hay que dejarlo pasar, hay que consultar con profesionales.
Algunas personas hablan de suicidarse, pero también están quienes no lo hacen pero van elaborando la idea e incluso lo programan. No hay que sorprenderse que esto ocurra con algún creyente. Es peligroso el dicho popular de quien mucho amenaza con suicidarse nunca lo concreta, porque no es verdad en muchos casos. Es probable que en algunos sea algo con lo que intente manipular a las personas a su alrededor, no obstante siempre es imprescindible buscar ayuda profesional.
** Emociones intensas. Todos las personas las tienen así lo expresen como no ante un hecho de crisis o tragedia. Esto es normal y saludable manifestar esas emociones y hablar de ellas. Las emociones reprimidas por razones culturales, sociales, religiosas o familiares pueden provocar serios problemas posteriores, incluso hasta después de algunos años. Ver ejemplos bíblicos: 1 Samuel 31.3-5, Mateo 27.3-5.
A lo menos predominan cuatro emociones intensas ante una pérdida o tragedia:
a). Tristeza. Es un profundo pesar por lo perdido y por la situación en que queda el individuo. A veces son momentos en el día. Salmo 77.1-10
b). La rabia o la ira: La ira puede ser dirigida contra el destino, contra Dios, contra con los que murieron, contra los que sobrevivieron, contra los profesionales que pudieron haber atendido al muerto, etc. Incluso en Job se muestra su enojo en contra de los que intentan ayudar: 23.1-7, 15-17, y 13.2-5. La represión del sentimiento de ira o rabia tan común en determinados grupos cristianos, dado que lo toman como pecado, pasando por alto el consejo: “airaos, pero no pequéis.” (Efesios 4.26). Hay situaciones que producen enojo e ira, lo importante es llamar las cosas por su nombre, el tema es qué se hace luego con esto.
c). El miedo: Es común experimentar continuos temores. Por ejemplo una mujer que ha perdido a su esposo, ni ve cómo podrá seguir adelante sin la persona que murió o la abandonó. Tiene miedo que haya otra persona que se muera o la deje. El miedo lo experimentó Saúl al saber de la muerte de Abner a punto de quedar apático (2 Samuel 4.1).
d). La culpa: Este es uno de los sentimientos más comunes. La persona se llena de reproche por la tragedia, sin haber tenido responsabilidad por lo que ocurrió. Una mujer que cuenta que se murió su padre, hacía ya dos años, pero uno de los sentimientos que todavía sostiene es la culpa. Dado que ella creía que no estaba bien diagnosticado y atendido en el primer lugar que lo llevó, luego lo llevó al otro establecimiento médico. Así, hasta que en el tercer lugar luego de muchos estudios, descubrieron que era una bacteria y ya no había nada que hacer para salvarlo. “Yo tendría que haberlo llevado en primer lugar a este último lugar, porque allí le detectaron lo que tenía…”
El lamento de David cuando ocurrió la muerte de su hijo Absalón con quien tenía una crisis de orden familiar y poder político, revela este sentimiento de culpa a punto de desear haber muerto en su lugar (2 Samuel 18.33-19.6).
Es importante que la congregación esté presente con sus miembros en crisis, acompañando a las personas, ofreciendo espacios de escucha. Esta es la etapa en que hay que acompañar y trabajar activamente sobre los sentimientos que sobrevienen a raíz de la pérdida, es optar por la vida, es el ministerio de consolación. Hay personas que no están preparadas para realizar este ministerio, en algunos casos como no saben qué decir o hacer se emplean frases hechas que a lo menos son desafortunadas. Alguien comentaba que su padre falleció de forma repentina cuando ella tenía 15 años y el hermano 11. Era tal el desconcierto: cómo es esto que papá ya no esté vivo?! A esto se le sumó una persona que le decía: Pero, cómo es esto de llorar… vos sos creyente, ¿dónde está tu fe?…
Hay que facilitar para que la persona hable, así se enoje, diga cosas que duelan, etc.
3). Las alternativas para la elaboración del duelo. Los dos extremos:
** La opción por la vida: la persona habla con franqueza, aunque no entienda demasiado coopera, se empieza a movilizar. Lo importante aquí es que pueda hablar, que se pueda comunicar de alguna manera para poder decir cómo se siente, la confusión, etc.
** La opción por la enfermedad y en casos extremos la muerte. Aislamiento o huída, negación, agresividad, pasividad, dependencia, etc. Unos padres comentaban a su consejero, que entraron en shock cuando se enteraron de que su hijo tenía tendencias homosexuales: Lo peor que hicimos fue aislarnos, por vergüenza, por estupor. Quisimos abroquelarnos como familia, pero no dimos espacio para abrirnos ante alguien que sepa escucharnos con amor, que nos orientara y contuviera.
Si este trabajo de duelo no sigue su proceso, puede convertirse en crisis secundaria o instalación en alguna de estos estados: depresión, hiperactividad, somatización crónica, alteraciones en las relaciones interpersonales, autoagresión o intento de suicidio, indolencia o inafectividad, etc.